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La bicicleta

ESSEN, ALEMANIA, AÑO 1900. COMPLEJO INDUSTRIAL KRUPP

-Hijo, a partir de mañana empiezas a trabajar en la fábrica. Tienes que dejar la bicicleta.

Era un apacible día de primavera. Los Schneider estaban sentados a la mesa, comiendo.

Michael siguió masticando despacio su roggenmischbrot, un denso pan de centeno. Miró a su padre pero no dijo absolutamente nada. Por las insinuaciones que le había hecho otras veces, Michael tenía claro que este momento llegaría tarde o temprano y estaba preparado.

El señor Schneider se sintió incómodo ante el silencio de su hijo, por lo que se vio forzado a añadir una explicación.

-Tienes dieciséis años, debes empezar a aportar a la familia.

-He trabajado como mensajero, y he traído algo de dinero a casa- replicó Michael, con bastante seguridad.

-Unos cuantos pnnefings no son suficientes. Has de ganarte la vida de otra forma. La bici no da para vivir. Además, requiere mucho tiempo y el trabajo en la fundición es duro, no tendrás tiempo para el ciclismo. Has de concentrarte en ser un buen empleado.

La tensión en la habitación había aumentado notablemente. Nerviosa, la madre de Michael se levantó y se dirigió al puchero, donde empezó a remover el guiso humeante con ansiedad. Parecía que esperara que, a medida que movía la cuchara con más rapidez, la tensión se fuera relajando. Pero no era así. Michael se estaba enfadando.

El joven había practicado ciclismo desde mucho tiempo atrás. Cuando apenas tenía diez años, había participado en una competición atlética para niños, patrocinada por los dueños de la fábrica, la familia Krupp. Michael, entonces un muchacho más desarrollado que los niños de su edad, no había tenido rival y se había impuesto en todas las pruebas. El premio que se llevó fue una estupenda bicicleta. Desde entonces, había montado sin descanso.

Su madre creía que la pasión que él tenía se debía a que la bicicleta le daba independencia: le permitía ir a muchos lugares sin necesidad de pedir permiso a nadie. Ella sabía cuán importante era para Michael. Sin embargo, su marido nunca lo había entendido. Le gustaba que su hijo practicara deporte, pero creía que su futuro debía pasar por la factoría: primero aprendiendo el oficio, después especializándose en algo. Al cabo de unos años, si conseguía llegar a oficial o encargado, podría mantener sin problemas a su propia familia. Pero todo eso requeriría una dedicación diaria de no menos de diez horas, incluidos turnos los fines de semana. Sí, estaba seguro, dedicarle varias horas al día a la bicicleta sólo era una peligrosa distracción.

Michael se encaró, firme, pero sin agresividad, con el señor Schneider.

-Padre, entiendo que quieras que haga algo de provecho. Incluso puedo aceptar que no te guste que practique ciclismo. Eso no me importa- le miró directamente a los ojos y continuó –Pero no soporto que insinúes que no soy capaz de valerme por mí mismo. Hasta ahora siempre he cumplido.

El señor Schneider intentó protestar, pero su hijo le interrumpió.

-Voy a seguir practicando bicicleta. No tengas dudas al respecto.

El padre de Michael percibió que su hijo se rebelaba contra él. Eso le ofendió y al mismo tiempo le produjo cierta satisfacción: Él era sindicalista y estaba acostumbrado a plantar cara cuando veía una situación injusta. Pero él mandaba en su casa y debía imponerse. Además, sabía mejor que él qué era lo que le convenía.

-¿Acaso no vas a obedecer a tu padre?- le preguntó con un ligero deje de amenaza.

-Yo no he dicho eso, padre.-le atajó - Lo que voy a hacer es convencerte de que te equivocas.

Sin decir nada más, se levantó y salió de su casa, poniendo fin a la discusión. Sus padres no dijeron nada. Ella siguió removiendo la cuchara en el puchero unos minutos más. Él se preguntó sobre lo que tendría Michael en mente.

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A la mañana siguiente, cuando el señor Schneider se levantó de madrugada, se encontró a su hijo, bien dispuesto para ir a trabajar. Era muy temprano. Se hicieron un gesto con la cabeza, pero no se dijeron nada. Lo pasado la noche anterior, ya había quedado atrás. Comieron algo en silencio y juntos se marcharon a la fábrica.

