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El libro

Recogía libros para luego regalarlos a sus clientes o a cualquiera que estuviera interesado en leer. Coge, lee y comparte rezaba unas letras pintadas en negro sobre un viejo cajón que le construyó un amigo. La idea no era suya pues lo había visto en Francia donde de vez en cuando se podían ver unos cajones con libros donde cualquiera podía servirse sin condición alguna.

De vez en cuando llegaba al trabajo y se encontraba una anónima bolsa con libros sobre el picaporte de la entrada a su negocio de alguien que colaboraba con él para ayudar a la ardua tarea de incitar a sus paisanos a que leyeran un poco más. Les cogía con verdadero mimo, les olía casi les acariciaba y los seleccionaba para colocarlos en su viejo cajón sin demasiado criterio, casi por acomodo físico, los pequeños aquí, los más grandes allá con el fin de que estuvieran perfectamente ordenados.

A veces cogía algún libro cuyo título le llamaba la atención y no forzosamente porque lo conociera, sino por pura curiosidad, y leía la pequeña sinopsis en la contraportada para después abrir el libro al azar por cualquier página y leía un par de párrafos, le encantaba hacer eso.

Un día, en uno de los “pedidos” que acostumbraba a encontrarse de manera anónima sobre la puerta de su barbería, rebuscando dentro de la sencilla bolsa de plástico, le llamó la atención un libro que despertó especialmente su interés.

No era un libro atractivo en sí, algunos de ellos si lo eran merced a que estaban sujetos a unos grandes estudios de marketing para el diseño de sus portadas espectaculares, cuántos libros se habían vendido porque era más importante el diseñador de moda de la portada que el propio contenido del libro, o disponía de un título “potente” como les gustaba decir a los grandes empresarios del papel impreso. A veces un libro se convertía en objeto de culto por una rabiosa campaña publicitaria para luego acabar decorando una bella estantería lejos del interés de cualquier lector que nunca se dignaría en ojear sus páginas.

El libro que ahora tenía en sus manos era “feo”, no tenía una portada bonita de hecho, ni siquiera  tenía portada, de pastas de cartón viejo de color marrón que en absoluto llamaba la atención el canto desgastado y redondeado por el paso de los años con los bordes de las páginas sucias, lo miró por todas partes, pasó su mano sobre la polvorienta e invisible cubierta y no encontró nada, ni una sola referencia al título ni al autor ni al editor, nada. Al acercarlo hacia su nariz se llevó la primera sorpresa pues no olía, no olía a nada, no desprendía ningún olor, nada. Todos los libros huelen a algo, algunos huelen a tinta otros a plástico, a cuero incluso algunos están perfumados otros huelen a polvo, a humedad, a viejo. Le encantaba el olor de los libros viejos. Olían a experiencias, a sabiduría, al paso de la vida, le parecía que los libros viejos olían de manera diferente, pero el libro que ahora tenía entre sus manos y al que observaba atentamente no olía a nada, no desprendía ningún olor. Lo volvió a oler casi olfatear como un sabueso en busca de alguna respuesta, primero las pastas, ni la portada ni la contraportada olían a nada, se extrañó. Luego olisqueó los cantos del libro, el borde de las hojas casi esnifaba metiendo la nariz por cualquier rincón del misterioso libro que seguía sin desprender olor alguno. No lograba identificar ningún olor, ninguna fragancia, hasta llegó a dudar de su sentido del olfato, seré yo? Se dijo. Acto seguido cogió algún libro al azar que empezó a oler y rápidamente pudo identificar y reconocer el olor a tinta que desprendía cogió otro que olía a plástico, otro a polvo rancio, luego su olfato estaba perfecto y volvió a tomar el libro entre sus manos y de nuevo acercándoselo a la nariz seguía sin poder oler nada, no conseguía despertar su buen olfato e identificar algún olor, nada de nada. De pronto una sensación de intranquilidad se apoderó de él y volvió a dejar el libro en la bolsa de dónde provenía. Olió la bolsa y observó que esta por fuera olía a plástico y por dentro logró identificar el olor indefinido a cosas, a papel, a libros, al menos la bolsa olía a algo.

