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Hijo de Dios, hijo del Diablo

El amor, la confianza, el respeto. Son las bases de la vida. Nos convierten en seres humanos. Nos hacen mejores personas. Pero, ¿dónde nos puede llevar la confianza ciega en la persona que amamos?.

Llegó un momento en el que ya no podía más. Tenía que intentar huir como fuera.

Y de repente, las imágenes del día que le conocí se presentaron vívidas en mi memoria. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si hubiera sido ayer.

El momento en que puso su atención en mí, la primera vez que me invito a salir, su primer beso.... ¡No podía creer tener tanta suerte!.

Era guapo, rabiosamente guapo. Con una mirada dulce y una sonrisa franca que hacía brillar toda su cara.

Era cálido y cercano. Divertido por momentos, serio y melancólico en otros, lo que aumentaba enormemente su atractivo.

Su abrazo era como arribar a puerto seguro en mitad de la tormenta.

Los primeros años de nuestra relación fueron un paraíso en la tierra. Su comprensión, su amor, su cuidado, eran infinitos. Su pasión era un fuego inacabable.

A los dos años de convivencia Carlos, mi enamorado perfecto, me habló de la enorme ilusión que le hacía ser papá. Era algo que yo jamás me había planteado, es más, hacía tiempo había decidido que la maternidad no era para mí. Pero al ver la luz que irradiaba su persona cuando hablaba de nuestros futuro bebé, no tuve fuerzas para negarme.

Pero pasó el tiempo y su ansiado hijo no llegaba. Después de infinitas pruebas y visitas médicas nos informaron de que no podíamos concebir.

Para mi no fue ninguna tragedia, mi vida giraba alrededor de él, no necesitaba nada más. Para Carlos fue una gran desilusión. Estuvo triste mucho tiempo, pero, poco a poco lo fue superando.

Y volvimos a nuestros remanso de paz y amor. Hasta aquella mañana, a los cinco años de la primera vez que nos vimos.

Estaba en el baño, acabando de arreglarme, Carlos, en la cocina, preparaba café. De pronto sonó el timbre del teléfono. El me gritó "Tranquila, yo contesto".

Me sorprendió el silencio subsiguiente. Un silencio absoluto, mortal, de esos que preceden las grandes desgracias aunque no sean inmediatas.

Me apresuré y salí, pensando que le había pasado algo. Lo encontré parado delante del aparato que ya había colgado. Estaba pálido e inmóvil como una estatua. Incluso me dio la sensación de que no respiraba.

Me acerque, le toqué el brazo, le hablé "Mi amor, ¿qué ha pasado?". Y entonces, el abrió la boca y tomó una gran bocanada de aire, efectivamente, no respiraba.

En voz muy baja me dijo: "Siéntate princesa, tenemos que hablar".

La protesta murió en mi garganta antes de llegar a mi boca. Continuaba mortalmente pálido, lo que quería decir que, lo que fuera que intentaba explicarme, era algo muy importante para él.

Y entonces me contó una extraña historia. De él, durante su adolescencia, y de una chica que conoció. De una relación que se convirtió en una dependencia malsana. En como esa chica se hizo dueña de su voluntad de tal manera que, incluso, estuvo a punto de obedecerla y matar a los padres de ella.

De como, cuando consiguió soltarse de su influjo, se dió cuenta de que había estado en manos del mismísimo Satanás.

Yo le escuchaba sin poder creer del todo lo que estaba oyendo. Pero el temblor de su voz y sus lágrimas no dejaban lugar a dudas. Estaba siendo totalmente sincero.

"Mi amor, tienes que intentar olvidar todo aquello. Ya pasó, ahora estás conmigo. Estás a salvo".

Me miró y sus ojos reflejaban un terror que jamás había visto en nadie. Su metro noventa permanecía encogido en un rincón del sofá con las manos enlazadas, blancas de tanto apretarlas.

"No, tú no lo entiendes. Era la policía. Ella murió la semana pasada. La asesino su pareja. Tenía un hijo. Dicen que es mío y que tengo que hacerme cargo de él. ¡No puedo, es el hijo del diablo!", gritó en plena desesperación.

"Carlos, mi amor, intenta ser un poco racional. ¿Qué edad tiene el niño?".

"Nueve años", su voz, fuerte y ronca, se había convertido en un susurro apenas audible.

"¡Es un niño! No puede hacer nada malo. Es hijo tuyo y, por tanto, seguro que será un ángel como tú. Además, yo nunca podré cumplir tu deseo de ser padre. Démosle una oportunidad, no podemos dejarle solo".

