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Historia del Arca I

Ana Irene Méndez

En 1872, George Smith, un asiriólogo autodidacta, trabajando entre los miles de tablillas de arcilla antiguas traídas de Irak, hizo un descubrimiento sensacional: una versión de la historia del diluvio universal escrito en cuneiforme. Con los años, las tabletas cuneiformes de la inundación han seguido apareciendo. Tres versiones mesopotámicas distintas del mito han sido hasta ahora identificadas, una grabada en sumerio y dos en acadio. Ha quedado claro que la historia de un diluvio universal fue divulgada en Mesopotamia durante todo un milenio y medio antes de que los desafortunados habitantes de Judea, derrotados en el siglo sexto antes de Cristo por Nabucodonosor y arrastrados al exilio, fueron a llorar a orilla de los ríos babilónicos.

Irving Finkel, eminencia gris del Museo Británico de estudios cuneiformes, revela un descubrimiento para afianzar aún más la evidencia: una tableta que realmente describe animales que entran en un arca "de dos en dos". No sólo eso, sino que ofrece especificaciones sorprendentemente precisas sobre la mejor manera de construir la nave. "La escritura más antigua del mundo y la más dura, la más vieja, con mucho, que cualquier alfabeto, escrita por sumerios y babilonios muertos hace mucho tiempo, más de 3.000 años, y tan extintas en la época de los romanos como cualquier dinosaurio".

El análisis de esas escrituras indica que transcriben una especie de diario de a bordo que Noé y sus hijos llevaron durante su odisea. En lo esencial esas escrituras coinciden con el libro del Génesis, escrito por Moisés alrededor del año 1513 a.C., pero abundan en detalles acerca de la empresa que salvó de la desaparición a los terrícolas. Aquí, algunos abundamientos de la imaginación no desvirtúan el espíritu de los relatos originales.

Muchos años después que Dios hizo al mundo, en la tierra creció la vileza entre los hombres. Dios vio que el corazón de la mayoría de los hombres albergaba el mal. La iniquidad del hombre hizo doler el corazón de Jehová y éste se arrepintió de haberlo creado a su semejanza.  La tierra estaba depravada a causa de los hombres, su corrupción la había viciado.

Y dijo Jehová: “Barreré de la faz de la tierra a los hombres, sus bestias y hasta los reptiles y las aves del cielo, pues me arrepiento de haberlos creado”. Dios dispuso que cayese agua sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches. Fue la lluvia más torrencial que habían visto o habrían de ver las generaciones de los hombres. Pareciera que Dios quisiera lavarle bien la cara a la tierra para hacer desaparecer la depravación causada por los hombres.

Había un hombre justo de nombre Noé quien clamó indulgencia ante el Señor y Éste le dio a la humanidad una segunda oportunidad con la familia de Noé. 

Noé tenía tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Jehová Dios ordenó a Noé que construyera una nave y le dio instrucciones precisas para su levantamiento. Debía ser un arca de ciento cincuenta metros de largo (en medidas antiguas, trescientos codos) veinticinco metros (cincuenta codos) de ancho y quince metros (treinta codos) de alto, dimensiones mayores a las de un gran ferri de nuestros días. La nave tendría tres niveles. El nivel inferior mediría 3.750 metros cuadrados de superficie y una altura de siete metros. Los dos pisos superiores deberían tener 3.000 metros cuadrados y una altura de cuatro metros cada uno.

El arca tendría en total 9.750 metros cuadrados de espacio útil. En su interior hubiera podido alojar ciento ocho viviendas del tipo de algunos apartamentos modernos, de noventa metros cuadrados cada uno. En la parte superior de la nave correría a lo largo un ático con ventanillas para facilitar la circulación del aire. El ático estaría rematado por un techo a dos aguas con suficiente volado para prevenir la entrada del agua impulsada por los vientos.

Cuando Noé, quien para la época del diluvio tenía 600 años, escuchó las dimensiones que le dio Jehová, pensó que esa construcción llevaría mucho trabajo y mucha madera. Él nunca había construido una embarcación, ni siquiera una balsa. Pero tenía fe en Dios y acometió la obra con la ayuda de sus hijos, sus nietos, biznietos, tataranietos y los hijos de éstos.

El arca debía ser construida de madera de gofer, un árbol hoy desconocido, desaparecido o cuyo nombre fue cambiado; se levantarían aposentos dentro del arca y una vez armada, Noé debería calafatear el arca con brea por dentro y por fuera para evitar que entrara el agua por las juntas de madera. Noé es el primero en usar un hidrocarburo para calefatear una nave por mandato te Dios. Es el primer constructor naval a esa escala de quien se tenga conocimiento.

En esos tiempos, los hombres no habían diseñado naves con proa, popa, babor y estribor como lo harían muchos siglos después. El arca fue como una enorme caja de madera hecha más para flotar que para navegar. Los dos niveles superiores tenían una galería interior a la que se abrían los aposentos. La galería estaba protegida por una baranda. Por el centro de esos niveles corría un espacio abierto de cinco  metros de ancho al extremo del cual estaba la escalera para comunicar los pisos entre sí. En la planta inferior y en uno de los  lados más largos --que pudiéramos llamar babor-- según las instrucciones dadas por el Señor, estaba una puerta amplia para facilitar la entrada de los seres vivos seleccionados. La puerta, de una sola pieza, no abría de lado sino de arriba hacia abajo para apoyarse en tierra a modo de rampa. Encima de la puerta y separada por una viga, los constructores abrieron una gran ventana con una compuerta para ser empujada desde adentro hacia fuera y arriba. La mantendrían abierta con pértigas.

