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En el interior del traje

1

Un día más la nevera me recibe con su luz fantasmagórica recordándome que no tengo nada que llevarme a la boca, a menos que el papel de aluminio con una loncha de jamón serrano dentro cuente como comida.

—¡Buenos días papá! —dice Lisey desde la puerta de la cocina.

—Hola cariño —respondo cerrando la puerta de la nevera. Cuando los goznes encajan en su lugar, la luz de la cocina se apaga como si fuese un encantamiento—. Fenomenal. Nos han cortado la luz. Parece que los de la eléctrica han madrugado hoy.

Lisey se va sin decir nada y me zambullo en mis pensamientos ajeno a todo cuanto me rodea, incluido el hecho de que no tengo ni un triste vaso de leche para que desayune mi hija. Ayer ha sido un día horroroso, como viene siendo habitual pero aumentado por cien.

Tan pronto salió el sol, me dirigí a una entrevista de trabajo en una de las mejores inmobiliarias de la calle Destino en pleno centro de la ciudad. Nada más posar un pie en esa famosa calle toda la gente me miró como si hubiese salido de un manicomio, sus miradas parecían decir: «¡Mira, un perturbado!», otros pensarían que qué demonios hacía un vagabundo en aquella calle tan selecta y mientras agarraban fuerte sus maletines. Incluso hubo algunos que se echaron las manos a la cabeza cuando pasé por su lado. Sabía que algo así iba a ocurrir, incluso le sugerí al amable entrevistador del paro que no me mandase a aquel lugar, porque no tenía ropa adecuada y mi aseo personal no era divino en eses momentos.

—Señor, tiene que acudir, es una oportunidad de oro para usted, dada su situación...

—Verá ... —intenté explicarle mi situación pero la mirada de aquel hombre frenó mis palabras.

—Nadie va a juzgarle por su ropa o su peinado, su curriculum hablará por usted.

Así que allí estaba yo, con mi chándal desgastado, mis deportivas rotas y mi barba de días sin afeitarme. Cuando quise entrar en la inmobiliaria, antes de que el reloj diese las nueve, la hora de mi cita, una señorita salió corriendo desde detrás del mostrador antes de que tuviese tiempo ni de soltar la manilla de la puerta.

—No puede entrar aquí —dijo moviendo la mano con ímpetu y señalando la puerta—. Váyase o aviso a seguridad.

—Disculpe, tengo una entrevista de trabajo aquí mismo —dije con toda la amabilidad que conseguí reunir, aunque mi enfado iba en aumento.

La señorita se sonrojó y me pidió disculpas mirándome de arriba a abajo. Después me señaló la puerta por la que tenía que entrar. Allí el ambiente no mejoró, cinco o seis hombres, todos ellos vestidos con trajes impolutos, esperaban su turno para ser entrevistados. Cuando entré todos me miraron con descaro y sin disimulo.

—¿Qué? —pregunté.

Algunos bajaron la vista como si se les hubiese perdido algo en el suelo, otros se colocaron la corbata carraspeando, pero uno de ellos se levantó y vino hacia mí.

—Creo que el horario de limpieza ya ha terminado —espetó y los otros rieron al unísono—. ¿Por qué no coges la fregona y limpias los baños? Dejan mucho que desear...

No cogí ninguna fregona sino que lo agarré a él por la pechera del traje y lo empujé contra la pared.

—Quizás lo que debería fregar es tu sucia lengua. —Lo miré detenidamente y lo solté cuando otra puerta se abrió. Alguien pronunció mi nombre.

—¿Michel Redden? Si está que pase.

— ¡Jesús bendito! —Fue el recibimiento que tuve al entrar en la sala. Un señor tan gordo que casi no cogía entre la silla y la mesa del despacho me miraba entre angustiado y divertido—. Es una broma, ¿no? ¿Es uno de esos programas de cámara oculta?

—No, no lo es —dije, aunque no sabía muy bien a que se refería.

