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La isla del tesoro (II)

Ante estos hechos a la madre se le ocurrió comentar lo ocurrido con la dueña de los apartamentos, con lo que se aclararon un poco las cosas.
Aquel apartamento había estado ocupado hasta la semana anterior por viejo profesor de una universidad de El Cairo, que una vez jubilado, se había aficionado a la arqueología, y había alquilado el apartamento, donde llevaba meses encerrado entre pergaminos diciendo a todo el que quería escucharle que estaba a punto de encontrar un tesoro. Por supuesto, nadie le hacía caso.
El viejo profesor murió de un infarto hacía tres días, por eso les había alquilado el apartamento a la madre y la hija.
Estaba claro, alguien se había creído lo del tesoro y entró en el apartamento en busca de una pista para encontrarlo. El mundo está lleno de chalados. No había que darle mayor importancia. Cambiaron la cerradura y se olvidaron del asunto.
A la mañana siguiente se levantaron temprano, pues tenían que entrar a trabajar a la una del mediodía y antes habían de hacer un montón de compras, ya que no tenían más que lo puesto. Así que decidieron repartirse el trabajo.
La madre, que se manejaba muy bien con los idiomas, se encargaría de comprar la ropa interior para ambas, y alguna prenda de vestir. No hacía falta mucho, pues con aquel calor con un par de blusas y algún pantaloncillo corto era suficiente.
 
En cuanto a la hija, se encargaría de comprar los artículos de limpieza y aseo, ya que eso se podía adquirir en cualquier súper sin necesidad de usar ningún idioma.
Así que, en cuanto abrieron las tiendas se pusieron en camino, cada una por su lado, quedando en verse a la una en punto en el bar donde trabajaban.
Nerea, que así se llamaba la hija, termino pronto de hacer sus compras y pensó que era una buena ocasión para pasear un poco y conocer la ciudad.
Estuvo vagando por las calles mirando escaparates pausadamente, hasta que la llamó la atención una agencia de viajes. Se paró a curiosear con ánimo de encontrar, entre las docenas que carteles que allí había anunciando viajes, alguno en el que se mencionara España, pero no lo encontró. Entonces empezó a dudar entre entrar a preguntar, o esperar a que otro día lo hiciera su madre. Pues no estaba muy segura de hacerse entender con su escaso nivel de inglés. Además era simple curiosidad por tener una idea del precio del viaje.
Ensimismada en estos pensamientos no se dio cuenta de que se habían acercado a ella por la espalda, hasta casi rozarla, dos individuos que de haberlos visto llegar se hubiera cruzado de acera inmediatamente.
Eran jóvenes, de unos dieciocho años, con la cabeza rapada, una escasa y ridícula perilla, que se habían dejado crecer, sin duda para aparentar más edad, y unos aros enormes en las orejas.
De repente empezaron  a hablarla en árabe, casi al oído, con el consabido susto de la chica, que fue aun mayor cuan al darse la vuelta vio aquellas caras de mirada lasciva mientras escuchaba aquellas palabras, que no entendía, pero que por su tono se adivinaba que no eran otra cosa que groserías. Y que además iban acompañadas de risas que aumentaban a medida que crecía el apuro de la muchacha.
Nerea intentaba zafarse, pero cada vez que se movía la cortaban el paso por uno u otro lado. Una vez que consiguió escapar, a los pocos pasos uno de ellos la alcanzó, poniéndosela delante, mientras el otro al llegar, se atrevió a darle un azote, seguramente como castigo por haber escapado, y se coloco detrás.

La poca gente que pasaba por la calle, al ver la escena,  en vez de prestar ayuda, se cruzaban de acera para evitar problemas.
Los chicos seguían acosándola a pesar de sus súplicas. Pero lo único que conseguía era excitarlos más. Dios sabe como acabaría aquello.
Cuando ya la tenían acorralada contra la pared, sin ninguna escapatoria, vio venir directamente hacia ellos a alguien que,  sorprendentemente, no cambiaba de acera. Venía directamente hacia ellos, aunque aquellos gamberros estaban de espaldas y no se daban cuenta.
Nerea si le veía y parecía que venía decidido a ayudarla. Era un joven de unos diecinueve años, un metro ochenta aproximadamente, un cuerpo hercúleo, que cubría con una camiseta ajustada que marcaba todos los músculos de su pecho y estómago. La manga corta de su camiseta dejaba ver sus abultados bíceps, donde en el derecho llevaba tatuada una bonita ancla. Además de un buen culturista, debía de ser marinero.
Llego sigilosamente a donde estaban  y sin decir palabra cogió a uno de ellos, que ya casi estaba rozando su cara con la de Nerea, y agarrándole por detrás del cuello de la chaqueta con una mano, y con la otra de la culera del pantalón, lo suspendió en el aire, y balanceándolo, como si fuera un saco de patatas, lo lanzó resbalando por el suelo, como si estuviera en una bolera, de forma que aquel gamberro fue resbalando por el suelo cinco o seis metros.