Se sentó en una silla ligeramente separado de la bolsa como si la temiera y se quedó observándola, muy atentamente, durante unos instantes no conseguía apartar la vista de aquella bolsa que contenía un extraño libro que no olía a nada. Trató de buscar una explicación a tan extraño fenómeno pues nunca antes había sufrido un episodio semejante. Intentaba encontrar una explicación cuando se levantó, se dirigió a una pequeña alacena que tenía en la barbería, sacó un vaso que llenó de agua y en lugar de bebérselo lo olió. Huele a agua se dijo a sí mismo, dio un pequeño sorbo y vació el resto en el lavabo. Se acercó de nuevo a la bolsa y de nuevo extrajo el inodoro libro de la misma lo volvió a oler y de nuevo no fue capaz de detectar ningún olor, nada, ni la más mínima señal olorosa que le pudiera hacer recordar alguna cosa que le resultara familiar pero nada, no conseguía oler nada, nada de nada.

La intranquilidad se transformó en preocupación y la preocupación en curiosidad, y ni siquiera se atrevió a abrir el libro deseoso de obtener alguna respuesta a tan extraña situación, prefirió dejar el libro aunque para tal efecto no lo devolvió a su bolsa original sino que lo colocó en un estante junto al resto de su biblioteca.

Se sentó de nuevo en una silla observando minuciosamente el canto del libro inodoro recién colocado que no despertaba interés alguno y que de repente le había sumido en un estado de alerta y tensión pues no acababa de encontrar explicación sobre la total ausencia de olor del recién llegado a su cajón de lectura.

Se dirigió a la bolsa y seleccionó como siempre los libros que le habían ofrecido y les colocó debidamente en los cajones sobre el escalón de su peluquería para que sus clientes pudieran servirse, colocó todos excepto uno, aquel que le había tenido en una situación de gran confusión seguía confinado junto al resto de sus compañeros, como si de un arresto se tratara, se mantenía firme con su impersonal canto hacia fuera sin llamar la atención a nadie, cual soldado militar en un cuartel con miles de compañeros al que nadie prestaba atención, se encontraba completamente sólo.

Llegó la hora de cerrar el negocio y tras recoger la peluquería, Zahur se puso el abrigo y antes de salir por la puerta no pudo resistir la tentación de volver a oler el libro con idéntico resultado, no olía absolutamente a nada, tras no atreverse aún a abrirle para ver su contenido lo volvió a dejar cuidadosamente en su lugar.

Zahur seguía sin encontrar explicación sobre porque aquel curioso libro no despertaba ningún tipo de olor como si se hubiera bloqueado y sufriera una especie de retención en el tiempo que le impidiera expresarse como cualquier otro objeto y se le hubiera negado el simple derecho a desprender algún olor por muy corriente y común que fuera.

Paseaba tranquilamente por el parque bajo la luz tenue filtrada por las nubes donde la presencia de una suave neblina añadía un aspecto bucólico al sosegado paseo. No podía quitarse de la cabeza aquel extraño asunto del original libro que le mantenía en un estado de incertidumbre. Por qué no huele? Se dijo y se repitió en varias ocasiones.

Volvió de nuevo al trabajo y atendió a sus clientes como acostumbraba hacerlo con suma amabilidad y siempre dispuesto a conversar de manera pausada ofreciendo propuestas de tertulia que gusta debatir las cuales le proporcionaba momentos de verdadero placer. Inquirió de manera natural y espontánea la cuestión que le martirizaba y demandó si creían posible que un objeto pudiera no desprender olor alguno, y ante el debate casi de cuestión metafísica que se produjo no consiguieron llegar a ninguna conclusión coincidiendo todos los contertulios en que aquello era prácticamente imposible por lo que Zahur se quedó pensativo y tuvo la sensación que su preocupación fue en aumento.

Acabó su jornada y empezó con el ritual que durante las últimas semanas le acompañó al finalizar la jornada de trabajo, se acercaba al estante donde se encontraba el libro, lo cogía, lo olía, comprobaba que seguía sin desprender ningún aroma de ningún tipo y lo volvía a colocar cuidadosamente en su sitio. Casi se acostumbró a ello y ya no esperaba respuestas lo contrario le habría sorprendido, si algún día cogiera el libro y de repente este oliera a algo no sabría cómo reaccionar, pero seguía sin atreverse a abrirle, se había convertido como en una especie de respeto hacia el libro y no le parecía lícito ojearle pues pensaba que vulneraría su intimidad, se decía para sí que si no olía igual tenía alguna explicación y hasta que no la tuviera no quería turbar la sensación de paz que el ejemplar desprendía.

