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La dama del lago

Era una gran mansión rodeada del verdor deslumbrante del césped, adornada por miles de flores de infinitos colores tornasolados, de aromas evocadores de vida salvaje. La sólida piedra ennegrecida por el paso del tiempo, revivía alimentada de la esencia vital transmitida a través de las raíces de la hiedra que, exuberante, trepaba sobre ella imparable.
Como toda gran mansión, poseía un gran señor y todo un ejército de criados que ocupaban posiciones en una escala de importancia. Por encima de todos ellos reinaba la señora Hamilton, el ama de llaves. Nadie discutía sus ordenes, nadie se demoraba a la hora de obedecer. Y no era por que gritara o fuera severa en sus castigos. Pero su indumentaria negra del cuello a los pies, su postura recta como un palo resultado de un corsé apoyado por la más férrea voluntad y su inflexible carácter, reforzaban el respeto aderezado por el pánico que la mayoría de sus subordinados le tenían. Nunca levantaba la voz pero las indicaciones dadas en aquel tono bajo, frio y cortante como el hielo eran inapelables como una sentencia de muerte. Llevaba el pelo negro como ala de cuervo, recogido en un eterno moño perfecto del que no osaba escaparse el más mínimo mechón rebelde. Sus ojos, oscuros e insondables como la boca del infierno, estaban presentes, como pesadillas, en el sueño inquieto de las jóvenes sirvientas.

Solo una persona estaba por encima de la tiranía de la señora Hamilton. El amo, el vizconde de Collingwood.
Por tradición, desde hacía más de cuatrocientos años cuando el Rey Ricardo III les concedió el título, los varones herederos de tal distinción se habían preocupado muy poco por dar lustre a su blasón. Se decía que el primer vizconde había sido un corsario al que el monarca había premiado su colaboración en su accidentado regreso de las cruzadas.
Por tanto, los hombres Collingwood habían heredado el espíritu aventurero de su antepasado.
La mayor parte de ellos, los que habían conseguido llegar a la madurez, volvían al solaz familiar solo cuando su salud no les permitía seguir con sus correrías.

Habían sido soldados de fortuna enrolados en todas las guerras. Exploradores de tierras inhóspitas y lejanas. Aventureros en busca de causas perdidas que defender.
Cualquier cosa menos los señores, esposos y padres, gestores de una herencia que, por su falta de interés, iba desapareciendo poco a poco.
El actual vizconde, Sir Archivald, contaba ya 50 años. Había consumido más de la mitad de su vida en tierras del África negra buscando minas de diamantes. Pero la malaria le había debilitado de tal manera que se había visto forzado a regresar, abandonando así sus sueños de engordar la cada vez más exigua economía familiar.

Era alto y muy delgado. El pelo rubio y rebelde, demasiado largo para los usos de la época, se le derramaba a veces por la cara en mechones ondulados. Lucía un poblado bigote, que empezaba a blanquear, mal recortado y descuidado. Sus enormes ojos azules rodeados de profundas ojeras negras, destacaban en la extrema palidez de su cara.

La mayor parte del tiempo lo pasaba paseando por los jardines apoyado en su bastón de marfil. Cuando la tarde empezaba a refrescar, se recluía en su enorme y magnífica biblioteca. Sentado en su sillón situado casi encima del fuego de la chimenea, fumaba larguísimas pipas acompañadas de una copa de buen brandy y un libro de su incomparable colección repleta de clásicos y algún que otro incunable.
No deseaba nada más para los años que le quedaban de vida. Pero en la oscuridad y el silencio de la noche, invariablemente, le visitaba el espectro de su padre. Irrumpía intempestivamente interrumpiendo sus sueños para recordarle que era su deber dar un heredero a la familia.
Por fin, atormentado por la visión de la imagen onírica constante de su progenitor con quien, por cierto, nunca se había llevado excesivamente bien, decidió tomar cartas en el asunto.
Para ello, la señora Hamilton, organizó el mayor zafarrancho de combate que jamás se había visto en la mansión. El personal fue dividido en brigadas de limpieza y repartido por las diferentes zonas de la casa con precisión militar. Ni un solo rincón, por pequeño o recóndito que fuera, quedo libre del agua y el jabón.

