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El museo

Acababa de llegar a Barcelona. Había abandonado mi pueblo, una pequeña aldea de la provincia de Cáceres, hacía cuatro días. Corría el año 1900 y habíamos entrado en el nuevo siglo con curiosidad e ilusión. Todo el mundo decía que encarábamos una etapa llena de avances e inventos maravillosos, que iba a ser un nuevo resurgir del hombre. En cuanto puse los pies en el andén de la Estación de Francia di rienda suelta al entusiasmo que llevaba reprimiendo desde que dejé mi casa.
Me dirigí a las Ramblas de manera hipnótica. Cuando contaba diez años, unos familiares, de visita en la ciudad, me enviaron una postal de este sitio emblemático. La colgué en la pared, en la cabecera de mi camastro y me prometí que, algún día, pasearía por aquel lugar mágico.
Al llegar, encarando la avenida desde su parte más alta, la imagen que se me presentó cumplió, ampliamente, todos mis deseos.
Me puse el sombrero, encajé las manos en los bolsillos de mi pantalón y empecé a caminar bebiendo los colores, los olores, los sonidos. Intentaba aparentar ser un hombre de mundo, alguien habituado a las grandes urbes, como la mayoría del resto de paseantes.
En un momento dado, algo, en el lateral izquierdo del paseo me llamó la atención. Era un callejón que daba acceso a una plaza octogonal presidida por el edificio más increíble que jamás había visto.
Se trataba de la sede del Banco de Crédito y Docks. Una especie de inmensa caja fuerte donde las familias más poderosas de la ciudad protegían sus bienes más preciados y sus secretos más oscuros.
Estuve rondando por allí un buen rato. Había algo en aquel edificio que producía una influencia extraña en mi. No era atracción ni curiosidad. Era como si, en lo más profundo de mi alma, se asentara el convencimiento de que había llegado a casa.
Al día siguiente volví... y volví todos los días durante dos semanas. Me estaba quedando sin reservas dinerarias y, aquélla mañana, me había propuesto entrar por fin en las oficinas en lugar de quedarme fuera y preguntar si tenían algún empleo disponible. El que fuera.
Al llegar me di cuenta de que algo había cambiado desde el día anterior.
- ¡Sí, claro!, pensé golpeándome la frente con la mano. El tipo de uniforme de la entrada, el que abría las puertas a los visitantes, no estaba.
Di un salto y entre corriendo en el gran y elegante vestíbulo. El escenario me apabullo de tal manera que frené en seco.
Me acerqué tímidamente a una de las mesas repartidas por el enorme espacio.
La ocupaba un tipo delgado, con traje y corbata negros, camisa blanca de cuello duro y un pañuelo en el bolsillo superior de la americana. Se peinaba el escaso pelo oscuro con una perfecta raya recta en el centro de su cabeza apepinada.  La brillantina lo hacía relucir bajo la luz dando la sensación de estar pintado en el cráneo.
Lucía un bigotito perfectamente recortado y encerado.
- Perdone caballero. Me dirigí a el de la manera más educada que pude conseguir.
Me regaló una mirada de fastidio.
- Dime muchacho. Su voz era increíblemente grave. Tenía mucha más entidad que todo él. No parecía suya.
- Verá, me encantaría trabajar para ésta Institución. Me han hablado maravillas sobre ustedes. No quiero empezar mi vida laboral en ningún otro sitio. Aceptaré cualquier empleo que me proponga.
El tipo se quedó un momento descolocado pero, inmediatamente, su cara se iluminó.
- ¡Mira que casualidad!. Ayer mismo el portero se despidió por sorpresa y sin dar explicaciones. Vuelve a salir a la plaza y entra por la puerta de los empleados. Busca al señor Sánchez. Dile que vas de mi parte, Jordà, para ocupar el sitio de Pablo.
A las dos horas de mi irrupción intempestiva, estaba colocado en la entrada, embutido en el uniforme del tal Pablo, que olía a sudor y me quedaba grande, como el hombre más feliz del mundo, abriendo puertas y deseando "un buen día" a los clientes del negocio.
Desempeñé mi labor con entusiasmo durante un año. El mismo día que se cumplían esos 365 días, Jordá me llamó.
