El disco de Gardel, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

www.relatos-cortos.es 

  • Tamaño del texto

El disco de Gardel

Ferran Máñez

1

Encontré el disco por casualidad, una aburrida y nubosa tarde de verano curioseando en una tienda de compraventa de objetos usados. No buscaba nada en concreto, sólo tenía la esperanza de encontrar algo que me permitiera pasar el resto de la tarde medianamente entretenido, cualquier cosa que necesitara una reparación o algunos ajustes, o sólo un poco de limpieza y lustre. Algo, en definitiva, que precisara de mi intervención y que además hubiera sido usado hasta que dejó de ser útil o apreciado por alguien. Más tarde, en la pequeña habitación que utilizaba como taller, mientras intentaba reparar el objeto adquirido, trataría de imaginar a la persona que lo poseyó y la relación que persona y objeto pudieron establecer. En muchos casos no es fácil imaginarlo, sobre todo con aquellas cosas que tal vez fueron de uso compartido, como un receptor de radio, un reloj de pared o una estufa de petróleo, y, aunque creo poseer suficiente imaginación para conjeturar la relación que existió entre un objeto y una persona, me resulta más difícil establecer esa relación cuando se trata de una familia o un grupo.

En cualquier caso, el hecho es que, puesto que no encontré nada que sirviera a mis propósitos, me entretuve mirando los discos de vinilo que había en una caja de plástico de las que se utilizan para contener naranjas, sólo por pasar allí unos minutos más antes de encontrarme a la salida con la frustración de irme de vacío.  

 Y lo vi, entre otros muchos de variada índole. Era un elepé con la carátula de color crema y una foto en el centro, en blanco y negro, de un rostro de hombre peinado con gran pulcritud, de cabello lustroso muy pegado al cráneo.  Presionaba una de sus mejillas, la izquierda, con dos dedos como si le dolieran las muelas. En la parte superior de la foto, con grandes letras, un nombre: Carlos Gardel, y en la parte inferior un título: A mi madre.

Confieso que no me disgusta Gardel, pero no habría llamado mi atención aquel disco de no ser por una característica añadida por alguien que lo poseyó en algún momento. Se trataba de un par de párrafos escritos a mano, con bolígrafo azul. Dado que la carátula era de un cartón muy satinado, no dejó el bolígrafo en algunas palabras el trazo de tinta, pero resultaba del todo legible porque sí quedaron hendidas las letras en el blando cartón. Estaba el  manuscrito junto a la foto, en la parte izquierda, con letra un tanto desgarbada: Una noche con unas copas de anís, y sola y llena de nostalgia, borracha, triste y con más de mil años encima. Un poco más abajo, con letras de mayor tamaño y trazadas con más cuidado, tal vez con más convencimiento, se podía leer: Estoy de puta MADRE!!

Lo cogí con una grata sensación de triunfo; a fin de cuentas no me iría de vacío. La dependienta me advirtió:

– Está defectuoso. Se trata de una pieza de coleccionista y no se oye muy bien.

Le respondí que no importaba, aunque no era cierto. Claro que importaba, pero no por eso iba a renunciar a llevármelo. Lo pagué y salí nervioso de la tienda en busca de un taxi. Tenía una ansiedad por llegar a casa que durante el trayecto llegué a considerar injustificada: al fin y al cabo sólo era un disco que ni siquiera se oía bien.

Una vez en casa volví a leer el texto manuscrito varias veces, haciendo las primeras observaciones interesantes. La última frase, Estoy de puta MADRE!!, estaba bastante separada del resto del escrito, la letra era más grande, cuidada y firme. En la palabra "madre", al igual que en los signos de admiración, el trazo azul era mucho más intenso, como si quien lo escribió hubiera querido resaltar esa palabra de manera muy ostentosa, en mayúsculas además.

En la primera parte se confesaba la autora sola, llena de nostalgia, triste, con más de mil años encima... y borracha. Ambos párrafos, parecía evidente, fueron escritos en distinto momento. ¿Habría transcurrido entre ambos instantes algunos días, meses o quizá años? No me parecía probable pese a las apariencias. Si alguien escribe en alguna parte las negativas sensaciones que la autora del texto manifiesta experimentar, no va luego, cuando se siente bien, a añadir esa positiva sensación a las anteriores, aun dejando algunas líneas en blanco en el texto. Me parecía más probable que se deshiciera de las primeras manifestaciones en cuanto la penosa situación se superara. Tal vez no lo escribió todo en el mismo momento, aunque tampoco en días distintos; quizá transcurrieran un par de horas y algunas copas más de anís. Entonces la euforia producida por el alcohol le haría exclamar, y escribir, que estaba de puta madre, expresión que, inexplicablemente, en lenguaje vulgar inducido por las copas significa que se halla uno, o una, en un estado de bienestar envidiable, y puesto que las anteriores manifestaciones fueron tan negativas, sentía la necesidad de remarcar bien esta última impresión.

 La deducción parecía lógica en principio, pero había algo que echaba por tierra tal conclusión: mientras que la primera parte del escrito era de letra un tanto tortuosa, la del final era firme y rotunda, y nadie puede escribir de esa manera si lleva demasiadas copas, a no ser que a determinadas personas la ingestión de alcohol les afine el pulso.

Abandoné esas reflexiones cuando observé un detalle curioso. Como decía, el manuscrito termina con la palabra "madre", y casi queda a la altura del título del disco: "A mi madre". Coincidencia muy curiosa que tal vez aportara algún dato interesante al asunto. ¿Y si la mujer se sentía sola, llena de nostalgia y triste, porque echaba de menos a su madre? No llegué a considerar en serio tal posibilidad por un detalle: también se sentía con más de mil años encima, y es sabido que cuando alguien echa de menos a su madre, hasta el extremo de emborracharse por ello, es porque se sabe con muy pocos años. Estuve seguro de que su madre no tenía nada que ver en aquello, e intuí que la nostalgia que la invadía estaba motivada por la pérdida de algo que poseyó alguna vez, algo de la mayor importancia en su vida, y no podía ser otra cosa que un amor.

También, claro está, podía sentir nostalgia por el tiempo pasado sin más, aun sin contener ese tiempo ningún amor, pero no me parecía probable. La soledad es lo primero que lamenta en el escrito, antes que la nostalgia, y la soledad no se siente de manera tan intensa y dramática si uno ha estado siempre solo. Me detuve a pensar por un momento que también resultaría lógico que lamentara simplemente la pérdida de su juventud. No de esa manera, concluí; cuando alguien se lamenta de ello suele hacerlo casi como de broma, como si no le importara demasiado, o, en todo caso, con resignación filosófica. Fue el amor pasado el que la llevó a esa noche de nostalgia y anís, no cabía ni la menor duda.

Decía la mujer: Con más de mil años encima. Gran exageración, por supuesto, pero indicio cierto de que en ese momento le pesaban los que tuviera, aunque poco después se desprendió de pronto de ellos y se sintió de puta madre. O tal vez entraba tan bien el dulce anís que ya no le importó. Pero, ¿qué edad tendría en realidad?

Consideré que quizá convendría encender el tocadiscos y tratar de oír algo; tal vez la música aportara alguna clave. Di la vuelta a la carátula y leí los títulos de los tangos. En la cara A, el primero era el que daba título al disco, después estaban Pan comido, Todavía hay otarios, etc.  Al sacar el disco de su funda comprobé que efectivamente estaba muy rayado, y eso, al contrario de lo que ocurría con otros objetos usados que compraba, no podría arreglarlo. Pero también descubrí otra cosa que, por un instante, me causó gran desazón; el disco, aunque de Gardel, no tenía ninguna relación con la carátula; los tangos eran distintos a los anunciados allí.

No servía, pensé con cierta angustia, estos tangos no son los que la mujer escuchaba; alguien ha cambiado el disco después. Durante unos minutos permaneció el disco abandonado sobre el sofá, mientras miraba el cielo nublado desde el balcón tratando de convencerme de que el hecho no revestía mayor importancia.

Cuando ya estaba a punto de coger el disco para deshacerme de él, arrojándolo al contenedor de basura aprovechando que me iba a la playa a dar un paseo, se me ocurrió pensar que tal vez ella ya lo tuviera así, y que si no lo mismo daba, ya que lo importante en realidad era la funda donde estaba el pequeño manuscrito. Sí, concluí, la mujer siempre lo tuvo con una funda que no le correspondía, y estos tangos eran los que ella escuchaba, con toda seguridad.

Puse al fin en marcha el tocadiscos y me senté a escuchar. El primer tango de cada una de las caras era inaudible, pero los siguientes, aunque con algunos saltos de la aguja, se podían escuchar si no se era muy exigente. Cuando escuché todos tuve serias dudas sobre cuál de ellos podría ser el que motivó, en mayor medida que otros y junto a las copas de anís, el impulso de escribir aquello en la funda. Tras algunas reflexiones sólo quedaron dos tangos merecedores de crear una situación como la que sugería el manuscrito, y al fin llegue a la conclusión de que tal vez ambos habían sido los causantes, aunque quizá en distinta medida:

Cuesta abajo: Ahora, cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas no me las puedo arrancar. Sueño con el pasado que añoro, y el tiempo viejo que lloro ése nunca volverá...

La Cumparsita: Si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti. Quién sabe si supieras que nunca te he olvidado, volviendo a tu pasado te acordarás de mí...

Emocionante. ¿Quién, estando solo y habiendo perdido un amor, no se emborracha con anís y escribe sus sensaciones en cualquier parte al escuchar estas palabras pronunciadas por Gardel? Yo creo firmemente que lo habría hecho, aunque tal vez hubiera utilizado un tipo de bebida más acorde con mi temperamento. En cualquier caso, confesaré que comencé a experimentar una gran ternura hacia aquella desconocida mujer, y me puse a imaginar que quizá le hubiera servido de algo que estuviera a su lado en aquellos momentos. Tal vez no se habría sentido con tantos años encima, ni tan triste, ni tan sola. O quizá no hubiera cambiado nada –quién soy yo–, pero al menos se habría emborrachado junto a alguien. En realidad, pensaba, me hubiera gustado ocupar el espacio en blanco que hay entre con más de mil años encima y estoy de puta madre!!

Tal vez la cosa fuera por ahí. Sí, me parecía muy posible que en medio de su momento depresivo llegase alguien –¿su antiguo amor?– que le hiciera ver la vida de manera muy diferente. Entonces ella, mientras el amante descansaba de tanto amor, releyó lo que había escrito en la funda del disco y decidió escribir ese último párrafo tan optimista. Después bajó las escaleras, suponiendo que viviera en un piso, y tiró el disco con su funda al contenedor para no volverlo a ver. Alguien lo encontró allí y pensó que podría sacarle algún dinero en una casa de compraventa. Podría haber sido así, pero en el fondo no lo creía; la vida no es tan generosa; se parece más a un tango.

