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La forja de una Tierra

Amaneció; había dejado de llover y, poco a poco, entre las nubes, estaba saliendo el sol. Era mediados del mes de octubre y hacía cinco jornadas que habíamos salido de nuestro hogar, cerca de la aldea de Montenegro, en la comarca de Cinco Villas, en la frontera entre Castilla y Navarra. Allí rodeado de cumbres, bosques y arroyos dejé para siempre los recuerdos de la niñez.

Por entonces gobernaba en León y en Castilla el rey Alfonso, el Sexto, que, como entonces se decía, había de reinar en toda España, y hacía mil y setenta y seis años del nacimiento de Nuestro Señor. Pero, eran malos tiempos para la libertad. El conde de Lara, Gonzalo Salvadórez, asfixiaba aquella tierra cada día más con sernas e impuestos; lo quería todo, pero a Juan de la Sierra todavía le quedaba dignidad.

Juan, nunca había hablado ni de su nacimiento, ni de su juventud. Había estado lejos, en el Monasterio de Silos, en tiempos del abad Domingo, como pastor de sus rebaños, e incluso había recibido eduación. De sus padres nunca dijo nada, algo que siempre le dio un cierto halo de misterio.

Conoció a mi madre en el valle donde vivíamos y allí se estableció con unas ovejas y algo de tierra con la que alimentar a la familia que después llegó: mi hermana, mi hermano y yo. Era muy querido por la gente, a la que ayudaba en lo que podía, un rebaño que cuidar, unas tierras que trabajar... Era una persona de bien que amaba su tierra. Pero las cosas cambiaron.

Un día mi padre llegó y habló unas pocas palabras con mi madre:

- Elvira, recoge todo, nos vamos de aquí para siempre. El conde quiere más impuestos, más tierras, más... poder. Nos vamos a la Extremadura, a los campos extremos al sur del Duero. Dicen que allí hay tierra para todo el que quiera establecerse. Incluso, cuentan que el rey Alfonso le ha dado allí un lugar, llamado de San Frutos, al abad Fortunio y a Silos.

- Juan, -dijo mi madre- es tierra peligrosa, la frontera con el país de los moros.

- No importa, mujer, allí seremos libres.

No recuerdo nada más de la conversación, pero bastó para ponernos en camino. Sólo un detalle, mi padre guardó con esmero un pequeño cofre que yo nunca había visto ¿Qué sería aquello?

En aquellas cinco jornadas, salimos de nuestra comarca hacia el Sur. Atravesamos la Tierra de Covaleda y llegamos a Osma, que todavía algunos seguían llamando Uxama en recuerdo de una gloria ya lejana. De allí, a un tiro de piedra, San Esteban de Gormaz, una puerta del río Duero y, más allá, un océano de tierras sin señor ni amo. Una tierra de promisión llena de oportunidades, pero también de peligros. Por los sitios por dónde pasábamos recuerdo nerviosismo entre los lugareños. -Hay extranjeros que buscan algo por los caminos de esta parte de Castilla, -decían-. ¿Qué sería? También recuerdo a una viuda que dimos de comer, a otros viajeros a los que ayudamos a reparar un carro y a un labriego cuyo buey estaba ya viejo y al que prestamos el nuestro para terminar de labrar su campo. Mi padre siempre presto a ayudar a los demás. Y mientras el cofre que mi padre ocultaba en el carro seguía siendo un misterio para mí.

La lluvia dejó paso a una mañana clara. Mi madre se levantó primero, encendió una lumbre y preparó algo de comer: sopas de avena cocidas en leche y un poco de tocino. Mi padre lo tomó rápido y y preparó el carro y las ovejas para la marcha, yo le ayudé en lo que pude. Hoy cruzábamos el Duero, atrás un mundo viejo, delante una vida nueva.

La intención de mi padre era seguir la vieja calzada de piedra que allí empezaba hasta la nueva ciudad emergente de la frontera: Sepúlveda.

En San Esteban conocimos a otras gentes que aquella mañana también cruzaban el Duero.

- ¿De dónde venís? -indagó mi padre-.

A lo que alguien le respondió. - Aquí hay gente de las zonas montañosas de Castilla: Cerezo, Lantarón y Lara. Más allá hay serranos de Viniegra, Ventrosa, Brieva...

