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Enamorados

Sus labios eran como unos frutos rojos, carnosos y dulces; su mirada era capaz de devorar a cualquiera que se cruzase en su camino pero él se había quedado prendido de ella cuando la conoció y se sentía como su ángel guardián.

Enrique había despertado hacia media hora pero no se levanto de la cama, se quedo observando esos labios, esos ojos cerrados donde se notaba una total tranquilidad y la relajación de un bebe, ese rostro perfecto, ese rostro perfecto que él era capaz de observar durante horas; horas que hacían que el tiempo se detuviese o no existiese.

Cuando Sheila abrió esos ojos verdes él la cogió de la mano para que supiese que estaba allí y que la protegería de cualquier adversidad.

_ Me vas a desgastar de tanto mirarme.

_ Que exagerada eres, sabes que soy el hombre mas feliz del mundo cuando te veo dormir.

_ Eres un tontorrón_ le contesto Sheila al tiempo que le abrazaba y le besaba lenta y pausadamente pero con mucha pasión.

_No, soy tu tontorrón_ replico Enrique.

Los labios de Sheila fueron descendiendo por la barbilla hasta alcanzar el cuello al tiempo que se dejaba abrazar y notaba esas manos firmes recorrer su espalda hasta sujetar sus nalgas firmes de monitora de gimnasio.

Él se dejo devorar por esos labios y los disfrutaba sintiéndolos en cada milímetro de su piel.

Sheila se sentó a horcajadas sobre Enrique al tiempo que dejaba caer los tirantes de su camisón rojo provocando que sus pechos se quedasen al descubierto, unos pechos firmes y exuberantes.

Las manos de Enrique se perdieron entre ellos acariciándolos como si fuese la primera vez, la respiración de Sheila empezó a acelerarse a causa de la excitación de manera que volvió a besar a Enrique que la abrazo fuertemente para sentirla lo más cerca posible.

Al final el camisón cayó por su propio peso dejando a la vista el cuerpo de Sheila tapado solo por un tanga que hacia juego con el camisón.

Sheila tiro del lazo que el tanga tenia en un lateral mostrando así su desnudez ante Enrique el cual se desvistió para estar a la par.

Las manos de Sheila empezaron a recorrer el pecho de Enrique bajando poco a poco por su vientre hasta alcanzar el miembro de este y empezó a masajearlo.

_ ¿Te gusta así?_ le pregunto.

_ Sabes que sí, no se para que te molestar en preguntar_ contesto Enrique.

   Sheila alargo una de las manos hacia la mesilla y cogió un bote de aceite corporal que solía usar de vez en cuando antes de acostarse y vertió un poco en sus manos, de esa manera siguió masajeando el miembro de Enrique que cada vez estaba más erecto.

Enrique se había relajado de tal manera que estaba en un mundo donde solo notaba el tacto de las manos de Sheila sobre su cuerpo hasta que esta cambio de posición y sin dejar de masajear le dio la espalda mostrándole así su s**o abierto cual amapola en plena Primavera.

Las manos de Enrique sujetaron las nalgas de Sheila fuertemente y sus labios se acercaron a esa amapola de la que degusto su fruto prohibido.

La excitación aumentaba por momentos y los gemidos aparecieron por ambos lados, gemidos de pasión y deseo; en especial un deseo que los hacia convertirse en un solo ser, un amante doble al que solo le importa su otro yo, su gemelo, su yang, su omega.

Sheila avanzo lo suficiente para unir sus s***s al tiempo que se hecho hacia atrás para que Enrique la sujetase y acariciase sus pechos jugueteando en especial con sus pezones.

Mientras ella movía su cadera de forma circular para que el miembro de Enrique rozara todos los recodos de sus s***s aprovechaba para acariciarse el c******s. Los gemidos aumentaron en gritos de pasión y desenfreno alcanzando un orgasmo simultaneo.

Durante un rato se volvieron a quedar abrazados como cuando se habían despertado disfrutando de su desnudez.

De repente sonó una especie de zumbido sobre la mesilla de Enrique y este volvió a abrir los ojos dándose así cuenta que estaba abrazado a la almohada y sus ojos se cruzaron con una fotografía de Sheila; todo había sido un precioso sueño que le recordó a su mujer antes de que una enfermedad terminal la arrancase de su vida perfecta.

 
Miguel Ángel Sánchez González

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