Miles de obreros se encaminaban desde las zonas de vivienda hacia las naves industriales. La fábrica Krupp era inmensa y se precisaba mucha mano de obra. Desde las residencias, el camino discurría en una pequeña pendiente descendiente. Eso permitía a los trabajadores tener una vista panorámica de todo el complejo según avanzaban. Enjambres de tuberías, chimeneas escupiendo volutas de humo y antorchas metálicas arrojando fuego, se alzaban ante los empleados mientras iban al trabajo. Eran millares, todos llegando al trabajo al mismo tiempo. Todos con gorras y pantalones grises o marrones, algunos portando sus herramientas de labor. Todos en la misma dirección, formando una marea humana dispuesta a llevar a cabo su labor.

Era evidente que las cosas marchaban bien en Essen. La gran fábrica daba empleo a mucha gente. En ella se producían centenares piezas de acero, algunas de ellas destinadas a ser parte de algún ingenio mecánico como trenes o barcos, otras para armamento. El principal cliente de los Krupp era, sin duda, el ejército alemán. Piezas de artillería, componentes para acorazados y cañones de diversos calibres eran lo más producido. En el complejo industrial desembocaban varias líneas de ferrocarril, algunas para traer continuamente el carbón que mantenía los calderos encendidos, provenientes desde la mina Zollverein. Otras líneas férreas servían para que salieran, hora tras hora, los productos acabados que serían repartidos en toda la cuenca del Rhur, y más allá, en Baviera, en el canal de Kiel, donde estaba la Armada, y mucho más al este, en Berlín y Prusia.

La demanda era alta, la Armada Alemana estaba inmersa en un amplio plan de adquisición de nuevos barcos y siempre se requerían nuevas piezas. Michael, sólo tuvo que presentarse en la garita de un encargado que su padre conocía e,  inmediatamente, le comunicaron dónde debía empezar a trabajar.

Se presentó a la zona de las grandes tolvas en las que el acero se fundía. El calor que desprendían hacía que todos los obreros sudaran con profusión. El metal derretido se vertía sobre unos canales donde se enfriaba progresivamente y se le daba forma, convirtiéndolo en grandes bloques.

-¡Michael, ven para acá!-

Uno de los responsables de la zona se dirigió hacia él. Se llamaba Armin Waigf y todos le llamaban, simplemente, el jefe.

-Bien, parece que estás en forma. Y eres fuerte. Vamos a ver de qué pasta estás hecho

Michael estuvo todo el día trasladando vagonetas llenas de metales para que éstos posteriormente fueran fundidos en los altos hornos. Era un trabajo pesado, pero él lo llevaba bien. Estaba preparado físicamente y no le importaba el esfuerzo, que soportaba sin mayor problema. El día fue pasando de forma satisfactoria. Incluso el jefe, que tenía fama de gracioso, le gastó varias bromas durante los descansos. Él, como novato, se las tomó con buen humor y todos se rieron un rato.

Su padre estuvo muy pendiente de él, dado que no trabajaba lejos. Llegó a la conclusión de que su hijo se comportaba como debía. Era algo torpe, algo que siempre pasaba con los nuevos, pero había sido capaz de cumplir con todas las tareas. Estaba satisfecho y esperanzado. Esperaba que una buena dosis de duro trabajo le hiciera centrarse y entender lo que costaba hacerse un hueco en la vida.

Cuando empezó a declinar la tarde, la riada de obreros regresaba a casa. Después de tanto esfuerzo físico, casi ninguno hablaba. Estaban realmente cansados. Michael no volvió con su padre, si no que iba con unos cuantos jóvenes que habían empezado a trabajar el mismo día que él. El señor Schneider pensó que aquello era la señal de que se estaba integrando sin demasiados problemas.

Sin embargo, al llegar a casa, Michael no se derrumbó en el sofá como su padre. Aunque había sido un día duro de trabajo, él tenía planes. Ignoró el delicioso olor de la comida que su madre había preparado, cenó frugalmente algo de pan y queso y se fue directo a dónde tenía guardada la bicicleta. Al ser el inicio de la primavera, aún quedaban algunas horas de luz y quería aprovecharlas. Se encaminó hacia la rivera del Rhur, donde normalmente entrenaba, y pedaleó sin descanso durante dos horas.

