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El espejo

Ya nunca he podido volver a mirarme en el espejo.

Había alguien que habitaba en él, alguien que me inquietaba, que me hacía sentir incómodo y a veces hasta me daba miedo.

Claro que, ese alguien, no había estado siempre ahí. Al principio, cuando compré el espejo, no estaba o, desde luego, no se me aparecía, ni siquiera lo percibía cuando me miraba buscando mi reflejo.

Lo de comprar el espejo en realidad fue una cuestión meramente decorativa, por eso de que hacen más grandes las estancias, que dan la sensación de espacio, y como mi habitación no es muy grande, decidí comprarlo, pero, una vez colgado, era inevitable mirarme a diario en él antes de salir a la calle, una vez comprobado que estaba todo bien.

Sin embargo, y de esto hace ya tiempo, un día, al levantarme, por inercia, lo primero que hice, como cada madrugada cuando me levantaba, aún en la oscuridad, porque no me gusta despertarme con luz, ya que me hace daño a los ojos, prefiero ir habituando mis pupilas progresivamente a la claridad, me miré en el espejo y le vi, sabe Dios que le vi.

En menos de un segundo estaba de nuevo sentado en mi cama, con el pulso acelerado, la respiración entrecortada, y mi frente brillante con los reflejos de cientos de gotas de sudor frío que habían aparecido de repente, tan rápidas, que llegué a pensar que quizás estaban ahí aún antes de despertarme y de ser consciente de su presencia.

Qué tonto, me dije rápidamente sonriendo nervioso. Qué susto me he llevado. No ha sido nada, pensé, sólo ha sido la sombra de mi propio reflejo, o la sombra de algún objeto. Aún estoy medio dormido, no ha sido nada, me repetí, recordando de repente un programa de televisión en el que explicaban los fenómenos extraños que las personas decían experimentar en sus casas encantadas. En el programa desmontaban todas las historias, siempre encontraban una explicación racional, lógica y científica al suceso.

Apenas habrían pasado unos segundos, y ya me había levantado de la cama, había sufrido un susto de muerte, había entrado en ansiedad y había recordado los programas de la tele.

Salí de la habitación sin mirarme en el espejo de nuevo, sin comprobar si esa sombra, si esa cosa o esa presencia seguía ahí esperándome.

Durante todo ese día estuve recordando el suceso como si de una anécdota un poco tonta y hasta graciosa me hubiera sucedido. De hecho, tras recordarla varias veces, ya logré reírme de mí mismo, imaginándome sentado en la cama, muerto de miedo.

El problema, es que a la madrugada siguiente, cuando me levanté de la cama, en la oscuridad, por inercia, sin pensar ni recordar lo que había sucedido el día antes, me miré al espejo y allí estaba de nuevo, había algo o alguien en el espejo. Volví a sentarme rápidamente sobre la cama, de nuevo con el ritmo acelerado y la respiración entrecortada y pensé, no es posible. Mientras las cientos o quizás miles de gotas refrescaban mi frente, me levanté y me acerqué al espejo, no podía retirar mi mirada haciendo que no pasaba nada, porque algo estaba sucediendo, e intenté fijar mi mirada en ello.

Al mismo tiempo intentaba tomar rápidamente el control de mis pensamientos, recordando que con toda seguridad algo hacía reflejo en el espejo, mirando a los lados, buscando qué podía ser, pero no acertaba con lo que fuera.

Me acerqué más al espejo, apenas unos dedos de distancia me separaban de lo que sea que fuera aquello que reflejaba mi espejo, porque lógicamente no imaginaba que fuera algo o alguien que estuviera dentro del espejo, y mantuve mi mirada fija, casi desafiante hasta que mis ojos se adaptaron a la oscuridad de la habitación, a la tenue luz que entraba por la ventana, y entonces lo vi.

No era una cosa, era una presencia, una persona, varón, un señor.

Miré tras de mí, comprobando si esa presencia se encontraba a mi lado, o detrás mío, porque en algún punto de la habitación había alguien, alguien que se estaba reflejando en mi espejo, pero no encontré a nadie, no vi ninguna persona, y salí de la habitación sin volver a mirar el espejo, confuso y, por qué no decirlo, bastante asustado.