Los jardineros se encargaron de que ni la hoja más minúscula entorpeciera la visión del mar verde y que los accesos a la puerta principal estuvieran despejados, sin agujeros que pusieran en peligro las ruedas de los carruajes. También crearon bellos ramos de olorosas flores que se repartieron por todas las habitaciones de la planta baja.
Las vajillas con 100 años de antigüedad habían recuperado todo su esplendor y los cubiertos de plata relucían llenando el comedor de destellos.

A las ocho en punto empezaron a llegar los primeros invitados. Nuestro buen vizconde había conseguido que no se notase lo grande que le quedaba su traje de etiqueta, confeccionado varios años antes cuando la cubierta de su osamenta era bastante más gruesa. Con dificultad recogió su pelo rebelde y se recortó el bigote.
En aquel momento, tieso como un palo recibiendo a sus invitados, había logrado asemejarse al gran señor que debía ser.
Todo fue perfecto en la primera recepción que se celebraba después de muchos años. El salón de baile recuperó los ecos de la música y las risas de otros tiempos. Se vio charlar y sonreír a Sir Archivald por primera vez desde su regreso.
Alrededor de la medianoche, el vizconde se sintió sofocado. Eran demasiadas horas ejerciendo su papel de anfitrión y tuvo la necesidad de alejarse de la luz y el ruido del salón repleto de gente.
Sus pasos vagabundos a través de las sombras del jardín le llevaron sin percatarse a uno de sus lugares preferidos, el lago.
Podía considerarse un nombre presuntuoso para una extensión de agua no mucho más grande que un estanque, pero siempre se le había llamado así, el "Lago de la dama".

El caballero adoraba aquel lugar, por su paz, su colorido representado por los delicados nenúfares que flotaban en su superficie y por los cisnes majestuosos que cruzaban sus aguas quietas provocando un encadenado de ondas que alteraban momentáneamente su quietud.
Le gustaba al vizconde, sentarse en una piedra que sobresalía y a la vez penetraba dentro del lago. Desde allí, la transparencia del líquido elemento le permitía observar el movimiento de las carpas que alguno de sus antepasados había incorporado a la fauna.
Pero aquella noche el lago se encontraba invadido por una niebla baja y sus habitantes permanecían escondidos.
Cuando se acercó a su trono natural observó una sombra que, envuelta por la niebla, permanecía inmóvil con la mirada absorta, atrapada por la negrura de las aguas.

