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Juego de hipócritas

por
Manuel Paleteiro Ortiz

I

Don Roberto Castro era hombre profundamente religioso, de comunión diaria, hermano mayor de una cofradía penitencial de advocación mariana y, desde hacía seis años, supernumerario del Opus Dei por lo que, pese a que solo contaba con treinta y tres años, guardaba celosamente un absoluto celibato apostólico. Triduos, quinarios, septenarios y novenas llenaban su vida cotidiana a lo largo del año y no había nada que inflamara tanto su religiosidad como el rosario de la aurora. De ideas políticas profundamente conservadoras, en su escala de valores primaban la autoridad, la identidad nacional, el orden, la seguridad, la tradición y el conservadurismo. Le hubiera encantado afiliarse a un partido cristiano-demócrata, no porque creyera en las bondades de la democracia sino porque en su denominación intervenía la palabra “cristiano”, y mucho más le hubiera gustado que se denominara partido “católico-demócrata”, pero dado que no existía ninguno con esta etiqueta en el arco político del país, militaba en un partido de centro derecha −sin entender muy bien cuáles eran las diferencias entre un partido de centro derecha y otro demócrata cristiano− que a él le parecía extremadamente tibio en la defensa y la preservación del orden social establecido, clamando siempre por una más firme protección de la moral y de los valores tradicionales católicos frente al laicismo y el anticlericalismo. Encontraba que existía un gran trecho vacío de representación política entre el partido en el que militaba y los de extrema derecha, habiendo deseado afiliarse a uno que ocupara ese espacio intermedio y que ejerciera acciones más contundentes en la defensa de aquellos principios que él consideraba inalienables, pero sin llegar a las indeseables situaciones de violencia coactiva propia de los extremistas, práctica que él recusaba. Era totalmente contrario a las ideas de progreso, de igualdad jurídica, de respeto a lo autóctono, de solidaridad, de insubordinación o de reformismo y expresaba abiertamente su repugnancia hacia la homosexualidad, el matrimonio igualitario o el aborto y su total disconformidad con el divorcio y con las pretensiones feministas de igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Paradójicamente, pese a no ser hombre inclinado a la violencia, era militarista y siempre encontraba una justificación, como si de una santa cruzada se tratara, para cualquier acción militar por dura que esta fuese. Para él, los valores humanos que poseía una persona, como la dignidad, el prestigio e incluso la inteligencia o la bondad, emanaban de su estatus social, ya fuera este adscrito, por ser portador de un apellido ilustre o insigne, o adquirido, por ser titular de una abultada cuenta corriente; estimaba que no había persona de mayor respeto y dignidad que aquella en la que concurrían estas dos circunstancias. También consideraba que no había mayor honor que el de ejercer una profesión autoritaria, como la de obispo, comisario de policía, magistrado o militar de alta graduación. Dirigía una sucursal bancaria con firmeza pero sin excesiva dureza, haciendo la vista gorda con los errores de poco bulto o ante negligencias de poca importancia, pero no perdonaba ni aceptaba ninguna excusa frente a las faltas de puntualidad, las bromas de mal gusto o los chistes irreverentes que se refirieran a Dios, a la Iglesia o a los santos. Don Roberto era más bien bajito pero no era mal parecido; tenía una incipiente calva en la coronilla pero lo que más le caracterizaba era su perpetua sonrisa y sus andares de pasos cortos y rápidos que acompañaba con un contoneo de caderas que le confería un cierto amaneramiento, por lo que sus empleados le llamaban burlonamente a sus espaldas “la bailona”, si bien las sospechas de homosexualidad que estos pudieran albergar quedaban disipadas al estar felizmente casado desde hacía siete años con Inés Herrera y por tener un hijo varón, Sergio, de seis años.