Cada vez más convencido de que la mujer siguió sola, me dediqué a observar la funda con más detenimiento para extraer el mayor número posible de datos. Pude saber que el disco fue comprado en una tienda que ya no existe, que costó trescientas cinco pesetas y que fue editado por Emi-Odeon en mil novecientos setenta y tres. Ninguno de todos esos datos hacía referencia a la personalidad de la propietaria del disco, es cierto, pero para mi satisfacción encontré otro de gran valor. En la parte posterior descubrí una etiqueta adhesiva blanca, de unos tres centímetros de larga por uno de ancha, sin nada escrito en ella. Primero llamó mi atención el hecho notable de que la etiqueta estaba casi nueva, y en seguida se me ocurrió pensar en las distintas utilidades que podría tener una etiqueta de ese tipo, pero me incliné por una sola de ellas: estaba allí para tapar algo, un nombre tal vez, algo, en cualquier caso, que fue ocultado a propósito no hacía mucho tiempo. Resistí el impulso de intentar arrancarla con una uña y recapacité luego sobre la mejor manera de proceder en un caso así. Lleno de emoción me dirigí a la cocina para llenar un vaso de agua, busqué un paquete de algodón, cogí la carátula y me encaminé con todo a la habitación que utilizaba como taller.

Para tranquilizarme me puse otra cerveza. Luego extraje el disco de la funda y lo puse otra vez en el tocadiscos, decidiéndome mientras lo escuchaba a separar la dichosa etiqueta. Nada más humedecerla con el algodón empapado se hizo patente que en realidad había dos etiquetas, una sobre otra, y en la de abajo había algo escrito, aunque aún no se podía vislumbrar lo que ponía. Seguí humedeciendo el papel con sumo cuidado hasta que ambas etiquetas se desprendieron de la funda, todavía adherida la una a la otra. Me costó mucho más trabajo separarlas, pero lo conseguí al fin y pude leer con claridad, escrito a máquina: Adela Monzón, y debajo: C/. Algeciras, 49 - Valencia.

Ya lo tenía, ése sí era un dato importante. Recordé que tiempo atrás la gente solía poner su nombre y domicilio en los libros y discos, con el fin quizá de que cuando se prestaban a alguien éste no tuviera dificultad en saber quién se los había dejado y dónde debía devolverlos. Bendita costumbre, pensé, y segundos después me pregunté qué es lo que iba a hacer con esa información. ¿Me daba por satisfecho y lo dejaba? ¿Trataba de averiguar quién y cómo era ahora la mujer que escribió aquello una noche con unas copas de anís? Por momentos prevalecía una de ambas posibilidades para dejar el sitio a la otra poco después. Hasta bien entrada la noche no tuve claro cuál era la mejor opción, pero ya antes sabía que una me apetecía mucho más que la otra. Me dormí con la decisión tomada de intentar al menos verla, y tal vez hablar de cualquier cosa con ella buscando un pretexto.


2

 
Por la mañana volví a la tienda donde compré el disco. Se lo enseñé a la vendedora y le expuse:

– A ver si puede ayudarme. Ayer compré aquí este disco, y, por motivos difíciles de explicar, tengo necesidad de saber cuándo les fue vendido y quién lo hizo. Le agradecería mucho que me facilitara esa información.

La empleada me miró como si no entendiera, pero al fin reaccionó y respondió:

– Espere un momento, por favor.

Desapareció tras una puerta y al poco regresó acompañada de otra mujer mayor, a quien tuve que explicar de nuevo lo que deseaba.

– No puedo decirle quién lo trajo porque no lo recuerdo –respondió tras pensárselo un instante–, pero puede que haga un par de meses

Le di las gracias y salí a la calle lleno de asombro. ¡Sólo unos meses! Sin duda, el disco habría pasado por muchas manos después de que Adela Monzón escribiera aquello en la funda. ¿Y quién me decía a mí que lo había escrito ella? La mujer se deshizo de él un buen día, tal vez lo tiró, cubriendo primero con una etiqueta su nombre y dirección. Alguien lo encontró, y esa persona, que no es Adela, fue la que una noche se sintió sola y nostálgica, se emborrachó y luego se encontró de puta madre. O sea, que también era mujer. Se trataría entonces de averiguar quién era esa segunda mujer, o tercera, o cuarta, o vigésimo segunda, pues en veintinueve años podían haberlo poseído muchas personas distintas, algunas mujeres entre ellas, o tal vez todas. Vete a saber quién escribió esas frases.

Caminé despacio debido al peso de la decepción algunos metros, hasta que de pronto acudió en mi ayuda una idea feliz. Bien, me dije, puede haber pasado por muchas manos, pero el hecho cierto es que sé el nombre y la dirección de una de sus propietarias, empecemos por ahí.

Pero, ¿con qué excusa me presentaba ante ella? Se me ocurrieron varias ideas, todas ellas irrealizables, hasta que me acordé de Daniel, un amigo que se dedica a hacer encuestas para el Instituto de Estadística. La cosa resultaría fácil, sólo tendría que presentarse mi amigo en casa de Adela y hacerle un montón de preguntas para la encuesta, entre ellas, dejada caer con naturalidad, la pregunta relativa a si alguna vez compró un disco de Carlos Gardel, con la funda cambiada y titulada A mi madre, y en caso afirmativo, la pregunta relativa a si escribió alguna cosa en dicha funda. Vaya tontería, reconocí al instante. Las cosas no se pueden hacer tan a la ligera, hay que planearlas, darles mil vueltas. Habría que ir al asunto poco a poco, de manera hábil. Primero una pregunta más general, por ejemplo sobre sus gustos musicales, y luego, si llegaba el caso, profundizar más. Si a Adela le gustaban los tangos, entonces Daniel le haría ver que coincidía con ella y le mostraría sus preferencias por el disco que nos ocupa. De esa manera sería ella misma quien, emocionada, empezase a contar la historia.

Pensándolo bien, en realidad ni siquiera sería necesaria la intervención del amigo, bastaría con que me diera unos cuantos consejos y un carné de agente del Instituto, si esto último era factible.

Le expuse la cuestión, sin contarle lo del disco para que no me tomara una vez más por idiota. Le dije que se trataba de una mujer de la que estaba muy enamorado y sentía la necesidad imperiosa de tenerla ante mí, aunque sólo fuera durante un rato y respondiendo a tontas preguntas domésticas. Lo de considerar tontas esas preguntas no le hizo mucha gracia, se le notó, pero pese a ello lo logré. Tanto le insistí, y con tanta vehemencia, que no pudo negarme su ayuda. El problema era conseguir la acreditación con mi foto, pero eso carecía de importancia porque la gente normal no suele fijarse en las fotos de los carnés, se fijan mucho más en los cuños. Así que él me dejaba el suyo siempre que fuera sábado, único día que no lo necesitaba.

Esa misma tarde me acerqué a la calle de Algeciras, no muy larga, y busqué el número cuarenta y nueve, casi al final en un chaflán. La finca tenía aspecto de haber sido construida por los años cincuenta, con la fachada de ladrillos rojos y balcones de barrotes de hierro pintados de negro. Desde la acera de enfrente contemplé los balcones, esperando ver a una mujer asomada en alguno de ellos. Sólo pude ver persianas marrones de madera, pero nadie asomado debido a que el sol daba de lleno a esa hora.

Me costaba aproximarme al portal, y tenía que hacerlo para averiguar el nombre de los moradores del edificio y comprobar que una tal Adela Monzón vivía allí. Me costaba porque temía no encontrar ese nombre, o encontrarlo junto a uno masculino. Al fin abandoné la sombra que me cobijaba en la acera de enfrente y crucé la calle a paso lento. La puerta del portal estaba cerrada, tal como suponía, pero en el panel del telefonillo figuraban los nombres de los ocupantes de las viviendas, en algunos casos tres y hasta cuatro nombres. En dos o tres uno sólo, y en uno de éstos, el correspondiente a la puerta nueve, figuraba: A. Monzón.

Bien, era la puerta nueve, un dato más en mi haber. A juzgar por el número de plantas y el número de casillas con nombres en el panel debía ser el quinto piso, a la izquierda con toda probabilidad. Crucé la calle de nuevo y contemplé aquel balcón. Habría dado cualquier cosa por verla asomada, mirando la calle o regando las plantas, porque plantas había en abundancia, tantas que me pareció difícil que alguien pudiera de esa manera salir al balcón. Pude identificar, entre otras, una frondosa buganvilla y diversos hibiscos, rojos unos y naranja otros. A mí también me gustan las buganvillas, lo que me pareció estupendo porque así podría comenzar diciéndole que compartíamos esa preferencia, lo que a mi juicio no estaba nada mal para empezar. Se trataba sin duda de una mujer sensible, y una coincidencia en el gusto por las flores constituía una buena baza para mis propósitos.

Pero, ¿cuáles eran mis propósitos? La verdad es que no estaban muy claros, o al menos no estaban racionalizados. En principio sólo pretendía conocer a la persona que una noche de anís escribió en la funda de un disco cómo se sentía. Simple curiosidad. Pero poco a poco iba cobrando fuerza en mí una idea que, pese a lo absurda que me parecía, me producía una emoción intensa. Ya he dicho antes que en algún momento pensé que me habría gustado presentarme en el lugar y momento en que la mujer escribía sus sensaciones, y que a lo mejor le hubiera servido de algo. Bien, pues el caso es que, cada vez con mayor intensidad, se iba apoderando de mí la idea de que ella escribió aquello sólo para que yo lo leyera más tarde, y que, de alguna manera, me estaba esperando. No en vano llevó el disco a aquella tienda precisamente que yo frecuentaba.

En algunos momentos me parecía más que probable que esto último no fuera más que el producto de mi imaginación desbaratada a causa del calor, o de mis deseos íntimos, pero pretendía llegar hasta el final para averiguarlo. De todas maneras, nada mejor tenía que hacer y, a fin de cuentas, también experimentaba con demasiada frecuencia algunas de las sensaciones a las que se refiere el manuscrito del disco. Me parecía muy posible que aquella mujer y yo tuviésemos muchas cosas en común.

El siguiente día era sábado, y no sabía a ciencia cierta si sería un buen día para entrevistar a la gente. Pese al considerable calibre de la duda decidí no posponerlo, además no tenía más alternativa ya que Daniel sólo podía dejarme la acreditación en sábado, pero, eso sí, lo haría por la tarde, puesto que era lógico suponer que la mujer dedicaría la mañana a la compra. Por la tarde y no muy pronto, por si acostumbraba a dormir la siesta. Las siete sería una buena hora.