-Cinco Villas, lo conozco, soy de Montenegro. -Interrumpió mi padre-.

-Vamos a Sepúlveda. -Dijo otra mujer-.

Al cruzar el puente sobre el río, el rostro de Juan de la Sierra cambió y tornó en preocupación. Miró allí donde guardaba aquel cofre y miró a mi madre que le dio un gesto de ánimo desde el carro. Todo saldría bien. El temor tenía un nombre: “los moros”. Mi padre oyó en San Esteban que, aunque ya hacía cuatro años desde que Alí Maimón de Toledo invadiese aquellas tierras por última vez, los bandidos islamitas seguían asolando la frontera robando y violando.

Entre un montón de ruinas que algunos pobladores llamaron Termancia, descansamos de aquella jornada. Algunas gentes que de mañana salieron con nosotros de San Esteban quedaron allí. Mi padre seguía con su idea fija de llegar a lo que el llamaba la Sierra.

De nuevo pasó una noche, y con el alba nos enfrentamos al duro camino. Aquel día transcurrió entre polvo, piedras, ovejas, un poco de carne para comer y la vista en la Sierra que se levantaba cual muro infranqueable. la tarde se fue, pasó la oscuridad y llegó la mañana. El día que cambió nuestras vidas.

Sería mediodía y acabábamos de cruzar lo que mi padre llamó río Aza. A lo lejos se divisaba lo que parecía un bosque de hayas y a los bordes del camino los brezos y los arándanos crecían por doquier junto a enebros y robles. Mi madre hizo algo de comer, sacó un poco de pan que llevaba envuelto en un trozo de lienzo y asó en un fuego un conejo que el perro había cazado el día de antes. Mientras comíamos, el chucho empezó a ladrar. Algo sucedía. Las ovejas estaban nerviosas y mi padre se puso más, se llevó la mano a una pequeña daga, algo roída, que llevaba y miró enderredor. Mi madre se metió en el carro con mis hermanos y los abrazó. Yo quedé junto a mi padre.

De repente, de entre la espesura de los árboles, un oso salió y se dirigió hacia nosotros rugiendo. Era una bestia enorme, con garras y colmillos afilados. Un abrazo suyo sería mortal. Mi padre se puso delante del carro; me retiró detrás de él y se dispuso a defender a los suyos. En aquel momento, recordó la memoria de aquel santo que había vivido por aquellas tierras y que supo de él en su estancia en Silos.

-Santo Frutos protégenos del peligro. Musitó mi padre.

En esas estábamos cuando vimos cómo la figura de un monje anciano con un callado surgía de la nada. El oso fue hacia él y se echó a sus pies, quedando allí tendido. Comprendimos enseguida quién era aquel anciano. Él se dirigió a mi padre que permanecía arrodillado y dijo:

-Juan de la Sierra quiero que toda esta tierra se pueble de gente y que en ella impere la ley. Te dirigirás al lugar de Navares, cerca de Sepúlveda y entregarás al rey Alfonso este diploma que te doy. Contiene las leyes justas para regir a los hombres que vengan a los pies de la Sierra.

Mi padre tomó el diploma y sin decir una palabra se prestó a cumplir la misión en agradecimiento al Santo por habernos salvado. Enseguida preparamos la marcha y al anochecer llegamos a las estribaciones del desfiladero de la Sierra, el puerto de Fozarach (Somosierra), como le conocían los pocos habitantes del lugar de Cerezo de Yuso, llegados desde el norte de Castilla, donde dormimos, a una jornada de Sepúlveda. Un poco más al norte, según indicaciones de los lugareños, en Navares, esperaba el rey Alfonso. Aquella noche Juan de la Sierra leyó y releyó aquel diploma.

Por la mañana temprano, salimos hacia Sepúlveda; atravesamos la aldea de Duruelo y al atardecer, dejando atrás las casas de otra aldea, Duratón, divisamos la silueta de la ansiada ciudad en la ontananza. Conseguimos llegar a ella antes de que anocheciera y entramos por la puerta Duruela, antes de que la cerraran. Encontramos un sitio al pie de la muralla y allí alrededor de un improvisado fuego dormimos toda la familia. La idea que mis padres fraguaron aquella noche me incluía a mí. Mientras que mi madre quedaba en Sepúlveda con nuestros enseres, yo acompañaría a mi padre a presencia del rey.