Llegó un poco más lejos y después de acabar la jornada, cogía el vulgar ejemplar y daba un largo paseo hasta llegar a casa se llevaba el libro consigo y le sacaba a pasear, como gustaba pensar. Lo ponía en el bolsillo interior de su abrigo e incluso a veces se atrevía a llevarlo en la mano, lo tomaba con el lomo hacia dentro y paseaba tranquilamente bajo la bruma, con su nuevo amigo. No se había atrevido a contar la historia a nadie salvo a su mujer, con la que compartía absolutamente todo, fuera de la índole que fuera y que tampoco halló explicación alguna sobre el misterioso acontecimiento que envolvía el extraño caso del libro que no olía.

Se llevaba el libro a la cama y lo dejaba en su mesilla de noche hasta el día siguiente en que lo volvía a coger y de nuevo viajaban juntos hasta el trabajo donde de igual manera lo volvía a colocar casi con precisión matemática a su lugar de descanso, siempre con el lomo sin inscripción alguna hacia fuera.

Su suerte iba a cambiar…

Llegó como siempre a la peluquería y se quedó un momento mirando el desgastado perfil del libro, se acercó a él lo tomó entre sus manos como siempre y despacio, como si de una escultura hecha con la más delicada de las porcelanas se tratara, abrió la sencilla portada y se encontró con una hoja en blanco, continuó pasando las hojas y todas ellas estaban en blanco ni una sola letra, ni un solo símbolo, nada, nada de nada.

Cogió el libro y como si de un acordeón se tratara lo abrió por completo comprobando que no había una solo palabra escrita sobre él

Volvió a hacer el mismo gesto varias veces como si intentara encontrar algún papel escondido dentro de el de una manera autómata hasta que de pronto una rara sensación se apoderó de él, una especie de espasmo le recorrió su espalda y una extraña visión pareció interrumpir el ojeado del libro. Le pareció de pronto distinguir algo escrito en alguna de sus páginas. Cerró el libro de golpe y se quedó un instante en silencio intentando procesar y entender o si simplemente eran imaginaciones suyas pero estaba seguro o al menos casi seguro que había creído atisbar unas letras, unas palabras en algunas de sus hojas. Volvió otra vez a pasar con rapidez las páginas del libro y de nuevo lo vio, ahora estaba seguro no le cabía la menor duda, vio perfectamente una palabra escrita que distinguió perfectamente:

ayuda.

De nuevo buscó entre las paginas pasándolas una por una pero esta vez no conseguía encontrar la palabra que acababa de ver, por lo que removió otra vez el mazo de hojas del libro y de nuevo encontró la palabra de la que ya no tenía duda alguna pues escrita en una preciosa caligrafía cursiva inglesa se la adivinaba a la perfección aunque cuando se tomó el trabajo de pasar las hojas de una en no la encontró, y eso le provocó una extraña sensación parecida a la del primer día cuando no consiguió descubrir ningún olor en aquel misterioso libro.

Cada vez que abría el libro y sacudía las hojas descubría la palabra ayuda escrita en él y cada vez que pasaba las hojas de una en una no conseguía verla, aquello empezó a incomodarle un poco ya que en poco tiempo le parecía que aquel libro se comportaba de una manera un tanto extraña.

Decidió hacer un experimento y cuando llegó Edgard, un buen amigo suyo, sin llegar a contarle lo que le estaba ocurriendo con ese extraño ejemplar que había adquirido hacía poco tiempo, le mostró el libro y le preguntó que le parecía.

A Edgard que era un hombre culto le extrañó el comportamiento de su amigo zahur pero tomó el libro lo examino, lo olió y le espetó:

- “Huele raro”

- “como que huele raro”

- “si, no sé, no me resulta el olor familiar, huele raro”

Zahur volvió a coger el libro lo olió y de nuevo no descubrió en el ningún olor le resultó extraño que Edgard le dijera que oliera raro cuando a él no le olía absolutamente a nada.

