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"¿El destino es incierto? ¿O somos cómplices con nuestras acciones?"

Fotógrafo y periodista de investigación, esa profesión por la que creo, me pagan bastante mal, aun así, no me importa pues soy de una familia bien posicionada, y en cuanto tengo alguna necesidad solo necesito levantar el teléfono. Adicto un poco al whisky, si es que hay alguna medida que marque la adición y muy seguro de mí con un par de copas.  Mí aspecto para serles sincero, es bastante común; bajo, muy moreno y bastante desaliñado, suelo vestir con lo primero que encuentro en el armario y además odió planchar. No soy nada profundo, ni persona de grandes ideas o grandes cavilaciones, soy de esos que pierden el tiempo realizando encargos mientras espera el destello de sus musas, que le cambie la vida. O sea el bicho raro del lugar. Perdón no me he presentado formalmente, mi nombre es Michael Rowling , el mismo nombre que mi padre y que mi abuelo, fea costumbre que se transmite en mi familia.  

Mi razón de estar en esta historia comenzó hace unos cuatro meses, cuando el destino quiso poner una oportunidad en mi vida. Y así dejar de escribir algo que no fuesen los típicos temas manidos de periodismo barato de declaraciones e insultos y las noticias vacías de contenido.

Recibí una llamada para otro aburrido encargo; National Geographic me enviaba a Chiapas México para sacar unas fotos, un lugar encantador con un volcán en activo, en época de verano con más de 30 grados y 85 porciento de humedad, plagas de mosquitos. Increíble se me erizaba el cuerpo solo de pensarlo, pero un rechazo de este trabajo significaba el olvido para el Nacional. Sin más fui a Chiapas en busca de la pirámide donde se encontraba la famosa tumba de un tal Rey Pakal. Después de veinte mil escalas, llegue al ansiado aeropuerto de Tuxtla donde me esperaba un guía con su típico cartelito entre las manos que ponía Sr. Michael Rowling, increíblemente más moreno y bajito que yo y hablando un rancio inglés.

Hicimos varias horas de carretera para llegar a Palenque y luego interminables y dolorosas pistas de tierra hacia la pirámide, mientras mantuvimos una conversación de lo más aburrida e irritante, seguramente me estaba haciendo efecto el bochornoso calor y las ganas de una copa llena de hielos bañados en alcohol. Una vez allí este anecdótico guía se pegó a mí como un pulpo y sin parar de hablar, si lo hubiese amordazado me seguiría hablado por las orejas,  con total seguridad.

Mí salvación llegaba cuando este se encontró con alguien conocido, que creo sería un familiar, digo, por el gran parecido, si es verdad que a mí me parecían todos iguales. Fue mí momento, salí raudo y disimulando hacia la famosa tumba, esquivando sudorosos turistas. Entre en aquel oscuro pasillo húmedo, de forma cuadrada y adornado con insólitos cráneos, palpando las paredes que encerraban siglos de historia,  sacando decenas de fotos mientras de vez en cuando echaba un vistazo tras de mí, era consciente de que no se podía utilizar el flash, pero este espantoso viaje lo tenía que acabar bien. Una de estas miradas hacia atrás me hizo tropezar contra la pared y por alguna razón que desconozco frente a mí se abrió una losa de piedra dejando un pequeño hueco, creo que activé algún mecanismo oculto.

— ¿Que había hecho?

—Yo no toque nada.

Empecé a justificarme como si tuviese junto a mi algún responsable de la pirámide. Después de hacer el imbécil durante un rato, decidí, porque no curiosear un poco, supuse que aquella losa se abrió para mí por alguna razón que aun desconocía, pero el irónico destino me escogió, así que me metí dentro del hueco sin más. Gateé unos segundos y me encontré en una reducida cámara oscura, asfixiante y húmeda. Apenas podía ver un metro más allá de mí y me acorde de la cámara.

— ¡El flash, claro! — Comencé a lanzar flashes alejando algo la cámara de mi cara para intentar ver que había en aquel lugar. Decenas de vasijas de barro apiladas en una esquina, figuras de hombrecitos pintados siniestramente simpáticos, máscaras de color verde craquelado con ojos blancos, nada de valor para mí excepto un gran libro colocado sobre una banqueta. Tuve que disparar el flash varias veces mientras me acercaba para estar seguro del todo. Me pareció a simple vista interesante el hallazgo, un manuscrito con tapas de cuero grueso que tenían sus bordes protegidos  con un marco de metal  cobrizo y del mismo metal un cierre que lo mantenía presionado, en medio de la tapa principal logre ver un sello esférico también metálico con dos extraños ciervos de enorme cornamenta y cuerpo rallado, se mantenían en pie, uniendo sus patas delanteras.

