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La guerra ha terminado

por
Manuel Paleteiro Ortiz


Corría el mes de febrero de 1945 y la guerra se había estancado. Las fuerzas de ambos bandos estaban muy igualadas y hacía meses que ninguno de los dos ejércitos progresaba. Ambas industrias armamentísticas producían artefactos y máquinas de guerra al mismo ritmo, y si un bando se adelantaba, lo hacía por poco tiempo, ya que los servicios de espionaje tenían al corriente a sus respectivos gobiernos de los proyectos bélicos que iniciaba el contrario.

- Señor Presidente, es imposible ganar esta guerra. Estamos tan igualados en fuerzas con el enemigo que, salvo que éste cometa un error garrafal, la contienda podrá eternizarse sin que haya un vencedor. Necesitamos iniciar de una vez la construcción de la superbomba parta rendir al enemigo.

- Sí, general Groves, como usted bien sabe, estamos trabajando en el proyecto Manhattan veinticuatro horas diarias. Ya sé que usted solo se ocupa de dirigir las operaciones militares y de seguridad, pero yo estoy en contacto permanente con el doctor Robert Oppenheimer, que me asegura que en un plazo de seis meses el proyecto estará culminado y la bomba lista para su uso. El mes que viene, los físicos comenzarán a probar los controles de la pila nuclear para acelerar o ralentizar la reacción nuclear, que es el primer paso antes de comenzar la construcción del “artefacto”, que es como ellos han venido en llamar a la bomba. Estamos a mediados de febrero y Oppenheimer me asegura que a más tardar la tendrán lista a mediados de julio o primeros de agosto ─respondió el Presidente.

- Bien, señor, pero recuerde que ha de ser un bomba con la potencia suficiente para arrasar una ciudad entera y que acabe con la vida de todos sus habitantes, a ser posible sin supervivientes. Su capacidad de destrucción no debería ser inferior a la de matar a cincuenta mil personas en una sola explosión. Así sabrán a qué poder se enfrentan ─enfatizó el general.

- Sí, general, esas son las instrucciones que tienen nuestros científicos, pero tengo que confesarle que oyéndole describir los efectos que ha de tener la bomba se me levanta el estómago y se me pone la piel de gallina.

- Lo siento señor, pero si buscamos la rendición total del enemigo tenemos que causarle un daño de tal magnitud que le permita ninguna otra opción.

- General Groves, tengo la impresión de que cuando usted dice “de tal magnitud”, está queriendo decir de tal crueldad, de tal salvajismo o de tal impiedad y perversión, que no tengan más remedio que postrarse a nuestros pies e implorarnos clemencia.

- Señor, es que la guerra es así.

- ¿Ya no queda dignidad y decoro en la guerra, general? ─respondió el Presidente- ¿Qué ha sido de aquellos generales de antaño que preferían una derrota a una victoria sin honor?

- No, señor, ya no queda nada de aquel romanticismo. Ahora las guerras se declaran para ganarlas de una u otra forma, sin pararse en calificar los métodos empleados para obtener la victoria ─respondió el general Groves, convencido de su pragmatismo, y continuó ─por cierto, ¿señor, me permite hacerle una pregunta a la que llevo algún tiempo dándole vueltas?

- Sí, dispare general.

- Señor, como director de la seguridad del proyecto Manhattan me preocupa el equipo científico. Los científicos suelen tener fama de personas pacíficas y casi todos los que yo conozco son antimilitaristas. ¿Se han prestado todos ellos de buen grado a participar en este proyecto?

- Sí, general, todos se han prestado con ilusión porque les hemos garantizado que la bomba nunca estallará sobre una ciudad. Les hemos asegurado que nos limitaremos a hacer una prueba de su poder ante algunos representantes del enemigo y esperamos que su efecto persuasivo sea suficiente para provocar su rendición y así acabar con la guerra. Para ello, ya estamos terminando de construir la maqueta de una ciudad a tamaño natural, con una superficie de veinte kilómetros cuadrados, que es la extensión de terreno que cubre una ciudad de unos cien mil habitantes. Cuando hagamos estallar su superbomba sobre esta ciudad ficticia y vean sus efectos, estamos seguros de que su rendición será inmediata.