Edgard ojeó le libro y se quedó extrañado y miro a Zahur con sorna.

- “Es una broma Zahur? Es un libro en blanco”

- “Si pero ojéale, no ves nada raro en el?”

- “A parte que está en blanco no, a que jugamos amigo?”

- “No no, a nada amigo, solo quería saber tu opinión sobre el libro”

- “Pues mi opinión es que es un libro en blanco donde no hay nada escrito en él y encima huele raro”

- “Pero nada de nada, estas seguro? A lo mejor hay algo escrito y no te has dado cuenta…no?”

- “Mira basta ya Zahur”

Visiblemente molesto a Edgard le empezaba a resultar un poco molesto la extraña actitud de su amigo y ante las disculpas de este, ambos se fueron a tomar un café olvidando el tema, aunque Zahur cada vez entendía menos como él podía ver la palabra escrita y los demás no y además como a los demás le olía el libro  a algo y a el a nada, está confuso.

Cuando volvió de nuevo a la peluquería, de nuevo volvió a coger el libro y de nuevo volvió a olerlo y de nuevo no le olió absolutamente a nada y de nuevo volvió abrir las hojas en abanico y de nuevo vio la palabra escrita: ayuda, pero esta vez aquella visión vino acompañada de un extraño fenómeno pues en ese momento una especie de corriente recorrió el pequeño salón llegando incluso a mover ligeramente la cortina que cubría la puerta, se asustó. Tomó el libro y lo abrió al azar por una página cualquiera y fue cuando ahora pudo leer la palabra escrita en una página determinada al mismo tiempo que del propio libro salía como una pequeña corriente que hizo que sintiera un leve estremecimiento en su pelo, lejos de asustarse ahora estaba ansioso por saber, deseoso de descubrir lo que estaba pasando porque ya no le quedaba la menor duda que algún fenómeno extraño estaba ocurriendo con el misterioso libro.

Quiso comprobar una cosa, se acercó el libro a la nariz y se quedó estupefacto pues de una manera muy leve apreció un sutil olor a algún tipo de aroma que le resultaba familiar, una mezcla de incienso, cuero, madera quemada y tal vez a heno, ahora de repente el libro había recobrado su olor, como era posible que ahora el libro oliera y antes no y coincidiera justamente con el momento en el que consiguió localizar la página escrita.

Volvió a abrir el libro por la página donde se encontraba la palabra y se la quedó mirando fijamente y vio como poco a poco se desvanecía ante el hasta desaparecer ante la desilusión de Zahur que no daba crédito, esperó un momento y vio que volvían a aparecer de nuevo aunque ahora parecían que eran más, estaba excitadísimo pues lo que no cabía duda es que las letras aparecían y desaparecían ante sus propios ojos y parecía cobrar vida.

Ayuda por favor


Ante el nuevo mensaje Zahur se quedó petrificado, alguien le estaba pidiendo ayuda pero quién? Dónde? Como podía el…de pronto se le ocurrió una idea disparatada y fue hacia el cajón de su contoir y extrajo de el un sencillo lapicero con el que se dispuso a escribir sobre el libro.
Quién eres? Me llamo Zahur

Las palabras que escribió Zahur a continuación de las que ya estaban escritas pronto se desvanecieron como las otras y tras esperar un poco, la excitación se apoderó de el pues apareció un mensaje nuevo.

Me llamo Mud

Zahur esperó a que el mensaje se desvaneciera y contestó

Mud, ¿te llamas Mud?

Zahur estaba nervioso, ansioso por conocer la respuesta de su interlocutor pues estaba convencido que estaba manteniendo una relación escrita con alguien aún sin tener la menor idea de cómo lo estaba haciendo, ya tendría tiempo de descubrirlo más adelante.

Mudeyka, me llamo Mudeyka y voy a morir

Las palabras se volvieron a desvanecer, Mudeyka, pensó Zahur, es una mujer y aparentemente está en peligro.

Esperó un poco y de nuevo volvieron a aparecer unas palabras sobre la página amarillenta.

Zahur, ayúdame por favor, voy a morir.

Se había dirigido a él por su nombre, Zahur, por primera vez estaba convencido que mantenía una conversación con un desconocido, desconocida en este caso, y que explícitamente se dirigía a él y que estaba en un grave problema.