Eran las siete menos cinco cuando estaba frente a la casa, en la acera opuesta, y el sol volvía a dar de lleno en la fachada, por lo que las persianas estaban bajadas y no se observaba el menor rastro de vida en el piso. Crucé la calle despacio, invadido por una repentina sensación de inseguridad. Pasó pronto, sin embargo, y al atravesar el seto central ya estaba bastante más calmado. Me palpé el bolsillo de la camisa para asegurarme que no había perdido la acreditación y sopesé el negro y abultado portafolios de cuero, gestos que me devolvieron la mayor parte de la fe en la misión. La primera vez que pulsé el botón de la puerta nueve no respondió nadie, así que insistí, en el justo momento en que una mujer abría desde dentro la puerta de hierro forjado al tiempo que me miraba con atención. Dejé de oprimir el botón al instante, como si me hubieran sorprendido haciendo algo indebido, y miré a la mujer a los ojos, luego fui bajando la vista lentamente hasta que ésta se detuvo por cuenta propia a la altura de sus pechos, que asomaban ligeramente por el escote de su blanca blusa, anunciando un contenido digno de ser admirado en mejor ocasión.

– Parece que está usted llamando a mi casa –dijo con una sonrisa que me sedujo–, ¿deseaba alguna cosa?

– Se equivoca señora, llamo a la puerta nueve –respondí nervioso y atontado al mismo tiempo.

– En ella vivo yo –aseguró sin abandonar aquella sonrisa que empezaba a cautivarme.  

Me estaba poniendo cada vez más nervioso, me daba perfecta cuenta, y podía echarlo todo a perder si no reaccionaba de inmediato, así que me decidí a tomar las riendas de la situación.

– Vamos a ver –dije mientras extraía un par de papeles del portafolios– ¿es usted doña Adela Monzón?

– Sí, la misma –se limitó a responder.

– Encantado, señora, ¿cómo está usted? –pude decirle pese a lo confuso que me hallaba–. Soy agente del Instituto Nacional de Estadística.

Mi amigo tenía razón cuando me dijo que la gente no se fija en las fotos de los carnés. Echó una ligera mirada a la tarjeta sólo porque se la puse delante y siguió mirándome a los ojos y sonriendo, sin decir nada en absoluto. Tras unos segundos recobré el aplomo para decirle:

– Lo siento, creo que he venido en mal momento. Veo que va usted a salir... Si le parece podemos concertar una cita para otro día.

– Aún no me ha dicho para qué me buscaba.

– Una encuesta... Me han encargado que le haga una encuesta, pero podemos dejarlo para otro día que no tenga usted nada que hacer.

– Lo que tengo que hacer no es importante –respondió mientras cerraba la puerta del patio–, sólo iba a dar un paseo.

Muy tentado estuve de decirle que podía encuestarla durante el paseo, o mejor en una terraza de la playa, ante unas copas, pero no me pareció propio de un agente del Instituto de Estadística. Así que me limité a decir lo apropiado:

– No quisiera causarle molestias.

– No me las causa, tranquilícese. ¿Le parece que subamos?

Más que una pregunta me pareció un mandato, quizá porque mientras lo decía comenzó a caminar hacia el interior.

El ascensor no pudo tardar mucho en alcanzar el quinto piso, puesto que era mucho más moderno que la finca, pero me dio tiempo a pensar en un sinfín de cosas mientras permanecimos dentro. Antes que nada, que allí se estaba produciendo un error tremendo o una broma pesada. No podía ser, aquella mujer no podía ser Adela, la Adela que escribió lo que escribió en la funda del disco. En primer lugar estaba la cuestión del tiempo, de la edad. Aquello fue escrito, probablemente, en el setenta y tres, y ya entonces se sentía con más de mil años encima. Pongamos que tuviera bastantes menos, cuarenta, por ejemplo, que es cuando uno, o una, puede sentirse con muchos más y no antes. Bien, desde el setenta y tres hasta el momento del ascensor habían pasado veintinueve años, más cuarenta suman sesenta y nueve años. Esa era, más o menos, la edad que yo le hacía a la mujer. A veces no tantos, cuando pensaba que tal vez no le dio por escribir en el disco hasta algunos años después. Podía hacerle, como mínimo, unos sesenta años, ésos no se los quitaba nadie.

Precisamente, en momentos de ensoñación, cuando me daba por pensar que me hubiera gustado estar con ella en aquella situación, se iba todo a rodar al caer en la cuenta de la diferencia de edad, porque cuando la mujer escribió aquello yo sería un niño de once años. Parecida sensación experimentaba en algún momento al ilusionarme con la idea de encontrarla, siempre terminaba diciéndome que sólo podría conocerla de manera superficial, su aspecto, digamos, y poco más, ya que una mujer de edad tan avanzada no iba a despacharse en confidencias conmigo. La mayor parte de las veces, sin embargo, me parecía suficiente recompensa el hecho de tenerla delante y saber que era ella, la misma que aquella noche de anís escuchaba a Gardel y se sentía sola y triste.

Pero aquel día, cuando creí que iba a suceder, que la iba a tener delante aunque sólo le pudiera preguntar cuántos electrodomésticos había en la casa, todo se derrumbó de pronto. Porque aquella mujer que me sonreía en el ascensor, atractiva y algo más joven que yo, de ojos llenos de vida y cabello rizado, brillante y oscuro como el universo, que olía a delicias pese al calor de la cabina del ascensor, aquella mujer no podía ser la que buscaba. Ni su hija, como llegué a pensar en algún instante, porque no se llamaría Monzón de apellido. Eso no tenía sentido. Debía tratarse de una broma pesada, pero, ¿con qué objeto?

Una idea feliz tuve en cuanto dejamos el ascensor, es decir, dos: le pediría el carné de identidad con el pretexto de que lo necesitaba y comprobaría el nombre y la foto, y luego le diría que rellenase con su letra alguno de los impresos prestados por Daniel para luego comparar su letra con la que figuraba el la funda del disco.

 
3

 
La casa me pareció pequeña, aunque más que suficiente para una sola persona. Estaba decorada con gusto sencillo, al menos las dos piezas que vi ese día, el pequeño vestíbulo y el comedor, donde me invitó a sentarme. El comedor daba a la calle, y en uno de los lados vi una puerta a medio cerrar por la que se accedía al balcón, cubierto por una persiana de de cintas de madera que partiendo de la parte superior de la puerta se deslizaba con suave curvatura hasta la barandilla de hierro donde se apoyaba para bajar luego libremente por fuera como medio metro. Entraba tamizada la luz de la tarde y producía una sensación agradable de frescor. La buganvilla destacaba en el balcón, a través de la abertura que dejaba la puerta entornada, repleta de flores de un rojo violáceo. Aproveché la oportunidad:

– ¿Me permite que me acerque a admirar la buganvilla?

Respondió con un gesto afirmativo y se acercó a abrir la puerta completamente. Tal como había sospechado el día anterior, apenas se podía salir al balcón repleto de macetas.

– Es preciosa –exclamé maravillado, expresión que valía tanto para la buganvilla como para la persona que tenía a mi lado, cuya mano rozó dos veces la mía mientras ambos acariciábamos la planta.

La corta visita al jardín del balcón nos sirvió para comprobar, y manifestar, que teníamos en común, al menos, el amor a las plantas. Me pareció una buena manera de empezar una encuesta, aunque no sabía ni lo más mínimo sobre el particular.

Estaba sentado de nuevo y sacando papeles del portafolios, cuando oí detrás de mí la voz de la mujer:

– Voy a ponerme algo más cómoda.

Regresó pronto, y no sabría decir si el cambio de ropa me gustó o si hubiera preferido que siguiera como estaba. Se había puesto una camiseta con una gran flor azul serigrafiada. Ya no lucía el escote, pero en compensación la prenda se ajustaba tanto al busto que me producía un nerviosismo quizá impropio del agente de un organismo oficial. De cintura para abajo, sin embargo, se había producido el efecto contrario; antes el pantalón se ceñía a sus caderas y muslos y ahora era muy holgado, aunque también muy corto, dejando al descubierto unas piernas perfectas muy bronceadas.   

– ¿Le apetece tomar algo? –preguntó sonriente, y, aunque su sonrisa incitaba a aceptar lo que fuera, tuve la sangre fría de decir que no muchas gracias. Prefería abordar el asunto cuanto antes.

Se sentó frente a mí y pasó su mirada ligeramente por los papeles que iba sacando. Le pedí el carné de identidad para unas comprobaciones y no puso la menor objeción. Quería mirarlo detenidamente, así que le acerqué un impreso rogándole que lo rellenara mientras yo inspeccionaba el carné por si tenía trazas de ser falso. No lo era, por supuesto, y su nombre completo era Adela Monzón Añón, nacida el doce de marzo de mil novecientos sesenta y cuatro. Treinta y ocho años. ¡Asombroso!

El impreso que le entregué lo rellenó con rapidez, en realidad había muy pocas casillas, y me lo devolvió sin olvidar su sonrisa. Lo compararía en casa, tranquilamente, con el escrito del disco, pero ya parecía bastante claro que la letra era la misma, sobre todo la misma que la del segundo párrafo. Entonces se me ocurrió algo de pronto:

– Disculpe, señora, pero respecto al ofrecimiento de antes, ¿no me invitaría a una copa de anís?

– ¿Anís? No creo que tenga en casa. ¿No le apetece algo fresco?

– Bueno, –me animé a decir– ¿tiene cerveza?

– Por supuesto, ahora se la traigo. Creo que yo tomaré otra.

Mientras iba a la cocina intenté reflexionar. Vamos a ver, me dije, si esta mujer es Adela tiene que beber anís... La verdad es que no tiene por qué hacerlo; en aquella ocasión estaba muy deprimida, y quizá el anís le va bien para superar esos estados de ánimo; a mí, sin ir más lejos, me sienta bastante bien tomar en tales casos ginebra con zumo de limón, mientras que estando bien sólo tomo cerveza. Era bastante notorio que ella no estaba deprimida aquella tarde, más bien al contrario; se diría que, a juzgar por la luz de sus ojos, por sus gestos, se hallaba llena de vitalidad, incluso me atrevería a asegurar que parecía feliz, al menos más de lo que cabría esperarse ante la visita inoportuna del entrevistador de un centro oficial.

Cuando regresó con las cervezas, dos latas y sendos vasos, me acordé de mi educación:

– Es usted muy amable, señora, y me temo que estoy abusando de su amabilidad.

– No se preocupe, no está abusando de nada –respondió–. Le diré una cosa: estaba dispuesta a dar un aburrido paseo por el parque y de repente me encuentro tomando una cerveza con un chico simpático. Me parece esto mucho más agradable.

Le di las gracias por el halago, aunque no entendía por qué me consideraba simpático. El hecho, en cualquier caso, es que cada vez me parecía más evidente el buen humor de la mujer, y también creía observar en ella una disposición favorable hacia mí, no sabía si hacia mi persona o hacia lo que representaba, es decir, el Instituto de Estadística. Me apetecía más considerar la primera posibilidad, lo que me producía una sensación de calor tan sofocante que casi apuré la cerveza de un trago. Pero no estaba allí para contemplarla, ni para hacerme ilusiones sobre ella; mi misión sólo era averiguar si escribió alguna vez aquellas frases. Así que convenía ponerse cuanto antes a preguntar.

– Si le parece, continuamos con la encuesta –solté aparentando profesionalidad.

