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Forzando los Dardanelos

Mar de Mármara, Principios de 1915.

-¡Fuego a discreción!-

Sackville Carden, almirante de la flota anglo-francesa en el Mediterráneo observó cómo, de acuerdo con las instrucciones que acababa de dar, las primeras andanadas vomitadas por los cañones de 14,5 cm caían a plomo y fuego sobre los fuertes que defendían los cabos exteriores del estrecho de los Dardanelos.

Una bocanada de humo y tierra se elevaba desde el terreno con cada nuevo fogonazo que caía sobre tierra turca. Era una impresionante muestra del poderío naval inglés que, sin duda, haría temblar al Imperio Otomano al mismo ritmo que los obuses se despeñaban sobre las peladas colinas que rodeaban las aguas del estrecho.

Pero el almirante Carden no estaba convencido de que toda esa potencia de fuego fuera efectiva. En efecto, aunque él mismo había planificado toda la operación, a cada segundo que pasaba sus dudas sobre las posibilidades de alcanzar el éxito iban en aumento.

Si no se hubiese visto obligado por la presión del Primer Lord del Almirantazgo, Sir Winston Churchill, probablemente Caden nunca habría emprendido una operación con tanto riesgo.

El almirante entendía la importancia política que tenía aquel ataque contra Turquía. De hecho, él mismo había asistido a la reunión del Gabinete de Su Majestad en el que se habían valorado los pros y los contra de un ataque por mar de tal envergadura. Recordaba con claridad cada una de las discusiones y posiciones encontradas que se habían mantenido aquel día. No todos los días le invitan a uno a asistir a una reunión en la que los políticos más relevantes del Reino Unido toman decisiones que afectan a todos los súbditos del Imperio más poderoso del mundo.

Desde luego, fue una reunión que podría calificarse de cualquier manera menos amigable. Había dos posturas enconadas que parecían no poder encontrar puntos en común. A favor de la invasión, Churchill y, en frente, el Primer Lord del Mar, Lord Fisher que, iracundo, movía su cabeza obstinadamente, haciendo un gesto negativo.

Sin embargo, Churchill no era cualquiera. Siempre tenía razones poderosas que acompañaban su innegable capacidad oratoria. Caden recordaban con claridad esa voz cascada que exponía con la potencia de un torrente embravecido los motivos  por los que se debía apostar por aquella acción bélica.

 -El mundo mira a los aliados occidentales, caballeros. El Imperio Ruso, que denomina amplias regiones del Este y que cuenta con amplios recursos naturales y humanos, ha sufrido un primer año de guerra de terrible. La batalla de Tannenberg supuso una derrota crítica y vergonzante para ellos…

Los miembros del Gabinete, a excepción del visiblemente disgustado Fisher, asentían corroborando las palabras de Churchill.

-Y esa admirable nación amiga ha pedido nuestra ayuda, mis queridos colegas. Ahora nos encontramos en una encrucijada que debemos resolver: ¿Ayudaremos a nuestros amigos rusos, o por el contrario los abandonaremos a su suerte?

 -Querido Winston, es evidente que todos queremos colaborar con el esfuerzo bélico de los rusos. En eso todo el Gobierno está de acuerdo.- le contestó con cierta impaciencia el Primer Ministro, Lord Asquith.- Te ruego que vayas al grano de tu exposición, son muchos los puntos que aún debemos tratar.

Era la primera vez que Caden oía hablar en primera persona al hombre que regía los destinos del Reino Unido. Era evidente que no estaba interesado en el discurso sentimentalista que está ofreciendo su ministro de Marina. Asquith era un viejo zorro, curtido en mil batallas en el Parlamento británico y no iba a dejarse manipular por sentimentalismos.

Churchill entendió el mensaje y decidió cambiar de estrategia.

-Gracias, primer ministro. No albergaba duda de que esto sería así. –Churchill hizo una breve pausa en la que miró a los miembros del Gobierno.- Por tanto, una vez decidido este extremo, nuestro deber es dilucidar de qué forma se puede prestar la ayuda más eficaz a los rusos y cómo, si esto es posible, podemos hacerlo de tal forma que obtengamos el rendimiento para nuestro país y la causa aliada.

-Supongo que no me equivoco si afirmo que tú tienes la respuesta, como para tantas otras cosas, Winston.-

Un incómodo tono de sarcasmo impregnó la habitación con el comentario de Lord Fisher. Los ojos del Almirante Supremo del Imperio Británico relampagueaban y traslucían una fuerte oposición a todo lo que estaba escuchando. Todos en aquella sala sabían que Lord Fisher, que formalmente era subordinado de Churchill, tenía fuertes discrepancias con él y que no le respetaba por su escasa experiencia militar.

