La isla del tesoro (III), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos,Busca en toda la web...,lA ISLA DEL TESORO,cache:http://www.relatos-cortos.es/relatos-cortos-de-aventuras.html

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La isla del tesoro (III)

Justo cuando Nerea alcanzaba la escalerilla del barco llegaba el tiburón pasando por encima de la cabeza de Alan, que no tuvo que hacer más que levantar el brazo armado con el machete para que el tiburón, con su propia inercia se clavara el cuchillo hasta la empuñadura.
Al sentir la tremenda puñalada, el animal dio un fuerte coletazo y virando en redondo se marcho a más velocidad de la que había venido, dejando una estela de sangre.
Una vez pasado el susto, y comentando los hechos, Alan que conocía bien a estos animales, comentó que con toda seguridad aquel bicho sólo se acercaba a Nerea por curiosidad. Pues si hubiera venido con intención de atacar no se le hubiera podido parar con una simple cuchillada y seguro que hubiera acabado con los dos. Fue el factor sorpresa lo que les salvó. Como el animal venia en son de paz no se esperaba un contraataque y el susto, más que el dolor, le hicieron huir.
En cualquier caso, Pensó la madre, aquel muchacho, que apenas las conocía había expuesto su vida para salvar la de su hija.

Desde aquel suceso se estrecharon más las amistades, sobre todo entre Nerea y Alan, que parece ya no se miraban como amigos. Pero aún no eran otra cosa que eso: amigos entrañables.
No había un solo domingo que no fuera a comer en el apartamento de las chicas.
Uno de esos días de dijo la madre: -Alan, tú que eres un muchacho fuertote, ¿Nos puedes hacer un favor?-
Naturalmente el chico, respondió inmediatamente que lo que hiciera falta, y Julia se explicó:
El espejo del cuarto de aseo estaba en muy malas condiciones y como su estancia en aquel apartamento se estaba prolongando  en demasía,  habían decidido comprar un nuevo espejo, y lo que pedían a Alan era que las ayudara a descolgar el antiguo espejo, que pesaba bastante, y colocar en su lugar el nuevo que habían comprado.
Alan no tuvo ninguna dificultad para descolgar el espejo, aunque por su tamaño era difícil de transportar. Tenía que llevarlo hasta el salón delante de su cara. Sin poder ver que detrás del espejo había un gran hueco en la pared.
La primera que se percato de ello fue Nerea, que dijo casi gritando: ¡Mamá, mira¡
En el hueco había un recipiente  metálico del tamaño y forma  aproximados  a los de una caja de zapatos.
Enseguida se apresuraron las dos mujeres a abrir la caja. Estaba llena de pergaminos, papeles con dibujos y números y un montón de planos con anotaciones, y lo que parecía ser también cartas marinas.
Las dos mujeres, casi al unísono dijeron que eso era lo que buscaba el presunto ladrón que entró el primer día en su apartamento.
A Alan, que no entendía nada, le tuvieron que explicar desde el principio toda la historia del profesor.
Dándole vueltas entre los tres a aquel asunto pensaron que quizás no estuviera tan chiflado aquel hombre, y Alan que como buen marino, entendía de mapas y  cosas de esas, quedó en estudiar detenidamente todos aquellos papeles y al domingo siguiente las contaría el resultado de sus pesquisas.
Al domingo siguiente, Alan vino muy emocionado a contarlas sus descubrimientos sobre los papeles de la misteriosa cajita.
Aquellos números eran las coordenadas que, enumerando con toda exactitud  con  grados, minutos y segundos de longitud y latitud  indicaban sin lugar a dudas la posición de una isla del archipiélago de las Almirantes.
Dichas Islas Almirante es un archipiélago situado en pleno Océano Índico, que está formado por veintiocho islas. De las cuales, solamente cinco se encuentran habitadas. Posiblemente la indicada en el plano era de las deshabitadas.
También había diversos dibujos de la propia isla señalando el lugar exacto en el que se encontraba el tesoro y donde se debía desembarcar para acceder a la isla.
En cuanto a los pergaminos, estaban llenos jeroglíficos incomprensibles, pero que según los apuntes de puño y letra del profesor, debió de descifrar llegando a la conclusión de que pertenecían a una antiquísima civilización, extinguida hace miles de años, que había dejado algún tesoro en un templo en ruinas de aquella isla, que por estar deshabitada, había pasado desapercibido para nuestra civilización, hasta que sin saber porque causa fue descubierto por el propio profesor.
Todo esto fueron las conclusiones a las que llego Alan después  de releer durante  toda la  semana, una y mil veces, los papeles del profesor.
Tan convencido estaba Alan de que aquel tesoro existía, y que sería fácil hacerse con él, que animó a las chicas para ir los tres a buscarlo.
No tenían nada que perder. Tenían el barco, que era lo más costoso. Ellas tenían ya unos pequeños ahorros y él también.