Inés era una esposa obediente y acompañaba a don Roberto en todo. Fue su marido quien la impelió, tras el parto de Sergio, a entrar en el Opus Dei y aceptar obedientemente el celibato que la institución le imponía, pese a que su ardiente naturaleza se oponía a tal sacrificio. Asistía junto a su esposo a todos los actos sociales o religiosos llenando de orgullo a don Roberto, que siendo algo más bajo de estatura que ella –a pesar de que usaba alzas en los tacones de sus zapatos− se veía realzado por la belleza y las atractivas y juveniles formas que conservaba su mujer a pesar de sus treinta años cumplidos, despertando la envidia de los asistentes masculinos, a sabiendas de que su ufanía contravenía los estatutos del Opus Dei. Inés lucía unos preciosos ojos glaucos y una boca de labios carnosos y bien dibujados, enmarcados por una hermosa cabellera rubia; como era un par de centímetros más alta que don Roberto casi nunca usaba tacones altos, salvo que su marido se lo pidiese expresamente.

Vivían en una casa unifamiliar de dos plantas, situada en una tranquila calle del casco antiguo de la ciudad, que quedaba muy cerca de todo aquello que necesitaban para su vida cotidiana; la oficina bancaria de don Roberto se encontraba a tres minutos andando, la iglesia parroquial a una distancia de dos manzanas y a cincuenta metros cruzaba una calle muy comercial en la que se encontraba el mercado de abastos y toda clase de tiendas. Aquella casa había sido el regalo de bodas del padre de Inés, don Jacinto Herrera, un acomodado comerciante propietario de varias tiendas-bazar donde igual se podía comprar desde un vestido de mujer hasta un frigorífico, pasando por un ordenador portátil o una vajilla de porcelana fina.

Don Roberto salía de casa cada día a las siete y media de la mañana y, aunque las ventanillas no eran accesibles al público hasta las ocho, abría la oficina y se sentaba a su mesa a la espera de la llegada del personal. Su despacho quedaba separado del resto de la oficina por una mampara de cristal cubierta por una persiana de lamas que le permitía ver sin ser visto, y durante esa media hora no hacía otra cosa que mirar su reloj cada vez que entraba uno de los empleados para comprobar su puntualidad. Jamás dedicaba palabras de elogio a los empleados cumplidores porque decía que la puntualidad y el cumplimiento del deber no son una virtud sino una obligación. El subdirector también tenía llaves de la sucursal y autorización para abrirla por la mañana y cerrarla a mediodía, pero siempre era don Roberto quien se adelantaba, siendo habitualmente el primero en llegar y el último en salir. Recibía a los clientes en su despacho y raramente salía a la calle durante la jornada de trabajo, ya que el subdirector se ocupaba de la actividad comercial de la agencia y era él quien visitaba a los clientes. Aunque la jornada terminaba a las dos y media, él siempre se retrasaba en la salida con alguna firma de última hora o con la lectura de algún contrato y cuando llegaba a casa era alrededor de las tres o tres y cuarto de la tarde. Tras almorzar, sentado en el sofá mientras veía el telediario, acomodaba la cabeza y la espalda sobre unos cojines y dormitaba durante una hora. La tarde la cubría viendo algún documental o en su ordenador, conectado a alguna red social. A las siete se marchaba a la iglesia para oír la misa de las ocho, pero acudía una hora antes que dedicaba a charlar con su íntimo amigo don Rafael, el cura coadjutor que llevaba dos años de ayudante en la parroquia a la espera del retiro del párroco titular, don Anselmo, próximo a cumplir los setenta y cinco años. Al salir de la iglesia, diariamente repartía dos o tres euros entre los indigentes que pordioseaban en la puerta, dándoles a cada uno una moneda de cincuenta céntimos que ya llevaba preparadas en el bolsillo de su chaqueta. Luego caminaba hasta la casa-hermandad donde se reunía con algunos hermanos para tratar de los temas pendientes de la cofradía. Cuando regresaba a su casa ya eran las diez de la noche pasadas; cenaba, leía un rato algún periódico salmón o veía alguna película que fuera de su interés en la televisión y se retiraba a su dormitorio entre las once y media y las doce. Su esposa y él tenían dormitorios separados.