Le pareció bien, aunque no respondió nada; lo manifestó cruzando los brazos y apoyándolos en la mesa en actitud de colegiala aplicada. Le advertí que se trataba de una encuesta muy especial que sólo se realizaba de vez en cuando, y que podrían parecerle extrañas algunas preguntas. Si prefería no responder a algunas de ellas, estaba en su derecho, pero si respondía tenía que decir la verdad.

Me había propuesto dar muchos rodeos antes de ir a las preguntas clave, pero la ansiedad no me lo permitió y empecé por lo que realmente me interesaba.

– ¿Vive sola?

– Sí –respondió con rapidez pasmosa, como si hubiera estado esperando desde siempre que alguien le preguntara eso.

– ¿Puede decirme desde cuándo vive sola?

– Prefiero que nos tuteemos, si no te importa –me soltó–.  Si te está permitido.

– Por supuesto –respondí satisfecho por el avance, porque ciertamente lo consideraba un avance, aunque en el fondo lamenté no haber sido yo quien diera ese paso–. ¿Desde cuando vives sola?

– Es ésa una pregunta difícil de responder... ¿Cómo has dicho que te llamas?

– Carlos. ¿Por qué es difícil? ¿Acaso no lo recuerdas? No es necesario que seamos muy exactos, bastará con una aproximación.

Olvidó de pronto su sonrisa y su mirada se perdió en la superficie de la mesa durante algunos segundos. Descruzó los brazos y se llevó una mano al cabello, jugando los dedos con uno de sus rizos oscuros. Me miró al fin de nuevo y fingió sonreír antes de decirme:

– No es eso... Verás; desde hace un año, hasta dos meses atrás, no sé si puede decirse que vivía acompañada. Antes sí, durante algunos años... Pero luego... Bueno, venía alguien y pasaba aquí unos días cada mes.

– Está bien. ¿Vives sola ahora?

– Sí, vivo sola.

Me hubiera gustado saber lo que significaba exactamente lo que había dicho, me apetecía preguntarle quién era ese alguien y qué relación mantenía con él, pero no era oportuno agobiarla, y dado que había empezado a notar en ella síntomas de tensión decidí modificar el rumbo. Empecé a preguntarle por los aparatos eléctricos que había en la casa. Los enumeró, pero se olvidó de uno al menos, de uno que además yo estaba viendo desde que me senté. Pregunté:

– ¿No tienes tocadiscos?

– Sí, claro que tengo –afirmó señalándolo al tiempo que sonreía de nuevo, como si me presentara a un familiar querido–, además colecciono discos.

No pude reprimirme y le pedí que me enseñara la colección fingiendo compartir su afición. Accedió encantada, como hacen todos los coleccionistas en un caso así. Estaban los discos en el pasillo por falta de espacio junto al aparato, por lo que tuve ocasión de seguirla unos pasos y admirar su hermosa figura morena, perfecta aunque no muy alta.

Ciertamente era una buena colección, con gran variedad de temas y autores, clásicos y modernos. Haría falta mucho tiempo para ver todas las carátulas, así que fui mirando algunas de manera aleatoria, buscando, aunque no me lo confesara, algo escrito a mano en las fundas. Nada descubrí y no era cuestión de pasarse allí el resto de la tarde. Le pregunté si no tenía alguno de Carlos Gardel, que siempre me recordaban mucho a mi padre los tangos de Gardel. Sí los tenía, al menos cinco, y me los enseñó, pero no había en ellos nada escrito a mano, aunque sí una pequeña etiqueta con su nombre y dirección.

– Si te apetece puedes poner alguno –dijo en un tono que me dio a entender que a ella no le apetecía.

– Muchas gracias, pero tendremos que continuar con la encuesta si no te importa. Pero, permíteme una pregunta a propósito de los discos. Hay gente que tiene la costumbre de escribir en las fundas, ¿tú no lo haces?

– No –respondió escuetamente.

– ¿Nunca lo has hecho?

No contestó ni sí ni no, sólo preguntó si ello tenía alguna importancia para el Instituto de Estadística. Parecía algo molesta, por lo que me apresuré a decirle que ninguna en absoluto, y añadí que sólo había sido una tontería por mi parte, una curiosidad estúpida.

Volvimos a la mesa dispuestos a continuar con la encuesta y cuando se sentó parecía relajada, y hasta contenta. Me ofreció otra cerveza, que rechacé agradecido aunque me dio la idea para una pregunta posterior, no para soltarla inmediatamente; había otros temas que tratar:

– Veamos, ¿has estado casada alguna vez?

– No, nunca.

– Por lo que has dicho antes deduzco que sí conviviste con alguien.

– Exactamente.

– ¿Te fue bien la relación?

– ¿No crees que eso es sólo de mi incumbencia?   

– Por supuesto... Perdona. Olvídalo. ¿Has tenido hijos?

– No.

– ¿En qué trabajas?

– Soy maestra.

– ¿Tienes coche o algún otro vehículo?

– Un coche y una bicicleta.

Esa era una de las preguntas importantes para mí, aunque no aportaba nada relacionado con su personalidad. Sucede que dado que no tengo ningún vehículo, siempre me interesa mucho saber si las mujeres con las que trato lo tienen. Puede resultar muy cómodo, si la relación prospera, para los desplazamientos.

– Bien –proseguí–, ahora pasemos a otro tema. ¿Qué tipo de bebidas consumes habitualmente? Me refiero al consumo en el domicilio, no a lo que tomas cuando vas de copas.

– Aparte de agua, compro zumos y alguna cerveza.

– ¿No tomas anís?

– ¿Anís? No, en todo caso alguna vez.

– ¿En qué circunstancias? ¿Podrías decirlo? Hay gente que toma anís cuando se deprime.

– Pero, ¿a qué viene eso?  ¿Tú eres agente de estadística o psiquiatra?

Estaba metiendo la pata y empezaba a sentirme muy nervioso Temía que de un momento a otro la mujer me fuera a poner en la calle, así que le pedí disculpas tres veces, y además le expliqué que esa entrevista se me iba de las manos debido a que su presencia me ponía muy nervioso, ya que nunca había encuestado a una mujer tan atractiva e interesante como ella, por lo que, lamentándolo mucho, tenía que dar por terminada la entrevista con los datos obtenidos hasta el momento. Si el Instituto necesitaba más, ya mandarían a alguien menos impresionable que yo.

– Si necesitan más datos, puedes venir cuando quieras. Anótate mi teléfono y me llamas.

Había recuperado su sonrisa, y su mirada me parecía muy tierna, como si fuera ella la que me había molestado y pidiera disculpas con los ojos. Anoté el teléfono, le di las gracias y un fuerte apretón de manos y le dije que estaba encantado de haberla conocido. Ella me respondió que también e insistió en que la llamara si lo consideraba oportuno. Iba a estar en casa todo el verano.

Las primeras valoraciones las hice en el autobús de regreso a casa, y las impresiones eran ambivalentes. Por un lado debía sentirme contento de haberla encontrado con tanta facilidad, y de haber tenido un encuentro tan agradable, pero al mismo tiempo iban aflorando pequeños síntomas de frustración en forma de serias dudas sobre la identidad de la mujer. La verdad es que, salvo el nombre y el domicilio, Adela no se parecía en nada a la persona que había imaginado. ¿Tenía acaso que parecerse la realidad a lo conjeturado? Quizá no, pero había datos concretos que se tenían que haber corroborado y no sucedió. Por ejemplo, la mujer que escribió lo de la funda del disco debía ser muy mayor, y tal vez no muy agraciada en cuanto al físico. Aquellas frases, además, debieron ser escritas tiempo atrás, ya que la funda en cuestión estaba bastante deteriorada por el uso, y esta Adela, por entonces, debía ser una niña, no tan precoz que se emborrachara con anís y se sintiera con más de mil años encima. Otro detalle a tener en cuenta; hoy en día nadie se dedica a escuchar a Gardel mientras toma anís, desde luego.  Por otro lado, la mujer a la que acababa de entrevistar no mostraba la menor afición por el anís, ni parecía propensa a la depresión.

Ya en casa corrí a buscar el disco para comparar la letra de la carátula con la del formulario, y el parecido era asombroso; no cabía la menor duda de que la misma mano intervino en ambos escritos, y un sinfín de explicaciones iba elaborando para no sentirme fracasado. Una de ellas, que me pareció bastante plausible, se basaba en que alguna amiga suya, de avanzada edad, se llevó una vez el dichoso disco de la colección con la intención de no devolverlo nunca, lo que le llevó a tapar el nombre de la propietaria con una etiqueta en blanco.

Al principio me sentí satisfecho por haber llegado a una conclusión medianamente satisfactoria, pero pronto caí en la cuenta de que no casaban algunos elementos. Porque estaba el asunto de la letra, por ejemplo, que sin lugar a dudas era la de Adela, y no la de ninguna amiga... A no ser que ésta imitara a conciencia la letra. ¿Durante una borrachera de anís iba alguien a preocuparse de imitar la letra de otra persona para describir su estado? De ninguna manera, vaya estupidez. Tal vez no estaba borracha la ladrona del disco, ni se sentía sola, ni con más de mil años encima. Lo más probable sería que estuviera lo bastante serena para ponerse a imitar la letra de otra. No era casual que las primeras palabras estuvieran trazadas de manera algo torpes y luego, al final, fuera ya más rotunda y segura la caligrafía. Pero, admitiendo todo eso, ¿con qué objeto lo haría? Parece bastante sencillo de explicar: con el único objeto de perjudicar a su amiga, ya que los posibles lectores del mensaje la tomarían por borracha, además de depresiva y vieja. Entonces, ¿para qué tapó la etiqueta con su nombre y domicilio? Muy sencillo: sólo la quería tapar durante un momento, el tiempo justo que tardaba en escribir en la funda para no ver el nombre de su amiga porque la odiaba. Luego iría a casa de Adela con cualquier excusa y volvería a dejar el disco con disimulo en el mismo lugar del que lo cogió después de destapar la etiqueta, así, cualquier visitante que fuera a admirar la colección se percataría en seguida del mensaje de la funda.

No, no parecía lógico que lo devolviera. Lo llevaría a una tienda de compraventa donde pudiera verlo más gente, pero se olvidó de quitarle la etiqueta que tapaba el nombre.

¿Convendría avisar a Adela para prevenirla de sus falsas amistades? Primero tenía que estar seguro de que no lo escribió ella misma.        

 
4


Dejé pasar el domingo, y el lunes, muy avanzada la mañana, le telefoneé. Pareció alegrarse de mi llamada, lo dijo y se notaba en el tono de su voz que era sincera. Le aclaré que no se trababa de recabar más datos para la encuesta, sino concertar una cita para hacerle un regalo en nombre del Instituto en agradecimiento por su colaboración. Era cierto que se trataba de un regalo del Instituto de Estadística, aunque no fuera dirigido a ella exactamente. Daniel me regaló una vez una agenda con el logotipo del organismo, y en otra ocasión un archivador de piel para documentos. Los regalaban a los entrevistados de períodos largos, a aquellos que eran visitados durante un año o más en lo que llamaban encuestas continuadas. Alguna vez le sobraba alguno a Daniel y me lo daba. Fue precisamente al anotar el número de teléfono de Adela en la agenda cuando, al ver el logotipo, recordé que tenía el archivador intacto, y entonces se me ocurrió la idea del regalo, un magnífico pretexto para volver a verla.

