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El mundo de Elías

La relación de Elías con el mundo exterior resultó siempre muy complicada.  Cuando cumplió seis años, Ernestina, su madre,     lo mandó a la escuela él se negó después de asistir la primera semana.  Lo hizo en modo de protesta pasiva: se sentó en  un rincón de su habitación con los brazos y piernas cruzados; se negó  a comer por tres días, hasta que ella desistió de su empeño.

El año siguiente Elías, remolónamente  comenzó a asistir a clases. Al regreso de la escuela, explicaba a su madre que las letras del abecedario eran como símbolos chinos para él.  Ni qué hablar de la aritmética.  Cuando la maestra trazaba dos dígitos, uno debajo del otro,  sobre la pizarra para que los niños los sumaran, Elías miraba con atención los labios de la maestra para tratar de entender la explicación.  Y nada que entendía.  Los labios de la maestra --le parecía a él-- hablaban una lengua extraterrestre.  El tiempo que permanecía en la escuela, Elías deambulaba por los múltiples salones de su mundo interior, imaginando máquinas fantásticas.  Máquinas que, una vez construídas,  no servirían para producir nada tangible.  Pero eran hermosas y los procesos, inéditos,  Elías se aseguraba a sí mismo.  Él podía verlas en la pantalla de su mente, pantalla más grande que la pantalla gigante del televisor que tenían en casa de su único amigo, Tito.

En su mente las máquinas  funcionaban a perfección.  Algunas producían visiones de un mundo maravilloso.  Otras, por el contrario, servían para demoler los sueños, mientras otras recogían los pedazos de sueños y los apilaban a un lado.  A su debido tiempo servirían para construir otros.  Los procesos de producir y demoler sueños ocupaban por entero la mente de Elías.  Se molestaba si alguien interfería con sus ensoñaciones.  Entonces podía llegar a ser violento.  Entonces, podía demoler objetos del mundo  físico como  réplica de lo que ocurría en su mundo interior.

Ernestina, paralizada de miedo, no hablaba con nadie sobre la conducta de Elías.  Madre soltera, sobrellevaba la pesada carga de ocultar el tornado en que se convertía su amado hijo al menor impulso considerado por él como amenazante. Ella había construido una fortaleza virtual para que, ni siquiera los miembros de su familia, supiesen del indetenible e impredecible tsunami que tomaba cuerpo bajo su techo.  Pero, con el tiempo, los resultados del paso de ese fenómeno destructivo viviente indicaron a la familia la existencia del drama al que se enfrentaba Ernestina.

Para exigirle que controlara a su hijo, el director de la escuela citó a Ernestina en varias ocasiones.  Su hermana, Clavel, le   sugirió llevar a Elías a un psicólogo infantil y ella se negó.

Ayer Elías se pensó   tripulante de una de sus imaginadas máquinas voladoras.  Subió las escaleras conducentes a la azotea del edificio de doce plantas donde viven y se lanzó al aire en iluso vuelo.

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