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La lógica del tren

Me despierto con el taconeo de siete adolescentes. Las chavalas desfilan hacia la puerta de salida mientras termino de paladear un sueño pastoso. Arqueo el cuello y persigo con la mirada las piernas de la última muchacha. Me he quedado solo en el vagón. Echo cuentas; todavía me faltan cinco estaciones para llegar.

Tras el cristal, la luna alumbra un páramo de ceniza. Me llamo Julio Estivel y trabajo de comercial en una fábrica de piscinas. Vuelvo a cerrar los párpados. Esta vez chapoteo en el sueño pero sin bucear hasta el fondo. A falta de dos paradas, me sacudo las últimas telarañas de sopor y busco entretenimiento en la ventana, en el paisaje formado por los restos de una hoguera. Siempre he cubierto este recorrido en coche y jamás había reparado en la desolación que se abre a ambos lados de la carretera.

Sembrado, sembrado, encina, caseta en ruinas, barbecho. Nombro mentalmente cada uno de los elementos que componen los fotogramas que se proyectan sobre la ventana del vagón. No recuerdo la última vez que estuve a solas sin radio ni teléfono. Faltan unos veinte minutos para llegar y no encuentro la manera de matar el tiempo. En este instante deseo el móvil como a nada en el mundo. De tenerlo en mis manos ya hubiera cruzado un par de mensajes con Adriana, la mujer del jefe. Follamos martes y jueves. Pero con las prisas olvidé el teléfono en la guantera del coche, que está en el taller. Sembrado, sembrado, arroyo seco, majano.

El tren vira hacia la derecha con el propósito de enfilar la recta que conduce al apeadero. Por fin diviso las luces del pueblo enclenque. El mío. El alcalde instaló hace diez años unas farolas que desprenden una luz anaranjada. Dice que son muy económicas. Lo cierto es que resaltan el aspecto fúnebre de aquel montón de casas desperdigadas al inicio de una cuesta. El tren no aminora la velocidad pese a la proximidad de la estación. Toda la sangre de mi cuerpo se agolpa en la cabeza. Arranco a sudar.

—No para —musito mientras las viviendas de dos plantas desfilan ante mis ojos.

El tren se despide de la última casa a toda máquina. Hincho los carrillos de aire mientras mi cerebro vomita las consecuencias del desliz del maquinista. A estas horas no encontraré un taxi en el siguiente pueblo. Buscaré una cabina, si aun existen, para llamar a padre. Como está jubilado y ha cogido miedo al coche, importunará a Pascual, el vecino. Solícito, Pascual conducirá durante cuarenta minutos por una carretera estrecha y parcheada hasta llegar a mi encuentro. Vaya mierda.

De un bote, me coloco en medio del pasillo y corro hacia la cabecera del convoy. Atravieso cuatro vagones que circulan sin almas en su interior y desemboco en el vehículo delantero. Se diferencia del resto en que es ciego en uno de sus extremos. Deduzco que al otro lado de la pared metálica viaja el maquinista. Dudo un instante y al final golpeo la chapa una y otra vez. Silencio. Aunque puedo elegir las butacas a mi antojo, vuelvo al mismo asiento que he ocupado durante dos horas y media. Fijo la mirada en el freno de emergencia pero descarto esa posibilidad porque me parece demasiado drástica. Vuelvo a hinchar los carrillos y resuelvo esperar hasta el siguiente pueblo, mucho más grande que el mío. «Por lógica, el maquinista se detendrá a recoger viajeros» , razono.

Ladera, sembrado, árbol indeterminado, más tierras de cultivo. Ya no soy capaz de concentrarme en las sombras plomizas que corren al otro lado de la ventana. Tres fluorescentes parpadean desacompasados sobre mi cabeza. Las agujas del reloj marcan las diez y media de la noche. «No son horas de incomodar a Pascual», pienso. Imagino cómo padre cuelga el batín y se calza las botas; sale a la calle y aporrea la puerta de una casa ajena a horas intempestivas. «La he liado cojonuda. Las cosas siempre me pasan a mí. ¿El resto de la gente vivirá situaciones tan absurdas?», me pregunto. Mi estómago se llena de angustia.

Poso la cabeza sobre el cristal de la ventana y vuelvo la mirada hacia las sombras del exterior levantadas con escorias. Palomar sin tejas, carretera lejana, parcela de cebada. Con aquel trasiego de siluetas, el estómago empieza a desaguar la angustia y desconecto el cerebro de forma involuntaria. Cesan los pensamientos. Mi estado se asemeja al de cualquier otra noche, sentado frente al televisor a la hora de la teletienda. En momentos como ese, mi cabeza se transforma en una cáscara hueca que absorbe sin filtro los consejos del vendedor del 'Bonzai Chopper', un artilugio implacable con las verduras. El presentador del 'Bonzai Chopper' también promociona una combinación de escoba y fregona, pero a mí me gusta cuando trocea pimientos.

