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La isla del tesoro (I)

Todo empezó el día que su mamá la dijo: Hija, ya está bien de sacrificios y de ahorros, vamos a irnos de vacaciones a un crucero.
Se trataba de una madre viuda, todavía joven, pues aún no había cumplido los cuarenta años, y su hija, de diecisiete años recién cumplidos.
Vivian modestamente del sueldo que aportaba la madre como recepcionista en un sencillo hotel madrileño, mientras que la hija trataba de estudiar lo más posible, para a base de becas, llegar en su día a sacar el título de enfermera, que era el oficio que más le gustaba.
Eligieron la fecha más conveniente para ambas. Seria a principios del verano. Ya solo les faltaba optar por el lugar.
Le dieron muchas vueltas. Pidieron prospectos por todas las agencias de viajes que conocían. Los leyeron mil veces. ¡No era para menos¡ Al fin y al cabo, era el viaje de su vida. Incluso la hija no conocía el mar más que de verlo en el cine o la televisión.

Después de mucho cavilar eligieron un crucero que saliendo de Valencia, y durante quince días, recorría todo el Mediterráneo haciendo escala en multitud de países africanos hasta llegar a la desembocadura del Nilo, y a la vuelta visitarían igualmente todos los países europeos que encontrasen en su recorrido.
Gastaron gran parte de sus ahorros en los billetes, dejando el resto para los gastos del viaje. Se quedarían sin un céntimo, pero eran jóvenes y ya tendrían tiempo de volver a ahorrar.
Faltaban dos largos meses para el comienzo de sus vacaciones. Fueron los dos meses más largos de sus vidas, pero como todo en esta vida, al fin llegó el día.
Cogieron sus maletas, que ya estaban hechas hacía una semana, y nada de metro. Ese día cogieron un taxi: taxista, a la estación del Ave.
Una vez en Valencia. Otro taxi hasta el puerto. Y una vez allí.
¡Madre de Dios¡ Aquello no era un barco, era una ciudad flotante. Una enorme mole de catorce pisos y una longitud como de tres campos de futbol.
Una vez dentro, madre e hija se quedaron embobadas viendo aquellos lujosos salones que se comunicaban por unas escaleras de mármol como las que habían visto en las películas de palacios y princesas. Unos ascensores de cristal tranparente que atravesaban las entrañas del barco en toda su altura, y que desde su último piso daba vértigo mirar hacia abajo.
Y así poco a poco fueron descubriendo todas las maravillas que escondía aquella mole en su interior. Nunca hubieran imaginado al verlo desde fuera que pudiera esconder tantas comodidades y tanto lujo. Efectivamente habían invertido bien sus ahorros. Aquel viaje no lo olvidarían en la vida.

La madre no pudo por menos que sonreír al comparar el humilde “hotelucho” donde ella era recepcionista, con aquel pedazo de lujoso hotel que era aquel barco, donde pasarían sus próximos quince días.
Desde su lujoso camarote vieron como se iban alejando del puerto. Cada momento se veía la ciudad más pequeña, hasta desaparecer por completo. Ya estaban en alta mar. Era hora de disfrutar de todas las atracciones que les ofrecía el lujoso crucero.
Hicieron escala diversas ciudades de países de la costa africana, como Argel, Túnez, Trípoli, Alejandría, Etc., y en algunas, donde el barco recalaba con tiempo suficiente, hacían excursiones en autocares puestos a disposición de los viajeros por las agencias de viajes, que se desplazaban hasta cien kilómetros o más para visitar alguna cosa digna de conocer.
Así sucedió en Alejandría. Cogieron por la mañana un autocar que las llevaba a visitar entre otras cosas el famoso faro, dejándolas en un lugar bastante alejado del puerto, con instrucciones de recogerlas a las siete de la tarde, ya que el barco partía a las ocho en punto.

Estuvieron todo el día pateando la ciudad de un lado para otro, tan ensimismadas con las maravillas que esa ciudad ofrece a los turistas, que cuando se dieron cuenta eran las seis y media de la tarde y no sabían ni donde habían quedado en recogerles el autocar.
Corriendo como locas, una tiraba para un lado. Por aquí mamá. La otra para otro lado. No hija, por aquí.
Pasaban los minutos. Las seis cuarenta y cinco. Más carreras. ¡Mira mamá, allí.¡  Ves aquella torre que asoma con una campana. Me acuerdo que pasamos por allí cuando nos apeamos de autocar. Más carreras. Tampoco era allí.
De repente recordaron algo inconfundible. En una plaza contigua a donde las dejó el autocar había un mercadillo. No tenían más que preguntar por él. Todo el mundo lo conocería.
Efectivamente, era a dos pasos de allí. Ya lo habían quitado, porque sólo lo ponían por las mañanas, pero el lugar era aquel.
Fueron a toda velocidad, pero… eran las siete y tres minutos.
El autocar ya se había ido. ¿Qué hacemos? Un taxi Dios mío, un taxi. ¡Perderemos el barco¡
No se veían taxis por ningún lado. No sabían qué hacer. Corrían desesperadas sin saber para donde. Preguntaban a la gente por la manera de conseguir un taxi y la gente no las entendía. Bueno más bien eran ellas las que no entendían a la gente.

