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Justicia Divina

Por una carretera solitaria conduce Ricardo, un joven veinteañero muy guapo. Va cantando la canción que suena en la radio. Como no sabe inglés no hace si no tararearla. El motivo de su alegría es que va con Sofía, la más guapa de sus vecinas. Ella le va acariciando el pelo lo que hace que su corazón bombee más deprisa de lo normal. De repente, a Ricardo le asalta una sensación de culpabilidad. Quiere saber que piensa ella y le pregunta directamente: “¿Qué pasa si tu novio se entera de lo nuestro?”. La pregunta incomoda en buena manera a la chica. La verdad es que no se lo había planteado nunca. Simplemente se había dejado llevar y lo estaba disfrutando. Para qué plantearse nada. Y menos cuando está mal hecho.

Tras pensárselo un poco, empleó una mortífera arma: contestar con una pregunta. “¿Qué pasará si se entera la tuya?”, le respondió muy seria. La verdad es que la pregunta había acabado con la impúdica magia que había unos minutos antes. Él se notaba, por su respuesta, que ya lo tenía más que meditado. “No tiene porque enterarse”. Tenía claro que quería seguir con esa ilícita relación y llevar una doble vida emocional. “Sofía, me pones a cien. El sexo contigo es como si me sintiera el hombre más poderoso del mundo”. No estaba enamorado de ella, pero sí que tenía claro que no podría vivir feliz sin esos prohibidos encuentros amorosos.

“Tú me pones el morbo al límite. Y eso le da una emoción extraña a mi vida.”, contesto ella con una sonrisa para, de alguna forma, darle la razón. Ricardo se abalanza un poco hacia ella para morderle el cuello. El coche hace un zigzag y él aborta la misión de besarla para recuperar el control del vehículo. El susto del coche le pudo más. Ella también se asustó y le echó una reprimenda suave. A medio camino entre el “ten cuidado” y el “gracias por el intento de beso”.

Viendo que él no podía ir hacia ella, se puso pícaro. “¿Sabes?, Una cosa que me encanta es que me la toquen mientras conduzco. ¿No te gusta?”. Él sabía que oír esas cosas, a ella, la calentaban mucho. “¿Qué pasa, que no has tenido suficiente hoy?”, le respondió. Él, con ella, nunca tenía suficiente. La atraía tanto físicamente que pasaría días con ella en la cama. Para escurrir el bulto un poco, ella le pide un cigarro en claro gesto de cambiar de tema.

Él ya se imaginaba, de nuevo, teniendo sexo con ella. Claro que no se veían con la asiduidad que les gustaría. Había que cuidar las formas y las apariencias. “Paró en la cuneta y te echo un polvo que la flipas” le dijo mientras ella se hacía la sorda buscando los cigarros en la guantera. Tiene que rebuscar a fondo intentado buscar un mechero. Él, deseoso que ella dijera algo la observaba buscar y rebuscar. Acaba por ayudarla con una mano mientras conduce con la otra hasta que el coche se le vuelve a ir y hace otro zigzag. Ella, ya se asusta más y se pone seria: “¿quieres conducir de una vez?”. Se queda un tenso y serio silencio en el coche que rompe el chico, volviendo a preguntar si no quiere que pare en la cuneta para echar el último.

Justo cuando Sofía está encendiendo el cigarro, Ricardo le mete la mano en la entrepierna. Sofía se lleva un susto y se le escapa el cigarro que cae en los pantalones del joven que se asusta y empieza a dar golpes con la mano para quitárselo. Dando manotadas al aire, se le escapa una y le da en toda la cara a la chica. Ella intenta defenderse y, lo que consigue, es que se les escape el coche de las manos. Se salen de la carretera. Ya es tarde para tomar el control porque el coche acaba empotrado en un árbol que, por su tamaño, no sufrió ni una pizca el impacto. Sin embargo el coche quedó impresionantemente destrozado.