¿Qué te ocurre Mudeyka?

Las letras no se desvanecían, Zahur se preocupó, algo iba mal. Esperó un poco y las palabras que había escrito no conseguían desvanecerse y eso le hizo pensar que algo había pasado y se quedó mirando fijamente el mensaje deseando que desapareciera pero ahí seguía, escrito sobre la desgastada hoja de papel viejo.

De pronto la misma sensación de cuando descubrió la página escrita una especie de soplo de viento salió del interior del libro y le estremeció el cuerpo a Zahur y volvió a mover ligeramente las cortinillas de la barbería, y acto seguido en un movimiento reflejo Zahur se acercó el libro a la nariz y de nuevo volvió a desaparecer todo rastro de olor y de aquella manera Zahur interpretó que se había cortado la comunicación, le costó un poco llegar a esa conclusión pero no se le ocurría otra cosa que pensar, tenía que hacer un intento en recolocarse las ideas sobre tan bizarro acontecimiento que le estaba ocurriendo. En cuanto echara el cierre a su negocio se lo iba a contar a su mujer, seguro que entre los dos encontraban una solución a tan misteriosa historia.

Cuando Zahur se sentó a la mesa para cenar visiblemente excitado su mujer se extrañó primero y se preocupó después pues nunca había visto a su marido tan fuera de sí el, que acostumbraba a ser un hombre pausado. Según iban degustando un delicioso tartar de atún con un vino Alsaciano Zahur no dejó de hablar contando a su mujer con todo detalle todo cuanto había acontecido a propósito del misterioso libro desde el comienzo hasta la surrealista situación  de aquella misma tarde. La mujer le miraba de una manera incrédula ya que a duras penas podía creerse lo que su marido la estaba contando. La costó muchísimo tomarse en serio aquella historia y si o fuera por la actitud de Zahur absolutamente fuera de sí, no lo hubiera hecho. Ponían tanto énfasis y tanta pasión en contar cada detalle de aquella inquietante historia que Morgana pasó de la incredibilidad a una seria preocupación merced a la palidez que mostraba su marido.

Ambos se quedaron en silencio tras acabar de contar la historia, sin mirarse, con la mirada perdida intentando procesar y buscar una explicación sobre tan extraño acontecimiento se les había presentado. Zahur intentaba buscar alguna explicación y pensaba que Morgana le ayudaría pero fue tal la impresión que la dio tras escuchar atentamente lo que su marido la contaba que se quedó sin habla, sin encontrar nada coherente que la hiciera encontrar comprender aquella extraña historia que estaba viviendo su  marido.

Los dos se fueron a la cama con la preocupación servida que hiciera que durante toda la noche no pudieran pegar ojo buscando respuestas a cosas aparentemente absurdas pero realmente ciertas.

A la mañana siguiente Morgana preguntó:

-“Y si fuera otra época”

-“A que te refieres” –contestó Zahur

-“Bueno al fin y al cabo parece que alguien te está pidiendo ayuda pero no sabemos si es de nuestra época”

Zahur se quedó un rato pensando y si ya le costaba trabajo creerse la historia en presente si tenía que comunicarse con alguien de otro tiempo ya si que lo llevaría mal, muy mal.

-“No sabemos nada, tienes que averiguar quién es y qué es lo que la ocurre y también en qué año vive”-Morgana habló de manera pausada y tranquila.

Zahur besó a su esposa y se fue al trabajo donde estuvo especialmente callado, absorto en el libro y con un montón de dudas, quien sería Mudeyka, cuáles eran los problemas que la atormentaban y ahora también en qué época estaba, todas esas dudas no le dejaban de rondar por la cabeza y no se atrevió a consultarlo con nadie habida cuenta que lo más fácil es que lo tomaran por loco.

De repente, una especie de corriente invadió la estancia haciendo que se movieran las cortinillas y enseguida Zahur se dirigió hacia la estantería done se encontraba el libro y lo primero que hizo fue olerlo y cuando comprobó un cierto olor a incienso preso de una gran excitación lo abrió por una página al azar y esperó a que apareciera alguna palabra escrita. Estaba absorto con la mirada clavada en la amarillenta hoja cuando una ligera corriente de aire le azotó el rostro y poco a poco vio como se formaban unas letras sobre la hoja como por arte de magia.