Pero — ¿qué hacer? —, vacile durante un tiempo, lo que estaba pensando hacer era deleznable y delictivo, pero el que no arriesga no… Descargue mi mochila vaciándola de ropa y en su lugar introduje con sumo cuidado el libro. Salí de allí hacia el pasillo con toda la rapidez que me dejo mi cuerpo engarrotado más por el delito, que por la satisfacción de lo encontrado. Coloqué de nuevo la losa en su sitio lanzando tierra sobre ella con la intención de borrar alguna marca o señal y salí al exterior intentando disimular y hacer ver que andaba algo perdido.

El corazón parecía que me iba a explotar, me sentía como un niño después de hacer alguna travesura, como echaba de menos una copa. ¡Dios!, no creía que aquello me estuviese pasando, bajé aquellos enormes e interminables escalones y con prisa, entré y me senté en el interior del jeep a la espera del guía mientras respiraba profundo con una sensación de alivio que me invadía.

— ¡Por fin estas aquí!—Le dije con ansiedad al guía.

—Llevo un buen rato esperando, mi trabajo aquí ya está terminado.

— ¡Vámonos!, no aguanto más este calor— eso fue lo primero que se me ocurrió en ese momento, sé que parecía muy apresurado, pero los nervios me estaban invadiendo de nuevo.

Ordené al guía que me llevase directamente al aeropuerto, ni hoteles, ni restaurantes, mi intención era irme cuanto antes. No sé si llegó a extrañarse pero en aquel momento, la verdad es que me daba bastante igual. Y de nuevo el bla bla bla del viaje, otra vez esa verborrea que a me importaba bien poco, más cuando no podía dejar de pensar en el libro. No recuerdo bien si se me hizo largo o corto este regreso al aeropuerto, si recuerdo que nada más llegar compré varias carísimas camisas guiris imponibles con las que cubrí el libro, no era cuestión, que tanto sacrificio se fuese por la borda, por una estupidez como era dejarlo a la vista.      

 El control de aduanas me preguntaron lo típico, ­— ¿tiene algo que declarar?— y la siempre y pesada — A sido muy corta su estancia aquí— a lo que le conteste mientras le enseñaba la tarjeta de empleado del National Geographic.

—Mi trabajo es rápido, cuatro fotos y ya está.

Finalmente entre en el avión, con una ansiedad extrema, buscando un asiento libre que no tuviese vecinos curiosos. Era mí momento, quedaban al menos doce horas de vuelo con escalas, tiempo suficiente para pensar, ver lo que había secuestrado y tomarme mi primer Whisky etiqueta negra, la ocasión y mi cuerpo lo merecían. Ahí estaba yo, respirando profundamente de nuevo mientras apretaba la mochila entre mis brazos y miraba a la azafata cuerpo diez, bueno ahora mismo que la estoy recordando se me ocurren otros calificativos no tan correctos.  Lo que más me reconforto fue el delicioso escote que logre ver de aquella señorita mientras me servía una copa de Whisky y unos desabridos cacahuetes. Llegue a pensar que ese escote no lo había visto al entrar al avión y que se había cambiado de uniforme para mí. A que suena estúpido, pues sí, siempre me han pasado cosas así, seguramente por mi mente enferma en cuestión de sexo. Aun así, aquello solo quedo en algunas miradas, más mías, que de ella.

Me desperté, había dormido como un bebé varias horas, llegué a pensar que los nervios y el interés que me causaba el libro no me dejarían coger sueño, pero el cansancio me pudo, la verdad es que no estaba seguro si el agotamiento era debido a la charla del guía o a la ruinosa carretera rompe huevos.

A más de 30.000 pies, no sé si por la presión o por lo la copa que me tomé, la vejiga me imploraba ir al fondo a la derecha, mientras el cerebro me pedía otra cosa. Levanté la cabeza en busca de la ausencia de fisgones, agarré con fuerza de nuevo la mochila y salí apresurado hacia el claustrofóbico cuarto.