Los jóvenes salieron del coche fácilmente, se abrazaron como buscando refugio el uno en el otro. Él pensaba en cómo iban a explicar eso ahora. Estaba intentando buscar excusas en su cabeza cuando sintió un grito a escasa media cuarta de su oído. Sofía estaba histérica. Ella estaba fuera del coche y no entendía que hacía su propio cuerpo dentro del mismo. Entraron en histeria colectiva cuando miraron la situación. El vehículo estaba completamente destrozado y ellos dentro del amasijo de hierros. Estaban muertos.

Begoña está durmiendo en su cama. Es una joven y guapa veinteañera. De repente se despierta sobresaltada.

Diego duerme abrazado a la almohada. Esa semana había cumplido los 30 y Sofía le había regalado una almohada con su rostro serigrafiado. Se despierta sobresaltado.

El tanatorio está lleno de gente. Los padres de los dos jóvenes muertos eran muy queridos en la localidad. De hecho el abuelo de Sofía había sido alcalde durante más de 30 años y había sido el artífice del despegue económico de la comarca. Se le ocurrió la feliz idea de ceder terrenos a las empresas que quisieran montar naves industriales desde donde poder generar mercado y aprovechar para colocar a todos los trabajadores, no solo del pueblo, sino de todos los pueblos limítrofes. Mucha gente le debía favores. Y si hay que estar para las maduras, también hay que estar en las duras.

El caso de los chicos había levantado, como es lógico, una gran conmoción. ¡Quién iba a pensar!. Los familiares de uno y otro se mezclaban en los asientos. Los padres de ellos se evitaban. A parte del dolor por la pérdida de un hijo, sabía que tenían que aguantar los diretes de la gente. Esas cosas, mejor sufrirlas en la intimidad de la familia. Se saludaron y se dieron condolencias, eso sí. Pero luego, cada uno por su lado. Sin que lo dijeran, cada familia echaba la culpa al otro de esa indigna relación oculta. Que si él era un vividor y que si ella era un pendón. Lo típico.

En un momento y sin querer, se cruzaron las miradas de Begoña y de Diego. Ella ojerosa de estar horas y horas llorando sin parar. Había perdido a su novio, con el que llevaba seis años, de la peor forma posible: de repente, en un accidente. Y con otra. A Diego también se le notaba abatido. No había llorado porque es de los que piensan que los hombres no lloran. La mirada duró unos segundos. Como si se estuvieran hablando entre ellos. Posiblemente fue una forma de reconocerse el dolor el uno al otro. Lo cierto es que a los dos les sentó increíblemente placentera esa fugaz mirada. Es como si entre ellos se hubiera creado una conexión por medio del dolor.

Ellos ya temían que ese momento tenía que llegar. Ninguno de los dos imaginó cómo tendría que reaccionar. Y fue más fácil de lo que creían. Sabían que no tenían culpa de nada, pero se dedicaron una mirada para decirse el uno al otro: “te perdono”.

Por los corrillos, todos comentaban lo mismo. Eran amantes. E, incluso, alguna vieja, por lo bajito, decía “Dios les castigó”.

Ricardo y Sofía estaban en un prado muy bonito con un estanque al lado. Bueno, ellos no, sus espíritus. Serios. Fríos. No sólo el ambiente entre ellos, sino también sus cuerpos. “Tía, estamos muertos”. Estaba claro que tenían, de alguna forma, que empezar a hablar del tema. Habían estado demasiado callados. Alguien, desde atrás, los asusta. “Bienvenidos, estáis muertos. Eso ya lo habéis deducido, pero todavía quedan unos pequeños detalles pendientes” fue la frase que los sobresaltó. Ellos no entendieron qué quería decir.

