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Inspiración

El pintor caminaba por las calles combatiendo el aire helado con sus manos en los bolsillos y una bufanda atada al cuello.
Su pensamiento bullía de indignación. “Le falta alma” le había dicho el último marchante que había pasado por el estudio. A sus cuadros les faltaba alma…

“La ejecución es perfecta. El equilibrio del color esta muy conseguido pero son aburridos. No dicen nada, no transmiten nada”.
Pero era difícil pintar con el corazón cuando ella lo mató cuando se fue.
La había conocido una noche en una taberna, uno de esos locales habitados por fantasmas que ocupan siempre la misma mesa. Solitarios, sin futuro, sin razón para vivir. Sentados con un vaso permanente en la mano, su única meta era que la parca pasase a recogerlos. Yo era joven e impaciente y la falta de éxito me tenía sumido en una depresión que me hizo buscar un sitio acorde con mi estado de ánimo, para intentar ahogar mi ansiedad.

Ella ocupaba una mesa en el fondo. Pero, aún absorbida por la oscuridad, a mi me deslumbró su brillo. Su pelo rubio ajado, sucio y despeinado evocaba, todavía, el esplendor de otros tiempos. Sus ojos acuosos, de un azul casi transparente, estaban rodeados de unas profundas y negras ojeras. Su mirada, marcada por una honda tristeza, se perdía en lo profundo de su pensamiento. Pero, si observabas bien, veías, relucir aún, la llama de la pasión. Su boca despintada, marcada por un rictus de eterno hastío, de amargura, estaba señalada por el rastro de antiguos besos apasionados, aquellos que hacen deslizar el suelo bajo los pies.
Me acerque despacio, como lo haces con un gorrión herido por miedo de que, al revolotear, se dañe más todavía.
Con voz suave le dije:

- Señorita, ¿me permite que la acompañe?.

Me miró con cansancio infinito pero contesto con su voz enronquecida por el alcohol:

- Si me invitas puedes quedarte ahí sentado el tiempo que quieras.
Pedí una botella de vodka. El camarero, un anciano castigado por la artritis, nos sirvió arrastrando los pies y le habló a ella con la ternura de un padre:

- Señorita, ¿no cree que sería mejor que volviera a casa?
- Viejo y querido Pierre, sabes que no tengo donde volver. Deja la botella y no te preocupes por mi. Este caballero me cuidará, ¿verdad amigo?.

Yo asentí. Pasé el resto de la noche viéndola consumir un vaso tras otro mientras me desgranaba las decepciones que habían marcado su vida.
Cuando la mañana empezaba a clarear, ella, derrotada, se había dormido con la cabeza apoyada en la mesa. La cogí en mis brazos, su cuerpo era pequeño y liviano. Se agarró a mi cuello como una niña pequeña.
La llevé a mi estudio. La cuide durante días y noches enteras, mientras ella expulsaba el alcohol de su cuerpo, se reparaba, se reconstruía y renacía.

Y volvió a ser la chica que yo había podido distinguir dentro de la cubierta de mujer desencantada que había conocido por primera vez. A partir de aquí empecé a vivir dentro del sueño que sólo había tenido el valor de imaginar. Mi obra se depuró y se llenó de sentimiento. Pintaba mientras ella me observaba y yo dejaba traspasar al lienzo toda la felicidad, el amor, la pasión que inundaban mi corazón. Luego paseábamos, reíamos, comíamos y hacíamos el amor como si fuera la última vez, como si fuera el último día de nuestras vidas.
Yo conseguí algo de notoriedad en este difícil mundo del arte. Realicé algunas exposiciones y vendí unos cuantos cuadros. Era feliz. No le pedía más a la vida.

Una mañana salí del estudio mientras ella dormía todavía. Había decidido pedirle matrimonio. Quería vivir el resto de mi vida como hasta ahora, con ella a mi lado. Si la perdía nada tendría sentido para mi. Le compré un modesto pero bonito anillo de compromiso y un enorme ramo de rosas rojas. Subí las escaleras, entre en el estudio como una tromba llamándola a gritos. Nadie contestó.
Se había ido y nada quedaba de ella. Ni rastro de su presencia, como si nunca hubiera estado allí.
La busqué durante días sin resultado. Había desaparecido.
Mis cuadros se quedaron sin esencia, sin sentimiento y empezaron a dejar de venderse.
Ahora ocupo la mesa que ella abandonó. He dejado de pintar porque me planto delante del lienzo en blanco y no hayo nada en mi interior que poder plasmar. Espero que vuelva para recuperar la inspiración y la pasión que perdí.

Le pregunto al viejo Pierre:
- ¡Dime donde está, se que tú lo sabes!.
El me mira con compasión y me contesta:
- Ella es inconstante, señor. Nunca ama por mucho tiempo.

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