Quedamos en que iría a su casa esa tarde alrededor de las siete. Llegué a las siete en punto porque hice tiempo paseando por los alrededores; la ansiedad me hizo salir muy pronto de casa. La encontré en la puerta al salir del ascensor, sonriente y hermosa, y vino a mi encuentro ofreciéndome la mejilla. La besé mientras posaba una mano sobre su antebrazo moreno. No me lo esperaba. No podía figurarme ese saludo tan efusivo cuando trataba de imaginar durante el paseo cómo sería su recibimiento. Vislumbré diversas posibilidades, pero en ningún caso imaginé  una acogida tan calurosa.

Algo diferente noté en su aspecto cuando la seguía hasta el comedor, hasta que caí en la cuenta de que tenía el cabello mucho más corto, aunque seguía rizado y oscuro.

– Veo que has ido a la peluquería –dije en cuanto alcanzamos el comedor y la tuve frente a mí, ligeramente a contraluz.

– Sí, esta misma tarde –respondió al tiempo que daba unos toques a los rizos a la altura de la nuca–, Pero me han cortado muy poco. No sé cómo has podido darte cuenta.

– Me he percatado en seguida... Te sienta muy bien, y no lo digo por cumplido.

– Muchas gracias, me alegro de que te guste. ¿Quieres tomar algo?

– Una cerveza, pero primero te daré el regalo.

Destapó el envoltorio poco a poco, lanzándome de vez en cuando miradas sonrientes que me perturbaban. Al fin descubrió el archivador y lo celebró con un silbido. Y entonces, al ver la forma que adoptaban sus labios, sentí un deseo irresistible de besarla, o, al menos, de tocar esos labios con las puntas de mis dedos. Pero nada de eso hice: sólo me dediqué a observarla. Se notaba muy a las claras que se había arreglado más que la primera vez que la vi, que ni siquiera se pintó los labios. Ahora destacaban rojos y apetecible sobre su tez morena, mucho más que los finos y largos pendientes plateados que rozaban a veces los tirantes de la camiseta negra, de generoso e inquietante escote, que dejaba a la vista un sujetador también negro y buena parte de lo que sujetaba. La postura era propicia, pues se hallaba de pie ante mí, inclinada ante el archivador sobre la mesa. El pantalón blanco, de tela muy fina, ponía de manifiesto unas formas tan apetecibles que no pude evitar que mi mirada se quedara allí demasiado tiempo. Debió notarlo, y quizá por eso salió a por cerveza.

Tenía que andar con más cuidado. No podía echarlo todo a perder por una falta imperdonable de dominio de mí mismo. Adela era muy guapa y me encantaba contemplarla, pero al mismo tiempo tenía la necesidad de aclarar el asunto del manuscrito del disco. Si me dejaba llevar por su atractivo físico podía perder la capacidad de analizar los detalles que, si estaba atento, podían llevarme a resolver el misterio.

Por otra parte, debía abandonar esa especie de embobamiento en que me sumergía cuando pensaba que se había puesto así de guapa para recibirme, porque lo más probable sería que se hubiera arreglado para salir en cuanto le diera el regalo y me marchara. Seguramente habría quedado con alguien.

Cuando volvió con las cervezas yo tenía el archivador en las manos, haciendo cálculos sobre su capacidad.

– No caben los discos –lamenté–, qué pena. Bueno, te servirá para otra cosa.

– ¡Está de puta madre! –exclamó

La frase me dejó paralizado. Era la misma expresión utilizada en el manuscrito. Entonces la miré con atención y traté de imaginarla borracha de anís, triste y nostálgica, escribiendo aquello en la funda del disco. No podía ser. Su pregunta me sacó de mi parálisis:

– ¿Te asusta mi lenguaje?

– En absoluto –reaccioné–. Estaba abstraído mirando lo guapa que eres.

– Vaya, muchas gracias –respondió–. ¿Sabes que tú tampoco estás mal? Además, eres muy simpático.

Puede que considerase de verdad que no estaba mal, sólo es cuestión de gustos personales, pero lo de simpático no había por donde cogerlo. Jamás en la vida me había dicho nadie que me creía simpático: nunca lo he sido, al menos eso creo. De todas maneras, he de confesar que me gustó que me lo dijera. Y más aún lo que siguió:

– Me imagino que estarás muy ocupado y tendrás tus obligaciones familiares, pero si no fuera así te diría que me gustaría que fuésemos a la playa a tomar una copa y charlar.

Reaccioné de inmediato.

– No tengo obligaciones de ningún tipo, y si las tuviera las abandonaría para ir contigo a la playa.

– ¿Llevas coche?

– No, no tengo. Voy siempre en autobús.

– Iremos en el mío.

Hubo un momento en que quizá tenía que haberle hablado de las verdaderas razones por las que fui a visitarla fingiendo ser un agente de encuestas, y tal vez allí mismo hubiera aclarado de una vez el dichoso misterio del disco, pero no me atreví por temor a que frenara el coche, abriera la portezuela, me empujara y me dejara tirado en la calle. Fue cuando se interesó por mi profesión. No podía decirle toda la verdad, pero le dije parte y con miedo. Le expliqué que no era agente del Instituto, ni lo había sido nunca, aunque tenía un amigo que sí lo era, y valiéndome de él fingí serlo sólo por tener la oportunidad de tenerla cerca. La había visto alguna vez por la calle y me gustó mucho, así que me las ingenié para poder hablar con ella.

Detuvo el coche y se quedó seria durante unos segundos, con las manos en el volante y mirando al frente. De pronto se volvió hacia mí y empezó a reírse a carcajadas, poniendo una mano sobre mi rodilla.

– Pues te ha salido bien –dijo entre risas–. Pero, ¿te llamas Carlos o no?

– Claro que me llamo Carlos.

Dejó de reírse y me miró con una profundidad estremecedora. Después se aproximó a mí con rapidez y depositó un suave beso en mis labios. Arrancó el coche y siguió adelante. Entonces me atreví. Muy lentamente puse mi mano sobre su pierna, y noté estremecido la carne caliente y tersa bajo la delgada tela. Pronto su mano estaba sobre la mía, para afirmarla más.

Habíamos llegado a la Malvarrosa, cosa que lamenté porque en aquel momento hubiera deseado un viaje infinito. Aparcó el coche y caminamos hacia la orilla del mar, todavía salpicada de bañistas pese a la hora avanzada de la tarde. Juntos, cogidos de la mano, contemplamos el ligero oleaje. Seguramente ninguno de los dos entendía lo que estaba sucediendo. Solté su mano para pasar el brazo por sus hombros y atraerla hacia mí. Ella cogió mi cintura, luego se volvió y me abrazó con fuerza. Nos besamos. Notaba la presión de sus pechos mientras las olas empezaban a invadir la playa y nuestros pies se hundían en la arena mojada. Por mí podíamos habernos hundido besándonos hasta el fuego de las entrañas de la tierra, pero ella temió por su pantalón blanco y corrimos hacia la zona seca. Con la arena adhiriéndose a los bajos mojados de nuestros pantalones llegamos al paseo marítimo y nos sentamos en una terraza donde pedimos dos cervezas. Adela me miró fijamente a los ojos, sonrió y pasó una mano sobre mi cabello, luego enlazó sus dedos con los míos.

– Hacía tiempo que te esperaba –me dijo en voz baja

– Si no me conocías, ¿cómo podías esperarme?

– Te intuía.

Mirando la línea azul verdosa del mar recordé de pronto que no había hecho ningún avance en mi investigación. Fue un pensamiento fugaz, pero lo tuve, y hasta pregunté de pronto a Adela:

– ¿No tienes amigas?

– Algunas, sí, ¿por qué?

– ¿Les prestas discos?

– ¿Discos? Pues no, esos discos ya no interesan. Ahora se llevan los compactos.

– ¿Nunca le has dejado uno a nadie, a una amiga mucho mayor que tú, por ejemplo?

– No lo recuerdo. Pero, ¿por qué te interesa tanto saberlo?

– En realidad no me interesa, era una tontería sin sentido.

Era una tontería, sí. Y a partir de aquel momento se acababa para siempre la historia del disco; en cuanto llegase a casa lo tiraría a la basura. Ahora la vida estaba junto a mí y dentro de mí. Lo más maravilloso que uno puede soñar lo tenía al alcance de la mano. De todas maneras, pensándolo bien, el disco no lo tiraría porque le estaba agradecido, ya que por él había encontrado a aquella mujer extraordinaria.

– ¡Se está aquí de puta madre! –exclamó Adela de pronto.

Otro pequeño sobresalto que duró poco. Era ésa una expresión que utilizaba mucha gente y no había por qué darle más vueltas. Así que respondí:

– Sí, tienes razón, se está de puta madre.

Tras ese acuerdo quiso Adela saber cosas de mí, y la verdad es que había poco que contar. Funcionario de mediano nivel sin demasiado interés por mi profesión. Aficiones: la música clásica, la literatura, el bricolaje, el mar y el tabaco. Seguramente en orden inverso. Nada espectacular. Personaje solitario, con pocas amistades y escaso éxito con las mujeres, un tanto maniático y nostálgico en ocasiones. Y poco más que decir sobre mí. Sobre ella, sin embargo, apenas dijo nada, se las ingenió para evadir las respuestas de manera que apenas se notara.

 La noche invitaba a un nuevo paseo por la orilla, ya sin bañistas ni gritos histéricos de adolescentes. Y fue aquel un paseo que toda mi vida recordaré, lleno de besos, de dulzura y de palabras, de las mismas palabras repetidas una y otra vez, que las brisas del mar se llevarían pronto tierra adentro para seguir repitiéndose en una habitación de un quinto piso en la calle Algeciras. Ninguno pensó siquiera en cenar, aunque en la playa habíamos acordado hacerlo en un restaurante próximo al puerto muy de mi gusto. No lo eché de menos en absoluto, y aquella noche hice algo por primera vez en mi vida: besar a una mujer en un ascensor.

La habitación de Adela era la pieza más amplia de la casa. En realidad era la suma de dos habitaciones, una mediana y otra más pequeña, convertidas en una sola al derribar un tabique unos meses antes. La cama era antigua, con cierto aire modernista, herencia de su madre, y sobre ella lucía una lámina de gran tamaño de El nacimiento de Venus, de Botticelli. En la pared que daba a la calle, dos pequeñas ventanas protegidas por cortinas de ganchillo, y entre ambas una cómoda también antigua, con tapa de mármol verde, a juego con el historiado armario ropero, heredado también. Sobre la cómoda un portarretratos de madera con una foto suya de niña, con cara regordeta y tirabuzones, y otra, más reciente, incrustada en un bloque de metacrilato, de un grupo de jóvenes entre los que estaba ella, muy joven y con el cabello largo. Al lado de esta foto una muñeca con la cabeza de porcelana.

