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El trapecista

El trapecio oscila suavemente en el centro de la pista, en la penumbra melancólica de las horas sin público; se mueve lento, sin vida ni destellos, como bailando al mismo compás de silencios que ascienden desde las sillas y las gradas vacías hasta la cúspide del cono que cierra el techo de la sala. Va atravesando luces rojas y amarillas, también sin alma, como la barra misma, que no desprende brillos ni sube mas allá de una cuarta... cansada. La mira nostálgico, balancearse entre espacios de colores trémulos, indefinidos, casi borrosos, atravesando la pista desde el centro hasta la primera fila de sillas, donde apenas llega la luz. Una y otra ida a la oscuridad de los anillos concéntricos, cada vez más confusos, cada vez más turbios. Cerró los ojos antes de que la estancia no fuera mas que una paleta manchada, diluida tras el cristal de una lágrima.

El primer salto en público voló sobre dos mil cabezas, sobre cuatro mil ojos expectantes, como un pequeño firmamento ordenado en anillos, para contemplar al hombre superior, al hombre que, venciendo el miedo ajeno, iba superando el propio. Contuvo la respiración y dos mil alientos se detuvieron un instante. Soltó la barra, que desprendía vida en forma de brillos multicolores, y sintió la libertad recorrerle todas las células de su cuerpo; mientras giraba vertiginosamente toda la sala giró en torno a él: las sillas; las gradas; la cúspide y la pista, con su centro rojo; los rayos vivos de luces rojas y amarillas y la voz que acababa de gritar  “triple salto mortal”  y el redoble de tambor, cuyo eco no había atravesado aún la lona azul y roja de la carpa. Lo vio todo girar en torno a él y detenerse todo bruscamente, cuando asió de nuevo la otra barra, más brillante aún, que le esperaba en el espacio, para llevarle a la plataforma más alta, al otro la de la pista; al más allá de la gloria hecha realidad en el estruendo de los aplausos, en el suspiro unánime que descargó la tensión de dos mil respiraciones contenidas. El firmamento de estrellas se transformó en cielo de feria, lleno de fuegos de artificio.

Desde tan alto podía beber la gloria hasta embriagarse y soñar al ritmo turbulento de los aplausos. Aplausos que solo fueron cediendo lentamente, durante treinta años; poco a poco; aplausos y aplausos; aplausos y silencios; ...Silencios.

Desde la plataforma, con las luces difuminadas a sus pies, oye un aplauso seco, temblón, dubitativo, que se interrumpe cuando se mira las arrugas de las manos. Vuelve a aplaudirse con desgana... Ni siquiera el eco de aquella estancia cerrada, le regaló una palmada más de las que él se hiciera sonar.


Jesús_M.

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