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El principio es el fin

Su recorrido era bastante habitual, caminaba abstraída y ausente, mirando de manera fugaz la cara de los pocos viandantes que se cruzaban  con ella, atrapada por la  enorme ciudad que hambrienta devoraba los sueños y almas a todo aquel que no fuera capaz de aguantar su ritmo. La misma ciudad corrupta e  inhabitable que escupía el  veneno en forma de contaminación que había engullido  a través de los  tubos de escape de  los numerosos   vehículos que  congestionaban las calles y  avenidas convirtiéndola en un remolino asfixiante  de polución y podredumbre. La misma ciudad  con tantos rostros como personas albergaba en sus entrañas, en sus grotescos edificios  de  ventanas de ojos negros o con escasas pero brillantes luces encendidas, alojamiento de individuos, jauría humana. Estaba sola entre tantos seres humanos, todos  rodeados y todos  solos, una persona  nada más. No se sentía un miembro más de la tribu urbana en la que estaba inmersa y a la que no pertenecía, aunque ellos no lo sabían. ¿Que sabían ellos de su vida? Nada. Nadie que ella no quisiera podía conocer  su secreto, nada podían saber de su otra vida, ni de su infeliz pasado, ni por supuesto de su impredecible futuro.

Se deslizaba perezosa  por las calles más angostas, por las más oscuras y  solitarias,  frecuentadas por inadaptados, mendigos y personajes siniestros que se movían con sigilo,  al amparo ponzoñoso de la soledad de callejones lúgubres en los que apenas  llegaba la luz del día y el transcurso del tiempo había  dejado huellas imborrables de teñida melancolía. Utilizaba pasadizos siniestros y sucios con olor a rancio y a despedidas de lágrimas amargas, con hoteles de mala muerte vestigio de tiempos pasados. En sus recorridos, lograba escapar de los enormes   escaparates acristalados,  que excesivamente iluminados intentaban llamar la atención mostrando la nueva temporada, donde sus maniquíes amenazantes y estáticos y erguidos e impersonales a veces sin rostro,  con solo un ovalo por cabeza, como seres inconclusos que  en ocasiones  aparecían en sus pesadillas y la perseguían incansables -manos que la sujetaban, bocas que la mordían y voces que la llamaban-  casi siempre sin cabellos, cada vez mas lineales y minimalistas, con los ojos cerrados como muertos o abiertos pero con pupilas sin color, ni calor , sin vida, ambiguos donde  despojados de cualquier atuendo  su  sexualidad solo  era delatada, por los minúsculos pechos con que los habían dotado, pequeños pechos tiesos sin pezones, pechos perfectos pero tan ridículamente artificiales. Desde que tenía uso de razón  esos turbadores objetos le  provocaban gran  desasosiego y angustia, el miedo que le transmitían era casi demencial, la propia imagen de un simple muñeco para representar a un ser humano le producía escalofríos que solo aliviaba cuando desparecían de su campo de visión y aun así, en ocasiones su solo recuerdo la trastornaba, su fobia, su condena de la cual ni siquiera conocía  el nombre, la misma que la empujaba a ir evitando todas aquellas zonas en las que esas figuras esperpénticas, en su mayoría de colores lechosos, vainillas o grises e incluso negros, presentes y expectantes, montaban guardia desde su altiva posición como centinelas en lo alto de una atalaya , dispuestos a ejecutar al intruso que sobrepasa los limites permitidos. Era probable que ese sentimiento repulsivo hacia esos objetos inanimados hubiese surgido mucho tiempo atrás, cuando apenas era una niña enclaustrada  en su triste   infancia, en la cual su hermano o mejor dicho su hermanastro, le arrancaba con rabia los ojos a todas las  muñecas que el tío Rodolfo, le compraba en mercadillos de ocasión y  que le cambiaba por besos. Muñecas gastadas y sucias de vestidos descosidos y raídos pero al fin y al cabo para una niña, muñecas. Después   de la cruel  extirpación de los órganos con regocijo, Isaías no se conformaba solo con eso  y la perseguía por los estrechos pasillos y por las demás habitaciones  sujetando  la muñeca sobre su  cabeza. El juguete mutilado,  sin ojos, despojada de ese particular y brillante elemento que le imprimía al rostro una nota de humanidad, ese tenue atisbo nostálgico de momentos infantiles de cuchicheos y de confidencias secretas. La maldad con que Isaías había sido  dotado a Aurora   le producía  enorme terror y en ocasiones la paralizaba, Isaías que  Infringía  dolor gratuito por donde pasaba, como si para el fuese inevitable ejercer ese sometimiento invadiéndolo  una droga narcotizante que lo sumía en  un pestilente lago estancado y brumoso.  A pesar de su juventud de un tiempo a esta parte una obsesión la consumía, solo  tenía una sola idea anclada en su mente,  solidificada en  ella  como una concha a una piedra donde antes existió agua, era tan fuerte la atracción  que casi le resultaba  insoportable seguir con aquella farsa, con  aquella  doble vida con  aquella mentira  a la que Isaías la  había  arrastrado sin elección.