- Perdone señor Presidente, con todo respeto le diré, si me lo permite, que creo que se equivoca. Considérelo desde este ángulo: si hacemos estallar la bomba sobre una ciudad real en territorio enemigo morirán un gran número de civiles, eso es cierto, pero no solo persuadirá al enemigo de que tiene que rendirse, sino que también dejará claro al resto de las naciones de la Tierra que somos los más poderosos y que, a partir de este momento, seremos nosotros los que dirigiremos la política, la industria y el comercio en el planeta y todo aquel que se oponga ya sabe a quién se enfrenta y a qué atenerse. ¿No cree señor, que merece la pena acabar con unos cuantos miles de civiles, que además ni tan siquiera son de nuestra misma raza, a cambio de dominar el mundo?.

- General Groves, usted no es un guerrero, usted es un carnicero. Gracias, hemos terminado por hoy. Puede retirarse - el general se retiró un tanto ruborizado por el comentario del presidente.

- Perdona Franklin ─intervino Harry, el Vicepresidente, una vez que el general Groves hubiera salido del despacho oval−, pero creo que el general lleva razón. Esta guerra ha provocado ya más de cincuenta millones de muertos; cien mil muertes más no incrementan sustancialmente el daño y, en cambio, las ventajas para nosotros pueden ser enormes.

- Harry, ¿cómo puedes pensar así? El poder que se gana por la fuerza y se ejerce imponiéndolo con amenazas, es dictadura. El poder no se gana al asalto, se conquista con el respeto a los ciudadanos y con leyes justas. Sí, es cierto que hemos vivido una gran tragedia, pero es igual de funesta y amarga ya se trate de cincuenta millones o de cien mil o de una sola vida. La vida es sagrada, Harry, y ni tú ni yo somos Dios para disponer de ella ─respondió el Presidente, al tiempo que salía de detrás de su mesa sentado en la silla de ruedas a la que la poliomielitis lo había atado hacía más de veinte años.

Dos meses después de esta conversación, a mediodía del 12 de abril de 1945, Franklin D. Roosevelt, dijo que sentía un terrible dolor en la nuca y a continuación cayó inconsciente hacia delante desde su silla de ruedas. Había sufrido un ictus. Su médico el doctor Howard Bruenn lo dio por muerto y acudieron a su cama el vicepresidente Harry Truman y su secretario de estado Edward Stettinius que, en un aparte y con el cadáver aún caliente, estuvieron hablando de los preparativos para la sucesión e incluso Truman tuvo la desfachatez de dar la primera orden al secretario de estado como si ya hubiera sido investido Presidente. A las 15:35, contra todo pronóstico, se produjo el milagro que dejó asombrados a todos; el Presidente abrió los ojos y preguntó si había comido, porque tenía hambre. En las siguientes cuatro horas se recuperó lo suficiente como para volver a su silla de ruedas.

- Harry, durante el tiempo que he estado inconsciente he tenido un sueño horrible. Una auténtica pesadilla que se repetía una y otra vez -dijo Roosevelt dirigiéndose a Harry Truman.

- ¿Una pesadilla? ¿Soñabas con Stalin?

- Ja, ja, ja. No Harry, no era Stalin. Era más horrible todavía ─contestó Franklin- Venías tú a verme muy contento y me decías que habíamos terminado de fabricar la gran bomba, no una sino cuatro, y me convencías de que las arrojásemos sobre unas ciudades japonesas  pero lo que más me alarmó no fue que tú me convencieses, que ya sé que no te importa matar a tanta gente, sino que el propio Robert Oppenheimer, el científico pacifista, me recomendó que bombardeásemos no una sino tres ciudades e incluso me las señaló: Hiroshima, Kioto y Yokohama, y que destinásemos una cuarta para el arsenal de Kokura. En mi sueño se lanzaban dos, una en Hiroshima y la otra iba destinada a Kokura pero algo pasó y se tuvo que lanzar en Nagasaki. Fue horrible, Harry. Creo que ha sido el espanto de las visiones que he tenido lo que me ha despertado, sacándome del shock en el que encontraba, haciéndome entender que no podía permitirme morir en este momento. He visto terribles imágenes de miles de personas abrasadas, he visto paredes calcinadas que presentaban la silueta de una persona que se encontraba apoyado en ella y que la explosión la había desintegrado, me he horrorizado con la visión del patio de un colegio con una multitud de niños abrasados y una fila de personas carbonizadas que hacían cola en la puerta de la que debió ser una tienda, que yacían en el suelo como negras fichas de dominó tendidas en el asfalto.