San Efrén era un joven anciano que en vida había sido muy instruido. Por eso, a su muerte, entró a las órdenes de San Pedro por su gran carácter interlocutor. “¿Detalles pendientes?”, pregunto Sofía tímidamente. La seguridad del santo, que llevaba desde el siglo IV realizando esas labores, contrastaba con el miedo a lo desconocido de los dos infortunados amantes. Tras acaparar su atención, se presento. San Efrén pertenecía al departamento de Justicia Divina. “¿Estamos en el cielo o en el infierno?”, preguntó Ricardo. No estaban ni en uno ni en lo otro. Además, a diferencia de las terrenales creencias, el cielo y el infierno no son entes separados. En realidad conviven juntos. “Cuando alguien muere todos vienen aquí, los buenos y los malos, la diferencia es la misión que se cumple hasta que llegue el momento de volver a la tierra. Los que han sido buenos tendrán aquí mejor vida que los que fueron malos. Por poner un ejemplo, el que fue muy bueno puede tener una nutrida servidumbre de gente que tiene que pagar por sus pecados cometidos en vida. “Y los que nos hemos entregado en cuerpo y alma a los demás, pasando penalidades e, incluso, llegando a morir por los demás, conseguimos el status más privilegiado que es el de Santos”, terminó sentenciando.

A Los jóvenes les inquietó saber que es lo que, entonces, ellos iban a pintar allí. El Santo les planteó las normas. Habían abandonado la tierra dejado una cuenta pendiente. Mientras no solucionen esa cuenta no podrán tener un status privilegiado. Si no arreglan esa cuenta, estarían allí como sirvientes. Ellos se miraron. “Sofía, dime que me voy a despertar ahora y todo esto es un sueño”, le dijo el joven mirándole a la cara. Ella se giró al Santo y le preguntó que cuál era esa cuenta pendiente.

Con sus calmados movimientos, sacó un sobre blanco. Ni él mismo sabía las diligencias. Él solo era el encargado de trasmitirlas y negociarlas. Les leyó el texto. “Según edicto firmado por San Pedro y tal y tal. Me salto toda la parafernalia y voy al grano. No será justicia legal de entrada en el paraíso como privilegiado si no consiguen que sus respectivas parejas, a los que han dejado sumidos en un profundo vacío interior, encuentren una pareja ideal que los haga felices y con los que poder vivir una vida terrenal plena”. No supieron que contestar a eso. El absurdo era de tal tamaño que no sabían ni cómo reaccionar ante él. Se les estaba pidiendo que volvieran a la tierra a buscarles pareja a sus respectivas parejas. No tenía lógica. Cuando fueron a preguntar a San Efrén por los detalles, éste ya había desaparecido.

A Sofía le da un medio mareo y se agarra de Ricardo. Él no la puede agarrar porque sufre el mismo mareo y caen los dos al suelo. Vuelven a la conciencia en el césped de un parque. Es el mismo parque en el que se besaron por primera vez. Pero están tan ensimismados en el problema que tienen, que ninguno de los dos reparó en ese detalle. Ella le hace referencia a él de lo frío que está su cuerpo. Paseando un perro, aparece un hombre. El chico corre a preguntarle en qué día están. Ni caso. Ni el señor ni el perro notaron su presencia. Se acercan a una chica que está sentada en un banco leyendo un libro. La fría, y cada vez mas delgada, mano pasa por delante de la vista de la abstraída lectora. La pasa varias veces entre su cara y el libro, pero la chica sigue leyendo. Estaba claro. Nadie podía verlos.

Se pone enérgica. Deben acabar cuanto antes con el castigo. Hay que poner manos a la obra cuanto antes. Ricardo toma el mando de operaciones. Cada uno iría por su parte y cuando terminaran se verían en este mismo sitio. Cuando los dos hayan cumplido la misión esperarían a que volviera el Santo. Como dice él: “el Santo ese que aparece y desaparece cuando le da la gana”.

Sofía ve a Diego durmiendo. Duda de la justicia divina que le impone la pena de tener que buscarle una novia a la persona que más quiere en este mundo. Eso no es justicia, pensó. Oye una voz que identifica rápido como la de San Efrén: “¿no lo ves justo?”. Eso la vuelve más auto crítica y es cuando repara, por primera vez, del daño que ella ha causado por culpa de esa infidelidad. Ella tenía que sufrir lo que había sufrido su novio al enterarse de que ella estaba con otro. Pues sí. Justo, lo que era justo, sí que era.