Lo suficiente para comprar los víveres y el combustible para un mes, que es lo que calculaba que duraría la aventura. No tenían otra cosa que perder, y si mucho que ganar. Incluso tenía estudiada ya la ruta a seguir.
No tardó mucho en convencerlas. La verdad es que si no se lo hubiera propuesto él. No hubieran tardado mucho en ser ellas las que hubieran tenido la iniciativa.
En cuanto se proveyeran de lo necesario zarparían hacia las Islas Almirantes.
No tardó mucho Alan en prepararlo todo. Tan deseoso estaba de emprender la aventura que a las veinticuatro horas se presentó en casa de las chicas diciendo: Muchachas, mañana zarpamos al amanecer.
Tan deseosos estaban de comenzar el viaje que antes de la salida del sol ya estaban las chicas en el puerto. Alan también, pues, impaciente, esa noche había dormido en el barco. Así que sin esperar más, con las primeras luces del alba pusieron rumbo a las islas Almirantes.
Les esperaba un larguísimo viaje, pues tendrían que recorrerse casi toda la costa este del gran continente africano. Pasarían   por el Canal de Suez para entrar en el mar Rojo y atravesarlo en toda su longitud. Después habrían de  dejar atrás el golfo de Adén, para entrar de lleno en el gran Océano Índico, hasta llegar al archipiélago de las Almirantes y buscar la pequeña isla indicada en los mapas del profesor.

Alan enseñó a las mujeres a llevar el timón para turnarse. Él lo hacía por la noche y ellas por el día. De esa forma no perdían tiempo en paradas inútiles. El barco tenía dos motores, con lo que no había peligro de calentamiento de los mismos. Los hacían funcionar alternativamente.
Ya llevaban navegando dos semanas. Quince días sin ver otra cosa que agua y más agua. Estaban llegando a las coordenadas indicadas por el profesor y seguían viendo lo mismo: agua.
Pero como estaba anocheciendo, decidieron parar y esperar al día siguiente.
A la mañana siguiente, antes de amanecer, ya estaban los tres apoyados en la borda oteando el horizonte impacientes.
Con las primeras luces del alba se fue dibujando claramente la silueta de una pequeña isla. Los mapas del profesor no estaban equivocados.
 Los tres dieron un grito de alegría. Ahora les faltaba encontrar la isla que les interesaba, de las veintiocho que formaban el archipiélago.
Alan buscó entre los papeles el que indicaba la posición de la isla donde supuestamente se encontraba el tesoro. Subió al cuarto de mando. Consulto con la brújula, y sin más, puso el barco en marcha decididamente.
Todavía tuvieron que navegar más de dos horas y ver varias islas  a lo lejos. Pero las dejaron atrás, pues según Alan, esas no eran la que buscaban.
Por fin vieron a lo lejos una isla que no era como las demás. No era verde. Tenía un color gris oscuro. Alan dijo que era aquella.
Cuando estuvieron más cerca se dieron cuenta del motivo por el cual aquella isla tenía aquel color grisáceo. Todo lo que divisaban eran unos enormes acantilados de más de treinta metros  de altura, con lo que, al menos por allí, sería imposible desembarcar.
Entonces Alan recordó que entre los papeles del profesor había visto un dibujo de la isla indicando un único lugar en el que se podía desembarcar.