- Las pesadillas son así Frank, dramatizan y exageran mucho la realidad, creando en el cerebro imágenes imposibles.

- Sí, debe ser eso. Ya tengo ganas que termine todo esto y hacerles una prueba de la detonación de ese artefacto a los malditos japoneses. Seguro que cuando vean los efectos que cause sobre la falsa ciudad que hemos preparado y extrapolen esos resultados a una cualquiera de sus ciudades, aunque no tengan tanta imaginación trágica como yo en mi pesadilla, seguro que se rinden sobre la marcha.

El lunes 16 de julio se probó con éxito por primera vez la bomba en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México, y a primeros de agosto, cuando ya se tenían fabricadas media docena de bombas, Roosevelt hizo una llamada al primer ministro japonés Kantarô Suzuki y le puso en antecedentes del asunto, invitándolo a que enviara observadores a que presenciaran la prueba. El primer ministro Suzuki aceptó y, después de dar conocimiento a su antecesor Hideki Tojô y al emperador Hirohito, envió observadores a Estados Unidos en la fecha que el gobierno estadounidense fijó para hacer la demostración.

Se eligió el lunes 6 de agosto. Acudieron una docena de japoneses de los que solo dos eran militares, los demás eran diversos especialistas, como ingenieros, médicos y expertos en armamento y explosivos. Primero fueron llevados a la ciudad fantasma donde se habían construido edificios tratando de imitar a una ciudad japonesa de tamaño medio. Había varios edificios, con dos y tres plantas, construidos con ladrillos y uno de mampostería; los demás eran de madera y cartón piedra, que tanto abundan en Japón. Después que los especialistas japoneses comprobaran la solidez de todos ellos, se retiraron al puesto de observación que era un grupo de búnkeres situado a dieciséis kilómetros de distancia.

A las 05:29:45 hora local, el dispositivo explotó con una energía equivalente a 19 kilotones, equivalentes a 19.000 toneladas de TNT. En el momento de la detonación, las laderas de las montañas circundantes se iluminaron durante algunos segundos. Los colores observados de la iluminación variaban desde el morado hasta el verde, y finalmente pasaron al blanco. El estampido de la explosión tardó 40 segundos en alcanzar a los observadores y la onda de choque pudo sentirse a 160 kilómetros de distancia. La nube en forma de hongo alcanzó los 12 kilómetros de altura. Los japoneses no esperaban aquello y el tono ebúrneo de sus caras se vio acentuado por la lividez que les produjo aquel espectáculo dantesco.

Tanto los japoneses como los americanos habían tomado fotos y películas de toda la prueba desde los búnkeres de observación y, al día siguiente, un avión de reconocimiento sobrevoló la zona a fin de fotografiar lo que hubiera subsistido de la ciudad cobaya; no había quedado ningún edificio en pie. Los restos de los edificios de ladrillo y de mampostería aparecían calcinados y renegridos por las enormes temperaturas que se habían registrado. Los de madera y los de cartón piedra, sencillamente se habían volatilizado. Toda esta información gráfica fue presentada posteriormente por los observadores japoneses a la plana mayor de su estado mayor y al emperador. Cinco días más tarde se produjo la rendición de Japón.

Franklin D. Roosevelt y Harry Truman estaban sentados uno al lado del otro escuchando por la radio la retransmisión de la rendición japonesa, en la que el emperador Hirohito leía la Rescripto Imperial sobre la terminación de la guerra. Entonces Franklin se acordó de su sueño y en su rostro se dibujó una sonrisa de satisfacción, acercó su boca al oído de Truman, al tiempo que le cogía una mano, y muy bajito le dijo: - ¿Ves Harry, lo gratificante que es este resultado y lo tranquilos que nos sentimos ahora después de haber salvado de la muerte a ciento cuarenta mil habitantes de Hiroshima y Nagasaki?─. En ese momento la mano derecha de Frank se crispó y se agarrotó sobre la mano izquierda de Harry, emitió un ligero grito de dolor mientras se intentaba llevar la otra mano a alguna parte de su torso o tal vez a la cabeza, pero la mano no llegó a su destino y cayó abatida y flácida, cerró los ojos y se quedó como dormido; Harry se quitó sus gafas, le puso los cristales cerca de la nariz y la boca y comprobó que no respiraba. Franklin Delano Roosevelt había muerto.

¡Ojalá hubiese sido esta la historia real!

Sevilla, Junio de 2018

F I N

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