Después de un puñado de minutos, el cerebro se reactiva. Los destellos blancos anuncian la cercanía de vida. El tren reduce su marcha. Resoplo de alivio y camino hacia la puerta. El convoy pierde velocidad y los pisos de cuatro y cinco plantas trotan sin prisa al otro lado del cristal. Sobre el andén, un hombre y una maleta. Busco la mirada del tipo que espera junto a la vía. Aquel hombre, con cara de pazguato, hace ademán de levantar la mano para saludarme. Instintivamente, le respondo con un gesto ejecutado a medias. No le conozco. El tren, cansino, se escapa de la estación. La sangre congestiona mi cabeza por segunda vez en la noche. La ristra de vagones acelera el paso y me abalanzo sobre el freno de emergencia. Tiro de él y la manilla cede sin oponer resistencia. Ese acto no perturba el ritmo de la máquina. A continuación, corro hacia la cabecera del convoy y pateo la chapa que, según creo, me separa del maquinista. Voceo pero nadie responde. El tren corre alegremente en medio del páramo. Grito. Y me siento. Y grito.

Pasan las horas y a lo lejos atisbo el resplandor de un pueblo, y luego otro, y así cuento hasta ocho villorrios cuyo nombre desconozco. Empaño con el aliento el cristal de la ventana y escribo: «Soy tonto». Elucubro con la ciudad donde la locomotora detendrá su marcha, y sudo gotas frías cuando me imagino explicando el percance a los compañeros de trabajo.

—¡Pero si no es culpa mía! —exclamo en voz alta. Azorado por mi reacción, miro de reojo para asegurarme de que nadie me ha visto hablar solo en este maldito vagón.

Las figuras que vienen y desaparecen tras la ventana han perdido el color plomizo y un manto de claridad rasga el cielo. El tren surca valles escoltados por empinadas montañas moteadas de caserones con aleros prominentes. Ahora el peso de los párpados se imponen a la zozobra del estómago y acomodo la cabeza sobre el hombro derecho. Sueño que viajo en un avión del que no me atrevo a saltar pese a que las alas rozan el suelo y a los vecinos de padre les da tiempo a correr a la par de la aeronave. En el sueño los vecinos se mofan de mí.

Cuando abro los ojos el tren cruza una ciudad de edificios enmohecidos. Yo estudié aquí. Hace más de quince años. Salto del asiento y de un bote me coloco junto a la puerta. Esta vez, el convoy ni siquiera amaga con detenerse en la estación. Aporreo los cristales de la puerta con los puños y grito a la gente que espera sobre el andén. Ellos me responden con miedo y estupor. Minutos después el tren atraviesa un polígono industrial y al rato retoma el camino entre las montañas.

Echo un vistazo al reloj. En ese preciso instante debería estar saliendo de casa rumbo a la cita con el constructor de dos chalés. El teléfono no tardará en agitarse de un lado a otro de la guantera del coche. Esa idea me alborota más los nervios del estómago. En un arrebato me abalanzo sobre una de las butacas con la intención de desencajarla de cuajo. La poltrona se resiste. Desquiciado, arranco el único extintor del tren. Armado con el recipiente metálico, corro hacia el vagón delantero. Hago del extintor un ariete con el que machaco la chapa. El maquinista, si en verdad existe, no contesta. Abro con el extintor un boquete en una de las ventanillas y asomo la cabeza. Con cuidado para no cortarme, giro el cuello en dirección a la locomotora. Los cristales tintados de la máquina me impiden ver su interior.

Retorno a mi sitio. Por un momento pienso que esta bestia trastornada jamás se detendrá. Cada vez que la jaula de vagones atraviesa una población, rompo una de las ventanas, saco la cabeza y bramo «socorro». La gente, perpleja, me observa como a una oveja dentro de un camión de camino al desolladero. «Si el maquinista ha muerto —elucubro—, a estas horas los controladores de la red ferroviaria ya estarán al tanto de la locomotora enloquecida». Imagino un sistema de control que dispara una alarma cuando el conductor de mi tren cae redondo al suelo. Muerto por un infarto o lo que coño haya pasado. En ese instante empieza a parpadear una lucecita roja sobre un panel descomunal repleto de puntos luminosos. Cada bombillita representa un tren y son de color verde salvo en caso de anomalía, que se tornan rojas. La imagen de un panel con destellos y de un ingeniero al frente de aquel mapa de vías me reconforta unos segundos.

