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La leyenda de Cántor

Antiguamente, antes que ningún otro ser, en la tierra solo habitaban las plantas. Ancadas en el suelo tan lleno de alimento se pasaban el tiempo maravillados con la sensación de cariño que les proporcionaba Viento, el calor que les emanaba Sol y el frescor de Agua sentida por sus raíces al profundizar en el interior de su hogar. Para ellos, eran los llamados “brillantes”. De día reinaba la alegría, y espléndidos paisajes infundían consuelo.

Las imágenes se guardaban en las gotas de Agua que luego profundizaban en la tierra y eran absorbidas por las raíces de las plantas, de esta forma podían conocer que formas y colores se hallaban a su alrededor.

Para comunicarse, las plantas juntaban sus raíces e intercambiaban fluidos, lo que veía una planta situada en un extremo de un continente, lo podía saber otra en el extremo opuesto mientras hubiese una red de raíces conectadas entre medias. Las plantas podían inculcar su sabiduría y experiencia a sus hijos mientras pudieran comunicarse, no obstante, en mayor parte sucedía que aquellas plantas que no podían obtener este favor, a menudo perecían debido a su falta de conocimiento para aprovechar el alimento ofrecido por los “brillantes”.

Del brote de una semilla caída en un precioso valle apareció un árbol cuyo nombre era Cántor. Era uno de los desfavorecidos, aislado de las demás plantas debido a su situación geográfica. La planta más próxima era un arbusto a cinco metros que debido a una roca en el subsuelo les impedía el enraizamiento. A causa de esto, Cántor no tuvo más remedio que aprender por sí mismo, a base de penurias y escarmientos. No obstante, su situación también tenía sus ventajas, Agua se sentía con más pureza que en cualquier otro sitio ya que bajaba filtrada de las montañas, y el suelo era, digamos, virgen, ya que muy pocas plantas podían sobrevivir en estas zonas incomunicadas, pero Cántor era un árbol muy adaptado.

Al contrario que sus hermanos, Cántor no podía dormir por las noches. Para todos los demás, una vez que Sol se escondía y se despedía con los colores más cálidos que existían, sentían la necesidad de bajar la vista y esperar el saludo más brillante que podían imaginar. De esta forma, por las noches dormían, y los días sentían el sabor y cariño que ofrecía la vida, pero Cántor no podía, a él nadie le había hablado de la belleza de las cosas, las habría descubierto por si mismo, era libre, él observaba a Luna, por ello de noche absorbía las gotas que reflejaban su tenue luz.

- Curioso. Lo bello que puede llegar a ser algo sin necesidad de brillar tanto.

Pensaba.
Tras pasar muchos años y formarse lo suficiente, por fin pudo sortear aquella piedra del subsuelo y comunicarse con el arbusto. Por el día, Cántor les contaba a sus hermanos lo bella que podía ser la noche. Sin embargo, encantados por la esperanza que infundían los rayos de Sol nadie le comprendía, hacían caso omiso de sus palabras. Por la noche, Cántor se dedicaba a admirar aquella perfecta y tímida figura. Se preguntaba que serían esos puntitos que se hallaban a su alrededor. ¿Serían sus familiares?
Una noche, harto de mirar a Luna y no obtener respuesta, Cántor se enfadó con ella y dejó de hablar, al cabo de un tiempo pensó:

- ¿Será que mis palabras y sentimientos no llegan hacia ella?

En efecto, pensó que era muy poco probable que alguna raíz estuviera conectada con Luna.     A partir de aquella noche, Cántor deseaba con todas sus fuerzas poder llegar hacia Luna, no le interesaba otra cosa más que poder llegar hacia tal colosal figura. Ante la magnitud de tal deseo, Luna empezó a proyectar toda la luz que podía.

Luna había estado percibiendo toda admiración que Cántor tenía de ella, ya que recibía la luz que proyectaba en Agua y ésta la reflejaba. El proceso era el siguiente: las plantas absorbían las gotas de Agua y las desprendían a la atmósfera en forma de vapor para caer en cualquier otra parte en forma de gotas de Agua, las cuales se juntaban en un gran charco y reflejaban la luz proyectada de Luna. Estas gotas de Agua contienen, si no es filtrada, los pensamientos y sentimientos más intensos de la planta, y así ocurría con las gotas que Cántor había absorbido. Ya que Cántor era el único que se había fijado en Luna, a ella le fue muy fácil darse cuenta de su cautivo admirador.

Cántor interpretó esta señal como una respuesta. Gracias a esta luz cargada de ilusión, Cántor se convirtió, a lo largo de muchas, muchas noches, en el más alto y majestuoso de los árboles que existían. Cántor pedía disculpas a sus hermanos por taparles parte de la luz que emitía el radiante Sol, pero tenía un cometido más allá del interés por su familia.

Tras muchos años y observaciones, Cántor llegó a la conclusión de que, pese a la gran altitud que podía conseguir, Luna siempre se encontraba a la misma distancia, y su mayor deseo no se vería cumplido, pero nunca se rindió. Él sabía, que en su larga vida nunca podría llegar a juntarse con Luna, por eso transmitiría sus experiencias y motivaciones a sus hijos, y haría más que eso, les ofrecería la oportunidad que él nunca tuvo. De esta manera, Cántor quiso engendrar semillas, aunque no sabía cómo, obtuvo algo de información por parte de otras plantas, así fue.

Las primeras semillas no llegaron a germinar y Cántor empezó a sentirse triste, pero continuó intentándolo. Fue en un eclipse lunar cuando Cántor, maravillado, engendró una única semilla, a la que llamaría Cratos.

Cratos creció fuerte como ningún otro árbol, poseía las raíces más eficientes y estaba situado en un lugar mucho más cómodo que su padre. Durante mucho tiempo, Cántor estuvo inculcando a Cratos su admiración a Luna, sus intentos por llegar hacia ella, la testarudez de las demás plantas y lo difícil que le había sido su vida en la infancia.

Era tal el deseo que Cratos tenía de llegar a Luna y que su padre la conociera, que no perdió tiempo. Cratos empezó a crecer hasta que no pudo más, no alcanzaba tanta altitud como su padre, pero no se desmoronó ya que se le ocurrió una gran idea.

Cratos se aisló del mundo y se puso en un profundo sueño, después se concentró en la rama más fuerte que tenía y comenzaron a crecer zarcillos. Asiéndose y trepando por las montañas cercanas hasta llegar a su pico más alto, los zarcillos empezaron a enrollarse entre sí hacia el cielo para obtener una fibra más rígida que soportara su peso a lo largo del trayecto.

Tras muchos años, Cratos consiguió tomar contacto con Luna. Fue entonces cuando volvió en sí para informar a su padre, Cántor, y contarle su gran éxito, cuando observó que su padre estaba sin hojas, sin color, sin esencia. Al poco de enraizar en Luna, ésta se comunicó con él y le explicó lo sucedido. Al parecer Cratos hizo crecer los zarcillos a tanta altura y en tan poco tiempo que necesitó de una enorme cantidad de energía y alimento. Al no separarse de su padre, Cántor supo lo que quería hacer y realizó su máximo esfuerzo, hasta tal punto que incluso compartió sus reservas con Cratos. Al llegar el invierno Cántor estaba demasiado débil y no pudo sobrevivir. Murió feliz, porque sabía que al menos su hijo, sus sentimientos, cumpliría su cometido. 

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