Conforme avanzaba, cauteloso, las formas fueron definiéndose poco a poco a la vez que el vapor húmedo se hacía menos consistente. La sombra fue clareando hasta convertirse en una joven de postura indolente. Vestía un vaporoso vestido blanco de anchos tirantes y escote en uve. Una cinta dorada alrededor era su único adorno que, a la vez marcaba la forma de su pecho.
Su larga melena bruna, brillante y lustrosa, se recogía en una trenza decorada con pequeñas flores níveas.
Su aspecto unido a su piel marmórea la hacía parecer fosforescente.
Se detuvo a pocos pasos y se percató de que ella aún no había notado su presencia. Tuvo miedo de hablar y que, el sonido de su voz hiciera huir a la aparición.
De repente ella se giró y lo observó con curiosidad. Sus ojos eran extraordinariamente azules, enmarcados por cejas y pestañas tan negras como su pelo.
Sir Archivald la vio mover la boca como si hablara pero no fue consciente de sus palabras hasta que ella se le quedo mirando, sonriente, esperando una respuesta.
- Sí, respondió, soy el vizconde de Collingwood, señor de éstas tierras y estoy encantado de que usted pasee por ellas, señorita...
- Mis Elisabeth James. Soy sobrina de su vecino, Sir Jonathan. He acabado mis estudios en un internado para señoritas de Zúrich y mi tío se hará cargo de mi hasta que contraiga matrimonio. Es mi tutor.
- ¡Que agradable sorpresa!. No sabía que Sir John tuviera una sobrina tan hermosa... Oh!!!! Perdone el atrevimiento.
- ¡Perdonado caballero!. Jamás podría ofenderme tan agradable y espontáneo cumplido.
- Y dígame señorita, ¿como permite su tío que una dama tan joven y frágil pasee por estos lugares inhóspitos a horas tan tardías?.
Ella sonrió dejando ver una hilera de blancos dientes enmarcados del rosa de sus labios. El vizconde sintió por un momento, que el espacio se iluminaba con el brillo de aquella sonrisa.
- No lo sabe. Me gusta la quietud nocturna del lago. Me transmite una paz que me ayuda a conciliar el sueño. ¿Puedo hacerle una petición?.
Acompañó esta última frase, apoyando una mano blanca y delicada como el ala de una paloma, en la solapa de la chaqueta del hombre. Muy cerca de su corazón. El temió que ella notara el ritmo desbocado de este.
- ¡Faltaría más! ¿Necesita que le baje la luna, que conquiste un continente, que me enfrente al malvado Polifemo?. Haré cualquier cosa que me pida.
Un rubor suave cubrió las delicadas mejillas ante tal arranque entusiasta.
- ¡Por Dios, caballero. Nunca le pediría algo así!. Es mucho más sencillo. Le agradecería que no dijera nada a mi tío. Sería capaz de encerrarme para evitar mi salida. Se toma muy en serio su responsabilidad.
- Cuente con mi discreción. Aunque deberé solicitarle un pago por mi silencio. Desearía convertirme en su paladín y para ello tendré que acompañarla en esos paseos. Solo para responsabilizarme de su seguridad. No podría informar a su tío en el caso de que le pasara algo en mis tierras.

Ella bajó la mirada y asintió con un movimiento leve de la cabeza.
Durante las noches de los siguientes cuatro meses la pareja se reunió en aquel lugar. Sin faltar ninguna. Ella se sentaba en aquella piedra rodeada del olor, el color y la efímera belleza de las Damas de Noche. Él, rodilla en tierra, le hablaba con voz cadenciosa e íntima. Nada perturbaba la susurrante conversación excepto la risa cristalina de la muchacha que rompía la quietud de vez en cuando.
Una mañana el vizconde se levantó completamente decidido. Necesitaba ver a su amada a la luz del día, que todos supieran de su amor, que fuera la señora de su hogar, la compañía y la paz de sus últimos años, quería que su bello rostro fuera la primera imagen que sus ojos vieran al abrirse y la última al cerrarse.