La chica empieza a hablarle con la esperanza de que le oiga en sus sueños. Se siente ridícula, pero no se le ocurre otra idea. Le habla de chicas que ella conoce. Le habla de la hija del jefe de su padre, que él siempre decía que le tiraba los tejos y en más de una ocasión le intentó meter mano. Marta busca en su escritorio, en una montaña de tarjetas. Localiza la de la chica: Marta Gutiérrez. Se la pone dentro del zapato e intenta darle un beso. Es raro, una fuerza extraña impide que se acerque a menos de un metro de él. Se frustra. Entiende que ese castigo está hecho para que duela.

Begoña está esperando el autobús. En la parada hay mucha gente. Ricardo ve que entre ellos hay un chico bastante guapo, trajeado y comiéndose un helado. Es el candidato perfecto, pensó. En un descuido de ambos, le da un golpe al helado que va a parar al vestido de la chica. Se quedó cortado y ella sorprendida. Empieza a limpiarla con un pañuelo que sacó del bolsillo y se cruzan una mirada. Él noto su tristeza y le conmovió algo dentro.

Diego se levanta y al ponerse el zapato ve la tarjeta. ¿Cómo llegó eso allí?. Se queda extrañado.

El candidato, le anota el teléfono en una hoja de la agenda que arranca de una forma torpe y nerviosa. Se lo da a la chica y le pide que le mande el vestido, que él mismo lo llevará a la tintorería. Aprovecha para lanzarle un piropo a cerca de su belleza. Esto alegra a Ricardo al principio porque su plan va bien. Pero la sonrisa que ella le dedicó a él, lo puso tenso. No es posible que haya pasado página tan pronto, pensó.

En una pequeña oficina de dos mesas, Diego coge el teléfono y marca un número. Es el de Marta Gutiérrez. Después de un breve intercambio de frases insulsas en las que él tuvo que hacer frente a la incredulidad de ella a que fuera él el que estaba intentando un acercamiento, la invitó a salir. Le daba igual si era al cine, a tomar café o a da un paseo por la zona comercial. Ella no está segura si hacía bien. Un hombre en un estado emocional sin equilibrio puede conseguir acabar con tu propio equilibrio emocional. Pero al final accede por dos razones. Una por que le gusta mucho y se merece ver en que estado está. Y la segunda porque los amigos están cuando tienen que estar y ahora, quizás él la necesitara de verdad.

El candidato se presenta. Se llama Santi, tiene treinta y un años y trabaja en el despacho de abogados de su padre. Le coge las manos a ella. Inquieta, no las retira. Ella se presenta también, se empieza a sentir cómoda. Aunque la tensión le vuelve cuando ve un anillo en su dedo. Deduce que es casado y le pregunta. Él le dice que no es lo que ella se piensa. Ante la falta de respuesta a la pregunta “¿y que es lo que me pienso?”, le da una sonora bofetada que le dolió más por el ridículo de ver como todo el local le miraba. Ella se levantó y se fue llorando. Ricardo maldijo.

Diego y Marta están en la cama. Sofía pensó que lo iba a pasar muy mal teniendo que ver lo que tiene que ver. Pero no. Estaba empezando a invadirse de una sensación de pena por su expareja que se mezclaba con la culpa por lo sucedido. Empezaba a entender la justicia divina. Pero Diego no estaba concentrado. Marta lo notaba y le preguntó. Él asiente y ella se indigna un poco. No mucho porque sabe que está tocado y se puede derrumbar. Ella se levanta de la cama y le dice, con cariño, que no la vuelva a llamar hasta que no esté más seguro.

Sofía, que estaba contenta, intentó hacer que se quedara a pasar la noche. Le escondió la ropa, pero lo único que hizo es empeorar la situación porque ella le echó la culpa a él de haberle escondido sus pertenencias para no dejarla marchar. Se formó una disputa que hizo que la ropa acabara apareciendo por arte de magia. Se acabó yendo indignado. Todo el plan le había salido mal. Hay que volver a busca otra. Se acuerda de Mónica, una antigua novia del instituto que se había separado hace poco. Esos amores de juventud no acaban nunca. Debería conseguir el contacto con Mónica. Quizás Ricardo la conozca. Ellos estudiaban en el mismo instituto.

