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El ojo de la aguja

El joven de la pitillera de oro

          En el salón del club, como cada viernes a las seis, nos encontrábamos Ruperto Tuerto y yo, esperando al resto de los miembros de la tertulia.

          Les pido disculpas por no haberme presentado…

          Mi nombre es Simeón Simón. Mi ocupación no tiene la mayor trascendencia, aunque, para evitar especulaciones del lector, les diré, que me dedico a vivir las veinticuatro horas de cada día de la manera más entretenida posible pues, la cuestión crematística, la tengo afortunadamente resuelta.

          Pues en estas estábamos cuando hizo su aparición en el salón, un joven de aspecto bohemio pero elegantemente vestido. La barba de tres o cuatro días aunque, meticulosamente perfilada. Miró a su alrededor, como si buscara a alguien en concreto pero, al dirigirse resueltamente hacia nuestra mesa, me hizo sospechar que nos eligió al azar. Se acercó con paso firme y se presentó con mucha educación:

          —Buenas tardes señores—dijo cortésmente. Voy a presentarme, si ustedes me lo permiten. Me llamo Goliat Ricart y vengo ofreciendo a quien quiera hacerse con ella, esta valiosa pitillera de oro con incrustaciones de rubíes. Se preguntarán ustedes y, razón no les falta, qué es lo que impulsa a un joven como yo a desprenderse de tan preciosa joya. Pues si tienen a bien permitirme compartir mesa con ustedes, les explicaré las tribulaciones que me han conducido a esta situación.

          Miré a Ruperto que, con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que enarcaba sus cejas como asentimiento, le ofrecí asiento al recién llegado, acercándole una silla, y le invité a compartir su historia con nosotros pues, ciertamente, había despertado la curiosidad propia de quien necesita ocupar su monótona existencia.

          Se acomodó plácidamente en la silla e hizo una seña al camarero para que nos sirviera. Nada más retirarse éste, comenzó a relatarnos cuanto le había sucedido hasta llegar al momento actual.

          Como les decía, me llamo Goliat, hijo único de una acaudalada familia y, hasta el día de hoy, he disfrutado de una situación económica que cualquiera podría envidiar. Mis padres me dejaron, poco antes de morir en un accidente aéreo, una inmensa fortuna que mi padrino y albacea, supo administrar e incrementar más aún. Todo, absolutamente, hasta hace unos cuatro días, se podía decir que era de felicidad completa. Tenía todas esas cosas que cualquier mortal sueña poseer algún día; con la diferencia de que yo no tuve que desearlo nunca pues desde que recuerdo, siempre he visto cumplidas mis pretensiones, hasta en los más pequeños detalles.

          Los últimos años los he pasado dedicado a satisfacer en cada momento mis caprichos. La actividad empresarial la he confiado a personas de mi entera confianza que se han llevado los desvelos mientras yo daba vueltas al mundo como un satélite a su planeta con paradas de cuando en cuando por tiempo indeterminado aquí y allá gastando un dinero que nunca se acababa.

          Aprovechando mi estancia en Philadelphia y que desde unos días atrás acarreaba unas molestias que me tenían ciertamente preocupado, me sometí a un examen médico, en uno de los mejores centros hospitalarios del mundo. El diagnóstico fue aterrador. El síndrome de la esfinge. Solamente afecta a una de cada millón de personas, y tenía que tocarme precisamente a mí. Lo peor de todo fue cuando escuché al médico decir que no hay cura posible. Que la esperanza de vida es muy corta, pues una vez detectado su evolución es muy rápida. Afortunadamente para mí, dentro de la desgraciada noticia, fue el atisbo de esperanza que una enfermera, en una sala aparte, infundió en mi ánimo. Me dijo, no sin antes hacerme prometer discreción absoluta, que en una pequeña ciudad de España había una clínica que, de forma no oficial, habían tratado este síndrome y que en algunos casos, habían conseguido retrasar el fin al que estábamos abocados. Apuntó la dirección en una de mis tarjetas de visita y, no pude contener el impulso de abrazarla, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

          La clínica, como habrán podido suponer, se encuentra en esta ciudad y estoy seguro que ustedes habrán oído hablar de ella. Se llama “Celestial salud”. Después de ponerme en contacto con ellos y explicar mi caso, me han dado buenas expectativas pero, para poderme someter al tratamiento es condición sine quanum, deshacerme absolutamente de todas mis pertenencias. En un primer instante no supe contestar porque no acertaba a comprender, qué demonios tenía que ver mi patrimonio con el tratamiento. Al preguntarles el motivo me dijeron que la puerta que da acceso a la sala en la que debía someterme a la intervención es tan sumamente estrecha, que no hay posibilidad de entrar con pertenencia alguna. Además la recepcionista no me dejó la posibilidad de réplica:

          —¡Patrimonio y muerte! o, esperanza de salvación —Usted elige.

          Ante esta disyuntiva, la respuesta fue obvia. Esperanza. Pero había otro pequeño inconveniente. La manera de deshacerme de todo. Debía hacerlo de forma legal, es decir, mediante contrato de venta o cesión, debidamente firmado por ambas partes.

          Pues bien señores, aquí me tienen ante ustedes, con esta pitillera; es cuanto me queda. No me había deshecho de ella porque lo consideré algo insignificante comparado con todo lo demás. Además no la tuve en cuenta porque el valor sentimental es infinitamente superior al valor monetario pero, cuando dicen nada, es nada.

          Nos tendió el contrato y, nos miró como esperando que uno de nosotros, cualquiera, a él le daba igual, tuviera la amabilidad de firmar el documento y quedarse con la pitillera.

          Nos miramos atónitos esperando quién de nosotros firmaría el primero.

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