Este día, de manera recurrente, se me venía a la mente lo sucedido en la madrugada al levantarme. Ya no me lo contaba a mí mismo como una anécdota tonta que me hacía sentir estúpido hasta que me hacía sonreír, no, ahora me inspiraba sentimientos profundos de inquietud, de cierto miedo y temor.

Había alguien en mi habitación y su reflejo estaba apareciendo en mi espejo.

Esa misma noche, antes de meterme en la cama para dormir, impaciente por encontrar respuestas a lo que estaba sucediendo, tras todo el día obsesionado con la idea de que había alguien en mi habitación y consciente de que esa noche me iba a costar coger el sueño, apagué la luz y decidí mirar al espejo, a ver si la presencia, sabe Dios lo que fuera o quien fuera, se aparecía ante mí y, contra todo pronóstico, se apareció, porque, la verdad, de haber sabido con certeza que aparecía no lo hubiera intentado, pero lo hice y lo vi, ahí estaba, ante mí.

Ahora no me cabía dudas de lo que había presentido en la madrugada, no era una confusión, no era el reflejo de nada que hubiera en la habitación y que provocara un efecto óptico  cuando aún me sentía medio dormido y sin haberme adaptado aún a la poca luz existente, no, y tampoco era el fruto de mi imaginación o mi sugestión.

Verdaderamente había una persona, reflejándose en el espejo, o dentro del mismo y, además, era un varón, similar a mí.

Tenía los mismos rasgos físicos que yo, la misma altura, la misma constitución, el mismo rostro, y hasta la misma ropa que yo, el mismo pantalón azul del pijama que me había puesto y el torso desnudo.

Me acerqué todo lo que pude, frenando justo antes de chocar mi nariz contra el espejo y nublando parte del mismo con el vaho producido por mi respiración agitada, mantuve mi mirada fija en sus ojos, similares a los míos, sin articular palabra audible, pero preguntando desde mi pensamiento con un grito ahogado un ¿quién eres?

Cualquier persona distinta a mí hubiera pensado que era sólo mi reflejo, que era yo mismo reflejado en el espejo.

Sólo yo podía darme cuenta de que era alguien exactamente igual a mí, pero sin ser yo.

No sé describir las emociones que sentí en ese instante, no encuentro las palabras adecuadas, porque nunca antes había sentido nada parecido.

Tenía miedo, estaba aterrorizado, porque sabía que no era nada bueno que aquel ser, que había tomado mi imagen, habitara dentro de mi espejo y se me presentara así, tan claramente, desafiante, con la firme intención de que le viera, de que fuera consciente de que estaba ahí.

Ya no podría obviarle nunca más, no podría mirar a otro lado, ya no iba a esconderse nunca más de mí, así que cogí el espejo y lo descolgué. Pesaba algo más de lo que pensaba, y le di la vuelta, con algo de esfuerzo, colocándolo de cara a la pared.

Se acabó, pensé, mañana me desharé de éste maldito espejo y fin del problema. Lo que quiera que habite en él que se vaya con él.

Intenté dormir, pero no me resultó posible. No podía dejar de pensar en el hecho de que en esa habitación, en la que durante años había estado sólo, ahora éramos dos, yo, y esa cosa. Dar la vuelta al espejo había servido para dejar de verlo, pero no para dejar de sentir su presencia, ya era demasiado fuerte, demasiado palpable, estaba ahí, lo sabía.

Lo había visto porque él quería que lo viera, tenía alguna intención, algo deseaba de mí y las preguntas se agolpaban en mi cabeza: ¿Quién es?, ¿Cuánto tiempo llevaría ahí?, ¿Qué quería de mí?, ¿por qué había tomado una imagen exactamente igual a la mía? y la pregunta más obvia: ¿me habré vuelto loco?

Debieron pasar un par de horas cuando decidí levantarme y volver a dar la vuelta al espejo; era incapaz de conciliar el sueño, y sabía que no lo haría en toda la noche, así que, aunque no lo colgué, lo apoyé en la pared.