Después de esto se volvió a mirar al otro, que aterrado fue retrocediendo unos pasos hasta tropezar con la pared, donde quedo petrificado, sin poder moverse, paralizado por el miedo.
Nerea, aterrorizada por todos los acontecimientos, aprovecho aquellos momentos para salir corriendo, sin darse cuenta tan siquiera de dar las gracias al valiente muchacho.
No había corrido ni cien metros cuando el chico que la había auxiliado la alcanzo, y la pedía en su propio idioma que se serenase y le escuchara.
Al oír hablar en español se volvió sorprendida, y más al ver que era su salvador. Paró y le preguntó: ¿Eres español? Y él la contestó: No, pero casi, Si dejas que te acompañe, te lo cuento. Además, es peligroso que continúes tú sóla. Podrían volver esos gamberros.
Nerea pensó que tenía razón. Debía dejarse acompañar. Además, aquel chico inspiraba confianza. Aparte de ser endiabladamente guapo.
Continuaron el camino juntos  y al darse cuenta que ninguno de los dos iba a ningún lugar determinado, el muchacho propuso sentarse en una terraza por la que pasaron e invitarla a un helado.  
Nerea acepto gustosa. No había nada malo en ello. Estaban en mitad de una concurrida calle. Sentados en el  velador de un bar rodeados de gente. No había peligro ninguno. Debía relajarse, olvidar el mal trago pasado y disfrutar de la compañía de aquel buen mozo.
Iniciaron la conversación como era lógico: ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?
Ella que estaba deseando desahogarse, pues no había hablado con nadie, salvo con su madre, desde hacía largo tiempo, le contó con todo detalle, no solamente la odisea de su viaje, sino toda su historia desde que su madre quedo viuda.

Una vez hubo terminado le dijo al chico: Bueno, ahora te toca a ti. Dijiste que eras casi español, explícate. Verás dijo él:
Me llamo Alan, Tengo diecinueve años. Nací en Florida, de madre española y padre estadounidense. Mi padre tenía un negocio de alquiler de yates de recreo para turistas en Miami, pero al haber demasiada competencia en aquella ciudad, decidió que nos trasladásemos aquí, a Alejandría, después de cerciorarse de que en este país está poco desarrollada esta clase de negocio.
Las cosas marchaban bastante bien, hasta el punto de que en cuanto cumplí los dieciocho años saque el carnet de patrón de yate con la idea de ayudar a mi padre  en la tarea de pasear a los turistas, turnándonos para poder dar algún descanso a mi padre.
Así lo hicimos un poco tiempo y ya teníamos en la cabeza la idea de, en un futuro próximo, comprar otro pequeño yate para  patronear uno cada uno.
Alan, se puso muy serio, y siguió contando: Hace seis meses, mi padre tenía que hacer un viaje de negocios a la isla de Chipre. Apenas dos horas de vuelo. Mi madre se empeñó en ir con él, pues no conocía la isla. El avión nunca llegó a su destino. Ni tampoco se supieron las causas del accidente. Sólo aparecieron algunos restos del fuselaje del avión flotando en mitad del Mediterráneo.
Al terminar su relato resbalaron unas lágrimas por las mejillas del pobre muchacho.
A Nerea le faltó poco para terminar también llorando, y cambió rápidamente de conversación: Oye Alan, estoy pensando que a mi madre la encantaría darte las gracias personalmente por lo que has hecho por mí,- le dijo.- Y a continuación le preguntó si aceptaría una invitación para comer en su casa el próximo domingo que libraban en su trabajo, ya que ese día cerraban el bar. Estaba segura que a su madre le encantaría conocerle.  