Todo lo vi en apenas un minuto y luego desapareció. Dejó de existir en el mismo momento en que Adela comenzó a desprenderse de la ropa, primero la camiseta y después los pantalones. Por el momento no siguió porque se lo impedí al acercarme a ella para abrazarla, para abarcarla con mis brazos enteramente, como si tuviera el propósito de agotarla de un trago en lugar de saborearla poco a poco. Un desespero tremendo del que logré al fin desprenderme unos segundos para poder tomar conciencia del hecho increíble de tenerla desnuda entre mis brazos.

Creo que lo más gratificante de todo fue el momento de despertarme, sobre las seis de la mañana, y sentirla a mi lado, desnuda y morena, vuelta hacia mí, abrazándome dormida con una pierna sobre las mías y un brazo posado sobre mi pecho. No me moví durante largo rato para no romper aquel encanto, pero al fin tuve que pensar en levantarme para acudir al trabajo, ya que desde allí tendría que coger dos autobuses.

Se despertó mientras yo buscaba café en la cocina y acudió a ayudarme.

– ¿No podrías hoy dejar el trabajo? –preguntó mientras se abrazaba a mí.

Tal vez podría haberlo hecho, pretextando cualquier molestia, pero la verdad es que quería irme, salir de allí aunque no me apeteciera lo más mínimo para pensar en lo sucedido, para buscar una explicación a aquel hecho. Le dije que precisamente ese día no podía faltar, pero nos veríamos pronto.

– ¿Cuándo nos veremos, cariño?

Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba cariño, y así se lo dije. Y ella lo repitió cinco o seis veces en mi oído mientras me acariciaba la nuca.

– ¿Vengo esta tarde? –le susurré.

– Sí, te estaré esperando.
 

5

 
En toda la mañana no hice nada de provecho en el trabajo, y tampoco empleé el tiempo en reflexionar como me propuse; sólo era capaz de revivir mentalmente cada uno de los momentos de la tarde y noche anterior, y sobre todo ese despertar prodigioso. La imagen de Adela no me abandonaba ni un segundo, ni su imagen ni sus besos junto al mar, ni aquella visión del cuerpo moreno desnudándose y tendido más tarde junto a mí, sereno, relajado ya después de tanto ajetreo amoroso.

El camino de regreso a casa fue silencioso, para extrañeza del compañero de trabajo con el que siempre coincidía en el autobús. Me lo dijo, es decir, me preguntó si me pasaba algo porque me encontraba raro. Le respondí que no se preocupara, que me había sucedido algo tan extraordinario que no podía contárselo hasta pasado un tiempo, porque tenía la sospecha de que no era más que un sueño, o tal vez algo que, aun siendo real, podía desvanecerse con solo proclamarlo. No se conformó el compañero con esa explicación pero quedó tranquilo al saber que lo que me sucedía podía interpretarse de manera positiva.

Tenía una extraña prisa por llegar, una prisa sin sentido manifiesto pero no carente de él, ya que en cuanto entré en casa fui directo a buscar el disco. Lo encontré en el pequeño taller. Lo cogí, fui con él a la cocina, saqué una cerveza del frigorífico y me fui con todo a la salita. Allí leí de nuevo, varias veces, el manuscrito. Después lo metí en una bolsa con la idea de llevárselo a Adela; ella me daría una explicación razonable y nos divertiríamos al contarle las historias que elucubré a propósito del dichoso disco. Por fortuna me di cuenta a tiempo de la tontería que iba a hacer. Era para darse de bofetadas, después de tanta fascinación y tanto goce estropearlo todo de esa manera tan absurda. No sería de menor calibre la estupidez de tirar el disco a la basura, puesto que el día de mañana, cuando ya Adela no fuera más que un recuerdo, siempre tendría el disco que me llevaría a rememorar aquellos momentos tan dichosos. Eso sí, por el momento a olvidarse de él, guardado entre los otros discos, mezclado con ellos donde cayera para no encontrármelo de buenas a primeras y volver a las andadas.

Comí cualquier cosa y me tumbé en el sofá, lo que rara vez hago; debía de estar cansado del trajín nocturno desacostumbrado para mí. No hubiera estado nada mal dormir un poco para presentarme más tarde ante Adela fresco y descansado, pero las ansias de verla me lo impidieron. Ella dormía la siesta, por lo que no era oportuno llamarla tan pronto. Nunca, ni siquiera la primera vez que me enamoré, estuve tan excitado e ilusionado. Tal vez si hubiera salido con más mujeres me lo habría tomado con más calma, pero no era el caso. ¿Habría salido ella con muchos hombres? Me parecía más que probable, lo extraño era que en ese momento estuviese sola una mujer con tantos encantos. Bien, a fin de cuentas también ella dijo algo parecido refiriéndose a mí. Seguramente no pasaba de ser una amabilidad. ¿Cómo una amabilidad? ¿Y los besos quemantes? ¿Y la noche de rabioso amor? ¿Era eso amabilidad? Había algo más. Alguna vez tenía yo que dejar de ser tan inseguro y tímido con las mujeres.

Con tanta reflexión me había quedado sin tabaco, por lo que decidí ducharme, cambiarme de ropa y salir a la calle. Compraría tabaco y daría un paseo hasta que se hiciera una hora prudente de visitar a alguien en verano.

Tuve el buen criterio de dar el paseo por el barrio de Adela con el fin de conocer el entorno en que se movía: el pequeño parque donde paseaba en ocasiones, las tiendas... Lo de las tiendas era importante, porque seguro que más de una vez tendría que bajar a comprar algo, cigarrillos, cervezas, preservativos, en fin, quién sabe. Y comida, claro. Adela aún no conocía mis habilidades culinarias y no tenía que pasar mucho tiempo sin que disfrutara de mis guisos. Esa misma noche le prepararía una cena para chuparse los dedos. Tardé, pero encontré una pescadería y una tienda donde compré un buen vino blanco, cargando con todo hasta la casa de Adela.

Me recibió con un abrazo en mitad del rellano y me puse un poco nervioso  porque la mujer no llevaba más que una camiseta, aunque larga.

– ¿Qué traes ahí? –preguntó extrañada al ver la bolsa de la pescadería.

– Una merluza.

– Han cambiado mucho las cosas: antes los caballeros regalaba flores a las señoritas –dijo riéndose.

– No encontré flores en tu barrio, pero espero que una merluza en salsa verde sea un buen sustitutivo.

Aquella fue una tarde tranquila y tierna; tal vez ambos estábamos más interesados en conversar que en meternos en la cama.  Yo estaba sentado en el sofá y ella tumbada sobre él apoyando su cabeza en mis piernas. Nos cogíamos de la mano y con frecuencia yo posaba la mano libre sobre uno de sus pechos, por encima de la camiseta, con levedad, sin excitación.  Me habló de su familia: sólo dos hermanos, de un pueblo del interior, pueblo de viñedos que dejó para estudiar magisterio, de un par de amigas muy queridas a las que no veía en los últimos tiempos, de su inclinación a la melancolía. Yo le conté buena parte de mi vida, la correspondiente a mi infancia sobre todo, la única digna de retener en la memoria, si descontamos, claro está, los últimos días. Respondió con ambigüedades a las preguntas relativas a sus relaciones anteriores, y no se interesó por las mías en absoluto.

Me hizo de pronto una pregunta que me sorprendió, dejándome un tanto confuso:

– ¿Cuánto crees que durará esto?

– Todo el tiempo que quieras. A mí me gustaría que durase toda la vida –respondí cuando me recuperé de la sorpresa.

– Toda la vida no durará, seguro que no. Apenas nos conocemos, y siempre, en los primeros momentos parece que todo va a ser diferente a otras veces... Bueno, pero no pensemos es eso ahora. La verdad es que estoy muy bien ahora, de puta madre, y eso te lo debo a ti. Te lo digo de verdad; aunque todo termine pronto, te deberé siempre algo muy importante.

Iba a decirle que yo también, pero me interrumpió poniendo un dedo sobre mis labios.

– Te diré una cosa –prosiguió–, hace apenas unas semanas creía firmemente que nunca más miraría a un hombre y que estaban agotadas las posibilidades de relacionarme, y de repente llegas tú y todo cambia: vuelvo a sentirme como si tuviera dieciocho años, y tanto me lo has repetido que hasta me veo guapa. Pero la verdad es que en el fondo, y aún en los peores momentos, me decía que tal vez un día llegase alguien que fuera capaz de despertar en mí alguna atracción. Y aquí estás. Y resulta que no sólo me atraes, sino que además me ves con buenos ojos y te parezco guapa.

Quise saber la causa de aquel momento de depresión, pero no le apeteció hablar de ello, prometiendo que me lo contaría cuando nos conociésemos más. De todas maneras le dije lo que pensaba, que su belleza era un hecho objetivo, no una apreciación mía, y su encanto personal también, y lo serían siendo aunque yo no existiera. Frase que me valió un beso delicioso.

Sin embargo, poco después sucedió algo que empañó por un instante la complacencia de la tarde. Ella tomaba zumo de limón y se me ocurrió que no estaría mal tomarme otro con un poco de ginebra. Solía tomar eso cuando me encontraba con el ánimo bajo porque siempre me animaba, y la verdad es que sabía bien, pero no lo tomaba en otras ocasiones porque lo asociaba a los momentos depresivos y pensé que aquella era una magnífica ocasión para pasar a asociarlo a situaciones agradables. Le pregunté si tenía ginebra en casa y respondió secamente que no mientras soltaba de pronto mi mano. Se incorporó luego y miró hacia el balcón, para volverse de inmediato hacia mí en actitud tensa.

– ¿No puedes pasar sin la ginebra? –gritó casi histérica.

Me quedé atónito, sin poder responder hasta transcurridos algunos segundos:

– Claro que puedo pasar sin ginebra. Pero, Adela, ¿por qué te pones así?

Se abrazó a mí llorando y me pidió disculpas entre sollozos. Acaricié los rizos de su cabello y le besé en el cuello, susurrándole que se tranquilizara, que nada  había pasado. Se despegó al fin de mi pecho y buscó mi boca con la suya, luego me miró blandamente y aún había lágrimas en sus ojos cuando me susurró:

 – Te quiero, Carlos... Perdóname

Insistí en que no tenía la menor importancia y le pedí que lo olvidara. Se tranquilizó al fin y volvió a tumbarse en el sofá, cogiéndome ambas manos.

– Lo siento, pero no hay ginebra. No te puedo explicar las razones ahora, pero nunca más habrá ginebra en esta casa... Y quiero pedirte un favor: me gustaría mucho que no tomaras esa bebida en mi presencia. Si me aprecias, no lo hagas.

Lo prometí, incluso estuve seguro de que si tanto le molestaba no la bebería ni en su ausencia. Renuncié a preguntarle por el motivo de tal fobia; más adelante tendríamos ocasión de hablar de todo lo habido y por haber, ya que teníamos larga vida por delante en común.