Desde el amanecer, Sepúlveda era un trasiego de gentes: campesinos, guerreros, pastores y mercaderes, muchos llegados de más allá del Duero, se afanaban en su tarea. Mi padre guardó el cofre que escondía, me olvidé de él, y el diploma en un zurrón y tras comer algo y despedirnos de mi madre y hermanos, emprendimos la marcha. Al mediodía estábamos en Navares y allí el séquito real.

El rey Alfonso se encontraba por aquellas tierras ordenando los trabajos repobladores y acompañándole iban algunos magnates sepulvedanos: Pascual de Mesella, Muñoz Alvo, Alvo Sarrazín de Monte Calvillo, Domingo López de San Justo, Jimeno García y Sancho Navarro. Y alguien que no extrañó ver a mi padre allí: el abad Fortunio de Silos.

-Juan, ¡al fin llegaste! ¿Trajiste el cofre?

-Aquí está, padre, pero en el viaje ocurrió algo.

Mi padre le narró cómo el Santo Frutos obró el milagro y le mostró el diploma que le entregó. El abad lo leyó, y sin dudar nos condujo a presencia del rey, abriéndonos paso entre los guardias. Allí estaban los reyes, Alfonso e Inés. Alguien indicó que nos arrodilláramos y el abad Fortunio tomó la palabra.

-Majestades, este siervo fiel ha conseguido traer hasta Sepúlveda la reliquia de la Vera Cruz que era adorada en Silos, librándola de la codicia de los agentes del enemigo rey de Navarra, Sancho Ramírez que trataban de robarla y llevarla al monasterio de Leyre. -Y mostró el cofre que tan afanosamente mi padre guardaba desde que salimos de Montenegro. Ahora comprendí la premura del viaje.

-Majestades,-continuó el abad-, es deseo nuestro que esta reliquia quede en Sepúlveda y que bendiga esta tierra. A cambio, aquí está la ley que queremos que rija esta tierra, frontera con el país de los moros. -y le entregó el diploma que el Santo dio a mi padre.

El rey se lo entregó al notario real para que lo revisara. Una vez revisado hizo un gesto de aquiescencia. El rey, visto aquello ordenó que se leyera de viva voz.

Una vez terminada la lectura, dijo el monarca: -Así sea. Sea este el Fuero para Sepúlveda y esta tierra al norte de la Sierra. En el nombre de la Santísima Trinidad, yo el rey Alfonso y mi esposa Inés así lo convenimos, siguiendo nuestra propia voluntad y libres de toda coacción u obligación. Confirmamos el texto foral que aquí hemos oído, en la integridad de su letra.

A continuación se dirigió a nosotros.

-Siervo fiel y cumplidor en recompensa por tu servicio elige una tierra donde establecerte en toda esta comarca. Tuya es.

Aquel día permanecimos en el campamento real junto a los hombres de Silos y el abad Fortunio le dijo unas palabras a mi padre que nunca olvidé: -Por tu entrega y el bien que has hecho, vida eterna para ti Juan de la Sierra-. Mi mente de niño no entendió aquellas palabras hasta años después cuando mi padre ya anciano me resolvió el enigma

-Abuelo, y ¿Cuál es ese secreto de la vida eterna?

-Espera rapaz, la historia no ha terminado aún.

Al día siguiente volvimos a Sepúlveda con el rey su séquito, allí nos reunimos con mi madre y mis hermanos. El rey partió para León dejando allí como delegado regio al merino Pedro Juan.

Días después alguien habló a Juan de la Sierra, mi padre, de un lugar en un hermoso valle al pie de la Sierra, allí donde el río Casliella sale de las montañas para ir en busca del Duratón. Allí nos establecimos con otras gentes que ya lo habitaban desde antaño.

-Sí, abuelo, pero ¿cómo se consigue la vida eterna?

-Muy fácil, si pones empeño en ello hijo: haz el bien y vivirás eternamente en el corazón de los hombres a quiénes se lo hiciste. Así todos nuestros antepasados viven eternamente.

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