Ante la incredulidad de su padre, Michael Schneider cumplió con la misma rutina durante toda la primavera y todo el verano. Sin faltar un sólo día. Es más, los domingos, día de descanso en la fábrica Krupp, acudía a competiciones ciclistas.

Por lo general, siempre ganaba.

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El pundonor de Michael no sólo sorprendió a su padre. Los muchachos de la fábrica le respetaban porque era un buen trabajador que siempre cumplía y, además, lo admiraban por sus éxitos con la bicicleta.

Pronto, Armin Waigf, al que todos apodaban como el jefe, decidió que podía tomarle un poco el pelo a Michael.

Armin era el que siempre bromeaba con todos y sabía que el joven era un tipo tímido. Así que un domingo que Michael estaba fuera entrenando con su bicicleta, fue hasta la casa de los Schneider y le pidió uno de los trofeos que había ganado a su madre. Eligió una enorme copa de metal, con una gran águila imperial en el pedestal y un gran número uno y grabado el nombre de Michael Schneider. Lo había ganado en una competición con participantes de la rheinprovinz, en la que compitieron ciclistas de toda la provincia del Rin. Era impresionante en tamaño, y Armin estaba seguro de que serviría para sacarle los colores ante todos.

Al lunes siguiente, cuando Michael hubo terminado el trabajo, regresó con la cuadrilla con la que trabajaba y, como habitualmente, fueron a una de las muchas cantinas alrededor de la fábrica. Michael se percató de que disfrutaba pasando tiempo con los muchachos, por lo que había cambiado algo su rutina: por la tarde iba al bar con los trabajadores, después entrenaba y, una vez de regreso, cenaba en casa. Él nunca bebía, pero siempre tomaba alguna bebida caliente o un caldo, que le diera algo de energía antes de su entrenamiento diario.

Normalmente acudían al establecimiento de Ernest Wolf, el Manco. Era un antiguo trabajador de la factoría. Desgraciadamente, había perdido uno de sus brazos en un accidente. Todos le tenían cariño porque había sabido reponerse de esa tragedia y se había convertido en un magnífico mesonero. El Manco era conocido por ser el más rápido a la hora de servir cervezas de todas las cantinas de la fábrica, aunque lo hiciera con una sola mano.

Cuando llegaron a la cantina de Ernest, Michael advirtió que uno de sus trofeos, seguramente el más imponente de todos, estaba en el mostrador. Perplejo, miró alrededor y percibió la sonrisa de oreja a oreja de Waigf. El joven entendió que pretendía avergonzarlo ante todos. Tardó un instante en articular palabra, mientras todos le miraban ansiosos esperando su reacción. Tranquilamente, con ese andar pausado que le caracterizaba, se acercó al camarero y le dijo en voz muy alta para que todos pudieran oírle:

-Ernest, llena la copa con tu mejor cerveza. Invito a todos.

Un grito de alegría salió de la garganta de todos los obreros presentes y la bebida empezó a correr de boca en boca. Armin Waigf lamentó que su broma no hubiera resultado, pero en cuanto la cerveza pasó por delante de él, se lo tomó con deportividad y se unió a la fiesta.

Cuando hubieron pasado unos minutos, Michael se tomó su bebida caliente, dejó unos marcos en el mostrador y salió del lugar. Aún tenía dos horas de bici antes de cenar e irse a la cama.

A partir de ese día, se instauró una tradición entre los amigos de Michael: todos los trofeos que ganaba pasaban por la cantina, para alegría de todos los obreros, y, sobre todo, de Ernst el Manco, que siempre hacía caja extra con cada éxito del joven.

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En Septiembre, Michael fue convocado a las oficinas centrales de la fábrica Krupp.

La notificación había llegado a casa de sus padres, cuando estaban los tres cenando. Michael había vuelto antes de entrenar porque estaba algo resfriado, con un fuerte dolor de garganta. Cuando estaban acabando una sabrosa sopa de col, sonaron golpes en la puerta. La madre de Michael abrió, muy extrañada, y descubrió a uno de los mensajeros de la fábrica que le entregó un sobre. Ella se temió lo peor, inmediatamente pensó que algún tipo de desgracia había ocurrido o, peor aún, que la empresa había decidido echarles de su casa. Al fin y al cabo, aunque habían hecho de ella su hogar, era propiedad de la compañía. Ellos únicamente pagaban un alquiler mensual.