Esta vez la habitación no estaba a oscuras, no tuve valor de apagar ninguna de las dos lamparitas de las mesillas de noche, pues me gustaba pensar que si mantenía la luz encendida estaría a salvo de esa cosa, de ese ser.

Fui a la cocina a beber agua fresca, me lavé la cara, hice varias respiraciones profundas y me acerqué lentamente hacia la habitación, dispuesto a encontrar las respuestas a todas las preguntas que me asaltaban en la cabeza.

Entré en la habitación y me puse frente al espejo, aún sin mirar a un punto determinado del mismo, y por fin logré fijar mi mirada en él.

No tuve que esperar para verle, estaba ahí, esperándome, preparado, con la certeza de que iba a volver.

Me armé de valor y empecé a observarle con detenimiento, todos sus rasgos, buscando en él alguna diferencia por ínfima que fuera que demostrara lo que yo sabía, que ese reflejo no era el mío, que no era yo, y lo encontré en sus ojos, en su mirada.

Este ser tenía una mirada triste que escondía una pena muy profunda y miles de lágrimas ahogadas en su interior. No daba tanto miedo al sentirle tan triste. ¿Sería tal vez una de esas almas en pena que no aceptan que han muerto y que buscan desesperadamente un nuevo cuerpo que ocupar para seguir viviendo? Había visto varias películas sobre eso así como más de uno de los programas de la tele en los que trataban estos asuntos. Debo llamar al programa y que investiguen mi espejo, pensé.

Continué manteniendo la mirada fija sobre la mirada fija de ese ser, formulando desde mi pensamiento todas las preguntas que quería hacerle y a las que quería que me respondiera.

Continué observando cada uno de los rasgos de su imagen, de su rostro, de su cuerpo, con detenimiento y a medida que más lo iba conociendo menos me iba gustando, me iba inundando una pena muy profundar, me inspiraba toda clase de emociones que yo rechazo en mí mismo. Así como podía sentir su tristeza, podía sentir que éste ser era débil, era vulnerable y frágil, sufría y que sufría por mí y por lo que me iba a suceder.

No me hablaba, no me respondía, no me amenazaba, no me decía absolutamente nada a través de las palabras, pero sí se comunicaba conmigo a través de los sentimientos y de las emociones.

Empezó a transmitirme lo que sentía para que yo lo sintiera y que, con todos esos sentimientos y con todas esas emociones, como si de las piezas de un puzle desordenado se tratara, yo mismo fuera ordenando y encajando las piezas hasta encontrar la imagen completa, la respuesta de quién era y qué quería de mí.

Empecé a sentir una a una todas las emociones que él me iba transmitiendo a través de su reflejo en el espejo y, a medida que las iba sintiendo, fui comprendiendo quién era y qué quería y sabe Dios que cuanto más sabía más miedo sentía, porque nada bueno era, no para mí.

Sin apenas darme cuenta mi pensamiento me había transportado a un pasado lejano, en el que yo era joven, frágil, débil, vulnerable y que sufría, un pasado lejano en el que yo sí era el ser que habitaba dentro de mi espejo.

Reviví en forma de pensamientos, recuerdos e imágenes cada uno de los momentos en los que odié ser quien era y ser como era y lo vi claro: el ser que habitaba en mi espejo, que se me estaba manifestando y que tenía la firme intención de quedarse, es el yo que había olvidado en algún lugar de mi pasado, al que había encerrado en alguna celda de mi memoria con la esperanza de que jamás regresara.

Era el yo que no quería, al que había despreciado, al que había repudiado, al que había ya  olvidado y que había regresado para quedarse.

Cerré mis puños y golpeé el espejo con la fuerza necesaria para romperlo en varios pedazos mientras profería un grito desesperado. Mis manos atravesaron el espejo, atravesaron a ese ser y sintieron los cortes profundos en mis venas de los filos rotos del espejo.

Todo fue muy rápido.

Pude verme tendido en el suelo, con la piel blanca, sin respiración y cubierto de sangre.

Vi mi cuerpo sin vida; lo contemplé horrorizado, ahora ya no frente, sino desde dentro del espejo.


Rubén Barea

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