Vi que se calmaba con mis palabras. Me miró y busco en mis ojos la seguridad que no tenía. Mientras el color volvía a sus mejillas, tomó mis manos y asintió.

Fuimos a buscar al hijo de Carlos dos semanas después. Era la viva imagen de su papá, rubio, dulce, alto para su edad, delgado. Pero en vez de poseer los ojos de cielo de su progenitor, Amon, que así se llamaba, te miraba a través de dos piedras negras y brillantes. A pesar de su actitud educada y su tono suave, el brillo de fuego de esa mirada envaraba y producía escalofrío.

Los primeros meses de convivencia fueron muy buenos. El chaval se comportaba como el hijo perfecto, cariñoso, obediente, estudioso...

Carlos se había relajado y empezaba a disfrutar de su ilusión de ser padre. Y yo los observaba, intentando descubrir aquella mirada terrorífica que había visto en los ojos del niño la primera vez que nos conocimos.

Por mi trabajo, yo debía hacer viajes profesionales de tanto en tanto. Los había ido posponiendo debido a la llegada de Amon pero, mi jefe estaba empezando a perder la paciencia. Así que un fin de semana me vi en la obligación de hacer una visita relámpago a unos clientes en Bruselas.

Les dije a Carlos y al niño que volvería el lunes a primera hora pero, después de varios intentos fallidos de hablar con ellos por teléfono, cambié el billete de avión y llegué sin avisar el domingo por la noche.

La casa estaba a oscuras y un silencio opresivo lo envolvía todo. Los llamé pero no recibí respuesta. Un escalofrío recorría mi cuerpo mientras me dirigía a nuestra habitación queriendo convencerme de que, quizá, ya estaban durmiendo.

A mitad de camino, oí ruido en el desván. Sabía que a Amon le gustaba subir a jugar y que, a veces, Carlos iba con él y permanecían allí durante horas.

Según le habían explicado, habían montado una pista de carreras y hacían campeonatos.

Subí la escalera y empujé la trampilla poco a poco, sin hacer ruido.

La penumbra de la habitación se quebraba con la temblorosa luz de varias velas dispuestas en derredor. Un murmullo bajo e hipnótico surgía desde el fondo donde, dos figuras que apenas podía distinguir, permanecían arrodilladas.

El leve quejido de la trampilla que yo sujetaba hizo que se girarán bruscamente.

Y allí estaban, padre e hijo en comunión perfecta, la misma expresión feroz, las mismas canicas negras por ojos, la misma mirada de fuego. Sus caras y sus manos, chorreando sangre de un corazón, cortado por la mitad que ambos compartían, en un horrible banquete sangriento.

Y en el suelo permanecía la víctima, una guapa chica de unos catorce años, inerte y con el horror dibujado en su cara para siempre.

Al verme relajaron su actitud. Me miraron con cariño. El niño me dijo con alegría "Mamá, que pronto has vuelto" y Carlos con dulzura "Mi amor, que bien que adelantaras el viaje. ¿Quieres darte una ducha? Acabaremos en seguida".

Me dirigí a la habitación lentamente, con la sensación asfixiante de estar inmersa en una pesadilla de la que no podía despertar.

Oí como bajaban del desván charlando alegremente como siempre. Al rato estaban trasteando en la cocina y me llamaban anunciándome que la cena estaba servida.

Cuando entré en el comedor, la estampa era la misma de todas las noches. Al mirarlos no pude reconocer a los dos monstruos que había sorprendido en el desván en medio de su orgia de violencia y sangre. Eran solo mi gran amor y un niño inocente y encantador que me adoraba.

Y Carlos, señalándome la silla, me dijo que me sentara a cenar, que debía estar agotada y que, el menú era en mi honor.

Yo me comportaba como una autómata, comía mientras los observaba, esperando.

De repente, ambos me miraron. Y el padre, tomando en la suya la mano de su hijo, me habló de manera suave.

"Escucha princesa, Amon me ha recordado lo que soy en realidad. Abandoné a mi padre, Satanás, porque estaba confundido. Por eso él me lo envió, para que volviera a ser yo.

Pero ambos te amamos profundamente, queremos que sigas con nosotros. No te obligaremos a ser lo que no eres, pero deseamos que te quedes. La decisión está en tus manos".

Y me quedé. No podía vivir sin él, a pesar de todo. Me hubiera muerto sin su presencia.

A veces creo que no podré soportarlo más y entonces, recuerdo el día que nos conocimos...

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