El sobre contenía una nota mecanografiada, con el membrete de oficial de los Krupp. En él se ordenaba a Michael que se presentase a las nueve en punto de la mañana en las oficinas principales. No decía nada más y no tenía firma. Su madre se puso mucho más nerviosa. Su padre frunció el ceño, pero no dijo nada. Michael permaneció tranquilo, como siempre, pero no pudo evitar sentir una punzada de preocupación.

Cuando se despertó al día siguiente, la señora Schneider le había preparado sus mejores ropas y un fuerte desayuno. Ella quería que fuera lo más arreglado posible, para causar buena impresión. Michael se vistió y comió. Tosía de vez en cuando, por el catarro, pero se encontraba mejor y notaba que la infección empezaba a remitir.

Con el estómago lleno y sus mejores galas, Michael salió a la calle, montó en su bicicleta y se encaminó hacia la sede del gigantesco conglomerado industrial Krupp. Ésta se encontraba fuera del recinto industrial, en pleno centro de Essen, dentro de un lujoso edificio de estilo clásico alemán, que destacaba por encima de los demás, aun cuando estaba situado en una de las zonas más comerciales y bonitas de la ciudad. Hombres y mujeres, bien vestidos, abarrotaban las calles, acarreando bolsas rebosantes de productos que habían adquirido en las tiendas cercanas. Michael se sorprendió al darse cuenta de que había gente que tenía bastante dinero para gastar. Mucho más del que él o su familia hubiera tenido nunca.

Cuando llegó al imponente portal de estilo clásico del edificio, aparcó la bicicleta y le pidió al conserje de la puerta que le echara un vistazo. Éste asintió con un gruñido de disgusto.

Una vez seguro de que la bici estaría bien cuidada, subió hasta la planta que le habían indicado y tocó levemente en la puerta.

-Adelante.

Una bonita secretaria, con gafas, los labios pintados y blusa ceñida color rosa, le sonreía. Michael se quitó la gorra.

-Me ha llegado una nota para que me presentase aquí.

Ella le miró de hito en hito y pareció favorablemente impresionada. Era una mujer de veinte años. Michael apenas tenía dieciséis, pero parecía mayor y se adivinaba que estaba muy bien formado. Michael se sonrojó un poco ante la descarada forma de mirarle de aquella mujer.

-Usted debe ser Michael Schneider. En efecto, se le había convocado, pero el señor Krupp viene con retraso, ha tenido un pequeño percance.- la sonrisa, llena de dientes blanquísimos, se ensanchó.- Por favor, tome asiento mientras espera.

Michael se sentó. La conversación con esa mujer había conseguido alterarle un poco. Era muy guapa. Y eso que él era muy tranquilo. En el fondo, estaba nervioso porque todo esto era un trastorno para él. Hubiera preferido estar trabajando. Para distraerse, cogió uno de los periódicos que había en un revistero y le echó un vistazo. Ocupando casi toda la portada, aparecía el Kaiser Guillermo II, impecablemente vestido de militar. Destacaba sobre la cubierta de un acorazado y estaba pasando revista a la marinería. El titular, en grandes letras, rezaba “el Reichstag aprueba la expansión de la flota germánica”.

Michael sintió la garganta cargada, tosió con fuerza y siguió leyendo. Al parecer, el Reino Unido había enviado una queja formal a través de su embajador en Berlín. Y no eran los únicos. Francia también había emitido un contundente comunicado de protesta. Michael no entendía muy bien a que se debían esas reacciones: al fin y al cabo, Alemania era una nación fuerte y tenía los mismos derechos que el resto de países. Lo de Francia era más normal, puesto que se habían mostrado muy agresivos desde que perdieron la guerra en el 1871. Pero Michael no compartía la oposición inglesa. Ellos no eran los dueños del mar, Alemania también tenía derecho a que sus barcos navegaran por los océanos y contribuyeran al comercio y el crecimiento del Imperio.

Llevaba más de media hora esperando, incluso había acabado de leer la sección de sucesos, pero aún no le habían recibido. Otra vez se sintió bastante inquieto. No tenía ni la menor idea de para que le habían llamado. Él creía cumplir perfectamente. Llevaba casi seis meses desde que se incorporó y había aprendido mucho. Y se había esforzado con todas sus fuerzas para compaginar el trabajo con el ciclismo.

Una voz grave interrumpió sus pensamientos.