El tiempo corría inexorable. Las siete y media. Seguían corriendo sudorosas con la esperanza de ver el mar y gritando, ya roncas: taxi, Taxi.
Debían de estar en un barrio muy humilde, porque llevaban casi una hora recorriendo las calles y no apareció ni un solo taxi.
Eran las ocho menos cuarto cuando a lo lejos apareció por fin  el anhelado taxi. Desesperadas se pusieron las dos en mitad de la calle dispuestas a que las pasara por encima antes que pasara de largo.
El taxista paró sorprendido. Nunca le habían requerido de aquel modo.
No hacía falta meterle prisa. La cara de angustia que tenían ambas era suficiente para que aquel hombre pisara el acelerador a tope. Pero el tráfico y el reloj estaban en contra de aquella parejita, tan feliz hasta hacía unos momentos.
Cuando llegaron al puerto, aquel enorme barco, en la lejanía parecía un barquito de juguete. Acababa de zarpar hacía cinco minutos.
En aquel barco iban sus ropas, su neceser, gran parte del dinero que habían traído para todo el viaje y sus ilusiones.    

Aquello ya no tenía remedio. Había que hacer frente a la situación. Lo primero era buscar alojamiento. Pronto se haría de noche y no era aconsejable estar en la calle en aquella ciudad desconocida.
Menos mal que habían sacado del barco una buena cantidad de dinero, pensando en hacer algunas compras, que luego no hicieron, ya que solamente gastaron en una ligera comida y un par de refrescos. Así que, lo primero que tenían que hacer era tratar de alquilar un apartamento barato donde pudieran alojarse el mayor número de días posible con el dinero de que disponían. Claro está, desquitada una parte para comprar comida.
Gracias al conocimiento de idiomas que  tenía la madre pudo entenderse con aquellas gentes. Pues aunque en Egipto el idioma oficial es el árabe, se puede uno manejar bastante bien con el inglés. Y al final, antes de que se hiciera de noche habían encontrado un pequeño apartamento en un barrio humilde, cerca del puerto.
Pagaron una semana por adelantado, y aún les sobró suficiente para lo que calculaban les costaría la comida de los próximos siete días.
Una vez dentro de la que sería su casa por el momento, se sentaron aliviadas en la única cama que allí había. Estaban cansadas, no tenían ganas de salir a cenar ni de nada. Casi no tenían ganas ni de hablar de su situación. Ni siquiera tuvieron la curiosidad de inspeccionar el apartamento. Claro, que había poco que mirar. Desde donde estaban, sin siquiera levantarse, podían ver un pequeño salón que estaba separado de la habitación donde ellas se encontraban por una simple cortina. Y al otro lado del saloncito se veía una pequeña cocina, también separada del resto por una cortina. Y al lado de la cocina, una puerta, que se adivinaba que era el cuarto de aseo. Y eso era todo.
No hablaron nada. Estaban agotadas, preocupadas, pensando ambas en lo mismo: ¿Cómo afrontarían lo que se las venía encima?
Pero las dos temían iniciar esa conversación. Se descalzaron y se tumbaron en la cama tal cual estaban. El calor era insoportable, pero no tenían ánimos para levantarse y darse una ducha. Ni siquiera para desnudarse. Las estaba envolviendo un profundo sopor. A los pocos segundos se quedaron ambas dormidas.
A la mañana siguiente, más tranquilas, examinaron su situación. Tenían que buscar un trabajo que las permitiera mantenerse y al mismo tiempo ahorrar lo suficiente para pagarse el viaje de vuelta a España.

No fue muy difícil para la madre encontrar trabajo. Lo encontró en uno de los muchos bares que había en aquel barrio, donde se servían comidas, ya que al estar cerca del puerto eran muy frecuentados por turistas y marineros. Y también ayudo mucho el conocimiento de varios idiomas por parte de la madre.
Con lo que no habían contado en sus cálculos era con los bajos sueldos que se pagaban en aquel país. Trabajando sólo la madre era imposible costear el apartamento y la manutención de las dos. Tendrían que encontrar también un trabajo para la hija.
Eso era más difícil, pues la niña solamente tenía un inglés muy básico.
Al final hubo suerte. En el mismo bar de la madre la admitieron de ayudante de camarera para retirar los platos y limpiar las mesas cuando  terminaba de comer un cliente, y poner el servicio para el siguiente comensal.
En ese mismo momento quedaron contratadas, y como se acercaba la hora de comer, las dijeron que empezaran su trabajo desde ese instante.
Terminaron agotadas, pues no salieron de allí hasta bien entrada la noche, pero contentas. Con el sueldo de las dos, calculaban que en tres o cuatro meses podrían ahorrar para su pasaje de vuelta a su país.
Al llegar a su apartamento e intentar abrir la puerta, vieron con sorpresa que ya estaba abierta. Entraron despacito, con miedo. Encendieron la luz. De una sola mirada se percataron que no había nadie a la vista. Sólo faltaba mirar debajo de la cama o en el cuarto de aseo. No había más sitios donde esconderse.
Miraron en ambos sitios con mucha precaución, y nada, no había nadie. Respiraron tranquilas.
Después observaron más detenidamente. Habían sacado de su sitio todos los cajones de los pocos muebles que allí había. Que por supuesto estaban vacios. Pues ni la madre ni la hija tenían nada que guardar en ellos.
Habían rajado el colchón y la almohada, vaciando todo su contenido, y hasta los armarios de la cocina habían sido vaciados.
No había duda que habían estado buscando algo muy importante para alguna persona.

CONTINUARÁ ...

De Manuel Ramos

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