Pase el fechillo de ocupado, levanté la tapa y allí me postré, irónicamente me sentía como el Rey Midas en su trono apunto de encontrar la gallina de los huevos de oro. En medio de un esfuerzo orgánico y placentero, saqué con delicadeza el libro de entre las camisas ya sucias de polvo y me lo coloque sobre mis piernas desnudas. Pase la mano sobre la tapa del libro de un lado al otro levantando una polvareda que invadió el reducido y opresivo  cuarto, aparté el polvo y al fin puede contemplarlo; extrañamente estaba intacto como si el tiempo no hubiese hecho mella en él, ni un solo rasguño, ni el más mínimo defecto, no parecía tener más de veinte años y su gruesa cubierta era de color rojo carmesí con un grupo se signos o caracteres grabados en el medio. Sinceramente, cada vez me sentía más desconcertado, tenía la impresión de que aquella supuesta antigualla sería un fiasco y que de la trena no me iba a salvar ni Dios. Mire a mí alrededor en busca de cámaras y me dije con cinismo:

— ¿Sera una estúpida broma de algún programa de cámara oculta?

—Solo me faltaba eso — termine llevándome las sucias manos a la cabeza.  

Bueno, decidí no empezar por el principio sino al azar, agarré con delicadeza los bordes y lo abrí de golpe, rezando encontrar mi salvación en esas páginas. La cárcel, eso es lo que encontré, otro montón de insólitos símbolos colocados en un peculiar orden vertical,  en lugar del horizontal de cualquier escritura normal. Un nudo en la garganta comenzó a estrangularme, una incómoda agonía se apoderaba de mí ser y comencé a sentirme un verdadero imbécil.  Pasé y pasé hojas, una detrás de otra, diciéndome que tenía que haber algo de valor, más de lo mismo, algunos grabados de mapas y dibujos, hasta que llegué a la primera; tres símbolos de arriba abajo. Intenté quitarme pensamientos negativos de la mente y razonar.

—Tres símbolos

— ¿Podría ser el título?

—Y si es el título esto puede ser un manuscrito o un tipo de historia— me preguntaba sin parar.

Un golpe en la puerta me sacó de golpe de mí momento de meditación casi neurótica, era esa hermosa azafata de lindo escote que con su sensual voz me pedía que ocupase mí asiento y me abrochase el cinturón ya que íbamos a pasar por una zona de turbulencias. Recogí todo y comencé a lavarme las manos mientras le decía.

—Un momento, por favor.                   

En cuanto me senté, tuve de nuevo aquella sensación de sequedad en la garganta y una necesidad imperiosa de tomarme otro Whisky, pero esta vez sin frutos rancios. Con cada sorbo mi mente se llenaba de pensamiento e ideas, como si el alcohol me estuviera activando aquellas neuronas dormidas. Agarré mi libreta de apuntes y comencé a escribir ordenadamente para no olvidar nada, una de las pocas buenas costumbres que tengo:

1.       Localizar por internet los símbolos. Si no:
-           Enviar correos o hacer llamadas a expertos en lenguas muertas.

Si es que son lenguas muertas. (Garabato que añadí a un lado)

2.       Averiguar la antigüedad.
3.       Escanear todo.
4.       Guardar una copia en mí PC.
5.       Si nada de lo anterior sale bien, destruir todo.

El vuelo llego a su fin. Ya estaba en mi tierra de encantadores fríos, de una increíble niebla mañanera que despierta el alma, de parques cubiertos de hierba, donde poder pensar acostado mientras miras al cielo, pasear vertido como te apetezca entre miles de personas sin encontrar algún conocido y sin que te observen por tu aspecto.

Después de esta meditación y antes de bajarme del avión, me llene de coraje y con un beso largo en la mejilla me despedí de la futura madre de mis hijos, mientras le daba una de las hojas de mi libreta doblada con mi teléfono y nombre.

—Por favor, llámame— suplique con una de mis sonrisas pícaras.

—Creo que te amo— y así me despedí esperanzado mientras ella seguía en lo alto de la escalera con la boca abierta sin mediar palabra.   

Reconozco que este vuelo fue bastante intenso, al contrario que la ida, que la pasé viendo películas; “Una jaula de grillos”, una película de guerra, y un avioncito moviéndose por la pantalla mientras indicaba los kilómetros y horas que faltaban para llegar, ósea un tranque de viaje. Para colmo no había ninguna azafata que me alegrase la vista, posiblemente soy muy exigente en mis gustos con el sexo femenino.

Al día siguiente me levanté algo más esperanzado de un sueño bastante infructuoso, mientras comía un mini desayuno y me tomaba una copa de refrescante JB activador de neuronas, desechaba la correspondencia y echaba un breve vistazo a los titulares del TIME como era de costumbre, luego coloqué en el equipo de música un CD de Pink Floyd y me senté en mi roída silla de cuero negro frente al PC y por supuesto la indispensable copa junto al teclado.