- Escucha muchacho- nunca me llamó por mi nombre- tengo una propuesta para ti. ¿Qué te parecería formar parte del personal de dentro del edificio?. Sonrió de medio lado dejándome ver el brillo de su colmillo de oro.
-¡Sería estupendo señor!.
- Bien. Paquito, el chico de paquetería, nos ha dejado. Y yo te he recomendado para ocupar su puesto. Tienes que ser limpio, educado, ordenado y trabajador. Si te comportas como Dios manda puede que un día alcances un lugar como uno de mis aprendices.
Enrojecí hasta la raíz del cabello. Nunca pensé llegar tan alto y tener un futuro tan prometedor.
- ¡Muchísimas gracias, señor Jordá. Le estaré eternamente agradecido!.
El movió su mano derecha con gesto displicente. La luz, al incidir, hizo relumbrar el diminuto diamante que coronaba el anillo de su meñique. Por un segundo, deslumbrado, me vi ocupando el sitio del señor Jordá.
- Cuando te vayas hoy, deja tu uniforme e informa a Sánchez de tu ascenso.
Me incliné hasta casi besarme los zapatos.
- ¡Por supuesto! Gracias, gracias, señor Jordà!.
Me dieron un nuevo uniforme. Esta vez, por fortuna, no olía a sudor. El problema era que este me quedaba pequeño. Las mangas de la chaqueta dejaban sobresalir en exceso las de la camisa y los pantalones no solo mostraban mis zapatos si no que dejaban al aire mis tobillos. Pero yo me sentía tan orgulloso de mi mismo que nada iba a minar mi autoestima.
Un día, cinco meses después, el señor Jordà volvió a llamarme. Mi imaginación empezó a volar. Se habían dado cuenta en seguida de lo buen trabajador que era. ¿Cuál sería mi nuevo puesto?.
- Muchacho, necesito que me hagas un favor muy importante. De el depende tu próximo salto en el escalafón. Y te aseguro que, de todos los empleados que han trabajado para la casa, tú eres el que más rápido a ascendido, con diferencia.
El pecho me estallaba de orgullo por mi mismo. Hubiera estado dispuesto para cualquier cosa que el señor Jordà me hubiera pedido. Le admiraba tanto que había empezado a adoptar su peinado. Me costaba domar mi pelo abundante y crespo pero ya lo conseguiría.
- Verás, conoces perfectamente la enjundia de los clientes de nuestra gran Institución. Debido a los grandes negocios que manejan nos pueden solicitar que les acerquemos a sus domicilios documentos de suma importancia a cualquier hora del día o de la noche. Somos como un gran servicio de urgencias.
- Sí señor, le corté. Sabía que Paquito había hecho alguno de esos encargos vitales para nosotros.
Jordà me dirigió la misma mirada que se le dedica a un insecto molesto. Supe de inmediato que no debía interrumpirlo más.
- Bien, como iba diciendo, los señores Bernat, los mejores clientes de la casa, nos han encargado que, esta noche sobre las once, les acerquemos a su palacete de la avenida del Tibidabo unos papeles que necesitan.
Te presentaras aquí a las diez, yo te los daré y tu los llevarás. Debes llamar a la puerta de servicio y entregárselos al mayordomo. Si por casualidad te invitaran a entrar, tu educación debe ser exquisita.
Me incliné ante el señor Jordà mientras murmuraba:
- No le decepcionaré. Muchas gracias.
A las diez clavadas estaba delante de la mesa de Jordà tieso mientras él revisaba los documentos. Antes de dejarme marchar repasó mi indumentaria comprobando que todo estuviera correcto. Después de decirme que, luego del encargo, podía volver a mi casa, me despidió con un gesto de la mano, como siempre.
Después de cambiar varias veces de tranvía, a las once me encontraba llamando a la puerta de servicio del domicilio de los Bernat.
Al cabo de unos minutos de espera me abrió una señorita con cofia, delantal y guantes inmaculadamente blancos. Le dije quien era y a que venía. Me hizo pasar, cerro la puerta y me dijo que esperara.
