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El Puritanismo Americano

EE.UU. es un país que se formó con la llegada masiva de emigrantes que huían de la miseria que dominaba Europa en los siglos XVII al XIX. Llegaban con la idea fija de hacer dinero y poder regresar más o menos ricos a su país de origen. Esta idea, transmitida de padres a hijos durante más de tres siglos, ha quedado grabada a fuego en las conciencias de las sucesivas generaciones y se ha convertido en un objetivo prioritario y fundamental o en una especie de carrera de obstáculos en la que el término “perdedor” se aplica a todo aquel que a lo largo de su vida no ha sabido ganar dinero para hacerse rico.

Ya, en los albores del siglo XVII, Jaime I de Inglaterra, más conocido como Jacobo I, decretó políticas represivas e inició una persecución contra los calvinistas puritanos que se oponían a la iglesia anglicana, argumentando que esta había heredado todos los vicios y podredumbre de la iglesia católica. Los puritanos tenían una estricta moral, creían ser los escogidos para formar una sociedad ejemplar e idealizaban el trabajo como una ofrenda a Dios necesaria para obtener la bendición divina y ganancias materiales. Así que, para llevar a cabo sus prácticas sin cortapisas y con entera libertad, necesitaban migrar al Nuevo Mundo.

En 1620 un grupo de esta congregación y otros no practicantes zarparon de Plymouth (Inglaterra) hacia el nuevo continente a bordo del Mayflower. Los “peregrinos”, como se autonombraron los viajeros, arribaron en la Bahía de Massachusetts y establecieron la primera colonia. Los acontecimientos de intolerancia en Inglaterra obligaron a más puritanos a emigrar y ya, en 1733, los ingleses habían establecido y ocupado masivamente trece colonias a lo largo de la costa del Atlántico, desde New Hampshire, en el norte, hasta Georgia, en el sur.

La sociedad estadounidense quedó tan impregnada de estas ideas que han persistido hasta nuestros días. Ya, en 1845, el periodista John L. O’Sullivan creó el término “Destino manifiesto” para referirse a la manera en que el país entiende cuál es su lugar en el mundo y cómo han de ser sus relaciones con el resto de los pueblos. Decía: “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Esto implicaba la creencia de que la república democrática era la forma de gobierno favorecida por Dios. Aunque originalmente esta doctrina se oponía al uso de la violencia, posteriormente se usó para justificar el intervencionismo en la política de otros países, así como la expansión territorial a través de la guerra.

En la actualidad, EE.UU. se sigue abanderando como el paladín de la libertad, el progresismo y la moralidad, manteniendo vivo y actualizado el puritanismo anglicano inglés reforzado por el “Destino manifiesto”, donde el “Oh my God” y el “Dios bendiga a América” están presentes continuamente en la vida cotidiana, enseñando en las escuelas, en las universidades y en las calles que para ser feliz y admirado por tus conciudadanos debes acudir los domingos a los servicios religiosos y hacerte rico a toda costa, que la riqueza es el único signo externo de triunfo social y que para conseguirlo es válido cualquier método o sistema. Y esta actitud no solo se observa a nivel personal o de comportamiento social, sino que llega a todos los estamentos: Gobierno, empresas e instituciones.

Hasta aquí esta historia no tendría mayores consecuencias que las resultantes de ser un país que se mira el ombligo continuamente, y que cree ser el mejor de los mejores, si no fuera porque EE.UU. lleva exportando esta idiosincrasia al resto del mundo desde finales del siglo XIX.

La vieja y sabia Europa, la que cantaba las gestas de los hombres de honor dieciochescos y decimonónicos, la de los hombres cabales que preferían la muerte a verse deshonrados y señalados por sus hijos y sus convecinos, ahora se deshace arrastrada por el fango de los fraudes, de los enriquecimientos ilícitos, de las mentiras y los engaños políticos, exponiendo diariamente en la televisión un espectáculo bochornoso que contemplamos con la mayor indiferencia. La aún más antigua y sabia China, la de los viejos artistas y filósofos, hace tiempo que entró en la dicotomía de ser un país comunista-capitalista, que exporta chinos a todo el mundo con la consigna de ganar muchos dineros y retornarlos hasta inundar el país de divisas.

¿Y qué está ocurriendo a nivel familiar? ¿Qué enseñamos a nuestros hijos? Podemos ponderar a nuestros hijos las virtudes de la honradez, de la amistad, del amor, de la fidelidad y del estudio desinteresado, pero de entre todos los valores que les enseñamos, el primero que destaca sobre los demás es el de estudiar una carrera o un oficio que “tenga salida” y remunere mucho dinero, y, dado que este es el primer y principal principio, los demás valores de la vida quedan supeditados a este, o sea que lo que estamos enseñándoles hipócritamente es el principio maquiavélico de “el fin justifica los medios”. Y todo esto, además, lo reafirmamos continuamente con nuestro ejemplo personal diario.

No puede haber más pobreza de espíritu y de mente ni mayor error y falsedad que la de centrar la felicidad y la plenitud de una vida en la riqueza material.

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