Asquith no se inmutó ante la arrancada de Fisher. Simplemente callaba y dejaba hacer. Churchill decidió pasar por alto la impertinencia y  prosiguió con su discurso.

-Creo firmemente que existe una posibilidad de aligerar la presión sobre Rusia, al mismo tiempo que conseguimos golpear a las Potencias Centrales. Señores, la mejor forma de optimizar nuestros recursos y ayudar a nuestros amigos es atacar Turquía.

Se hizo un silencio expectante en la sala del Gabinete. El primer Lord del Almirantazgo, Sir Winston Churchill había conseguido captar toda la atención de sus colegas en el Gobierno. Lord Fisher, mantenía el ceño fruncido.

Churchill parecía disfrutar con la expectación que había generado. Caden sabía que le encantaba ser el centro de atención. Y con su discurso lo estaba consiguiendo. Inagotable, el Ministro de la Marina Real, continuó:

-Con la entrada del Imperio Otomano, las Potencias Centrales han conformado un grupo sólido en el centro de Europa. El ferrocarril lleva provisiones y munición a las naciones enemigas desde Berlín hasta Constantinopla sin encontrar la oposición de nuestros ejércitos. Mientras, nuestros soldados, siguen atascados en el norte de Francia y los austríacos y los alemanes penetran en el interior de Rusia. Además, Bulgaria y su vecina Rumanía, rica en petróleo, observan con interés y deciden el bando en el que participarán en la guerra en función del poder de sus vecinos y de las ganancias territoriales que pueden obtener. Debemos evitar que el centro de Europa se consolide para nuestros adversarios. Debemos atacar y debemos hacerlo en el eslabón más débil.

-¿Cómo contribuirá eso a mejorar la posición de Rusia en la guerra, ministro?-Preguntó Asquith.

Caden estaba seguro de que alguien de la experiencia del Primer Ministro ya lo sabía, pero quería que se explicara para el resto de los miembros del Gobierno.

-Si Turquía cae, podremos establecer rutas de suministro a través del mediterráneo y del Mar Negro para abastecer de equipamiento y armas a los rusos a través de la península de Crimea, único puerto de mar que no se congela en ese país en todo el año. Además, si eliminamos a los otomanos, podremos asegurar nuestra posición en Alejandría y apuntar, con escasos recursos militarles, hasta los amplios campos petrolíferos de Arabia.

Un notable revuelo se elevó en la sala del Gabinete, mientras los ministros de Su Graciosa Majestad evaluaban las ventajas de un ataque contra Turquía. De repente, la voz sonora y grave de Lord Fisher se impuso sobre todo aquel barullo.

-Entiendo, Primer Lord del Almirantazgo.-dijo, poniendo el acento sobre el cargo de su colega, que no pudo reprimir un gesto de disgusto- que ese ataque tan beneficioso para nuestros objetivos políticos estará sustentado en la fuerza de nuestra Marina Real. ¿O acaso me hallo en un error?

-En efecto, mi querido amigo.-el tono sarcástico ahora procedía de Churchill.- Nuestros destructores deberán encargarse de ello y forzar el Estrecho de los Dardanelos. Esto supondrá una gran convulsión en Turquía y hará tambalear al Gobierno, provocando la salida del Imperio Otomano de la guerra.

-Querido Winston, usted es un magnífico político. No hay duda al respecto. Le admiro por su inmensa capacidad al respecto. Pero yo soy un marino de larga experiencia. He trabajado muy duro, codo con codo, con los hombres de nuestra marina para que este país mantenga la preponderancia en el mar. Gracias a ese trabajo, diseñamos y construimos los modernos destructores que ahora nos dan una ventaja estratégica única en los océanos y permiten evitar que esta isla pueda ser invadida por los alemanes.

-Nadie duda de su capacidad, almirante-le atajó Churchill.

-Lo sé, Winston lo sé. Lo que quiero decir es que tengo mucha experiencia en el mar y la guerra. Mucho más amplia que la suya, querido colega. Y se algo que ocurre invariablemente en cada misión y cada operación: las cosas no siempre salen como se esperan. Siempre hay retrasos y dificultades. Y además, se otra cosa: Es imposible dominar un terreno tan amplio como Constantinopla y los estrechos únicamente por el mar. En el caso de que todo salga bien, no será suficiente. Necesitaremos una invasión terrestre para la que no nos hemos preparado ni tenemos recursos, a menos que queramos desviarlos desde Francia. Usted es un político, Churchill. No un guerrero. No debería meterse en planificar campañas bélicas.