Cuando el arca estuvo lista, tarea que duró ciento veinte años, Jehová ordenó a Noé que entrara en ella con toda su familia, sus hijos, sus mujeres y los hijos de sus hijos. La familia en la que se contaban cuatro generaciones se organizó para poner orden en la entrada al arca de  todas las especies animales del aire y de la tierra.  No era necesario llevar en el arca las especies que viven en las aguas pues ellas, estando en su elemento, cuidarían de sí mismas durante lo que se llamó diluvio universal.

Noé, sus hijos y demás descendientes adultos planificaron con cuidado el embarque. Fue una proeza logística. El nivel superior del arca alojaría a las aves y mamíferos más pequeños. El piso intermedio estaba destinado a los animales carnívoros. La planta inferior albergaría a los grandes mamíferos herbívoros.

Por encima de la puerta que se abría hasta apoyarse en tierra, Noé y sus hijos, todos hombres fuertes, tendieron y acuñaron tres rampas de diferentes grados de resistencia: una hecha de un tablón del grueso de un pulgar sobre el lado derecho de la entrada  para los animales más pequeños: insectos rastreros capitaneados por la pareja de cucarachas, mamíferos menudos al frente de los cuales iban el ratón y la ratona, aves no voladoras encabezadas por el par de perdices, siguieron las plumíferas, las serpientes y los lagartos de menor tamaño, la columna parecía interminable. Los niños  de la familia fueron los encargados de controlar la entrada de las especies más chicas. No todos los insectos entraron a pie por esa rampa; los parásitos iban cómodamente instalados en los animales de su preferencia, mientras otros, como las parejas de moscas, libélulas, mariposas y abejas penetraron por el lado derecho de la ventana para guardar el orden impuesto.

La rampa en el lado izquierdo de la puerta, con el doble del grosor de la anterior, estaba destinada a los animales de tamaño mediano; por ella desfilaron ordenada aunque ruidosamente las parejas de pavos, cisnes, perros, lobos, ovejos, hienas, cerdos, y todas las especies de tamaño parecido. Cuando entró ese grupo de animales, el bullicio dentro del arca se hizo grande, todos los animales elevaban múltiples y variadas voces saludando al resto del pasaje a bordo.

La rampa central, mucho más gruesa y ancha que las anteriores, sirvió a los grandes animales. Por allí marcharon el caballo y la yegua, la vaca y el toro, el dúo de elefantes, el león y la leona, la pareja de hipopótamos, la de los rinocerontes, la de los pandas, el oso y la osa polar, el dúo de las jirafas y el resto de los animales de similar corpulencia.

Con el concurso de las variopintas voces de  los animales de pequeño y mediano tamaño había suficiente para imaginar una súper orquesta en la tarea de afinar los instrumentos antes del concierto. Las  recién llegadas voces de los grandes mamíferos se sumaron a la algarabía.  El elefante resopló como una gran trompeta algo desafinada, el relincho del caballo emuló a un saxofón soprano, mientras el león sacó de su garganta notas bajas semejantes a las del contrafagot.

Por la ventana entraron las aves y mamíferos voladores. Por allí planearon desde la pareja de colibríes,  la de los murciélagos, hasta las de cóndores y águilas arpías.

Tomó tres semanas acomodar a todos los animales. En una sección del piso intermedio, fueron ubicadas jaulas con  animales extras que debían servir de alimento a las especies carnívoras. En otras jaulas de menor tamaño forradas de piel de oveja  iban insectos para los insectívoros.  Del lado que pudiéramos llamar la popa, se almacenaron pacas de forraje para los herbívoros y al lado, frutas para los frugívoros, granos para los granívoros, y así, se aprovisionaron de abundante alimento para cada quien. También  se acopiaron semillas y granos en previsión de obtener cosechas una vez que cesara el meteoro.

Jehová, quien todo lo puede y todo lo sabe, se dirigió a los ocupantes de la nave diluviana. Cada uno escuchó su mensaje en su lenguaje propio, excepto el grillo que no se dio por enterado porque no había dejado de tocar su minúsculo violín desde que subió al arca dando saltos por la rampa más pequeña. Previendo que en cuarenta días y cuarenta noches podían ocurrir muchas conductas indeseables para la conservación de la vida animal, el Señor arengó a sus criaturas y les ordenó que, dejando a un lado los instintos, se comprometieran a acatar un pacto de no agresión a las otras especies pues todos habían sido escogidas para garantizar la repoblación de la tierra. Así, el tigre y la tigresa no atacarían a las especies de las que se alimentan en la selva, el ruiseñor no ensartaría en su pico a las lombrices y gusanos, el gato y la gata no cazarían a la pareja de ratones. Todos se comprometieron a comer sólo el alimento que les dispensaran Noé y su familia. De no haber acatado ese pacto, la variedad de especies que transportaba el arca se hubiera visto diezmada; hasta los pasajeros humanos hubieran estado en peligro.

Noé había demorado siete días pasando lista y comprobado que no faltaba ningún animal. Dicen las escrituras antiguas que el arca alojó 12 mil trescientos animales más pequeños que una oveja y que la mitad de los animales que entraron al arca pesaban menos de medio kilo.  Dos mil ochocientos ochenta tenían tamaños entre una oveja y una vaca y ochocientos veinte animales eran de gran corpulencia; estos animales eran del tipo que crece hasta una gran altura como la jirafa, que engrosa hasta la  robustez como le hipopótamo o que crece en todas direcciones como el elefante. Cuando hubo terminado el conteo, Noé y sus hijos recogieron las rampas y las acomodaron en el lado opuesto a la puerta  y elevaron ésta mediante un sistema de sogas y poleas. Se retiraron las pértigas que sostenían la tapa de la ventana y el arca estuvo  lista para zarpar. (continúa) ...

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