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La Monarca

Era una hermosa mañana de principios de otoño, una de esas mañanas en la que la bruma matinal, que aún no se había despejado, invadía el bosque con su húmeda suavidad y los rayos del sol, taladrando las hojas de los árboles, llegaban al suelo y hacían brillar las gotas de rocío. Salí de mi exigua morada, donde me sentía algo agobiada, casi oprimida, decidida a dar una vuelta por el bosque y disfrutar de los últimos días de buen tiempo. El bosque no me quedaba lejos. Se puede decir que había nacido y vivido en él, aunque sin disfrutarlo mucho. En realidad, desde que me había instalado aquí, era el primer día que saldría a pasear, por lo que estaba decidida a disfrutar plenamente del paseo

El bosque estaba concurrido: éramos muchos los que, como yo, habíamos decidido salir de su casa y disfrutar de los últimos días del verano.

Vi una hermosa flor de vistosos colores y me acerqué para olerla. Las flores son (aunque debería decir “eran”) mi debilidad, mi vida, pues creo que no podría vivir sin tenerlas cerca.

Estaba embelesada admirando sus colore y su aroma cuando, de repente, sentí que algo se me echaba encima con un zumbido y me inmovilizaba. La sensación era rara: no podía moverme pero podía ver y sentir con impotencia que ¡estaba prisionera! Intenté luchar y forcejear, pero era imposible. Una red envolvía mi cuerpo, anulando toda posibilidad de escapar. Unas manos me agarraron y, después de liberarme de la red, me encerraron en algo que parecía una jaula, aunque sin barrotes, transparente, que me permitía ver a mi alrededor. El fondo de mi prisión estaba tapizado con un material blando, que pude identificar como algo parecido al algodón. Podía moverme, pero la sensación de impotencia me invadía y el ambiente era irrespirable, con un fuerte olor a éter que, como pude darme cuenta, procedía de esa especie de algodón. Contuve la respiración el tiempo que pude, pero al final me desmayé.

e desperté con una extraña sensación ¡estaba completamente inmóvil! No me dolía nada, estaba como paralizada, aunque podía mover un poco los miembros.

Con gran esfuerzo giré un poco la cabeza y pude ver con horror que algo sobresalía de mi espalda. Era eso lo que me impedía moverme, lo que me mantenía sujeta, inmóvil. No sentía dolor, solo una gran impotencia. Antes de desvanecerme, vi que estaba rodeada de otros sujetos que, como yo, estaban igualmente inmovilizados en la misma posición, aunque yo, al estar en el extremo de la fila, podía ver más allá y oír lo que se decía a mi alrededor.

Vi como el niño se acercó y le dijo a su padre “Papá, me encanta la nueva mariposa que hemos atrapado esta mañana en el bosque. Es una Monarca, ¿no?

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