Buscó el citado dibujo, y efectivamente, había un lugar apropiado.
Rodearon toda la isla hasta encontrar un sitio en que se interrumpían los acantilados formando una pequeña bahía, ideal para fondear el barco a salvo de las fuertes olas del océano.
La citada bahía terminaba en una pequeña playa arenosa, de no más de doscientos metros de larga y una anchura de unos diez metros.
Donde terminaba la arena comenzaba una espesa selva. Por su aspecto, aquella isla debía de ser un antiguo volcán, pues toda ella estaba rodeada de roca volcánica y el centro, que sería el antiguo cráter, era como una olla, resguardada de los vientos, y en un clima caluroso y muy lluvioso, las plantas crecían de una manera exagerada. Les iba a costar gran trabajo avanzar entre aquella espesura, pues según los planos del profesor, el templo en ruinas que buscaban se encontraba varios kilómetros separado de la playa donde se encontraban.
Intentaron adentrarse en la espesura, pero resultaba imposible andar entre aquella maleza. Se enredaban con toda clase de plantas que superaban la altura de sus cabezas Lianas que pendían de los árboles y toda clase de plantas. Muchas de ellas llenas de aguzadas espinas que les herían todo su cuerpo.
Tuvieron que desistir de su intento y volver al barco a recoger los machetes. No había otro remedio que intentar abrirse camino con ellos. Sería una tarea titánica, pero no había otro remedio.
Iniciaron la penosa labor de abrirse camino metro a metro a base de cortar cada rama que cerraba su paso, lo que con la humedad y el calor que tenían que soportar encerrados entre aquella maraña de verdura, se hacía tan agotadora e insoportable la tarea que después de cinco hora habían avanzado apenas cuatrocientos metros.
Según los dibujos del profesor faltaban aún unos cuatro kilómetros para llegar a las ruinas que buscaban, y como estaban ya sumamente agotados decidieron volver al barco y continuar al día siguiente a primera hora de la mañana.
Así lo hicieron, al día siguiente, y varios días más. Era preferible abrir cada día unos cuantos cientos de metros y descansar hasta el  siguiente.
Por fin, a los pocos días, apareció ante ellos una especie de pequeño montículo verde grisáceo.
Al acercarse pudieron observar que era una especie de construcción, medio derruida, hecha con grandes piedras rectangulares, cubiertas de musgo, y separadas unas de otras por haberse introducido entre muchas de ellas gran cantidad de lianas y raíces de la abundante vegetación de aquel lugar. Lo que sin duda estaba colaborando al derrumbamiento de lo que en su día debió de ser un majestuoso templo.
En algunas de las piedras se podían adivinar grabados de diversas figuras, ya casi borradas por el tiempo, que deberían ser deidades de aquella desaparecida civilización.
Efectivamente el profesor se había documentado a la perfección. Todo estaba señalado es sus planos al milímetro.

Rodearon todo el perímetro del templo en busca de una entrada. No era fácil. Estaba todo en tan mal estado que tardaron en encontrar un hueco que había quedado, gracias a una gran columna que al caer, había quedado inclinada sobre otras piedras, sujetando una parte del techo, que de otro modo hubiera caído al suelo, taponando por completo la entrada.
Arrastrándose, consiguieron pasar al interior del templo. Llegando a una sala donde no había más que un montón de escombros, por donde había que andar como sumo cuidado para no romperse una pierna.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad del lugar vieron que al fondo de aquella sala había una pequeña puerta.
La puerta daba entrada a un estrecho y largo pasillo que desembocaba en una amplia sala iluminada escasamente por unos rayos de sol que tímidamente se filtraban por unas grietas que había en las paredes de aquella cámara.
Aquel aposento estaba vacío, salvo un  sarcófago de piedra que ocupaba la parte alta de una especie de altar que había al fondo de la sala, a una altura de unos ocho o diez escalones.
Según los dibujos del profesor, no había duda allí debía de encontrarse el anhelado tesoro. Pues hasta ese momento todas las previsiones de aquel hombre habían resultado ciertas.
Sus corazones latieron con fuerza estimulados por la emoción.  
De repente los latidos se hicieron aún más intensos, pero por causa muy distinta. Fue algo que dejó paralizados a los tres. Un fuerte crujido, acompañado de un temblor de las paredes de la sala les dejó helados.
Se quedaron inmóviles unos momentos, escuchando atentos. Pero, por suerte ni los ruidos ni los temblores se volvieron a repetir.
Entonces Alan dijo que deberían darse prisa. Aquel lugar no era seguro.
Subieron los escalones que les separaban del sarcófago, y con gran esfuerzo de los tres, levantaron la pesada tapa de piedra.
Se asomaron con avidez al interior de sarcófago… y ellos sí que se quedaron de piedra.

