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La cacería (II)

Cuando  la rampa del ferri se abrió un Porsche descapotable salió rugiendo  para alejarse del puerto lo antes posible. Las diez horas del viaje desde Nápoles habían sido estresantes pero ya estaban en tierra y Ángelo sabia en quien podía confiar y en quien no dentro de Sicilia.

Isabella le había pedido ir a comprar ropa nueva antes de embarcar a causa de lo ocurrido en el hotel de Roma, de manera que había cambiado su vestido por unos pantalones acampanados de algodón de color negro con cuadritos blancos, una blusa rosa y unas gafas de sol de funda metalizada color dorado con los cristales muy oscuros para que no se viesen los hematomas de la cara, también se había teñido el pelo de negro y se lo había alisado para pasar inadvertida.

Ángelo sin embargo solo había cambiado la chaqueta manchada de la sangre de los matones por otra que le había regalado Luigi tras curar a Isabella, también aprovecho para raparse la cabeza. Desde luego no era un hombre de esconderse mucho, pero sabía que esta vez era necesario.

Había oído llorar a Isabella entre sueños dentro del ferri y sabía que los hechos del hotel la perseguirían durante mucho tiempo, que la noche de pasión anterior se había perdido en el olvido a causa de ese trauma; el sin embargo no tenía remordimientos por lo ocurrido a excepción de que sus actos habían arrastrado a Isabella a su desgracia y ahora tenía que protegerla más que nunca.

_ Ángelo, ¿a dónde vamos?_ pregunto Isabella.

_ A casa de un amigo de confianza, es la única persona que creo que nos podrá proteger. Tranquila cariño.

_ Como quieres que esté tranquila Ángelo, después de lo que ha ocurrido no puedo estar tranquila. Así que no me trates como a una niña pequeña que no sabe lo que ha ocurrido.

_ No es mi intención tratarte así, pero tampoco quiero que te estreses más de lo que ya estas.

_ Pues lo estás consiguiendo.

_ Tranquilízate, seguro que Máximo nos ayuda con este asunto. Me debe un favor muy grande.

_ ¿De que conoces a Máximo?

_ Fuimos compañeros en el ejército y tuvo un problema con un sargento que la tenía tomada con él. El muy cabrán casi se carga a Máximo pero reaccione antes de que el sargento se diese cuenta y mi reacción nos costó más de un mes en el calabozo sin permiso de visita alguna.

_ ¿Qué es lo que hizo ese sargento?

_ A parte de humillar a Máximo delante de todos, algo innombrable para el hijo de un capo de la mafia, casi se lo carga. Le hizo ir a recoger un objeto en el campo de tiro y un arma se disparó en ese mismo momento.

_Ninguno le creímos_ siguió narrando Ángelo_ y cuando Máximo se puso a salvo yo salte sobre el sargento con mi arma cargada y le apunte en la nuca avisándole que como hiciese otra tontería como esa al que le atravesarían con una bala seria a él y no accidentalmente precisamente. Por eso Máximo me debe al menos un favor de los gordos y ya va siendo hora de cobrárselo.

Una hora más tarde Ángelo e Isabella estaban entrando en el barrio Capo donde encontraron  una casa lujosa donde vivía Máximo.

_ Perdonen, no pueden parar delante de la puerta. Esto es una propiedad privada_ dijo un tipo corpulento y bien vestido cuando Ángelo paro su Porsche junto a la verja de la casa de Máximo.

_ Soy amigo de Máximo Breccia. Necesito hablar con el urgentemente dígale que está aquí Ángelo Buonarotti.

El guarda de seguridad hizo las comprobaciones necesarias y en unos minutos se abrió la verja de par en par apareciendo en la puerta de la casa un hombre moreno con cara de empollón vestido con una camiseta de tirantes del Palermo F.C. y unos pantalones cortos.

_ Ángelo, querido amigo. Dichosos los ojos que te ven_ dijo Máximo al ver a Ángelo salir del coche_. Desde que te fuiste a la península a trabajar decentemente no quieres saber nada de los amigos.

_ Hola Máximo_ saludo Ángelo al tiempo que le estrujaba la mano.

_ ¡Eeeh, bribón!, menudo pivon viene contigo_ dijo Máximo al ver salir del coche a Isabella.

_ Hola Máximo, Ángelo me ha hablado mucho de ti.

_ Un placer señorita…

_ Isabella.

_ Me encanta el nombre_ contesto Máximo al tiempo que le daba un beso en la mano_, que buen gusto has tenido siempre para la mujeres bribón. Entrad, entrad, estáis en vuestra casa.

La casa parecía un palacete del Siglo XVI de la época en que Sicilia pertenecía a la corona española con un patio interior central con arcos apuntados, en el centro había una mesa de mármol incrustada al suelo como si hubiese crecido al igual que una planta y cuatro sillas señoriales en rededor de esta.

_ Sentaros, por favor_ ofreció Máximo._ Sabía que ibas a venir.

_ Pues sí que la he liado gorda, para que en dos días te haya llegado la noticia_ dijo Ángelo.

_ Me entere a las cinco horas de lo ocurrido_ comento Máximo_. ¿Un poco de vino?

_ Si, gracias_ dijo Isabella.

_ ¿Qué es lo que sabes?

_ Todo, lo es todo y más.

_ Cuéntame lo que yo no sepa.

_ Sé que han puesto precio a vuestras cabezas, sobre todo a la tuya.

_ Menuda novedad, cuéntame algo que no sepa.

_ Tengo un topo en Nápoles y sabe que las familias de la Camorra se han reunido y ninguno se quiere manchar las manos, así que lo más seguro que contrataran a algún sicario extranjero, lo más seguro que sea serbio o de algún otro país de Europa del Este que haya estado en conflictos hace unos años atrás. Esos tipos no se hadan con chiquitas y son mejores que los sudamericanos.

_ Entonces tenemos que salir del país_ dijo Isabella.

_ No serviría de nada, os seguirían. Lo mejor es que os quedéis aquí, estaréis a salvo.

_ Eso tampoco es solución Máximo, no queremos arriesgar tu seguridad. Ya la he jodido bastante.

_ De acuerdo, también es razonable. Pero ya sé que vamos a hacer_ dijo Máximo al tiempo que miraba el reloj_. Venir conmigo al salón que ya es la hora de comer y mientras os lo cuento.

_ ¿Qué basura me pondrán aquí de comida, cariño?_ comento Ángelo al tiempo que le daba un codazo amistoso a Máximo.

_ Creo que te vas a quedar sin probar las berenjenas de mi tierra y esa cassata que tanto te gusta.

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