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¿Hace un cigarrillo?

- ¿Hace un cigarrillo? Toma, coge uno. Te ayudará a relajarte-.

 Levanto un poco la cabeza. Primero le miro a él, y a continuación observo la cajetilla que extiende en su mano. Buena marca, de importación, y aún le deben quedar seis o siete pitillos. Desde que recibí el último cartón no me he preocupado mucho de racionar el tabaco, y ahora que mis existencias de esta preciada mercancía empiezan a agotarse no es cuestión de hacer ascos al ofrecimiento. Tampoco conviene mostrarse esquivo, ni barruntar inquietud. Si a él le apetece encenderse uno y compartir otro conmigo pues se hace, y si tiene de sobra y su norma es ofrecer a los demás con generosidad, pues mucho mejor para todos. Normalidad carcelaria. Aún así la situación impone, y pasan unos segundos eternos sin que él reciba respuesta alguna de mi parte.

 - Venga, toma un cigarrillo. -vuelve a repetirlo a la vez que agita la cajetilla y se sienta en el banco, a mi derecha-. Este es uno de los escasos placeres que nos podemos permitir por ahora. Hay que disfrutarlo-.

 No hace falta que siga insistiendo: me ha convencido, y con manos un poco torpes prendo un fósforo. Él se ha encendido otro cigarro, y ambos permanecemos unos instantes así, uno sentado al lado del otro, en silencio, disfrutando del profundo aroma del tabaco y observando ensimismados las bocanadas de humo que se pierden disueltas en la inmensidad del espacio, volando libres y caprichosas adondequiera que les lleve el viento. Tiene razón Tony Rodney. Hay que disfrutar mientras se pueda. Y un modo bien sencillo de disfrutar es respirar la vida, sentirla vibrar dentro de uno mismo despreocupándose de todo lo demás. Es entonces, mientras apuro las últimas caladas del cigarrillo, cuando me pongo a pensar en las miles de veces que no he disfrutado del modesto pero insuperable placer de sentirse vivo.

 - Gracias, Tony- le digo quizá con voz demasiado encogida, tanto que disimulo que toso al arrojar al suelo la colilla aún humeante-.

 - De nada, chaval-.

 Sin saber muy bien si me toca dar continuidad a la charla, me recuesto contra el respaldo del banco y miro hacia arriba, al cielo limpio de nubes enmarcado por el familiar rectángulo que forman los edificios del patio de la prisión. Como suele ser habitual cada vez que me aposento aquí, he perdido la noción del tiempo, un logro que requiere de mucha práctica, y decido entretenerme calculando mentalmente las horas transcurridas desde que miré el reloj al sentarme, momento en el que marcaba las 11:14 horas. Creo que deben ser al menos un par y media de horas más. Le echo un vistazo y marca ... ¡las 11:18!. Mira por dónde he aquí un buen tema de conversación.

 - Vaya, creo que mi reloj se ha parado-.

 - Se habrá achicharrado por culpa de este calor... ya sabes.

 - Sí, seguramente será por eso. ¿Cuánto tiempo calculas que falta para la hora del almuerzo, Tony?

 - No lo sé, supongo que alrededor de una hora ... ¿qué más da, chaval, tanto hambre tienes?. Si necesitas saberlo te presto mi reloj, tengo otros arriba. Mira, lo llevó siempre en un bolsillo para no perderlo ... ya sabes... ¿lo quieres?

 A simple vista, parece un reloj normal, aunque al examinarlo más de cerca me doy cuenta que es de los caros. Nada que ver con mi baratija de cinco pavos comprada en una galería comercial de artículos de segunda mano. Dudo, porque una cosa es ofrecer un pitillo y otra un reloj de lujo.     

 - Es muy bonito. Y debió costarte un buen fajo de billetes-, reconozco para salir del paso ante la visible satisfacción de Tony.

 - La verdad es que no sé lo que costó. Pero sí, supongo que fue bastante. Me lo regaló mi tío Roberto el día que cumplí dieciséis años. “Un reloj de hombres para quien se ha convertido en todo un hombre”, recuerdo que dijo al entregármelo. No creas, no era cualquier cosa viniendo de mi tío Roberto.

 - ¿Por qué?

 - Verás, mi tío era uno de los hombres más ricos y respetados de Nueva Jersey, dueño de varios casinos, hoteles y restaurantes en Atlantic City y sus alrededores. Todo un triunfador, un tipo de esos que se había hecho a sí mismo subiendo desde lo más bajo de la sociedad. Ya sabes. Por eso yo siempre le he admirado. De pequeño soñaba con parecerme a él cuando fuera mayor: vestir sus mismos trajes elegantes, conducir un automóvil de gran cilindrada, tener a un montón de gente que obedece tus órdenes .... en fin, convertirme en el centro de atención de todo el mundo, ser alguien del que todos en la ciudad hablan con envidia y admiración... ya sabes.