Zahur por favor necesito ayuda solo alguien de corazón puro puede hacerlo y tu has sido el elegido

Yo? Pensó en voz alta, corazón puro yo? No daba crédito y se puso a escribir.

Como sabes que tengo el corazón puro y que soy el elegido?

La tinta se desvaneció y apareció un nuevo mensaje

Fue el libro quien te eligió…solo quien el corazón puro tuviere tendrá poder para entrar

Entrar? Se preguntó Zahur entrar dónde? Se dijo, donde tengo que entrar?

De nuevo aparecieron las palabras

Solo el que tenga el corazón puro puede entrar al otro lado por favor ayúdame

Al otro lado? Repetía zahur en voz alta como si su interlocutora le oyera, pero eso que significa? Se repetía una y otra vez.

De pronto un suave aroma a incienso emanó del libro y poco a poco todo el salón se fue impregnando de una suave fragancia que envolvió el ambiente en un tranquilo y agradable olor a catedral, y fue cuando Zahur se quedó estupefacto pues las palabras empezaron a brotar sin interrupción, el hombre se sentó plácidamente y con suma tranquilidad empezó a leer…

“…Me llamo Mudeyka, Mudeyka Kalenhji mis padres eran africanos, de Mali, pero yo nací en Barcelona donde me crié de pequeña hasta que a los veinte años marché al sur de Francia a la vendimia en un pequeño pueblo en el macizo de Corbières cerca de Carcassonne donde viví más de diez años en perfecta armonía hasta que nos descubrieron. Desde mí llegada al pueblo me acogió una familia pues no era fácil para una chica negra sin embargo Andoin y Jillian no pusieron ningún reparo y desde el principio se portaron como unos verdaderos padres conmigo. Siempre colaboré con las tareas del hogar y en temporada seguía vendimiando para los señores De Luisson, aunque no hicieran ostentación de ellos pero al igual que mis padres adoptivos eran “puros cristianos” o Bonhommes más conocidos como cátaros. Durante años tuvimos bastante armonía con los católicos aunque ellos siempre nos trataron como inferiores a ellos y les parecía mal que sólo aplicáramos el “consolamentum”, el único sacramento que nuestra religión aplicaba una especie de bautismo, comunión y extremaunción juntas, de modo diferente a los sacramentos de la iglesia católica en el que no se necesitaba agua sino simplemente pronunciar una palabras del evangelio de San Juan. No participábamos en los sacramentos católicos y aborrecíamos la iglesia de Roma por lo que fuimos perseguidos.

En marzo de 1204 el papa Inocencio III escribió al rey de Francia instándole en luchar contra el conde de Toulouse afín a nuestra religión para quitarle todas sus posesiones y no han dejado de perseguirnos hasta la fecha de hoy, treinta años más tarde en la que nos encontramos escondidos en las montañas cercanas al pog, el castillo de Montségur, que ya ha caído y a todo quien no se convierte al catolicismo caen sin remisión bajo las llamas en el gran Prats des crémats donde el fuego espera a todos las cataros que no se conviertan.

Carcassonne fue siempre una bendición para nosotros donde nos sentíamos protegidos por el bueno de Raymond Roger de Trencavel pero una vez caído nuestro señor estamos solos, solos y desamparados.

En su lecho de muerte que según la versión oficial murió de una fiebres muy altas en el muro, la cárcel más horrible donde se han cometido las mayores torturas imaginables, contó a uno de sus súbditos que buscaran el libro y encontraran un alma de corazón puro, y cuando lo hallaren, él tendría la respuesta y la manera de salvarnos a todos…”

Zahur no daba crédito de cuanto estaba leyendo y se preguntaba que tendría el que ver con todo aquello y cómo era posible que lo eligieran a él por tener el corazón puro. Corazón puro? Se dijo. Una cosa es que fuera buena persona como el se consideraba pero corazón puro le parecía demasiado título, y lo que no tenía ni idea es de que manera podría el ayudar a esa pobre chica, pero lo que más le alucinaba era que al parecer la chica en cuestión se encontraba en 1230, como era posible que alguien del siglo trece se pudiera comunicar con alguien del siglo veinte cono si nada. Podría alguien alguna vez responder a esa tremenda duda que le atormentaba? Continuó leyendo con suma atención…