Inés era más sedentaria y no gozaba del mismo espíritu místico que su consorte, solo oía la misa de las doce los domingos. A las ocho de la mañana llegaba la criada, Consuelo, que solo trabajaba cinco horas, hasta la una, y cuando se marchaba había dejado hechos el almuerzo y la cena, los dormitorios arreglados y los suelos limpios; Inés se encargaba del resto, como del lavado y planchado de la ropa o de quitar el polvo a los muebles. A las nueve llevaba a Sergio al colegio, pero como era mediopensionista ya no lo recogía hasta las seis de la tarde. Durante la semana, de lunes a viernes, después de recoger a Sergio en el colegio, acudía a uno de los muchos cursos que organizaba el ayuntamiento en las instalaciones del Distrito Municipal, donde contaba con una guardería infantil en la que dejaba a Sergio durante las dos horas que ella permanecía en clase. Venía haciendo un curso distinto cada año desde hacía tres; un año lo hacía de cerámica y al siguiente lo realizaba de costura, de cocina o de baile, pero siempre se apuntaba al que se impartía a última hora de la tarde por lo que no terminaba hasta las ocho y media de la noche.  Un día, y a veces dos días, a la semana invitaba a almorzar a don Rafael, que acudía a la casa un par de horas antes y, mientras esperaban hasta las tres la llegada de don Roberto, charlaban e Inés aprovechaba para confesarse. No había nada que Inés pudiera compartir con su marido; solo coincidían en la mesa durante la media hora del almuerzo y la cena mientras veían el telediario, sin que ninguna noticia sirviera para suscitar una conversación entre ellos, razón por la que, una vez terminada la comida, se retiraba a una apartada salita donde tenía sus libros, su ordenador y su propio televisor ya que sus gustos nunca coincidían a la hora de ver un programa o una película. Los días que invitaban a almorzar a don Rafael eran los más animados; este bendecía la mesa y durante la comida era quien sacaba a relucir los acontecimientos del día, generalmente las malas noticias de los telediarios, siendo esta la única ocasión que tenía para conversar. Después de comer, hacían una sobremesa y la conversación siempre derivaba o bien a los asuntos eclesiásticos o a los problemas de la Hermandad, momento en el que Inés, después de servirles un café a los dos hombres, desaparecía disimuladamente de la escena y se refugiaba en su cuarto.

II

Si otorgáramos un color a la vida según como sea vivida, la de Inés sería gris. La apatía había hecho presa en ella hacía tiempo y en su rostro se reflejaba a menudo la tristeza y otras veces una cierta amargura que dibujaba un rictus en sus labios; el brillo y la viveza de sus ojos habían desaparecido, casi nunca sonreía y, cuando lo hacía, su sonrisa se notaba obligada y acababa constreñida en una mueca forzada. Jamás jugaba con Sergio ni le dedicaba las carantoñas que son propias de una madre hacia su hijo y, si alguna vez lo intentaba, el niño detectaba lo artificial del gesto y en lugar de reír se la quedaba mirando fijamente con el semblante muy serio, como tratando de adivinar el origen aquel enfado. Hasta que un día su actitud cambió drásticamente y las sonrisas forzadas se convirtieron en alegres y joviales risas, las miradas tristes cesaron y dieron paso a unos ojos alegres en los que brillaba la felicidad y la alegría de vivir. Había ocurrido lo que tenía que ocurrir: Inés y don Rafael, el coadjutor, se había enamorado y sus amores eran mutuamente correspondidos. Ahora, los días que don Rafael acudía a casa de los Castro lo hacía asegurándose primero de que Consuelo se había marchado. Nada más salir Consuelo de la casa, Inés se cambiaba de ropa apresuradamente y cuando él llegaba ya no lo recibía como siempre, con un vestido de calle elegante y zapatos de tacón alto, ahora cuando le abría la puerta llevaba un kimono deshabillé muy sexy, que él abría ansiosamente para encontrarse debajo con un excitante conjunto de corselette con ligueros y un tanga negros.

Don Rafael tenía treinta y seis años. En el barrio, desde el primer día que llegó a la parroquia, las muchachas comenzaron a llamarlo entre ellas “el cura guapo”. Era alto, de pelo negro ondulado y tenía unos atractivos ojos marrones que miraban con ternura. Inés, hasta ese momento, no había conocido más hombre que su marido con el que había tenido a lo sumo media docena de encuentros sexuales que cesaron en cuanto se quedó embarazada de Sergio; así pues, llevaba siete años sin hacer el amor. Cuando su naturaleza ardiente le urgía sexo ella recurría a la masturbación para aplacar sus acaloramientos. El primer día que se acostó con don Rafael descubrió realmente lo que era un orgasmo; creyó volverse loca de placer, y en el corto lapso de tiempo que tuvieron antes de que llegara su esposo lo hicieron dos veces. La sangre volvió a circular por sus venas, sintió el aire era más limpio llenando plenamente sus pulmones y el sol le pareció más brillante que nunca. Dejó atrás aquellos simulacros de coitos de hace siete años como un mal recuerdo que tenía que borrar de su memoria.