Isaías nombre de profeta según decía su madre o mejor dicho su madrastra. Por el momento el único intento fallido hasta la fecha para Aurora  no había sido estéril, porque sin duda alguna había    reforzado su fatídica idea, su perturbadora idea que parpadeaba  dentro de la cabeza con la intensidad  de unas  luces de neón en la oscuridad de una carretera en medio del desierto, las veía  nítidas y tan  claras como un faro en  mitad de la noche que   podía ser divisado a kilómetros de distancia por un barco en apuros. Habían pasado solo dos semanas desde su tentativa, y la recordaba con estremecimiento y al mismo tiempo con ansiedad, como un mero trámite que sin duda se volvería a producir tarde o temprano. Lo recordaba como un  extraño episodio de su corta vida,  casi como un sueño pero dolorosamente real .Aurora recordaba la secuencia una y otra vez  se veía de nuevo   agarrada a la barandilla de la pasarela que  unía la avenida del norte con el bulevar de las cruces y que   no se atrevió a saltar, incapaz de volar sin alas, paralizada por su propio cuerpo que en el  interior luchaba contra sí mismo y  se resistía a decidirse.  El contacto con el frió metal le hizo sentir un escalofrío recorriéndole toda la espalda, el viento revolvía sus cabellos y la rabia por la cobardía de no tener el valor suficiente, le provoco  nauseas, nauseas agrias como la leche que mamo y a continuación de apodero de ella  una creciente palpitación que dificultaba ya de por si  su agitada respiración, el pecho agitado se hinchaba con cada exhalación de aire  que llenaba sus pulmones, oxigeno  como veneno que resultaba más toxico que necesario, ahogada como el  marino en mitad del océano que ha sido engullido por las enormes olas consciente de  sus últimos segundos de vida, su corazón latía violento  con la fuerza de un animal que se siente  enjaulado. Hazlo! Se decía. Hazlo joder! Pero su cuerpo no respondió. Las luces de los coches que pasaban a toda velocidad por debajo de sus pies la cegaban y el  sonidos de los claxon que algunos conductores presionaban con insistencia, la aturdían  todavía más, se balanceo con furia  nerviosa agarrotada asiendo el negro   metal y  balbuceando hasta que   grito tan fuerte como pudo, un grito doloroso y desgarrador que salió de su boca como un lamento aprisionado mil años, hasta que apretando los ojos durante unos segundos, pudo ver una sucesión de acontecimientos tan solo proyectados en su imaginación. Su cuerpo caía y caía  durante un largo espacio de tiempo  al vacío, como en los interminables sueños de huidas y persecuciones  y era golpeada repetidamente por varios vehículos, como un muñeco, como una marioneta sin hilos que se mueve de forma patética al arrojarla sin compasión y con fuerza contra el suelo, escucho estridentes   frenazos, ruido de colisiones y cristales rotos, voces  alarmadas que sonaban histéricas, quedando  al final tendida de manera grotesca sobre el desgastado asfalto, donde se arremolinaban los conductores y transeúntes  después del caos  provocado.

En un instante de cordura  pensó en las probabilidades de causar  un accidente en el que personas inocentes pudieran sufrir graves heridas y  la hicieron desistir de su propósito suicida. Quizá tendría que buscar otra manera, otra fórmula más fiable para poner el punto y final, para poder salir del túnel vertical en el  que mucho tiempo atrás  había caído  hacia la nada. En los sucesivos días fantaseo con otras opciones , quizá sería mejor  buscar un hotel donde sola, en la intimidad de su habitación podría llenar una enorme bañera de agua caliente y al igual que Jim, abandonarse  a la ausencia de lo materia y así   poder escapar   del recipiente hueco que ya era su cuerpo, tan solo un ataúd hermético  que  albergaba un alma vencida, allí  podría mutilarse con  cortes profundos como valles , calientes y rojos como una vulva , como ese sexo obsceno que tantas veces  ofreció a desconocidos. Cortes como presas abiertas desde donde la sangre fluiría a través del agua tiñéndola  de rojo, de un rojo intenso al principio y que poco a poco se iría transformando en un tono más oscuro, más opaco como su vida,  su alma convertida en tan solo un destello de luz  se perdería para siempre y esperaría tranquila y con calma a que  llegase Morfeo y batiendo sus alas silenciosamente al tiempo que susurrara su nombre, su verdadero nombre y la llamara dulcemente, Aurora Ven conmigo, ya todo ha terminado.

Una voz la devolvió al presente y la realidad, a su dramática  realidad, después vio una imagen, un anciano de cara afable le sacudía ligeramente el brazo, en el mismo instante en  que le preguntaba.

Señorita señorita ¿Se encuentra usted bien? El rostro del anciano reflejaba la preocupación y  miedo y al mismo tiempo, esa compasión con que los seres humanos han sido dotados cuando ven  sufrir al prójimo ¿Eh? –Respondió Aurora desconcertada. Si, si.- Lo siento. Contestó, sollozando y  excusándose al mismo tiempo. Aunque sus gestos y  su rostro no podían esconder lo evidente. Las lágrimas que le resbalaban por las mejillas decían algo muy distinto, decían todo  lo contrario. -Ah, lo siento de verdad Repitió de nuevo ….. Tengo que irme. Se excuso, dejando al anciano con el brazo tendido. Se seco las lágrimas con el dorso de la mano y  se marcho de allí,  se marcho  lo más rápido que pudo, huyendo del lugar,  aunque consciente de que ya nunca se alejaría lo suficiente de su peor  enemigo, de  su ineludible temor, de su  meditada decisión.


Y. Griega

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