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La mirada

Él la miraba, más que mirarla la observaba, sus ojos eran de un gris gélido como la mirada de un muerto, su sonrisa cínica y desafiante, semejante a la de una hiena a punto de comerse a su presa, el pelo era de un color entre gris y amarillo, suponía que antes debió ser rubio, ahora las canas lo tapaban dejando un color abstracto dando la apariencia de dejadez. Ella le miraba con cierto temor por su mirada constante y horrenda. Sentada en el andén de aquella estación perdida en la nada, leía un libro mientras que por el rabillo del ojo no perdía de vista a semejante compañero de viaje.

El tren tardaría varias horas en llegar y ella se preguntaba qué hacer en una situación así, si echaba a correr solo lograría que él la persiguiera. Miró a su alrededor, no vio a nadie, ni siquiera al jefe de estación que seguramente estaría haciendo su trabajo en cualquier parte lejos de su vista. Entonces? A quién recurrir en caso de que este extraño la atacara? Disimuló seguir leyendo mientras el miedo le corroía las entrañas. Cada minuto que pasaba significaba para ella un tormento viviendo esa situación insólita, el pánico le hacia imposible pensar. No estaba preparada para un ataque, ni siquiera llevaba una pluma con qué poder defenderse, rebuscaba en el pequeño bolso algo a lo que asirse, no sé, quizá una horquilla, quizá un peine terminado en punta que casi siempre llevaba y que curiosamente ese día no. Encontró un frasco de perfume, si la atacaba quizá le fuera útil para cegarlo durante un momento y le permitiese poder huir. Huir? Hacia dónde ? No, huir no era la solución, si ese indeseable la atacaba no le quedaría otra salida que defenderse. Defenderse? Cómo? Con qué?

Recorrió con la palma de la mano todos los recovecos del banco donde estaba sentada con la esperanza de encontrar algo, una astilla de madera suelta o con suerte un tornillo que no estuviera demasiado apretado. Por fin dio con él, era un clavo de punta larga, estaba un poco oxidado, pero si lograba arrancarlo tendría algo con que defenderse. Miró con disimulo al hombre que la seguía observando, un escalofrío recorrió su piel, el nerviosismo y el miedo iban haciendo mella en ella, ya casi no podía disimular el rechazo que le causaba aquella mirada glacial que hacia que se le helara la sangre.

El silbido del tren al llegar la hizo reaccionar. Por fin-dijo- ahora subiré al tren y habrá otras personas, podré salir de esta situación exasperante y retomaré mi camino sana y a salvo. Se fue alejando de aquella mirada despacio para no llamar demasiado la atención, entró en el vagón, apenas vio tres personas y... Entonces lo vio, si...venía hacia ella, pero por qué se preguntó, con lo largo que es el tren por qué ha tenido que entrar en el mismo vagón. Sintió que todo a su alrededor le daba vueltas. Tanta tensión podía con ella, ya no podía soportarlo más y, entonces lo hizo: fue caminando hasta encontrarse cara a cara con su observador y sin pensarlo mas, asió con fuerza el clavo, y como si de un puñal afilado se trataba se lo clavó con toda la fuerza de lo que fue capaz entre los ojos, una y otra vez. La sangre salía a borbotones cubriéndole aquellos ojos horrendos y esa mirada infernal. Ya no la miraría más, nunca más esos ojos le causarían miedo... Oyó un grito que la llevó a la realidad de su acción, alguien le gritaba: - Pero que ha hecho? Cómo ha podido? Acaso se ha vuelto loca?- -No...es que me miraba...esos ojos no paraban de mirarme y yo,yo...no podía resistirlo más, tenía que defenderme...esos ojos... -Señora-oyó como le decía- esos ojos no podían mirarla, eran unos ojos sin vida, porque esos ojos eran los ojos de un ¡CIEGO!

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