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Hijo de rey

 ¿Cuántos crees que son? - preguntó el joven desde el campo de visión que ofrecía aquella rocosa cima. - No lo sé. - ¿Llegarán a tiempo los caballeros de la Orden Religiosa? - insistía el joven. - No lo sé. "Y cómo demonios puedo salvar a mi pueblo enfrentándome a él..."; parecía pensar el joven. Su único pecado fue nacer hijo de Rey. Había pasado toda su infancia entre instrucción militar y el dominio de la espada, pero era demasiado joven para estar preparado para un enfrentamiento de tales magnitudes. Apenas podía contener las lágrimas. Los experimentados arqueros, piqueros, espadachines y demás hombres que estaban a su servicio ni siquiera tenían motivación, ni la más mínima esperanza de victoria. Aún pesaba más su pesimismo que sus infranqueables armaduras.

El largo reinado de tiranía que había dejado su padre con su muerte había provocado la ira, el odio, el malestar, y todo sentimiento oscuro que pueda imaginarse sobre la población; había dejado una inminente revolución. Un estallido militar que se inició con la muerte del Rey. El único motivo estratégico era aprovecharse de la inocencia e inexperiencia del joven sucesor. Un ejército formado por las personas más revolucionarias del pueblo y por grandes masas de soldados foráneos con intereses territoriales estaba dispuesto a enfrentarse a la monarquía. Para el joven era ya imposible contener las lágrimas. Sólo quería ayudar al pueblo.

Desde siempre, nunca había compartido las ideas de su padre, pero ahora tenía que defenderlas, presionado por los fieles al rey fallecido y por sus naciones "aliadas" que tan solo deseaban su derrota. La guerra iba a empezar; era inevitable. El joven alzó su espada, la cual no dejaba de temblar ante el nerviosismo de su portador, y en un gesto violento bajó el brazo. El combate había comenzado. El ruido provocado por el choque de las armas metálicas punzaba los tímpanos del joven, e incluso alcanzaban su cerebro provocándole una terrible angustia. Los silbidos de las flechas le recordaban los gritos de la muerte. Odiaba la guerra. No pudo evitar vomitar. Pronto cayó de su caballo hacia el suelo, pero no por estar herido, sino por propia voluntad. Hurgó entre sus vestimentas y hayó lo que buscaba. La poción mágica.

La poción que acabaría con el sufrimiento que estaba soportando, la poción que le llevaría hacia los brazos de su amada, la poción que... La poción era simplemente un veneno mortal.

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