Pasado un mes se ven Ricardo y Sofía en el parque. Cansados y decepcionados. Cinco candidatos ha tenido ella y cuatro ha tenido él y nada. Se les ocurre hacer al revés. Él intentará conseguirle una novia a Diego y ella a Begoña. A grandes males, grandes soluciones y si quieres conseguir resultados diferentes, cambia las premisas iniciales.

Pasan un rato hablando de sus ex. Los dos coinciden en lo mismo. No les funcionan las relaciones a sus novios porque siguen enamorados de ellos. Es en este momento donde los dos, al unísono, entienden la verdadera magnitud de la traición que les han hecho. “No me extraña que el cielo quiera castigarnos”, acabó la conversación Sofía.

Ese día tocaba intercambio. Él a casa de él y ella a casa de ella.

Ricardo se dirige a la casa del traicionado novio de su amante furtiva. Va deprisa, como si quisiera resolver esto más pronto que tarde. A esas horas de la mañana todavía no hay mucha gente por la calle. Del cielo le cae en la cara un papel, más bien una tarjeta. Lo aparta con la mano y sigue su paso. Un poco más adelante, le cae otra. Le incomoda pero no le hace parar. A la cuarta tarjeta, ya le empieza a parecer una situación extraña. La quinta fue la que le hizo parar para recogerla del suelo. Era la tarjeta de una floristería. Miró para el cielo a ver si encontraba una explicación. Nada. Cielo azul. Siguió caminando y pensando si no habría sido San Efrén el que se las había mandado. Nunca lo supo, pero tenía razón. Lo que sí consiguió es que decidiera emplear esa tarjeta con Ricardo. Llegó a su casa antes que se despertara y sacó la tarjeta en la que se veía un lindo ramo de rosas azules y rosas con la inscripción de “Floristería El Paraíso”. Abrió la tapa del móvil y la metió dentro, para que la viera cuando fuera a utilizarlo.

Sofía tardo menos en llegar a casa de Begoña porque estaba a sólo un par de manzanas. Cuando fue a entrar al portal del edificio se dio un golpe. Le extrañó. Ellos habían atravesado todas las puertas sin problema. Porque esa no se podía atravesar. Vio que había una inscripción en ella. “Hoy hace un mes del accidente”. Miró para el cielo pensando si ese mensaje era terrenal o divino. Lo fue a borrar con la mano y notó que ahora sí traspasaba la puerta. El mensaje desapareció por lo que se dio cuenta que les estaban manipulando, o por lo menos, eso creía.

Diego, se despertó y, como siempre, hizo unos ejercicios con pesas antes de desayunar. Era sábado y no tenía que ir a trabajar. Desde que Sofía había muerto, su vida era demasiado monótona. Estuvo un rato pensando en ella antes de abrir la puerta de la nevera para sacar el batido híper proteico. No quería pasar el sábado solo y decidió llamar a sus padres para decirles que iría a comer. Al coger el móvil, cayó la tarjeta al suelo. La recogió y se extraño mucho al verla.

Begoña seguía enamorada de Ricardo. Un mes después y todavía no se explicaba que, con lo bueno que había sido con ella, existiera otra. Si por lo menos hubiera tenido oportunidad de preguntarle “¿Por qué?”. Eso le llevaba dias machacando. Necesitaba respuestas. Recordó que él siempre le había dicho que lo que más le gustaba de ella era que estaban tan conectados que era como si se leyeran los pensamientos. Y, en cierta forma, era verdad. Llevaban 7 años juntos y acabaron por pensar de la misma manera. Se le ocurrió una descabellada idea.