 - Interesante.

 - Era algo más que eso, colega. Era fascinante ... ya sabes.

 Los ojos de Tony se encienden tras pronunciar estas últimas palabras, y entonces aparta la vista hacia algún punto del infinito. Apuesto a que un infinito inalcanzable de días de vino y rosas.

 - El dinero siempre es fascinante para quien no lo tiene, Tony-, me atrevo a asegurar, a lo que Tony asiente con un chasquido de contrariedad.

 - Podías intentar parecerte a él cuanto quisieras, ser tan listo como el que más, pero sin el cochino dinero ... ¡aunque siempre podías pedírselo prestado a tu tío ricachón!-, estalla en una grotesca carcajada que parece más una mueca desencajada de fastidio.

 Entonces me percato que ha estado hablando en pasado. La curiosidad me impulsa a indagar más pese a que nadie en muchos kilómetros a la redonda me hubiera aconsejado hacerlo.

 - ¿Y qué ha sido de tu tío Roberto?.

 - Lo de siempre, los negocios le empezaron a ir de pena, la competencia que juega sucio, los envidiosos que conspiran con malas artes para colocarse en su lugar y toda esa mierda, ya sabes. Y encima se metió en líos con la Justicia. Al parecer, mi tío no era ningún angelito, gran parte de su fortuna la había amasado con asuntos digamos algo ... turbios y debió pensar que si él mismo no defendía sus intereses nadie lo haría. En fin, la cosa se dejó correr hasta que un día apareció un cadáver en uno de sus almacenes ... ya sabes. De un día para otro el admirable y noble tío Roberto se convirtió para todos en el corrupto, malvado y criminal tío Roberto ... ya sabes. La oveja negra de los poderosos Rodney de Nueva Jersey, un auténtico varapalo para la inmaculada reputación de tan honorable familia.

 Un tono de cruel retintín ha asomado en su relato, pero lo cambia de inmediato por uno de confidencia en voz muy baja, como si fuera a hacerme depositario de un secreto altamente peligroso, por lo que tengo que esforzarme por aguzar el oído pero sin parecer que lo hago. Nunca se está seguro de los ojos que nos observan.

 - Por supuesto mi tío no era un santo, pero si te soy sincero yo estoy casi seguro que no era la única oveja negra y que había más respetables miembros de los Rodney pringados hasta las cejas, hasta mi propio padre, que ni siquiera es un Rodney de verdad sino un bastardo que no ha hecho nada bueno en toda su asquerosa vida. Simplemente mi tío pagó por todos y continúa pagando pudriéndose en la cárcel, es lo que suele ocurrir en estos casos, ya sabes.

Tony prende con parsimonia otro de sus cigarrillos mientras se dispone a continuar hablando, y a mí me empieza a inquietar tanta cháchara ¿quién me mandaría preguntar?.

- Estar entre rejas ha sido un golpe muy duro para él, lo es para cualquiera, ya sabes. Lo que ocurre es que mi tío está hecho de una pasta especial. No sé cómo explicarlo chico, pero así lo sentí la vez que fui a visitarle al trullo, hará ya unos diecisiete años de aquello. Yo esperaba encontrarme con un hombre acabado, con la sombra de lo que fue, y en cambio ese día comprendí por qué había conseguido llegar tan lejos .... ya sabes.

El gesto de interrogación de mi cara le hace sonreír, al tiempo que le da una calada al cigarro y me ayuda a ajustarme la correa del reloj a la muñeca. Las manillas marcan las 13:56 horas. Mi cálculo era correcto, y en unos minutos sonará la llamada que convoca a todos los presidarios para que acudan al comedor. Tony y yo nos levantamos del banco y caminamos hacia allí, otra vez uno al lado del otro. Sí, el propio Tony Rodney en persona, el convicto más famoso y temido de la Prisión de Alta Seguridad del Estado, con múltiples condenas y juicios pendientes a sus espaldas, el tipo de quien se rumorea que algunas noches cena solomillo acompañado de champán en el despacho del Director, y del que se cuenta en los corrillos que en cierta ocasión ordenó cargarse a un desgraciado que por la mañana había derramado el desayuno en sus zapatos.

 Justo antes de entrar en el comedor, Tony se detiene, tira la colilla al suelo, me da una imprevista palmada en el hombro que yo interpreto como una rúbrica de nuestra recién inaugurada amistad, y sonríe de nuevo dejando asomar dos relucientes dientes de oro.

- Es un gran reloj, ¡no me lo pierdas! ¿vale, colega? ... si no, ya sabes-.

- Sí, ya sé, Tony.

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