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Hijos de la guerra

Cuando el sol comenzó a asomarse, el humo negro y la sangre roja lo envolvían todo alrededor. Los árboles del lugar, los pocos que aún conseguían mantenerse en pie, habían perdido todo rastro de follaje a causa de las ondas expansivas de las terribles y continuas explosiones que se habían sucedido a lo largo de toda la noche.

Después de sonar con estruendo el último cañonazo, multitud de jóvenes asustados empezaron a correr colina arriba en dirección a la trinchera enemiga. Soldados aferrados con desesperación a unos fusiles que casi no sabían manejar. Disparaban sus armas sin parar, con los ojos cerrados, incapaces con su inexperiencia de mirar de frente a la muerte que les aguardaba en la cima. Nadie les había enseñado a matar, sólo a usar un arma de manera básica.

Los escasos enemigos que quedaban defendiendo las trincheras abandonaron sus posiciones, con la rapidez que le permitían sus piernas temblorosas, en dirección a las pocas casas que aún quedaban en pie entre las ruinas de la devastada ciudad, mientras la multitud que subía la colina no paraba de gritar y disparar.

Los soldados disparaban y mataban. Mataban y disparaban. Las órdenes eran claras: “Matar”. No estaban allí para cuestionar nada. Tan sólo para obedecer.

En poco tiempo no quedaba un solo enemigo en pie. Aparentemente todo había terminado, si bien había algo contra lo que nunca podrían luchar: los ideales. Ellos podrían masacrar cuantas ciudades rebeldes se alzaran contra el opresivo poder del gobierno central pero nunca podrían borrar las ideas de libertad que se habían instaurado, hacía ya tiempo, entre la población y que se extendían como un reguero.

Esta era una lucha perdida desde un principio. Los ideales perdurarán en el tiempo pero los hombres no son eternos.

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