Diego, estaba extrañado de que esa tarjeta estuviera allí. Las flores le volvieron a recordar a Sofía. Decidió, que antes de ir a casa de sus padres, iría a comprar un ramo de flores para llevarlo al cementerio. Se metió en internet para buscar que flores se usan para pedir perdón. Había llegado a la conclusión de que si ella se había ido con otro era porque él no a había sabido llenar del todo. Le llegó un sentimiento de culpa que hizo que deseara su indulgencia. Eligió dos junquillos, planta específica para pedir perdón leyó. Rodeados de rosas blancas para demostrar la pureza de su sentimiento hacia ella. Otras amarillas para demostrar que serían amigos a pesar de la distancia. Y también azules para demostrar que, ante todo, era sincero. Llamó por teléfono primero al número que ponía la tarjeta. Las encargo para recogerlas en una hora. Se las traerían a casa en ese tiempo, lo cual le relajó las prisas un poco.

Begoña había decidido ir a ver a sus sobrinas esa mañana. Hacía dos semanas que no las veía. Paró un taxi y se montó. Sofía estaba todavía intentando articular un plan. Se extrañó porque el taxista le parecía familiar. Fue, cuando este la miró y le sonrió, cuando se dio cuenta que era San Efrén. Se quedó anonadada. La sacó del trance el teléfono de Begoña. La llamaba su hermana. Tenía que salir con la suegra y las niñas a comprar el regalo de su esposo que cumplía años al día siguiente. Le dijo al taxista que parara, que ya no hacía falta ir al lugar de destino. El santo paró el taxi y le dijo que como estaban al lado del cementerio, que casualidad menos casual, podía visitar a algún familiar querido y aprovechar el viaje.

Su descabellada idea salía sola, sin planear. O, por lo menos, eso creía ella. Para saber el porqué, tenía que estar frente a frente de Ricardo. Iría a su tumba e intentaría buscar esa explicación. Ella sabía que Ricardo, desde donde estuviera, se la iba a mandar.

Entró en el cementerio. Llego a su tumba. Empezó a llorar, levemente, fruto del amor que le quedaba dentro. No le llegaba nada.

Diego cogió las flores, se puso guapo y salió con destino al cementerio. Sorpresas a dos bandos. Las tumbas estaban contiguas. Él se sorprendió de ver allí a Begoña. Ella quedó desconcertada. Después de unas miradas se dieron las manos. Tembloroso por culpa de los nervios, casi le da la mano en la que llevaba el ramo. Ricardo y Sofía se juntaron y se miraron. Él estaba estupefacto. Ella empezaba a atar cabos y sonrió. Cogió a su difunto amante de la mano y se lo llevó a un rincón para poder observar y dejar que la otra pareja fueran se dejaran llevar por sus instintos.

“Vaya, que coincidencia” rompió ella que era más decidida. Él no contestó. Era parco en palabras y nervioso lo era mucho más. “¿Tú sabes porqué lo hicieron?”. El negó.  Ella quería saber. Necesitaba una señal. “Yo sólo he venido a pedirle perdón por no haber sabido hacerla feliz” dijo él, mirando hacia abajo. “No, no, no, tú no tienes la culpa. Tú no tienes que pedir perdón” contestó. Eso lo alivió mucho.

Diego y Sofía miraban expectantes. Como el que ve una película. Ella le quitó las flores y sacó los dos junquillos. Le fue a devolver el ramo, pero él dijo que se lo quedara. “Pero estas flores son para Begoña”, le dijo un poco desconcertada. “Pero quiero que te las quedes tú” le dijo con una mirada tan sensible, que él mismo se dio cuenta que no la había puesto nunca. Los difuntos empezaron a sonreír. Y se quedaron mirando uno para el otro un segundo que pareció una eternidad. Sofía sintió una sensación de aprobación por parte de Diego. “Eso es lo que me quieres decir, lo noto”, pensó para sí misma.

Se fueron de allí juntos después de un sentido abrazo. Apareció San Efrén a liquidar cuentas con los chicos. “Felicidades, os hemos bajado puntos por las ayudas, pero misión conseguida. Quizás os interese saber que van a tener dos niños”, les adelantó.

Todos se fueron a sus sitios. Los vivos a almorzar e iniciar el camino a quererse y los muertos a su nuevo status de privilegiados de clase media baja. Pero antes de irse, Sofía le colocó los dos junquillos en el asiento de al lado de su coche.

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