Al muchacho pareció encantarle la idea, pues aceptó inmediatamente. Ese domingo no tenía ningún turista que pasear en su yate.
Siguieron charlando hasta la hora en que Nerea debía de entrar a su trabajo. Se les había pasado el tiempo volando. Se encontraban muy a gusto juntos.
La acompaño hasta la puerta del bar, y allí se despidieron hasta el próximo domingo, dándole confiadamente las señas de su apartamento.
Nerea le contó a su madre la aventura de esa mañana temerosa de que se enfadara por haber invitado a Alan a su apartamento, quizá se había precipitado. Pero no, todo lo contrario. Su madre a parte de querer darle las más sinceras gracias a quien había defendido a su hija, también quería conocer personalmente a quien, aquella niña hablaba de él con tanta vehemencia.
Llegó el domingo y Alan se presento puntualmente en el apartamento con una botellita de vino que descorcharon para romper el hielo, y después de las consabidas formalidades se pusieron a hablar alegremente de mil cosas, como si se conociera de toda la vida.
La madre pensó que Nerea no había exagerado. Era un chaval excepcional en todos los aspectos. Por lo que pudo deducir de su conversación era bastante culto. Dominaba varios idiomas. Era muy educado. Y además era un verdadero Adonis.
El igual que ellas tenía toda la semana ocupada pero los domingos acostumbraba a no comprometer ninguna excursión con los turistas, pues le gustaba descansar. Por ello las propuso salir los tres a dar un paseo en su yate, el domingo, y darse un baño en alta mar. Después comerían en cualquier bar de la ciudad, y luego cada uno a su casa a dormir una buena siesta y prepararse para afrontar la dura semana de trabajo que les esperaba a los tres.
Les pareció una idea estupenda a todos, así que, ya bien entrada la noche, se despidieron hasta el próximo domingo por la mañana en el puerto.
A la hora acordada llegaron al puerto y vieron a lo lejos a Alan que las hacía señas con las manos desde la cubierta de un precioso yate, anclado entre otros muchos, pero que destacaba de los demás por su aspecto brillante y bien cuidado.
Era un yate pequeño, capaz de albergar a seis pasajeros, aparte del patrón, que disponía de una pequeña habitación junto al habitáculo, o pequeño “puente de mando” donde se encontraba el panel de instrumentos de navegación y el timón.
En cuanto a los pasajeros disponían de dos habitaciones dobles y un salón-comedor, que por la noche se podía convertir en habitación, también doble, que se encontraban bajo la cubierta del barco, y a las que se accedía por una escalerilla situada debajo del “puente de mando”.
Sobre la cubierta de popa había, bien anclado al suelo, un cómodo sillón, de los llamados “silla de batalla”, de los que se usan para la pesca de altura, donde tanto el pescador como su caña van sujetos con cinturones de seguridad para no ser arrastrados por los grandes peces que pudieran picar.
A un lado del sillón había un “portacañas” donde se guardaban unas cuantas cañas de pescar en espera de ser usadas. Y al otro lado un recipiente que contenía unos grandes  y afilados machetes.
Extrañada Nerea por la presencia de los machetes, pregunto que para que estaban allí. Alan respondió que a veces había que rematar a las grandes piezas que pescaban sus turistas, ante el temor que resultaran heridos por los coletazos o mordiscos de sus capturas.
     
Dentro de su reducido tamaño aquel pequeño yate podía ofrecer a los turistas en sus excursiones toda la clase de lujos y comodidades que pudieran desear.
Tenía una autonomía, tanto en agua potable, como alimentos y combustible de más de un mes. Con lo que podía admitir turistas de cualquier capacidad económica.
Después de haber visitado hasta el último rincón de yate y haber hecho toda clase de preguntas, llego el momento de zarpar.
Madre e hija estaban absolutamente maravilladas. Nunca hubieran soñado con algo como lo que iban a realizar: Una excursión para ellas solas en un lujoso yate por el Mediterráneo.
Hacía una mañana ideal.  Un sol radiante se reflejaba en el mar. Daba gusto recibir el viento en la cara mientras navegaban por un mar tranquilo. Sin nada a la vista que perturbase el paisaje. Todo azul. El mar se juntaba con el cielo en el horizonte sin que pudieras precisar donde terminaba el uno y comenzaba el otro.
La mañana avanzaba y el termómetro empezó a subir. Decidieron parar, echar el ancla, y darse un bañito.
Alan coloco una escalerilla en la popa del barco para poder subir a él con facilidad, y se dispusieron a refrescarse.
Los tres eran buenos nadadores y estuvieron largo rato disfrutando de aquellas cálidas aguas. Julia, Que así se llamaba la madre, fue la primera en subir al barco. Después subió Alan.

Nerea seguía en el agua.   ¡Esta chica es incansable ¡Decía la madre.
De  repente Alan se quedó mirando fijamente hacia donde estaba la chica y grito desesperadamente: ¡Nerea, Nerea, ven corre, sube al barco. Viene un tiburón ¡
Nerea nado a toda velocidad hacia la escalerilla, mientras Alan cogía uno de los machetes que había en la silla de pescar, y tomando carrerilla por la cubierta del barco, dio un gran salto yendo a caer de pie, y hundiéndose en el agua, entre Nerea y el tiburón que venía directo hacia ella.

CONTINUARÁ ...

De Manuel Ramos

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