-Soy en el responsable del Ministerio de Marina, su jefe directo, por cierto. Y en el ministerio hemos dedicado importantes recursos en analizar la operación. Puede hacerse.

-¿Y que ocurrirá si no se puede hacer?- Le replicó Fisher.-¿cuál es el precio que la Marina, que nosotros, debemos pagar en vidas y buques para que este ataque tenga el éxito que usted busca, para que usted pueda arrogarse el mérito de haber dado un golpe mortal a Alemania y a sus aliados?

La irritación de Churchill había ido en aumento a cada palabra del almirante Fisher, pero la alusión directa a que el Primer Lord del Almirantazgo buscaba fama y prestigio a costa de poner en riesgo la vida de soldados y familiares, fue la gota que colmó el vaso. Caden vio como explotaba.

-¡Almirante, no le consiento esa insinuación¡.-Churchill estaba rojo de ira, pero Caden observó, sorprendido, como hizo un enorme esfuerzo de autocontrol que le llevo a limitar su respuesta. Tras unos segundos en los que pareció recuperar el temple, Churchill siguió, ahora con un tono de voz más bajo, más sibilino.- Lord Fisher, tiene razón, colegas del Gobierno: no soy militar y si político. Y por eso conozco las profundas consecuencias que un ataque como el que propongo pueden provocar. Fisher afirma que estoy dispuesto a sacrificar vidas. Y yo le respondo, ante todos ustedes, que sí, que estoy completamente dispuesto. Y les voy a explicar por qué. No tenemos otra alternativa. Nuestra infantería está en Francia, desangrándose, desgastándose, poco a poco, mientras sus familias y sus mujeres les esperan en nuestra isla. Y, mientras discutimos, mueren todos los días miles de nuestros soldados en esos campos del norte de Europa No podemos continuar soportando esa masacre. Debemos actuar y, la única forma de comprometer los menos recursos posibles y no implicar a la infantería, mientras al mismo tiempo ayudamos a Rusia y alejamos a Turquía de la guerra es forzar a los Dardanelos con la Marina.

Una fina gota de sudor resbaló por la frente de Churchill. Había sido vehemente y convincente. Muchos miembros del Gobierno parecían estar dispuestos a apoyar su propuesta. Pero el ministro de Marina no había acabado, aún tenía un recurso más para inclinar la balanza a su favor.

-En cualquier caso- anunció desafiante – estoy dispuesto a retirar mi propuesta si Lord Fisher es capaz de proponer un plan alternativo que permita superar la situación de status quo que existe en Francia.

Todos se giraron ante Fisher. El rostro del mismo parecía tan confundido y sorprendido por el reto de Churchill que apenas pudo contestas. Con dificultad, expresó su propuesta  para la campaña bélica del año 1915:

-Debemos conservar la marina y reforzar los suministros a nuestras tropas en suelo francés.-dijo sin mucho convencimiento.

Caden percibió la cara de decepción ante la falta de alternativa de Lord Fisher. El resto fue sencillo. Tras breves minutos de deliberación el Gabinete acordó, con el único voto en contra de lord Fisher, emprender la operación forzar los Dardanelos. La suerte estaba echada.

Un tremendo estrépito acompañado por una violenta sacudida sacó bruscamente a Caden de sus recuerdos sobre aquella reunión. Se agarró como pudo a su puesto de mando y miró a su alrededor buscando una explicación razonable a aquel estruendo.

-Nos han alcanzado desde uno de los fuertes que protegen el estrecho, almirante.-le informó, con cierta inquietud su segundo de abordo.- No obstante, el blindaje ha resistido y no parece que haya daños graves. Hemos sufrido algunas bajas, señor.

Caden asintió y, recuperando sus prismáticos, observó el terreno desde el que los turcos devolvían el fuego de la flota. También comprobó como alguno de los destructores que participan en la operación y que estaban más próximos al suyo habían sufrido daños severos.

En el rostro del almirante se dibujó una mueca de disgusto. Si el ataque no conseguía sus objetivos y los turcos les repelían, sería inevitable emprender una invasión terrestre y, entonces, Fisher tendría razón: sería una matanza.

-¡Redoblen el fuego!-ordenó Caden a su segundo- Redoblen el fuego y que los dioses de la guerra nos ayuden.

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