El sarcófago no guardaba otra cosa que un sinfín de tablillas de  arcilla plagadas de símbolos y dibujos de lo más extraños para ellos.
En aquellas tablillas estaba toda la historia de aquella civilización desconocida, y extinguida hacía miles de años.
Aquello era el tesoro. Un verdadero tesoro para el profesor. Que se había pasado media vida tratando de descubrir aquella antiquísima civilización desconocida, y que al final lo había conseguido. Un tesoro para cualquier arqueólogo de los que dedican su existencia a investigar la forma de vida de nuestros lejanos antepasados. Un enorme tesoro para cualquier museo arqueológico.
En suma, un gran tesoro para la Ciencia, pero sin ningún valor económico para ellos. Nadie les daría un céntimo por aquello. Es como si pretendieran vender las pirámides de Egipto, o el Faro de Alejandría.
Estaban en estas reflexiones cuando de repente volvieron a escuchar otro crujido. Esta vez más fuerte que el anterior. Las paredes también temblaron, al tiempo que del techo se empezaron  a desprender arena y pequeñas piedrecillas que amenazadoramente caían sobre sus cabezas. Los crujidos se sucedían con más frecuencia e intensidad a cada segundo que pasaba.
Alan fue el primero en reaccionar. Cogió a las chicas de la mano, y casi a rastras, tiro de ellas, buscando a toda prisa el pasillo de salida.
Según avanzaban oían derrumbarse a sus espaldas toda la edificación.

Milagrosamente alcanzaron el hueco por donde habían entrado y a rastras, igual que a la ida, consiguieron verse al aire libre, justo cuando la totalidad del templo desaparecía envuelto en  una gran nube de polvo.
Cuando se disipo el polvo solo quedaba un enorme montón de piedras mezcladas con lianas, árboles tronchados y una gran cantidad de plantas de las que habían crecido entre las piedras que formaban la edificación.
El presunto tesoro, junto con sus ilusiones, quedaban enterrados bajo cientos, quizás miles de toneladas de piedras. En pocos meses crecería encima de aquella montaña de escombros suficiente maleza como para que nadie notara que debajo había existido templo ni civilización alguna. Los únicos testigos presenciales habían sido ellos, y nadie les creería, Así que mejor dejarían la historia para, en su día relatarla a sus nietos como si fuera un cuento de niños.
Desilusionados emprendieron el camino de regreso, deseosos de alejar todo aquello en la distancia y en sus mentes.
Durante el largo viaje de vuelta las dos mujeres trataron de convencer a Alan de que trasladase su negocio, de pasear turistas en su yate, a España. Ya que su patria era lugar turístico por excelencia, mucho más que Alejandría.
No tardaron en convencer al muchacho. Más que por el negocio en sí, porque era evidente que estaba sumamente enamorado de Nerea.
Además Alan tenía muy malos recuerdos de Alejandría. Tantos que tan siquiera quiso parar a recoger algunas cosas que había dejado allí cuando partieron para la isla. Así que repostaron en el Canal de Suez y pasaron de largo por Alejandría.
Aconsejado por las chicas acordaron que el lugar ideal para ubicarse seria Ibiza. Allí había turismo todo el año, y a ellas tampoco les sería difícil encontrar trabajo en la hostelería.

Con el tiempo ahorrarían, y hasta podrían poner un restaurante propio.
Recapacitando, pensaron que no todo había salido tan mal. Todos habían ganado algo: Alan había ganado una familia y la más hermosa compañera que podía soñar. Nerea había encontrado al hombre de su vida. Julia había ganado un hijo y madre e hija habían hecho el viaje de sus sueños.
Con estos pensamientos Julia y Nerea se abrazaron riendo, mientras gritaban: ¡Patrón, rumbo a España¡ ¡A toda máquina¡


FIN

De Manuel Ramos

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