-Entiendo que tú eres el pequeño de los Schneider, ¿verdad?

Michael se incorporó y se puso firme. El que hablaba era el propio señor Krupp, el industrial  que era dueño de la empresa más grande que había en todo el país. Tragó saliva y asintió.

-He oído hablar de tu padre. Es un negociador duro, creo que nos ha costado varios miles de marcos con sus reivindicaciones. Sí, ya lo creo todo un sindicalista.

No había reproche en su voz. Al contrario, el tono era divertido y algo socarroón. Michael estaba cada vez más confuso.

-Es la primera vez que vienes a las oficinas, ¿verdad, Michael?-

El todopoderoso industrial le había llamado por su nombre de pila. El joven retorció la gorra entre sus manos, con impaciencia, y volvió a inclinar la cabeza en señal afirmativa.

-Pasa a mi despacho, por favor.

Michael entró en una estancia amplia, de muebles pulcros, recios y elegantes, elaborados a partir de maderas nobles. En las paredes había varias fotografías que captaron la atención de Michael.

-Son fotografías de cómo ha ido evolucionando la fábrica –señaló el señor Krupp a modo de explicación- Hemos crecido enormemente y ahora contamos con muchos kilómetros cuadrados de fábrica. Podría decirse que somos una inmensa ciudad dentro de otra gran ciudad llamada Essen. Eso es lo que somos.

El empresario hizo una mueca de satisfacción.

-Y no te puedes imaginar lo que supone eso. No sólo producimos magníficas piezas de acero que después se utilizan en transportes y edificios, si no que también somos responsable de numerosos servicios. En eso somos iguales que un pueblo: tenemos colegios, tiendas y hasta contamos con nuestros propios policías y médicos.

Michael observó la sucesión de instantáneas en la que podían apreciarse la evolución de las construcciones: de las dispersas chimeneas y tuberías de la primera fotografía, al enjambre de hierro que se veía en la última y que él conocía tan bien porque era lo mismo que veía cuando iba a trabajar.

-En efecto, nos hemos convertido empresa muy grande- continuó Krupp- Y debo reconocer que en gran parte se debe al buen trabajo de nuestros obreros. Cada vez más, el mercado nos demanda mejores productos y a mejores precios. Y los obreros están cumpliendo. Algunos se han especializado mucho y cada vez son más valiosos para nosotros. Por eso, hemos tomado una gran cantidad de medidas para que todos se encuentren lo más contentos posible.

Michael lo sabía. Su padre era un destacado sindicalista y siempre le informaba acerca de cómo marchaban las reivindicaciones sindicales. Cada éxito que obtenían generalmente llevaba mucho tiempo y un gran esfuerzo de negociación. Y los progresos eran evidentes: Tenían kindergartens, días de descanso y una extra en Navidad. Y la paga era segura. La mayoría de la gente estaba razonablemente satisfecha.

Michael no tenía duda, el señor Krupp era de esos hombres poderosos que están muy contentos consigo mismos. El empresario continuó con su exposición.

-Nuestro trabajo es muy importante, Michael. Estamos fabricando las piezas que construyen el país. El Imperio Alemán necesita nuestro acero y para nosotros necesitamos obreros comprometidos. Nos encontramos inmersos en tiempos interesantes. He visto que estabas leyendo el periódico, así que te imagino informado…

Michael se sintió a prueba, por lo que contestó con precaución.

-El Reichstag ha aprobado la ampliación de la Armada, señor.

-Claro, claro.- respondió con agrado evidente el señor Krupp- Es una noticia muy importante puesto que nos garantiza un futuro brillante, con mucha más carga de trabajo y empleo.

Súbitamente, una nube cruzó la cara del señor Krupp.

-Todo eso, si Inglaterra no nos lo impide. Hay fuertes reticencias, ¿sabes? Esos malditos británicos se creen que tienen derecho a gobernar sobre todo el mundo. No se conforman con sus colonias, no. Eso es demasiado poco para ellos. Si les dejaran, también gobernarían en Renania y en Sajonia, y ¿por qué no?, hasta en Berlín.

Michael permanecía callado. El señor Krupp siguió con su perorata.

-Por no hablar de los franceses. Esos nos odian porque son débiles, porque les ganamos la guerra. Todavía se atreven a reclamar Alsacia y Lorena. Pero el Kaiser no se las devolverá, no lo permitirá nunca. Michael, tú ¿qué opinas sobre eso?

