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Huida desesperada

Cuando bajó la ventanilla el policía que les había dado el alto le solicitó la documentación. Él se agachó y abrió la portezuela del salpicadero para cogerla, pero en vez de sacar los papeles del coche, cogió un arma que tenía allí escondida y ante la estupefacción de su compañera le disparó en la cara al agente para posteriormente acelerar y escapar del control de carretera en el que les habían detenido.

Tras unos kilómetros conduciendo a gran velocidad, se salió de la carretera principal introduciéndose en un camino de montaña hasta que llegó a un pequeño caserío abandonado. Allí se dirigió a ella.

- Tengo que hacer desaparecer el coche. Ya habrán comprobado que es robado. Voy a buscar otro vehículo. Quiero que te quedes aquí, pero sólo 48 horas. No te voy a decir hacia dónde huir ni con quién ponerte en contacto. Si no he vuelto en esas 48 horas, es posible que me hayan cogido. No dudes en que me torturarán para hacerme hablar, pero me comprometo a callar durante ese tiempo. Después... no te puedo garantizar nada. Por eso, si no he vuelto en dos días, huye de aquí.

Dicho esto, se fue con el coche, dejándola sola. Se echaba la noche y en aquella casa no había luz. No se atrevió a hacer fuego, por no delatarse con el humo. No tenía comida y hacía mucho frío. Debía quedarse allí dos días, esperando a su compañero. No podía fallarle, él se la estaba jugando por salvarla.

El primer día lo pasó acurrucada en un rincón oscuro, temiendo que alguien la pudiera encontrar, pero lo peor eran las noches que pasó. Intentaba dormir, pero cada poco tiempo algún ruido en el exterior la despertaba e inquietaba, ya que podría ser la policía, que la hubiera localizado.

Pasados dos días salió y echó a andar hacia el valle, hacia un pueblo que se divisaba a lo lejos. En la plaza había una parada de autobús donde compró un billete hacia la capital de la provincia, que se encontraba muy cerca de la frontera. Desde allí le sería fácil salir del país, ponerse a salvo.

En el autobús viajaba prácticamente sola. Sentía la mirada del conductor clavándose en ella a través del espejo retrovisor, algo que la incomodaba. Quizá les hubieran identificado y distribuido sus fotografías por prensa y televisión, y aquel hombre la habría reconocido. Intentó pasar desapercibida en su asiento hasta que llegaran a la ciudad.

Se bajó y a paso rápido se perdió en las calles del centro. Era de noche pero había mucha gente paseando, tomando copas en las terrazas de los bares. Un joven se le acercó y le dijo a ver si la invitaba a una copa. Llevaba dos días sin comer y no tenía donde dormir. Aceptó la copa y le dijo a ver si la invitaba también a cenar. El pretendiente lanzó una sonrisa de triunfo a sus amigos y agarrándola por la cintura se la llevó a un restaurante.

Después se fueron a su casa. Una vez en la intimidad del hogar, ella sacó una pistola de su bolso y le ató y amordazó a una silla. Le cogió las llaves del coche y huyó con él hacia una aldea fronteriza, saliendo del país por un estrecho camino de montaña. Cuando llegó al otro lado se sintió a salvo y abandonó el automóvil robado.

Y fue entonces cuando se enteró de la suerte que había corrido su compañero. Después de dejarla en la casa abandonada había huido a toda velocidad hacia la frontera. Cerca de ella se topó con un control de la policía fronteriza, consiguiendo escapar tras matar a dos agentes. Había cruzado la frontera y se había puesto a salvo. La había traicionado.

Del blog RelatoCuentos

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