A don Roberto no le pasó desapercibido el cambio y comenzó a indagar a qué podía deberse tan radical cambio; durante una semana habló con su mujer más que en los últimos años, estuvo dando rodeos con preguntas indirectas y al no obtener ningún resultado optó por preguntarle directamente.

- Te veo últimamente muy alegre ¿a qué se debe? ¿ha ocurrido algún fausto acontecimiento?

- No, nada especial –respondió Inés al tiempo que hacía un encogimiento de hombros.

- Digo yo que algo habrá pasado para que te muestres tan contenta −insistió don Roberto.

- No… nada… Solo que hace unos días Dios me hizo ver que tengo a mi alrededor todo lo que me hace falta para ser feliz; un marido adorable que me ama y me cuida, un hijo al que quiero con toda mi alma y unos grandes amigos de entre los que destaca nuestro entrañable Rafael, hombre bueno y santo que, para colmo de bendiciones, es nuestro director espiritual.

- Pues me alegro de que ese sea el motivo, porque no hay mayor alegría que la que nos proporciona el amor de Dios.

Una mañana, don Roberto recibió en su despacho la visita de un cliente que tenía concedido un préstamo hipotecario; pasaba por momentos difíciles y venía a pedirle una renegociación del préstamo a fin de alargar el plazo de amortización y con ello reducir en doscientos euros la cuota mensual. La empresa donde trabajaba había cerrado, él se había quedado sin trabajo y estaba cobrando un subsidio de desempleo que no le alcanzaba para atender el pago de la hipoteca sin tener que desquitar esa cantidad del dinero destinado a la comida y a las medicinas que su esposa necesitaba por ser una enferma crónica que precisaba de un tratamiento caro. Aunque el asunto estaba ya en manos del departamento de cobros de morosos de los servicios jurídicos del banco, don Roberto, aún teniendo potestad para pararlo, renegociar la deuda y establecer unas condiciones de pago que fueran asequibles para su cliente, se negó en redondo a una nueva negociación que cambiara las condiciones del préstamo a pesar de las súplicas de este, que se conformaba con que la cuota mensual bajara aunque solo fuera en cien euros, los otros cien los conseguiría quitándoselo de la boca él mismo y a su familia. Don Roberto no solo no se molestó en buscar alguna excusa que le exculpara de su negativa sino que lo despidió con la amenaza de que si no liquidaba el total de la deuda de golpe lo desahuciarían y le quitarían la casa. Aquel hombre salió del despacho derrotado, cabizbajo y arrastrando los pies, haciendo temer que pudiera llevar a cabo algún acto desesperado. Aquella tarde, cuando se reunió en la iglesia con su amigo el cura don Rafael y le contó el caso, ambos estuvieron de acuerdo en que la gente merecía recibir estos castigos para que aprendieran a ser más previsores y más ahorradores. Si le quedaba alguna sombra de mala conciencia o de duda sobre la probidad de su acto, la eliminó definitivamente cuando se confesó y comulgó; después de esto quedaba en paz con Dios y con su conciencia.