Segunda pregunta del examen. Michael se tomó algo de tiempo. Pausadamente, como siempre respondió:

-Señor, como alemán, creo que nuestra nación tiene tanto derecho como las demás a decidir su propio destino.

Krupp le observó intensamente, escudriñándole, hasta que por fin decidió que la respuesta había sido sincera.

-Pero siéntate, por favor- le invitó amablemente.- Me estoy volviendo un viejo gruñón, no debes hacerme caso.-

Michael hizo lo que le decían y se sentó en una cómoda silla de madera, tapizada con cuero. Aunque era confortable, él se sintió un tanto fuera de lugar en ella. Ese asiento no estaba hecho para él: Era una silla para oficinistas, no para trabajadores de una fundición.

-Señor Krupp, con todo el respeto. ¿Me podría decir qué hago aquí?

Krupp se dirigió lentamente hacia su silla, que estaba detrás de un escritorio tan grande como la cama de Michael. Sin prisa, busco entre los cajones del mueble, de donde sacó una pipa de madera, prendió una cerilla y la encendió. Antes de volver a hablar le dio una fuerte calada. El olor intenso de un tabaco fuertemente aromático se dispersó por toda la habitación.

-Quiero que me hagas un favor, Michael. He oído que te gusta la bici, ¿es cierto?

-Sí, señor, le dedico mucho tiempo.- contestó rápidamente. Pero tras una pausa, continuó:

–Y debo decir que soy bastante bueno, si usted me lo permite.

Krupp asintió con un gesto de cabeza.

-Eso he oído. Incluso creo que has ganado la competición ciclista de la Rheinprovinz. Eso es asombroso, muchacho. Desde que me lo contaron tenía ganas de conocerte.

Krupp parecía vivamente interesado.

-¿Cuántos kilómetros eres capaz de hacer en un día?´-le preguntó con curiosidad.

-Unos ciento cincuenta, eso los días de diario.

El empresario enarcó las cejas, con una mezcla de admiración y sorpresa. Y eso que él no era un hombre fácilmente impresionable.

-Los domingos, suelo hacer algo más, casi trescientos.-añadió Michael con humildad.

-Eso es maravilloso, realmente maravilloso. Además, he oído que no tienes rival por esta zona…

Krupp hablaba con genuina admiración. Michael pensó que echaba de menos ser joven y tener un gran poderío físico.

-Hago lo que puedo, señor. Le pongo mucha dedicación para competir en buenas condiciones.

-Entiendo, entiendo.-confirmó Krupp- Eso me gusta. Y ese es el favor que te quiero pedir, Michael: Dedicación total a la empresa, haciendo lo que más te gusta. Soy de los que piensa que la gente rinde mucho más cuando tiene un trabajo que le motiva. Si, así se es mucho más productivo, sin duda.

Hizo otra pausa para aspirar en la pipa y soltó el humo en densas volutas.

-¿Te gustaría poder estar todo el día con la bicicleta, Michael?

El joven no salía de su asombro.

-Si fuera posible, sí.-dijo titubeando- Me gustaría mucho, señor Krupp. Claro que me gustaría.-le confirmó mucho más decidido.

-Me alegro, porque eso es exactamente lo que quiero que hagas por mí: que montes en bici todo el día. Escucha muchacho: quiero que seas mensajero en la empresa. Me pareces el candidato ideal para el puesto. Así que habla con mi secretaria, ella te dará todos los detalles. Y ahora, tengo que dejarte porque ya voy bastante retrasado esta mañana. Espero que me invites a verte la próxima vez que corras. Gracias por haber venido a verme.

Y, sin más, se levantó y le ofreció la mano a modo de despedida. Michael salió del despacho sin tener muy claro aún qué había pasado. Pero intuía que era algo bueno.

Una vez fuera del despacho, la secretaría del señor Krupp le explicó que su trabajo consistiría en llevar el correo interno de la empresa por todo el recinto de la fábrica y también el de ésta con la mina de carbón de Zollverein, que estaba a unos veinte kilómetros de distancia. Además, le informó sobre dónde tenía que presentarse para empezar al día siguiente.

Cuando llegó Octubre, Michael no había dejado el ciclismo, como quería su padre. Al contrario, había hecho de él su forma de vida.

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