Un Click en el Internet exploré y luego en el buscador, me dispuse a desvelar el contenido del manuscrito, pasaron minutos que se convirtieron en horas, descargando páginas e imágenes. En mí aburrida e irritada vida jamás había leído tanto sobre mayas y aztecas, de vez en cuanto paraba para liarme algún relajante tabaco que dejaba para continuar en el cargado cenicero dedicado por mi travieso sobrino, que de vez en cuando me hacía alguna visita con sus cansinos padres.  

— ¡Mierda de buscadores!— grité dando un puñetazo al teclado, estaba agotado de perder el tiempo y seguramente algo bebido, juraría que la botella no estaba prácticamente acabada.

-Hay que saltar al paso dos, me rindo.- Me dije mientras tachaba la primera línea de aquella hoja llena de garabatos que escribí en el vuelo.

Era momento de comer algo, más por obligación, había perdido el apetito por todo este desconcierto, el alcohol y los incontables tabacos que consumí o me consumieron. Un par de sándwiches con queso, jamón y pepinillos fueron suficiente para recuperar energías y de postre otro whiskito.  

De nuevo navegando mientras colocaba la tecla “R” que hice saltar por culpa de mis estúpidos impulsos, esta vez en busca de especialistas en lenguas muertas. Esta vez tarde poco en encontrar lo que quería, cinco fueron las personalidades en el tema que localicé con su email, esto se mereció un trago más de una nueva botella.  

Me coloqué unos guantes de látex de un antiguo tinte intentando ser algo profesional y comencé a escanear con bastante cuidado el manuscrito, seleccione todos los grupos de símbolos con los que podría descifrar el contenido guardándolos en un documento, por supuesto que desconfiaba, es algo que siempre he tenido adherido a mi personalidad, será por eso que las amistades las cuento con los dedos de una mano. Luego envié sobrios emails, entendiendo que el documento adjunto abriría el interés y la expectación suficiente para que me respondiesen, eso sí, rogando total discreción.  De nuevo taché en mi libreta.

Noté un pequeño escalofrió en el cuerpo que me decía que el sol ya se había puesto y comenzaba a colarse el frío por las rendijas de las ventanas.

—Creo que he bebido demasiado, es momento de una ducha caliente y abrazarme al Dios Morfeo — dije mientras intentaba despegar mí cuerpo del cuero negro de la silla.     

Otro día más, otro sueño infructuoso, un despertar lleno de horribles legañas, un tremendo dolor de cabeza, una garganta extremadamente seca y mi conciencia que luchaba contra mi ansia por otra copa de alcohol. Otro día más de mini desayuno, desechando correspondencia, titulares del TIME, música de Phil Collins y vencido, una copa de Whisky.

Esta vez, tocaba el punto dos, averiguar la antigüedad del manuscrito, así que de nuevo me puse los guantes de látex, cogí unas tijeras esterilizadas y corté varios trozos de una hoja que estaba en blanco. Coloque en unas pequeñas bolsitas de plástico y luego en un sobre que mande por correo urgente a la Universidad de Yale en New Haven Estados Unidos.  Era el lugar con mejores referencias que había encontrado navegando por la red.

Llego el momento de la espera, mi labor se quedaba estancada, tuve que pasar muchas resacas y cortos sueños con jaquecas intensas antes de comenzar a recibir noticias, emails con negativas y un desconcertante correo certificado que decía;

 

Universidad de Yale

New Haven - Estados Unidos

Departamento de Investigación
 

Estimado Sr.  Michael Rowling. 

Reciba un cordial saludo del personal del departamento de investigación. A la vez que aprovechamos para darle los resultados de la prueba del carbono 14, los resultados son los siguientes.

-       Primer objeto  resultado con isotopos de carbono 14 = 12.800 años +/-.

-       Segundo objeto  resultado con isotopos de carbono 14 = 12.800 años +/-.   

-       Tercer objeto  resultado con isotopos de carbono 14 = 12.800 años +/- .

Este departamento por razones de incompatibilidad entre el tipo de objeto y los resultados, ha llegado a la conclusión de que dicho objetos estaban contaminados, dando resultado negativo.

-Análisis del objeto:

     80% Cyperus papyrus.
     18% Algodón.
     2% Otras materias orgánicas desconocidas.

Atentamente.

Dirección de Departamento de Investigación.

 

Pero que querría decir aquella carta.