Inés se había hecho de varias amigas que, al igual que ella, año tras año, no tenían otra cosa que hacer que ir de curso en curso de los que se impartían en el Distrito Municipal. Formaban un grupo de cinco mujeres, todas ellas de edades comprendidas entre los treinta y los cuarenta, destacando a una de ellas, Marga, como su mejor amiga, con la que tenía una especial confianza. Era la esposa de un juez de la Audiencia Provincial, que también se veía sometida al dictado de un marido católico fundamentalista que la obligaba a aparentar ser un modelo de fiel y amantísima esposa, de madre abnegada y de ciudadana ejemplar. Todos los días, antes del comienzo de la clase, se veían en una cafetería cercana, tomaban café y dedicaban todo su tiempo a cortarle un traje a alguna otra conocida ajena al grupo o a cualquiera de las del grupo si estaba ausente, criticando su conducta, o su manera de vestir o peinarse y, escandalizadas, se rasgaban las vestiduras cuando había infidelidades de por medio, ya fueran reales o inventadas. Cierto día, al salir del curso de cocina Marga acompañó a Inés a su casa a fin de repetir un postre que habían aprendido a cocinar ese día. Mientras trabajaban en la cocina Marga recibió una llamada de su marido y al terminar, como quiera tuviera las manos sucias y no quisiera mancharse la ropa, soltó el teléfono móvil en una mesa auxiliar que quedaba a su espalda. Terminaron de confeccionar el postre y Marga se despidió con un beso; al cabo de unos minutos Inés se percató de que había olvidado el teléfono en la cocina y pensó que si se daba cuenta pronto, seguramente volvería a recogerlo, y si no, se lo daría mañana en el Distrito. Tomó el teléfono en la cocina y lo soltó sobre la mesa del comedor, puso a Sergio a jugar en el cuarto de los juguetes y se sentó en el sofá a ver la televisión un rato. Habían pasado treinta minutos y Marga no había vuelto, por lo que Inés dedujo que ya no vendría, y entonces le picó la curiosidad y no pudo resistirse a fisgonear en las notas y en los mensajes de wassap. Lo que descubrió la dejó con la boca abierta; su amiga visionaba videos que descargaba de una página porno y en la carpeta de notas encontró un escrito dirigido a ella y firmado por un tal “Juan, tu amante enamorado” en el que explicaba con todo lujo de detalles lo que pensaba hacerle la próxima vez que tuvieran un encuentro amoroso; tan expresivo y descriptivo era el relato que a mitad de su lectura Inés notó como su sexo se humedecía y le entraban unas ganas enormes de tener en ese momento un p**e p********o su vagina. A la hora y media de haberse ido, Marga volvió. Sonó el timbre del portero electrónico y cuando Inés supo que era ella, pulsó el abrepuertas e inmediatamente volvió a colocar el teléfono móvil en la misma mesa auxiliar de la cocina donde lo había olvidado Marga. Cuando le abrió la puerta del piso y Marga le dijo que había extraviado el móvil en la cocina, Inés fingió mostrarse extrañada y le dijo que desde que se marchó no había vuelto a entrar en la cocina, cosa que Marga creyó cuando vio que el teléfono seguía en el mismo sitio en el que lo había dejado olvidado. Marga se marchó con la satisfacción de que su secreto se había mantenido bien oculto.

Al día siguiente, Inés llegó a posta la primera a la cafetería donde se reunían y a medida que iban llegando las demás las fue poniendo al corriente de su descubrimiento; cuando apareció Marga, que como siempre fue la última en llegar, todas estaban enteradas del escabroso asunto.

- Hola a todas –dijo Marga al llegar.

- Holaaa –contestaron al unísono, alguna con un tono socarrón.

- Chica, que bien te veo hoy –dijo Lola, una morenita bajita casada con un abogado de prestigio, dirigiéndose a Marga− ¿Has tenido algún enganche amoroso con tu marido?

- Yo también te veo muy bien –intervino Isabel, viuda y funcionaria colocada a dedo en la Administración por el mismo partido en el que militaba don Roberto, redundando en el comentario de Lola− Hoy tienes el guapo subido.

- Y yo lo confirmo –remachó Laura, la más joven de todas, casada con un edil socialdemócrata del Ayuntamiento− Hoy estás muy guapa ¿será porque es primavera y tu marido tiene la sangre alterada?

- ¡Vaya! A ver cuando me dedicáis a mí algún piropo –dijo Inés.

- Gracias, chicas, muchas gracias a todas –contestó Marga, dedicándoles su mejor sonrisa− Hoy me estáis alegrando el día, pero esta mañana me he mirado al espejo y me he visto como siempre. Además, tantos halagos juntos no es algo muy normal en vosotras ¿A ver, que mosca os ha picado? Si alguna tiene algo que decirme, que dispare.

Todas rieron y ninguna contestó. La razón era simple. Cada una de ellas sabía de la vida y milagro de las demás y ninguna se atrevía a hacer una insinuación que fuera más allá de aquellas preguntas socarronas temiendo recibir una respuesta hiriente o vejatoria que la dejara en evidencia; todas tenían algo por lo que callar.

