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El viejo atleta

A mi amada Pepa Carmona

Rayaba la frontera de los ochenta y durante más de medio siglo había estado buscando afanosamente su meta final. Era un corredor de fondo que empezó a correr por el mundo hace más de cincuenta años en busca de riqueza y poder, no para su disfrute personal, dado que su naturaleza era más bien ascética, sino para emplearlos en aliviar el sufrimiento de los más débiles y de los más castigados por la injusticia social con la que le había tocado convivir durante su niñez y su juventud en un barrio castigado durante la postguerra por el hambre y la tuberculosis. Le gustaba crear cosas útiles y se hizo ingeniero. Soñaba con encontrar la felicidad creando una gran empresa en la que la mayor parte del beneficio se repartiera entre sus trabajadores y empleados, pero dado que no disponía de los recursos económicos necesarios para fundarla trabajó durante veinte años como director técnico en un empresa multinacional y, como quiera que desde este puesto su labor social se limitaba a conseguir cada año del Consejo de Administración pequeñas subidas de salarios y a mejorar algunos beneficios sociales para el personal, un día se despidió y con el dinero ganado instaló un laboratorio de pruebas e investigó las posibilidades del aprovechamiento de la energía solar, culminando sus trabajos con el diseño y patente de un panel solar térmico de baja temperatura para calentamiento del agua sanitaria doméstica. Montó una fábrica y construyó un millar de paneles que hubo de venderlos con gran esfuerzo, descubriendo que se había adelantado en más de veinte años a su tiempo y que ese incipiente mercado aún no estaba consolidado. Cerró aquella fábrica y emprendió un negocio de instalaciones eléctricas, llegando a contar con un centenar de operarios, que le procuró ingresos suficientes para un sustento digno pero insuficiente para alcanzar sus objetivos sociales. Descubrió que para amasar una fortuna había que tener pocos escrúpulos morales y que su acusado sentido autocrítico de la moralidad se lo impedía. Al fin se convenció de su ineptitud un para ser empresario de fortuna, olvidó sus sueños de benefactor y se dedicó a ejercer su carrera realizando un trabajo liberal en solitario: montó una oficina de proyectos y se dedicó a proyectar en solitario establecimientos comerciales y edificios industriales. Aunque en su etapa de instalador eléctrico realizó obras de gran envergadura de las que pudo sentirse orgulloso, fue en el ejercicio de esta nueva actividad profesional donde sintió auténtica felicidad por primera vez en sus treinta años de carrera. Encontraba fascinante situarse frente a una parcela de terreno, imaginar sobre ella una nave industrial y un edificio de oficinas, diseñarlos sobre el papel calculando y dimensionando cada uno de sus elementos y, un año más tarde, verlos materializados y funcionando, cumpliendo satisfactoriamente con las funciones previstas. Llevaba diez años con esta actividad cuando al viejo corredor de fondo le llegó la edad de la jubilación, pero su impulso en la carrera era tan firme, tan rítmico, tan constante, tan satisfactorio y gratificante que no pudo dejar de correr y continuó ocho años más. En su caminata por el mundo, el viejo atleta conoció una multitud de personas entre las que no encontró el perfil que había idealizado, se relacionó con empresarios que enarbolaban falsas banderas progresistas, falsos creadores de riquezas cuyo único afán era la cuenta de resultados y su lucro personal, se acostó con medio centenar de amantes egoístas que solo buscaban su propio placer y tuvo cientos de amigos que nunca se interesaron por sus problemas y para los que, salvo algunas honrosas excepciones, la amistad consistía en algunas salidas nocturnas para tomar copas. Siempre había ido siguiendo los engañosos indicadores del camino, que a cada paso le iban señalando falsos objetivos mostrándole direcciones que le obligaban a transitar por terrenos abruptos, tan escabrosos como los del mundo de la empresa multinacional, que le imponían el ejercicio del soborno y el engaño impidiéndole el avance en la dirección correcta y obligándole a dejarse la piel de los pies y las manos en las ásperas rocas; otras veces eran desolados senderos desérticos por los que tenía que peregrinar en la más absoluta soledad o lodazales hediondos teniendo que sortear opulentos cadáveres putrefactos, para terminar descubriendo que la meta soñada nunca existió y que lo que él tomaba por señales tan solo eran espejismos.

Cierto día, uno de sus falsos amigos lo llamó por teléfono y lo citó en su casa para presentarle a Pepa Carmona, como una mujer fácil con la que podíamos divertinos con plena libertad y sin el menor compromiso. El viejo atleta acudió a la cita y donde pensaba encontrar un erial, encontró un bello y frondoso árbol, el más hermoso que nunca viera, y supo que había llegado a su meta. Descubrió que la inocencia, la sinceridad y la alegría de vivir se habían personificado en Pepa Carmona. Entonces dejó de correr y adoptó a Pepa como su árbol protector, se apartó del camino y se sentó bajo su exuberante copa, con la espalda apoyada en su tronco, a descansar y a lamer sus heridas. Inmediatamente supo que este sublime árbol y el presente continuo en el que vive desde que lo encontró diez años atrás es la meta que tanto ansiaba.

Nunca, en su largo caminar, hizo una parada que le proporcionara el sosiego necesario para hacer un análisis reflexivo de a donde encaminar sus pasos y hoy, apoyado en el tronco del noble y hospitalario árbol, es feliz y está rodeado de paz, belleza y armonía. Ya nada le perturba y aquellas cosas que durante tantos años encontró por el camino creyéndolas importantes han desaparecido. Ahora casi todo lo que ve a su alrededor le parece superfluo y banal. El triste y desconcertado atleta ha vuelto a encontrar la alegría de la risa, que es el fin último de la vida, y su corazón latirá feliz hasta que le alcance el eterno y definitivo sueño abrazado a su árbol.

Sevilla, noviembre 2018

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