Quien volvió no fue ella si no un caballero muy alto, canoso y elegantemente vestido. Me dirigí a él lo más educado que supe. Estaba muy nervioso.
- Buenas noches señor Bernat. Me envían de Crédito y Dock para entregarle unos documentos.
El caballero me miró divertido.
- Te equivocas muchacho, solo soy el mayordomo. El señor quiere que pases, tiene un encargo para ti.
El señor era mucho menos impresionante que el mayordomo. Bajito, orondo, calvo y con un bigotito ridículo coronando una boca demasiado pequeña para su cara redonda y regordeta como un globo.
Sentado en un enorme sillón orejero al lado de la chimenea, sostenía una copa en la mano.
Me miró impaciente.
- Dame, dame. Me apremió.
Dio una hojeada rápida a los documentos, saco una pluma de oro del bolsillo superior de su chaqueta, firmó algunos de ellos y me los devolvió.
- Ya he enviado recado a Jordà. Te está esperando en las oficinas. Eso debe quedar en mi caja de seguridad esta misma noche.
Antes de darme cuenta, volvía a estar delante de Jordà. Entre una cosa y otra ya eran las dos de la mañana y yo aun no había cenado.
- Vamos, rápido. Dijo él, estaba inusitadamente nervioso. Si estos papeles cayeran en malas manos sería la ruina para la familia Bernat y el fin para el Banco.
Abrió la cámara acorazada. Cuando ya había guardado los documentos y se disponía a devolver la caja a su lugar, oímos un ruido. Inmediatamente otro más fuerte y más cercano. De repente unos tipos mal encarados aparecieron en la puerta de la cámara armados hasta los dientes.
- Señores, dijo uno de ellos con una sonrisa aviesa, serían tan amables de entregarme esa caja.
No atinábamos a reaccionar. La puerta de entrada abierta, la de la cámara también. Nos habíamos saltado a la torera todas las medidas de seguridad, incluso aquéllas más tontas que realizas por pura rutina.
Jordà sudaba a mares, grandes goterones pringosos de brillantina rodaban por su cara pálida como la de un muerto que, al brillar con la grasa, le daba un aspecto ceroso, como de figura de cera.
Se había quedado completamente inmóvil y de su garganta se escapaban leves sonidos guturales.
Yo asistía a la escena como el convidado de piedra. Me había relegado al papel de mero espectador del drama que se estaba desarrollando ante mis ojos.
De repente todo se precipitó a velocidad de vértigo. El tipo armado arrancó de las manos de mi compañero la preciada posesión, salió rápidamente y cerró la puerta a su espalda. Desde fuera nos gritó que, en unas horas, cuando abrieran las oficinas, seríamos liberados. Que tuviéramos paciencia.
Jordà ya no emitía ningún sonido, ya no sudaba...¡ya no respiraba!. Como si hubiera sido alcanzado por un rayo, se había quedado pajarito de pie.
Me horroricé. Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuanto rato más debía pasar en aquella pequeña habitación, cerrada a cal y canto, con un cadáver que permanecía erecto en el mismo centro del perímetro.
Me senté en un rincón y esperé, esperé, esperé...
En 1973, Enrique Alarcón, enamorado del edificio que había sido sede del Banco de Crédito y Docks, decidió construir un museo. Cuando acometió las obras de remodelación aun no había decidido a que estaría dedicado.
Un día, todo el equipo de trabajo, incluido Alarcón y un grupo de amigos, se encontraban situados ante un agujero que estaban realizando en la pared, unica manera de acceder a la cámara acorazada.
Cuando el último trozo de piedra cayó liberando el paso al espacio que había permanecido cerrado tantos años, los testigos quedaron petrificados ante la escena que se les mostró.
Un cadáver momificado permanecía sentado en un rincón, mientras, en el centro, erguido, conservado como si aun estuviera vivo y fuera a hablar en cualquier momento, otro muerto permanecía, increíblemente, de pie.
- ¡Eso!, dijo Alarcón. Será un museo de figuras de cera, único en la ciudad.
Si vais de visita al museo, buscad a Jordà. Cambia de escena cada vez pero siempre esta ahí. Con su pelo perfecto y su bigotito encerado.

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