El señor, que resultó llamarse Alex, ojeó mi curriculum con un interés fingido sin siquiera mirarme. Tras unos minutos de incómodo silencio, se quitó las gafas y me miró.

—Le seré franco, señor Redden. No sé en que momento se le ha ocurrido presentarse... —Se detuvo como si no encontrara palabras para describir mi aspecto—. Presentarse así a una entrevista de trabajo y no una entrevista cualquiera, sino en esta inmobiliaria. Nuestras políticas de imagen son estrictas... —rió—. Esto es ridículo. No niego que su curriculum sea excelente...

Un profundo malestar invadió mi ser, lo que era ridículo era juzgar a alguien por como iba vestido y ni siquiera preocuparse por sus circunstancias personales. Hubiera dicho miles de cosas, pero en ese momento, me callé.

—¿Entiende, señor Redden, que no puedo contratarle aunque su curriculum sea excelente? Creo que sí que lo entiende, ¿verdad?—preguntó.

—Claro que lo entiendo, no soy idiota. —En el momento en que abrí la boca supe que no podría dejar de hablar y así fue—: Verá, llevo un año muy pero que muy jodido, mi mujer me ha abandonado para irse con otro tipo a Suiza, mi hija se ha quedado conmigo y ni siquiera tengo nada que darle para comer porque el maldito banco ha decidido exprimir todos mis ahorros. ¿Y total para qué? Pues para quitarme la casa la semana que viene. No tengo dinero, he vendido todo excepto esta ropa que llevo y las zapatillas. Tal vez hubiese sido mejor venir desnudo pero dada la importancia que su empresa y usted le dan a la buena imagen no creo que le pareciera bien. De todos modos estoy vestido, y aún así no quiere contratarme a pesar de admitir que mi curriculum es excelente.

—Lo siento, no me interesa en absoluto su historia personal, hay mucha gente pasándolo mal en el mundo Michel, no es usted el único —respondió levantándose de la silla—. Tal vez si hubiera puesto un poco más de interés... Algún amigo pudo haberle dejado un traje o al menos un pantalón decente y tampoco creo que su situación sea tan precaria como para no afeitarse.

No quise escuchar más y me fui porque a aquel hombre no le interesaba mi vida, ni quería saber que no tengo ningún amigo al que acudir porque todos me han dado de lado en cuanto han visto que mi cuenta corriente desaparecía, ni por supuesto quiere saber que comprar un bote de espuma de afeitar es secundario para mí.

Y aquí estoy ahora, sentado, mirando al infinito.

—Papá —dice mi hija—. Voy al bar, a ver si me dan algo mejor que jamón serrano, estoy cansada de comer siempre lo mismo.

La situación es horrible, llegar a mandar a tu hija de quince años a pedir comida a un bar al que nunca has entrado, ni entrarás, por pura vergüenza.

He decidido mi siguiente paso y no hay vuelta de hoja. Hoy, es el gran día.

—Lisey, el señor del bar... Peter, ¿no? —Ella asiente con la cabeza—. ¿Es cómo yo? ¿Es de mi altura?

Me mira extrañada, supongo que piensa que me he vuelto loco. Más loco.

—Sí, más o menos.


2


—¡Pareces el de antes! —Lisey me mira fascinada.

—Cariño, siempre he sido el mismo, la ropa no hace a las personas, por más que se empeñen en decirnos lo contrario.

La buena de mi hija ha conseguido que el camarero me preste un traje, unos zapatos y además le ha dado cinco euros para comprar espuma de afeitar, todo un lujo. Así que aquí estoy, soy el mismo de ayer pero con traje, corbata, zapatos y un afeitado perfecto.

—Suerte papá, seguro que hoy te contratan —dice esperanzada—. Me voy o llegaré tarde al instituto.

Me da un beso y se va. Seguramente no la volveré a ver, pero es un precio que estoy dispuesto a pagar.

