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La fiesta

Vivía en una finca, en pleno campo, y era feliz, rodeado de su familia, sus amigos y sus compañeros, en un enorme espacio que él consideraba como su territorio, donde no le faltaba de nada. Vida fácil, comida abundante, farniente...

La vida era apacible y tranquila: por la mañana, lo primero que hacía era recorrer la finca y visitar a sus amigos, disfrutando de aquella vida apacible que no cambiaría por nada del mundo.

Después  de comer, se tumbaba bajo aquel roble que daba una hermosa sombra y, sin quitar los ojos de la cercana carretera, observaba los coches que circulaban sin parar y que tanto le distraían, mirándolos hasta que se quedaba dormido. Los hubiera contado para pasar el rato, pero no sabía contar, ni tampoco leer o escribir, aunque eso no le importaba.

Pero había algo que le extrañaba, algo que sucedía a menudo: a veces, algunos de sus amigos desaparecían del lugar y no los volvía a ver. Un día, después  de la siesta a la sombra del roble, decidió ir a ver a su mejor amigo y compañero, con el que daba largos paseos. No le encontró. Otro compañero le dijo que se había ido con los dueños de la finca a una fiesta organizada en la ciudad, en compañía de otros amigos. “Bueno, pensó, ya volverá y nos contará lo que vio y que tal se lo pasó”. Pero pasaban los días y su amigo no volvía. “Qué extraño, con lo bien que se encontraba aquí y con lo que apreciaba nuestra compañía”.

Un día, los dueños de la finca vinieron a buscarle y pensó: “Seguro que me llevan a otra de esas fiestas que organizan en la ciudad. A lo mejor me encuentro con mi amigo”

Después varias horas de viaje por carretera, llegaron a la ciudad, donde le asignaron un alojamiento para él solo, cómodo, pero algo austero, solo con lo esencial.

La fiesta debía tratarse seguramente de un juego, con varios participantes que esperaban su turno y que serían llamados uno tras otro para formar parte del juego, según un número que les habían atribuido. A él le correspondió el número tres.

Desde donde se encontraba, no veía cómo se desarrollaba el juego, pero debía ser muy divertido, a juzgar por el bullicio y la música que podía oír.

Cuando le llegó su turno, le empujaron, no muy delicadamente por cierto, hasta salir a un pasillo que conducía al lugar donde se celebraba la fiesta.

De repente, deslumbrado por la potente luz del sol, se encontró en medio de un gran recinto con mucha gente alrededor que había asistido a la fiesta para verle a él y a sus otros compañeros que participaban igualmente en ella.

En realidad, más que una fiesta, aquello le pareció efectivamente un juego. Un juego del que nadie la había explicado las reglas.

 

Debió de hacerlo muy mal porque perdió. Le cortaron las dos orejas y el rabo.

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