Se vistió con sus mejores galas, pidió a la señora Hamilton el ramo de flores más hermoso que los jardineros pudieran crear y que el cochero dejará impoluto uno de los carruajes de su propiedad. Aquel descapotado e impresionante.
Antes de salir se despidió del ama de llaves que aguardaba en la puerta vigilante para que todo estuviera tal y como el señor lo había ordenado.
- Querida señora Hamilton, deséeme suerte.
La severísima expresión del ama de llaves se relajó por primera vez en muchos años y en su cara apareció un atisbo de sonrisa.
- Por supuesto, señor. Sir Jonathan estará encantado de emparentar con una familia tan noble como la suya.
El vecino y tío de su amada pertenecía a una antigua saga de nobles dedicados a la agricultura. La mansión donde habitaba era mucho más pequeña y modesta que la de Sir Archivald. Tenía más el aspecto de una gran y agradable granja, completamente integrada entre los enormes y viejísimos árboles que la rodeaban. Cerca del cuerpo principal había otras construcciones dedicadas a la labor del campo. Tres grandes perros correteaban libres por el jardín persiguiendo ejércitos de ocas blancas y chillonas.
Nervioso, el vizconde fue acompañado por el mayordomo hasta la sala principal de la casa. Minutos después hacía su aparición Sir Jonathan.
Era un hombre entrado en años, bajo y orondo. Una mata de pelo blanco y una espesa barba del mismo color rodeaban un rostro afable y agradable, tostado por la vida al aire libre.
- ¡Querido vecino! ¿A que se debe esta inesperada y agradable visita?. Le dijo con voz sonora mientras estrechaba su mano de manera cálida.
- Sir John, tengo una importante petición que hacerle. Imagino que se sorprenderá mucho ya que nos hemos asegurado de que, hasta ahora, nadie supiera de nuestra relación.
El caballero dirigió una mirada confusa al vizconde.
- No le entiendo.
- Me explico. Hace unos meses conocí a su sobrina, Miss Elisabeth. Nos hemos estado viendo desde entonces. Pero, le aseguro que nuestros encuentros han sido absolutamente honorables. Estoy completa y perdidamente enamorado de ella, por eso me he decidido a venir a solicitar su mano.
La cara de Sir Jonathan había ido perdiendo el color hasta convertirse en una máscara cenicienta con una sonrisa congelada en los labios.
El vizconde, obsesionado por acabar su discurso, no se percató del cambio de expresión del anciano hasta que no acabó y se vio sorprendido por el silencio de este.
Al cabo de un momento, el oyente, recuperando el color de su cara, se limitó a decir en voz baja.
- Acompáñeme por favor, querido amigo.
Se dirigieron al vestíbulo. Una vez al pie de la enorme escalera que daba acceso a la segunda planta, Sir Jonathan señaló un gran cuadro que presidía el inicio de la escalinata.
- ¿Es ella?. Preguntó.
Allí estaba su amada. Tal y como la vio el primer día. Sentada al borde del lago, con la túnica blanca y la trenza adornada de flores.
- Sí claro, Miss Elisabeth, su sobrina.
La tristeza inundó la mirada del viejo noble.
- Efectivamente, es ella. Pero mi querida pequeña murió hace más de veinte años. Sus progenitores me la enviaron porque se había enamorado perdidamente de un mal hombre. Esperaban que una temporada aquí conseguiría hacérselo olvidar. Una tarde recibió una carta de sus padres. Al principio yo no sabía que había pasado, mi niña se había encerrado en su habitación. Se negaba a salir, a comer... la oía llorar noches enteras. De repente desapareció. La buscamos desesperados durante días. Uno de mis aparceros la encontró flotando en el lago con el mismo aspecto que en ese cuadro. Como una apacible y bella Ofelia.
En la misiva que había recibido le informaban de que su amado había contraído matrimonio con otra rica heredera. Una de sus mejores amigas.

Desde ese mismo día una leyenda se extendió entre los campesinos. Empezaron a llamar al lago "de la dama" porque, según decían, mi pequeña iba allí cada noche buscando a su amante. Yo he ido muchas noches con la esperanza de volver a verla pero jamás lo he logrado. Lo siento querido amigo.
Sir Archivald volvió a casa completamente destrozado. La señora Hamilton había reunido en la puerta a toda la servidumbre para felicitar al señor por su compromiso. Él, avanzó entre su personal, encorvado y apoyándose en su bastón. Parecía haber envejecido diez años de repente.

La fiebre le atacó durante semanas. En su delirio la llamaba a gritos.
Una madrugada, la habitación del enfermo se iluminó como si fuera de día. Cuando abrió los ojos con dificultad vio a alguien que le observaba desde los pies del lecho.
- ¿Señora Hamilton?. Preguntó con voz débil.
La figura se desplazó hasta su cabecera con movimientos gráciles y le acarició la frente. Él sintió la suavidad de una piel conocida, le inundó el aroma embriagador de las Damas de Noche y lo supo.
Se incorporó impulsado por una inesperada vitalidad. Sonreía.
- ¡Elisabeth, mi amada. Como te añoraba!.
- Lo sé. Su voz cantarina lo envolvía con la dulzura de las nubes. Mi búsqueda se acabó, amado mío. Encontré al buen hombre que he estado añorando todo este tiempo. ¿Quieres pasar el resto de la eternidad conmigo?.
El último vizconde de Collingwood murió sin dejar herederos. Los acreedores se comieron la herencia y la hiedra la mansión. La señora Hamilton fue la última en abandonarla.
A partir de entonces, los campesinos llamaron al lago "del amor eterno".

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