Camino por la calle envuelto en un aura de felicidad de la que solo yo soy consciente, para los transeúntes de la calle Destino solo soy un traje más, ni siquiera me ven, absortos en su mundo de negocios. Mire donde mire veo trajes y corbatas, pero hoy me mimetizo con el ambiente.

Cruzo la puerta de la inmobiliaria y para mi sorpresa la señorita del día anterior no abandona su puesto, tan solo me mira con una sonrisa fabulosa.

—Buenos días señor. ¿En qué puedo ayudarle?

Estoy anonadado, ni siquiera me reconoce.

—Me gustaría tratar unos asuntos con el señor Alejandro —pretendo hacerme pasar por un comprador —No he pedido cita pero sé que me atenderá, he venido a comprar un inmueble.

—Entiendo —dice tecleando en el ordenador—. Ahora mismo está en su hora del café, pero ya lo he avisado, no tendrá ningún problema en atenderlo, pase por aquella puerta.

Todo son facilidades con un traje.

Entro por la misma puerta del día anterior y para mi sorpresa el hombre al que agarré por la pechera está allí sentado junto con otros dos.

—Buenos días —digo con firmeza y me dirijo hacia la puerta que da al despacho de Alex.

Los hombres me contestan al unísono y con idénticas sonrisas falsas:

—¡Buenos días!

Golpeo la puerta con decisión y los hombres ni se molestan en decirme que Alex no está en el despacho sino justo detrás de mí.

—Caballero —dice posando una mano sobre mi hombro—. Veo que tiene usted ganas de trabajar para mí. Pase el primero pues.

Lo miro esperando que me reconozca pero no lo hace y me invita a pasar con una sonrisa que el día anterior no tuve ocasión de ver.

—Adelante —dice.

Se sienta como puede en su silla y me indica con un gesto que haga lo propio, pero quiero quedarme de pie y así se lo hago saber.

—Como quiera —dice encogiéndose de hombros—. Me ha llamado mi secretaria, parece urgente. Según me ha comentado, parece que quiere comprar un inmueble pero supongo que se habrá equivocado, querrá decir piso o apartamento. ¿No?

Me mira con ojos de avaricia, mis palabras han provocado justo el efecto que quería.

—Inmueble es inmueble. Usted sabe lo que es, ¿me equivoco? —pregunto paseando a su alrededor— ¿Puedo mirar por la ventana?

Detrás de su silla hay un amplio ventanal que da a la calle, aunque lo único que pretendo es que no vea mis siguientes movimientos.

—Por supuesto, está usted en su casa, ¿señor...? Aún no me ha dicho su nombre.

En el momento en el que se gira para mirarme le estampo en la cara el jarrón de flores que he cogido de una estantería. Los cristales se hacen añicos en su cara y me maravillo por momentos. Sus gritos de dolor son como carcajadas para mis oídos.

—¿Qué ha hecho desgraciado? —grita. Un cristal se ha incrustado de mala manera en su ojo derecho y la sangre corre por sus mejillas—. ¡Me ha dejado ciego!

—¡Fantástico! ¡Justo lo que quería! —exclamo triunfal—. Así la próxima vez que haga una entrevista a un hombre en chándal con un curriculum excelente, podrá darle trabajo porque no se fijará en su aspecto.

Me voy y cuando intentó cruzar la puerta el hombre que ayer me mandó a fregar los baños intenta detenerme, pero mi patada en la entrepierna hace que se encoja como el auténtico gusano que es. A pesar del dolor que debe sentir, logra gritar:

—¡Que alguien llame a la policía!

Y sé a ciencia cierta que la señorita de la entrada lo ha oído, su cara de angustia lo refleja cuando paso por su lado deseándole buenos días.

Me zambullo en la calle Destino perdido entre la multitud de trajes que caminan a mi lado, al menos tardarán en dar conmigo.

Oigo las sirenas ulular a lo lejos. Ya vienen. Y yo soy el motivo.

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