III

A media mañana Inés llamó a su marido al banco y le pidió que no se demorara demasiado a la salida porque se había cruzado en la calle con don Rafael y se había visto obligada a invitarlo a almorzar; don Roberto le contestó que precisamente hoy había quedado en visitar a un cliente en su oficina y probablemente llegaría a la hora de siempre o incluso algo más tarde. A la una y media sonó el móvil de Inés; era don Rafael preguntando si se había marchado ya Consuelo. Veinte minutos más tarde el cura entraba en la casa. Se abrazaron como locos y entre besos y caricias se fueron desnudando el uno al otro hasta quedar completamente desnudos. Cinco minutos después la pareja se refocilaba en la cama, con un amante que, amordazándola con sus besos, trataba de impedir que los gritos de placer de Inés pudieran ser oídos por los vecinos. Después del primer orgasmo descansaron unos minutos, encendieron un cigarrillo y miraron el reloj de la mesilla de noche; eran las dos y cuarto, y como don Roberto no llegaría hasta las tres, tenían tres cuartos de hora por delante. Así que se volvieron a animar y comenzaron un nuevo asalto. Esta segunda vez el orgasmo se retrasaba más y los movimientos eran más suaves, menos violentos que en la primera vez, cosa que ambos agradecían disfrutando más intensamente de las delicias que les proporcionaban los contactos de sus lenguas en los largos besos que intercambiaban, las lentas y dulces caricias mutuas y una suave p*********n v*****l acompañada de un lento y rítmico movimiento de fricción que imprimían las caderas de don Roberto. Con los ojos cerrados, la abstracción de los amantes era total, absoluta; no veían ni oían, solo sentían.

Ninguno de los dos lo oyó entrar. Solo se percataron de su presencia cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe.

- ¡Inés! ¡Rafael! ¡Por Dios, Rafael! –gritó don Roberto, sin dar crédito a sus ojos. Los amantes se separaron de un salto e instintivamente buscaron la sábana para cubrirse. La sorpresa le impedía pronunciar palabra.

- ¿Por qué me haces esto, Rafael? ¿Por qué? ¿Es que no te hago feliz en la cama o es que he hecho algo que no te ha gustado y me estás castigando? Sabes que llevo siete años sin tocar a esta puta y que estoy enamorado de ti como nunca antes lo he estado de nadie. Entonces ¿por qué, Rafael? ¿Por qué?

Inés tardaba en entender lo que estaba pasando. ¿Estaba su marido diciéndole a Rafael, su amante, que estaba enamorado de él? ¿Estaba hablando de que existía un amor carnal o se refería solo a la amistad que había entre ellos? No, no, no se refería a la amistad, había dicho que estaba enamorado. Poco a poco se le fue aclarando la mente y comenzó a entender. ¡Su marido y el cura eran amantes! Sí, eso era exactamente lo que tenía ante sus ojos. La imagen de su esposo era la de un amante despechado que acaba de descubrir que ha sido traicionado con la persona más allegada a él, su esposa.

- Roberto, cálmate por favor. Sal del dormitorio para que podamos vestirnos y ahora hablamos en el salón. Pero quédate tranquilo y calmado por favor, que hablando se aclarará todo.

Salieron del dormitorio cubiertos con albornoces, ya que las ropas habían quedado en el salón, y vieron a don Roberto sentado en el sofá; lloraba en silencio, con la cabeza baja y la cara entre las manos. Don Rafael se sentó a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros.