De súbito, percibo que el convoy acelera ligeramente su marcha al adentrarse en una extensa llanura. Siento vértigo al pensar que el tren circula por una vía única. El hecho de viajar en el último vagón no rebaja mucho las probabilidades de morir si se produce un impacto frontal. Sentado en la butaca, entrelazo ideas inquietantes con otras más plácidas hasta crear una cadena de sobresaltos agotadores.

Sumido en estas cavilaciones se echa encima el mediodía. «El tren ha cruzado la frontera», pienso. Las vallas publicitarias están escritas en un idioma ajeno. Siento hambre. Busco bajo las butacas la bolsa olvidada de otro viajero con restos de la merienda del día anterior. Me conformaría con una bolsa de patatas fritas. Fantaseo con un golpe de suerte, con la mochila de un niño cargada con un bocadillo de salchichón intacto, un bote de leche con cacao y una pera. Pero no han dejado ni restranco.

Al anochecer, el grifo del váter apenas suelta un chorrillo de agua con sabor a cañería rancia. El frío se cuela por las ventanillas rotas. Visto que el ingeniero que controla las bombillas verdes y rojas no se ha dado cuenta de que el convoy va a la deriva, calculo las posibilidades de salir con vida si me tiro por la ventana. Doy vueltas a esa idea todo el tiempo. El viento helado que se cuela por las rendijas me impide dormir. El tren circula demasiado rápido para lanzarme en marcha.

La mañana trae un sol traslúcido. Montoncillos de nieve se agolpan en los sombríos. Tengo frío, hambre, sed y sueño. La locomotora mantiene un ritmo constante. El plan de hoy consiste en entrar en el habitáculo del maquinista. Retiro todos los cristales rotos de la ventanilla que destrocé el día anterior. Saco la parte superior de mi cuerpo y sujeto con la mano izquierda un saliente que tienen los trenes de la serie 444 cerca el techo del vagón. El viento de cara complica la operación. Con la mano derecha sostengo el extintor. Alargo bien el brazo y destrozo el cristal de la cabina. Suelto el extintor y me descuelgo hasta la ventana de la locomotora. Con los pies retiro los trozos de cristal. Introduzco las piernas y luego el resto del cuerpo. Dentro del habitáculo no hay nadie. Activo una palanca. El freno no responde. Presiono un botón en forma de champiñón rojo. No pasa nada. La emisora no funciona. Me siento en la butaca del maquinista y rompo a llorar.

Sin fuerza para volver a los vagones, me acomodo en la cabina. Para aplacar la sed, asomo la cabeza y estiro el cuello como las jirafas. Llueve a casi todas horas. Meto y saco la lengua como los perros para rebañar el mayor número de gotas. El hambre es más difícil de engañar. Hago agujeros en el asiento, saco el espumón y luego me lo meto en la boca. Cuando me aburro de masticar el espumón, me lo trago. De vez en cuando pienso en padre. Pero nada tiene lógica. No se pierde así por así un tren con un pasajero dentro. La policía, alertada, ya debería haber acabado con esta historia. Pero no hay policías. Ni siquiera hay pueblos a la vista. Paso el día sentado a los mandos estériles de la locomotora. Está en mis manos pero no puedo dirigirla. ¿Qué sentido tiene este viaje? Me alivio en un rincón: orino y hago de vientre.

Yo, Julio Estivel, sumo ocho días en un habitáculo de tres metros cuadrados. Al otro lado de la carcasa de metal, una estepa nevada ha reemplazado a los bosques de abedules. Mi reloj marca las tres de la tarde pero ya ha empezado a anochecer. Sufro calambres, mi piel ha adoptado un color ceniciento y paso mucho frío. Mi corazón casi no late. Hoy me doy por muerto.

Me despierto con la claridad del alba. Este cubil me ahoga. El ruido del motor ha comenzado a perder fuerza, aunque creo que me he percatado tarde. La máquina poco a poco rebaja la velocidad. Lleva así toda la mañana. Casi no avanza. Creo que se ha detenido. No me doy por enterado hasta que han transcurrido diez minutos; o igual ya ha pasado una hora. No lo tengo claro. Me pongo en pie con dificultad, abro la puerta de la cabina y me precipito al vacío. Caigo sobre un colchón blanco. Me rodea una extensa llanura nevada. No se ven casas ni árboles a kilómetros a la redonda. El tren arranca y se pierde en la llanura. No tengo fuerzas para levantarme. Pienso en padre y en el promotor de los dos chalés al que di plantón. No he avisado a nadie de que mi coche está en el taller. Qué cosas se me ocurren en medio de este páramo helado. Hace frío, aunque ahora un poco menos.

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