…”Por eso amigo Zahur el destino nos ha puesto en tus manos y has sido elegido por el libro y no al revés ya que es el libro el que tiene el poder de elegir a la persona adecuada, una persona de corazón puro. A lo largo de los siglos son varias las personas que fueron elegidas y nadie conoce las vicisitudes que el libro de Krohm ha tenido que sufrir a lo largo de su azarosa vida. Quien es elegido por el libro de Krohm es un privilegiado pues hasta que llega el momento se mantiene oculto sin llamar la atención bajo el aspecto humilde de un libro que a nadie llama la atención, ni siquiera huele a nada, salvo que sea una persona de corazón puro, como tú lo has sido en esta ocasión. Sé que te costará entender pero a lo largo de los años, de los siglos, hay una comunidad de personas dispuestas a proteger el libro de Krohm, evitar que caiga en malas manos y que si así hubiera sido el destino de nuestra historia habría cambiado. A través de la escritura el hombre ha ido labrando su futuro, escribiendo su historia y ahora tú tienes la oportunidad de seguir haciéndolo…”

De nuevo Zahur no daba crédito a lo que leía. Yo? pero cómo? Se decía y repetía constantemente. Quien sería el que le dejó la bolsa aquel día en el picaporte de su negocio y maldecía el hecho en que aquel ejemplar le llamara la atención y se arrepentía de no haberle puesto en el cajón para que fuera otro el que ahora tuviera el terrible problema que él tenía en esos momentos. No sabía si iba a ser capaz de acometer la empresa que se le presentaba con suficiente solvencia.

De pronto otra vez esa rara sensación de corriente que salía del libro le azotó el rostro produciéndole un leve estremecimiento quedándose petrificado cuando vio brotar del libro, de la página que Mudeyka Kalenhji estaba escribiendo pidiendo ayuda, una especie de tinta de un raro color rojo, se acercó a olerlo y no le cupo ninguna duda que aquel extraño líquido que brotaba del libro de Krohm era sangre. La hoja entera se tiñó de un rojo oscuro y poco a poco las palabras escritas por la chica que nació en Barcelona y que marchó al sur de Francia a la vendimia, que más tarde se hizo perfecta profesando una de las religiones más nobles que jamás han existido y que seguramente ya había perdido la vida, se desvanecieron, igual que como por arte de magia habían brotado en la desnuda hoja ya no quedaba rastro alguno de ninguna de ellas.

Rápidamente tomó su lápiz y comenzó a escribir sobre una hoja al azar.

Mudeyka que ocurre? Contéstame por favor?

Pero la espera fue en vano, nada, ni una palabra, Mudeyka dejó de escribir. A pesar de que Zahur se empeñaba en seguir escribiendo implorando que le contestaran, no volvió a recibir respuesta y lo que más temía se hizo realidad, el libro dejó de oler, volvió a convertirse en ese objeto común sin mostrar interés alguno y sin levantar el más mínimo atisbo de inquietud por parte de nadie, se volvió a convertir en un objeto vulgar.

Zahur se sentía culpable, pensó que quizá podía haber hecho algo por intentar salvar a la chica pero como podría haberlo hecho separándoles casi setecientos años, como podría haber resuelto ese extraño y surrealista episodio que empezó aquella mañana en que le llamó la atención un curioso libro que resultó ser una puerta al pasado.

Acurrucó el libro en su regazo como si fuera un niño pequeño y lo tomó entre sus manos con mimo, lo acarició pasando su mano por la desolada cubierta desnuda y de nuevo se lo acercó a la nariz y tras aspirar profundamente creyó por un momento apercibir un leve aroma a heno recién cortado que pronto se desvaneció y volvió a convertirse en un objeto inerte. Cuidadosamente lo devolvió a la estantería de su biblioteca y se mantuvo a la espera, sabía que tarde o temprano el libro de Krohm volvería a pronunciarse, sabía que en algún momento volvería a recobrar su olor y que volvería a comunicarse con alguien del pasado o tal vez del futuro.

Sin saberlo a ciencia cierta Zahur se había convertido en un guardián, en guardián del libro de Krohm.

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