Se hizo la hora de preparar la cena. Ella no era muy aficionada a la cocina, así que celebró muchísimo mis inclinaciones culinarias. Le pregunté si poníamos vino blanco en el guiso siguiendo la receta ortodoxa o lo dejábamos, algo escarmentado por lo de la ginebra. Hubiera sido una verdadera pena no añadirle tal ingrediente, pero yo estaba dispuesto a todo con tal de no disgustarla. Aceptó que lo añadiera de manera entusiasta, por lo que deduje que no tenía nada contra el vino, ni contra la cerveza, ni contra el cava porque propuso bajar a compra una botella mientras yo preparaba la merluza; sólo le horrorizaba la ginebra. Bien, todos tenemos nuestras manías.

Le gustó tanto la cena que me sentí en la gloria. Disfrutaba viéndola reír por cualquier cosa con una alegría natural, ayudada un poco, tal vez, por las copas de cava.

– Ha sido una verdadera suerte encontrarte –exclamó–, y lo digo en todos los sentidos.

– No me has encontrado, fui yo quien te encontró a ti porque te buscaba.

– Ya te dije ayer que yo, de alguna manera, también te buscaba, incluso te intuía.

Una noche estupenda. Pero llegó la despedida porque, aunque ella estaba de vacaciones, yo tenía que trabajar al día siguiente. Volveríamos a vernos dos días después, el jueves, para ir al cine y tomar una copa, y el sábado la cita sería en mi casa para comer; deseaba Adela conocer el lugar donde vivía.

De las dos citas, la más importante para mí era la del sábado. Sentía que sería "más mía" en mi casa. De todas maneras, el jueves también fue una tarde muy agradable. Hacía mucho tiempo que no iba al cine, y todavía más que no tenía agarrada a la chica de la butaca de al lado. Hacía al menos ocho años y aquella chica no era ni sombra de Adela. También la ligera cena en la playa estuvo bien, y el paseo interrumpido por un fuerte y corto aguacero. Y qué decir de la noche de amor, quizá menos compulsivo que la primera vez, pero más elaborado y rotundo, realizando además curiosos descubrimientos.

Toda la tarde del viernes, y buena parte de la noche, la dediqué a los preparativos; limpieza profunda de la casa, examen minucioso de los objetos para decidir si debían cambiar de lugar o simplemente desaparecer. Por fortuna un par de meses antes tuve el acierto de tirar la vieja y estrecha cama en la que dormía, consejo de mi hermana, y comprar una grande, con los consiguientes juegos de ropa. Las sábanas verdes con pequeñas flores y la colcha a juego era lo que tocaba. Lo estrenaríamos todo. Compraría flores el sábado por la mañana y todos los ingredientes para un menú exquisito que elaboré en el trabajo, y helado. ¿Le gustarían los helados? Los compraría por si acaso, y zumo de limón. ¡La ginebra! Tenía que esconder la ginebra en el tambor de la lavadora, como hacía cuando venía mi hermana.  El Atlas del siglo diecisiete lo pondría en lugar bien visible; seguro que le iba gustar, y si mucho le gustaba se lo regalaría. Tenía que acordarme de darle cuerda al antiguo reloj de pared, ése si que iba a impresionarle, sobre todo cuando le dijera que estaba inservible cuando lo compré en el rastro y lo hice funcionar.

Una excitación tremenda me acompañó hasta la cama, y no conseguí dormirme hasta pasadas dos horas, que empleé en pensar en Adela, en mí mismo, en ambos, y en que nada tan estupendo me había sucedido nunca. Pero, ¿cómo una mujer como ella se había fijado en mí?

Me levanté temprano pese a haber dormido poco. Primero repasé la lista de la compra para cerciorarme de que no se me olvidaba nada y escribí unas notas sobre el orden en que tenía que empezar a preparar la comida, después recorrí toda la casa para ver el aspecto que tenía, dando un toque aquí y allá, cambiando algún objeto de lugar. A las nueve salí a la calle, primero iría al supermercado y luego a la floristería; periódico no habría ese día. A las diez y media ya podía estar en la cocina, con tiempo más que suficiente.

A las dos en punto, tal como habíamos acordado, llegó Adela. Nada más entrar se deshizo en halagos sobre mi casa, y a medida que avanzaba por ella iba aumentando su entusiasmo. Sin embargo, no se podría decir que aquella casa fuera un modelo de decoración, la verdad es que estaba llena de objetos variopintos, antiguos por lo general, sin la menor relación entre ellos; objetos que fueron desechados por alguien en algún momento porque dejaron de ser útiles y que yo restauraba y hacía funcionar de nuevo. De la misma manera, el mobiliario era una extraña mezcla de estilos, si es quo alguno de los muebles poseía estilo. Sucedía lo mismo que con lo demás; eran piezas reparadas por mí, y algunas totalmente hechas con mis manos. Con ese entretenimiento pasaba buena parte de las tardes antes de ponerme a leer a las ocho. No dejaba de resultarme curioso el hecho de que a la mayor parte de la gente le gustase mi casa pese a la disparidad del contenido. Y a Adela, era obvio, le estaba encantando.

Después de comer y recibir los halagos de Adela relacionados con mis dotes culinarias pasamos a la salita, puesto que el sofá resultaba mucho más apropiado para reposar la comida fumando que las incómodas sillas del comedor, y allí caí en la cuenta de que no habíamos tomado café. Ella se ofreció a prepararlo pero no se lo permití; me había propuesto que no haría el menor trabajo doméstico en mi casa, al menos la primera vez, así que fui a la cocina y ella se tumbó en el sofá.

Cuando volví a la salita con la bandeja, no pude evitar que ésta se me cayera al suelo al comprobar lo que había sucedido en mi ausencia. Adela, mientras esperaba, vio el mueble con los discos y, coleccionista como es sintió curiosidad por ellos. Tal vez miró con rapidez uno por uno, o fue directamente a coger aquel por pura casualidad. ¿Cómo no había previsto aquello? ¿Cómo pude ser tan estúpido? El caso es que allí estaba Adela, de pie, de espaldas a mí y mirando a través de la ventana con el disco de Gardel en la mano. Su actitud era tan tensa que parecía una figura de cera, y ni siquiera el estruendo de la bandeja al caer, con tazas y cafetera, le hizo reaccionar. Mi mirada iba de Adela al charco de café con los trozos de porcelana esparcidos, contemplando atónito ambos desastres. Un pensamiento veloz pasó por mi cerebro: ya tenía la seguridad de que aquello lo escribió ella.

Abandonó la parálisis con lentitud. Primero cogió el disco con ambas manos y lo situó a la altura de los ojos. Luego se volvió hacia mí poco a poco con una mirada que desconocía en ella, triste y furiosa al propio tiempo, ofreciendo a mi vista la portada del disco.

– ¿Qué significa esto? –preguntó en voz baja, en un tono que parecía indicar vergüenza en vez de rabia .

No se me ocurrió nada en absoluto y ella volvió a hacer la misma pregunta, pero entonces a voz en grito, histérica. Yo seguía mudo, sin saber qué decir.

– ¿De dónde lo has sacado? –siguió preguntando furiosa.

Resultaba más fácil decir de dónde lo había sacado que explicar lo que significaba, quizá por eso respondí:

– Lo compré.

Caminó nerviosa por la salita de un lado al otro, mirando el disco de vez en cuando. Se detuvo al fin, muy cerca de mí, lanzó el disco en dirección al sofá y se encaró conmigo:

– Así que lo compraste –había una rara ironía en el tono–. Y dime, ¿fue antes o después de hacerte pasar por agente de encuestas? No, no me lo digas, yo te lo diré: fue antes. Viste mi nombre y dirección y te propusiste ir a ver qué tal era la mujer que escribió eso. Te dijiste: he aquí a una mujer sola y desesperada a quien nadie quiere, a ver lo que puedo sacar de ella. ¿No es así? Si te hubieras encontrado con una mujer vieja y fea te habrías ido espantado después de un par de preguntas, pero viste que no era así y decidiste aprovechar la ocasión. Eres un cerdo, ¿lo sabías?

– Bueno –balbucí–, déjame que te explique.

– No tienes nada que explicar. Está todo muy claro... No se te ocurra volver a llamarme nunca. ¡Qué idiota he sido! El disco me lo llevo, al fin y al cabo me pertenece y no quiero que ande por ahí.

Tropezó en el pasillo con una vitrina y oí el entrechocar de cerámicas, y al instante el fuerte golpe de la puerta al cerrarse. Poco después sólo oía los impetuosos latidos de mi corazón.

Me dejé caer en el sofá y contemplé hipnotizado el charco del café, los restos de las tazas, las cucharillas... ¿Cómo no tiré a la basura aquel maldito disco? Esa misma pregunta me la repetí unas veinte veces, hasta que otra idea dolorosa vino a ocupar mi mente: me había llamado cerdo. Sólo en un par de minutos había pasado de los halagos más conmovedores, de las frases más amables, de los gestos más cariñosos, a llamarme cerdo. ¡Maldito disco! ¿Y ahora que hago?

Sacar la botella de ginebra de la lavadora, eso fue lo que se me ocurrió hacer, y el zumo de limón del frigorífico. Mezclando ambas cosas pasé la tarde, hasta que ya no pude ni ir al lavabo sin apoyarme en las paredes. Conseguí llegar a la cama y tumbarme sobre la nueva colcha verde con flores diminutas, y así la estrené, con una diabólica espiral girando sobre mi cabeza.

El domingo me levanté con un tremendo malestar y un sabor de boca horrible. Fui a la cocina dispuesto a tomarme unos cuantos cafés, pero no encontré la cafetera por ningún lado y desistí, ya los tomaría en el bar de la esquina. Fui a la salita a sentarme un rato en el sofá y allí descubrí la cafetera en el suelo, la mancha seca de café en las baldosas, los restos de las tazas, y el azucarero milagrosamente entero. Recordé lo sucedido y lamenté haberme despertado. Pero estaba despierto y algo debía hacer, por ejemplo limpiar aquello. Y al volver a la cocina, de camino, me encontré con la mesa repleta de platos sucios, vasos, cubiertos, latas vacías de cerveza. Era aquel un espectáculo muy triste, terrible. Me encontraba muy mal, pero pese a ello decidí hacer desaparecer aquellos indicios de una velada que prometía ser feliz y fue un infierno.

Cuando no quedó ni rastro salí a la calle, tomé un par de cafés en el bar de la esquina y esperé el autobús para ir al rastro. Tal vez, a pesar del calor sofocante y del dolor de cabeza, encontrase algo con lo que pudiera entretenerme el resto del día, el resto del mes, y ojalá pudiera ser el resto de mi vida.