- Mi querido Roberto, acabas de descubrir que el mundo es perverso y la vida compleja. Cada uno de nosotros tiene su propia naturaleza y es dueño de sus actos. En este instante no somos un cura y dos de sus feligreses haciendo el análisis teológico de un pecado, sino tres seres humanos enfrentados a una situación propia de seres humanos. Ya una vez te olvidaste de que soy cura en el primer encuentro que tuvimos ¿te acuerdas? Aquel día, hace ya dos años, en mi despacho de la parroquia. Nos presentó el padre Anselmo y estuvimos casi dos horas hablando ¿recuerdas? Cuando fuimos a despedirnos yo te tendí mi mano pero tú me diste un beso en la cara y deslizaste tu boca hasta darme un furtivo beso en la comisura de los labios, como si hubiese sido un roce casual, y yo te correspondí con un fuerte abrazo y un largo beso ¿Te acuerdas? Estuvimos abrazados besándonos durante un rato hasta que tú te arrodillaste y me abriste la bragueta ¿lo recuerdas? Fue la mejor felación que me han hecho en mi vida. Tuve uno de los más largos y profundos orgasmos que he tenido nunca y una abundante e*********n que tú recibiste en tu boca y la tragaste degustándola con fruición.

El relato de aquellos recuerdos no solo habían tranquilizado a don Roberto sino que a través del pantalón se apreciaba el bulto producido por una fuerte erección y sus ojos se veían vidriosos por la excitación. Inés, que ya ni recordaba a su marido con una erección, pues en los últimos siete años ni siquiera lo había visto desnudo, también se vio afectada por el relato de Rafael y, a pesar de haber hecho el amor recientemente, también notaba húmeda su vagina. Don Rafael prosiguió, esta vez adoptando una actitud más grave.

Entonces don Rafael se levantó del sofá y se ajustó el alzacuello, se puso la chaqueta y tomando su biblia habló con la mayor solemnidad de que fue capaz

- Si queréis que os hable como cura tengo que deciros, mis queridos hermanos en Jesucristo, que los tres estamos fuera de la ley de la Iglesia. Vosotros dos habéis faltado a la promesa que hicisteis ante el sagrado altar de guardaros mutua fidelidad y yo he pecado por los tres; he roto mi juramento de celibato y he dado un mal ejemplo al hacer lo contrario de lo que predico. Así pues, los tres hemos de arrepentirnos de nuestros actos impuros y hacer penitencia invocando a la Iglesia el perdón de nuestros pecados. Y ya sabéis cuál sería la penitencia: yo debería confesar mis pecados a mi obispo y abandonar mis hábitos y vosotros, como esos cristianos que decís que sois, tendríais que confesar vuestros actos disolutos y retornar a ser un matrimonio normal y engendrar más hijos, cosa que creo que a ti, Roberto, te sería imposible después de siete años glorificando tu homosexualidad, y ya sabes lo que te pasará si todo este asunto trasciende: adiós al Opus Dei y después de perder su apoyo, adiós Banco. Tú, Inés, tanto para la Iglesia Católica como para la sociedad ortodoxa, hipócrita y fundamentalista en la que te desenvuelves, eres culpable de adulterio y serás condenada al ostracismo, aunque seas la única que tienes una justificación, ya que tu marido, cuando solo contabas con veintitrés años, te condenó inmisericorde a una cruel y perpetua abstinencia sexual –al llegar a este punto, don Rafael soltó la biblia sobre la mesa, se quitó el alzacuello y prosiguió, esta vez más distendido:

- Y ahora volvemos de nuevo al momento anterior. Ahora no soy un cura sermoneando a sus feligreses, volvemos a ser tres seres humanos que se enfrentan a una situación cargada de humanidad.  Empezaré diciéndoos que todo acto de amor es divino en sí mismo, que el amor que nos profesamos nos exonera de la carga que la Iglesia echa sobre nuestros hombros y que honramos más a Dios con nuestro amor que al diablo con nuestros actos. Dicho esto, os propongo dejar las cosas como están y seguir amándonos como hasta ahora, pero esta vez lo tenemos más fácil; ya no tenemos que escondernos, esta casa será nuestro refugio y nuestro nido de amor. Seguiré viniendo como invitado a almorzar cada vez que lo deseéis y os seguiré confesando en vuestra casa como hasta ahora. Nada habrá cambiado en apariencia aunque a partir de este momento podemos vivir una nueva vida que a mí se me hace de color de rosas. Bueno, ya sabéis cuál es mi pensamiento, ahora vosotros tenéis la palabra.

Se hizo un silencio denso y se cruzaron las miradas pero en ellas ya no se apreciaba temor alguno y en las caras aparecieron unas débiles sonrisas que se fueron ampliando hasta convertirse en una alegre y sana risa.

Sevilla, julio de 2018.

F I N

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