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Hora de dormir

Era la hora de irse a dormir.

Ya había cerrado las ventanas y las puertas, delantera y trasera. Había recogido la cocina, apagado el televisor, sacado la basura, lavado los dientes, y todas esas cosas que cada uno hace por la noche antes de irse a la cama. Solo le faltaba apagar la luz y, como ya hemos dicho, intentar dormir.

Pero tenía miedo.

No recordaba haber tenido miedo desde que era un niño. No nos referimos a ese miedo a que te quiten la casa, que te despidan, a morir solo... Estamos hablando de ese miedo irracional, oscuro, que solo tiene sentido cuando eres un pequeño que se esconde bajo las sábanas, pensando que ellas te protegerán de todo lo malo que hay ahí fuera.

No recuerda cuando volvieron estas sensaciones. Tal vez surgieran al año de que ella se fuera. Se fue un día de otoño, sin avisar, sin despedidas, sin una nota, sin una palabra... Nada. Se había ido, y le había dejado solo, destrozado, sin nada aparte que los horribles recuerdos.

Una sirena le saca de sus ensoñaciones. Una ambulancia, como la de hace dos años. Esta tumbado en su cama, y entre sus manos reposa un libro al que apenas le presta atención. Se deshace de esos pensamientos e intenta volver a concentrarse en su lectura. Sin quererlo, vuelve a divagar, ahora sobre esa ambulancia. ¿Se estará dirigiendo hacia un destino tan fatídico como el de aquel día, hace dos años, cuando el pequeño...?

Basta ya, murmura, cerrando el libro de un golpe, y tras dejarlo en la mesita, y un breve momento de vacilación, se decide por fin a apagar la luz y adoptar una postura cómoda para dormir.

Pero aun tiene miedo.

Como todas las noches, vuelve a pensar en aquel trágico día. Él no tuvo la culpa de lo que pasó, cómo iba él a evitarlo, cómo iba a permitir que el pequeño, su pequeño...

Un ruido en el pasillo. Se endereza de un salto y mira fijamente a la puerta. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que convivió con alguien. ¿Se lo habrá imaginado? ¿Lo habrá soñado? Sea lo que fuese, solo sabía que no iba a poder conciliar el sueño.

Está muerto de miedo.

Se levanta despacio y va hacia la puerta. Dirige la mano temblorosa hacia el pomo, inspira profundamente y... ¡Abre la puerta de un golpe! Y lo que ve al otro lado es...

Nada. El silencio más oscuro que jamás ha visto.

Cierra lentamente y vuelve hacia la cama. Se lo habrá imaginado, razona. O puede que los del piso de arriba tengan ganas de fiesta. Se tumba de nuevo, dispuesto a dormir de una vez. No quiere pensar en nada, en nada, absolutamente en nada...


Un nuevo ruido le despierta. Se da la vuelta, sin prestarle atención. Pero entonces se repite, mucho más fuerte. Y ya se da cuenta de donde procede. Del cuarto de baño, el del final del pasillo, aquél al que a penas entra desde hace dos años. Vuelve a sonar, una vez, y otra, y otra, ya no puede más, quiere que pare, ese ruido cruel, acusador, que le taladra las sienes, le trastoca los nervios, hasta llegar a lo más hondo de su agónico ser.

Su alma grita de miedo.

Ya basta, déjame en paz, y corre hacia la puerta, la abre, cruza el pasillo hasta la puerta del baño, el baño donde su pequeño murió hace dos años, la abre, para encontrar de nuevo al otro lado... Nada. Silencio. Vacío.

Le grita: “¡Ya basta, qué es lo que quieres de mí!”

Silencio

Le vuelve a gritar: “¡Qué es lo que buscas, por qué me atormentas!”

Silencio

Una vez más: “¡No fue mi culpa, no pude evitarlo, no pude, no pude, no pude!”

Silencio

Grita, da golpes, tira cosas, rompe el espejo, escucha:

Silencio

Se tira al suelo entre aullidos, frente la bañera, aquella bañera en la que hace dos años debía haber vigilado a su hijo, su pequeño, mientras se bañaba. Y empañado de lágrimas, sabe lo que tiene que hacer ahora...

Amanece. Los rayos de sol entran por la ventana. Las personas salen a la calle hacia sus respectivos trabajos. Y él yace muerto sobre el suelo del baño, con las venas cortadas y una sonrisa en los labios.

Ya no tiene miedo.

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