 
6


Estuve toda la semana con malestar. La resaca pasó pronto, pero el ánimo lo tenía por los suelos, pisándolo de continuo. Menos mal que no estaba de vacaciones, porque así al menos tenía las mañanas ocupadas intentando entregarme al trabajo con más dedicación que de costumbre. Por las tardes, cuando el sol bajaba lo suficiente, me acercaba a la playa de la Malvarrosa a dar un paseo, y el aire del mar y el espacio infinito daban algún respiro a mi angustia. Volvía a casa cuando ya era noche cerrada, tomaba alguna cosa y me acostaba para intentar dormir, la mayor parte de las noches sin éxito.

Fue el sábado cuando, al ir a cruzar la calzada para alcanzar el Paseo Marítimo, me llevé aquel sobresalto. Me acerqué para cerciorarme, con la esperanza de haberme equivocado, pero no, se trataba sin lugar a dudas del coche de Adela, aparcado entre dos furgonetas. Me detuve y miré a todos los lados por si la veía en alguna parte. Escondido tras una de las furgonetas observé el paseo. Nada, no estaba por allí. Sin embargo, no me atrevía a abandonar mi escondite y tampoco encontraba razón suficiente para quedarme allí. Era miedo lo que sentía y ansiedad al mismo tiempo, un deseo tremendo de verla y un miedo atroz a que me viera ella. Al fin me decidí a continuar, pero no iría por el paseo sino por la orilla del mar, con menos riesgo de tropezarme con Adela.

Pero estaba en la orilla, quieta frente al mar escrutando el horizonte. La vi de espaldas y su figura me pareció más hermosa que nunca. No estaba rígida, sino que tenía una apariencia elástica: su contorno formaba una ligera curva, desplazándose hacia la izquierda a la altura de las caderas, lo que confería una gracia singular a su silueta. Al verla supe que la amaba y que la amaría siempre. ¿Y si me acercaba y se lo decía? No querría ni escucharme, con toda seguridad, pero, por otro lado, no perdía nada con intentarlo. Si escapaba de mí horrorizada me sentiría muy mal, y algo me decía que eso era lo que iba a suceder, pero sabía muy bien que las mayores frustraciones en la vida tienen su origen en lo que dejamos de hacer, creyendo que debemos hacerlo, y no en el fracaso de algo que hacemos. Convencido de ello me encaminé hacia Adela con las piernas flojas por el nerviosismo pero resuelto.

Llegué a su lado y, mirando también hacia el horizonte, le dije:

– Hola, Adela, ¿puedo hablarte? Me gustaría explicarte algo.

La miré cuando noté que se volvía hacia mí, y no vi en su expresión el odio que temía encontrar.  Sí había tristeza, e indicios evidentes de cansancio.

– Hola, Carlos –respondió–, ¿quieres que hablemos?

– Sí, por favor.

– Está bien, te escucho.

Caminó unos pasos, distanciándose de la orilla, y se sentó en la arena. Mientras la imitaba comencé a hablarle:

– Mira, Adela, te lo explicaré todo. Encontré el disco, como te dije, en una casa de compraventa de objetos usados que suelo frecuentar; allí conseguí muchas de las cosas que viste en mi casa. Me llamó la atención lo que había escrito y decidí llevarme el disco a casa. Pensaba que lo escribieron hace mucho tiempo y me preguntaba cómo sería ahora la persona que lo escribió. Al tiempo que curiosidad, sentía mucha ternura hacia ella, incluso pensaba que me hubiera gustado estar con esa mujer cuando se hallaba en tal situación... Después descubrí la etiqueta con el nombre, quitando otra que la cubría, y me entró un deseo incontenible de averiguar quién era. Sólo eso, ver a la mujer una sola vez y luego olvidarlo todo. Ya sabes que hasta suplanté a un agente del Instituto de Estadística. Pero no había mala intención, era más bien una chiquillada. No tenía las intenciones que tú crees, te lo aseguro, Adela, pero te vi y me impresionaste mucho, quiero decir que me gustaste como nunca me ha gustado nadie, y no podía ya renunciar a estar unos momentos contigo. Después te has ido metiendo muy hondo en mí, y te he querido mucho, y te sigo queriendo más que a nadie he querido nunca, aunque no nos volvamos a ver. Ahora lo único que deseo es que me perdones, que no me odies.

Antes de que terminara, ella puso su mano sobre la mía que se apoyaba en la arena, y pronto esa mano subió por el brazo hasta posarse en mi hombro.

– No te odio –dijo con triste dulzura.

Luego se tumbó en la arena boca arriba y me arrastró tras ella. Y así permanecimos en silencio durante algunos minutos, hasta que incorporándose de pronto me preguntó:

– ¿Me dejas que te cuente una historia?

– Me gustaría mucho –respondí. Y mi ánimo se iba serenando y ascendiendo.

– Tenía un novio al que quise mucho –comenzó mientras miraba el horizonte de nuevo–. Estaba muy enamorada, tanto que creía que nunca volvería a estarlo de esa manera. Al principio todo era delicioso, como ocurre siempre, y estaba segura de que aquello no se podía terminar, que aquel amor estaba destinado a permanecer inalterable a lo largo del tiempo y de la historia. Me parecía estar viviendo una novela romántica de las que terminan bien. Pero poco a poco, sin apenas darme cuenta, se fue convirtiendo en una historia atroz...

Se interrumpió para mirarme fijamente y no supe qué esperaba encontrar en mí. Se acercó más y cogió mi mano, entrelazando sus dedos con los míos. Luego continuó:

– Empezó a beber. Al principio no abusaba demasiado, pero iba aumentando la dosis semana a semana. Y él, que nuca venía a casa sin un regalo, empezó a llegar cargado con botellas. Ginebra, siempre ginebra. Peleamos por ello muchas veces, pero no sirvió nunca de nada y llegaba a emborracharse casi a  diario. Un día le dije que si no dejaba la ginebra no seguiría con él, amenaza que no le impresionó lo más mínimo, y no sólo eso, sino que me dijo que no me necesitaba para nada y que por él se había terminado, que no soportaba a una mujer tan remilgada, incapaz de tomar una copa con él. Se marchó y me alegré de ello, pero me engañaba a mí misma, porque pese a todo seguía enamorada y no podía vivir sin él. Hice enormes esfuerzos por superar su ausencia, recuperando para ello amistades que había abandonado por él. Me propuse preparar unas oposiciones para sumergirme en el estudio y olvidarle, pero todo fue inútil. ¿No te estoy aburriendo?

– En absoluto. Sigue si te apetece.

– Bien, pues, como te digo, todo fue inútil. Una noche me atreví a llamarle y pedirle que viniera, rogándole que no me abandonase porque no podía vivir sin él. Me colgó el teléfono y me sentí muy desgraciada. Los amigos intentaban ayudarme, pero no podían. Sabía que aquel amor se había convertido en algo patológico, pero no podía hacer nada por salir de ese estado y cada noche me sumergía en la angustia y la desesperación. Un día me dijo una amiga común algo que me llevó a pensar que podía recuperarlo. Estaba arruinado, un problema con Hacienda le había dejado prácticamente sin nada, y del trabajo ya lo habían echado debido al alcohol. Sólo tenía una pequeña renta de no sé que cosa, y se la gastaba en bebida, aunque, según mi amiga, sólo tenía para las dos primeras semanas, por lo que el resto del mes estaba forzosamente sereno. Esa información me dio la idea que me permitiría tenerlo junto a mí durante algunos días al mes... Sé que es una atrocidad, pero lo hice, y aunque siento mucha vergüenza te lo voy a contar: Le llamaba la última semana de cada mes y le decía que le invitaba a unas copas de ginebra, y él aceptaba y se presentaba en casa. Se mostraba cariñoso conmigo hasta que se emborrachaba y le daba por insultarme. Ahora me parece increíble haber soportado esa situación, pero así sucedió... ¿Sigo?

No me apetecía que siguiera con aquello, pero ya estaba metido en esa historia y tenía que saber el final.

– Sí, continúa.

– Una noche de las que no vino, primeros de mes, lo eché tanto de menos que me la pasé llorando. Por nada del mundo hubiera tomado ginebra para animarme, pero sí me puse unas copas de anís, tal vez demasiadas, restos de una botella que trajo una amiga tiempo atrás. Me sentía tremendamente sola, con mucha nostalgia de los primeros tiempos de nuestra relación. Me parecía que de aquello hacía mucho tiempo, más de mil años, y por tanto me sentía vieja. La nostalgia me llevó a acariciar sus regalos, entre ellos un disco de la colección que me trajo él, el disco de Gardel que tenías en casa. Después de la primera copa se me ocurrió escribir en la funda lo que sentía. Más tarde, por algún extraño fenómeno, las copas empezaron a proporcionarme lucidez en lugar de ofuscación. Y en pocos minutos empecé a tener claro que debía terminar totalmente con aquello. Fue algo muy extraño, porque de pronto me sentí liberada, llena de fuerzas para romper aquella relación grotesca. Y tan decidida y segura estaba que me sentí feliz por un momento, de puta madre, y lo escribí también en el disco. ¿Te imaginabas algo así?

– No, claro que no... ¿Cómo podía imaginarlo? ¿Puedo hacerte dos preguntas?

– Todas las que quieras.

– Primera: ¿Es cierto que terminaste con él para siempre?

– Sí, es verdad, aunque no resultó tan sencillo. No le he vuelto a ver ni sé nada de él, ni ganas. Me ayudó mucho un viaje a Italia, Roma y Florencia.

– La otra pregunta: ¿Qué hiciste con el disco?

– El disco lo partí en pedazos y la funda la eché a la basura, así que el  que tú tenías lo debió meter alguien después y no es el que corresponde. Seguramente lo encontraron en la basura y lo aprovecharon para otro disco de Gardel sin funda. Luego lo venderían en esa tienda en la que tú lo compraste.

– Y ahora, ¿qué piensas hacer? –pregunté ansioso.

– ¿A qué te refieres?

– A nosotros.

Me miró intensamente a los ojos y descubrí en su mirada una rara ternura. Al fin respondió:

– Te diré la verdad. Te quiero y me gustas, y creo que me estoy enamorando de ti. Cuando pasó mi peor momento empecé a tener esperanzas de encontrar alguna vez a un hombre que volviera a ilusionarme, pero no me encontraba con ánimos de salir y conocer gente. Una amiga me repetía "No esperes que vaya a buscarte a casa". Pues sí, te parecerá ridículo pero eso hacía: esperar que viniera a buscarme a casa. Y, mira por donde, viniste a buscarme a casa. ¿Te reirás de mí si te digo que supe que eras el que esperaba desde que te vi?

– Por supuesto que no me reiré –respondí con absoluta seriedad.

No se lo dije, pero estaba convencido de que aquel manuscrito en la funda del disco tenía ese objetivo: estaba destinado a mí. Era como el mensaje de un naufrago encerrado en una botella y arrojado al inmenso océano, pero lanzado con una trayectoria tal que sólo podía llegar a mis manos.

– Y hablando de otra cosa –dijo Adela–, ¿tienes en tu casa algo para preparar una cena de esas ten exquisitas que sabes hacer?

– Claro que sí. ¡Verás qué cena!

– De puta madre.

¡Deja algún comentario! 

Artículos relacionados