— ¿Qué hace doce mil años no existía el papel?— me pregunté, estupefacto mientras consultaba con desesperación en la red.

—No entiendo nada.- Me dije, según encontraba datos en la Wikipedia.

—Es imposible, según esta página el primer papel se creó en el siglo dos después de Cristo, por un tal Cai Lun en China— leí en voz alta, mientras temblando de nervios intentaba liarme un tabaco.

— ¡Una diferencia de más de diez mil años!— seguía negándome.

La verdad es que era bastante difícil de creer, escrudiñando en la web, descubrí que las civilizaciones más antiguas se encontraban en torno a los 9.000 años a. C. y eran las de Mesopotamia y Egipto. Pero este manuscrito estaba al otro lado del planeta.  

La intriga se estaba apoderando de mi ser, si era una broma, estaba muy bien organizada y además quien sería el idiota que invirtiese tiempo para cavilar esta película de Alfred Hitchcock.

Sonó un beep en mi ordenador; sí, era un correo con respuesta, un atisbo de esperanza que aliviaba tanta negativa. El señor Fernando Rubio, antropólogo lingüista, me invitaba a su despacho en Portobello Road, que casualmente está a unas manzanas de Westbourne Grove, donde tengo mi piso. Pensé que esta noticia se merecía un buen lingotazo, pero de nuevo mi conciencia contraataco y esta vez tenía razón, sería bastante patético asistir a una reunión con este erudito en lenguas muertas, apestando a alcohol y sin mis facultades mentales en plena forma.

Al día siguiente, un efectivo sueño, un despertar refrescante, una cabeza despejada, aunque reconozco que mi garganta me pedía una copa mañanera. Un nuevo día de correspondencia ignorada, lectura tranquila de titulares del TIME y un merecido desayuno en Charlie’s Café.

Me sentía de nuevo como un niño, que espera regalos de Santa Claus, sentado en esa dura silla de madera oscura que te hacen sentir como en casa de tu anciana abuela, tomando un espumoso café con ese simpático dibujo de canela, un espeso zumo de naranja y unas casi quemadas tostadas con mermelada. Con el estómago lleno y el alma contenta salí del café en dirección a la oficina de mi salvador, después de pagar y dejar una propina merecida.

Era una pequeña y antigua casa de dos plantas con un color azul algo exagerado para mi gusto que me recordaba a las casas de muñecas y junto a la puerta una chapa de cobre que decía; Dr. Fernando Rubio, antropólogo lingüista, horario de 10:00 a 13:00. Pensé que me había equivocado de profesión, Dios lo bueno que sería trabajar solo tres horas al día. Apreté aquel diminuto pulsador de los años cincuenta y me mantuve rígido frente a la puerta intentando imaginar todo lo que me iba a contar, esbozando una leve sonrisa.

 Abrió de golpe, y sentí que la inquietud y la curiosidad era mutua, nos miramos de arriba abajo y antes de presentarme me dijo.

—Por favor, pase, pase, no se quede ahí.

—Muchas gracias, soy Michael Rowling — le dije mientras nos dábamos un fuerte apretón de manos.

Un personaje algo descuidado, avanzado en edad, con unas pequeñas gafas que supuse de miope por lo reducido que lucían sus ojos azules, no me cuadró su físico y porte tan inglés con su nombre tan latino, aun llevaba puesta una bata de rombos azul marino con cuello rojo vino, que me hizo entender lo adelantado que había llegado.

—Disculpe no me di cuenta de lo temprano que era —le dije haciendo un gesto de retirada hacia la puerta.

—No se preocupe, le estaba esperando con ansia —me respondió colocándome la mano sobre el hombro y dándome un ligero empujón hacia el interior de su casa.

Fuimos directamente a su despacho en una habitación impregnada de naftalina, llena de horrendas máscaras, papiros, tapices, una gran cantidad de diplomas colocados detrás de su sillón y cienos o miles de libros amontonados invadiendo el espacio.   

—Siéntese por favor— me dijo a la vez que me ofrecía una silla algo más cómoda que la de la cafetería y nos sentamos los dos al unísono uno frente al otro, separándonos una vieja mesa desorganizada donde pude apreciar que se encontraban mis documentos llenos de garabatos. Pensé; — ¿Garabatos?, que bueno, si, muy buenos, eso es muy buena señal.  

—Perdone, que falta de cortesía —, dijo — ¿Desea un té y unas pastas? — terminó mientras intentaba incorporarse de aquel sillón.

—No, por favor, continúe — dije temiendo perder el tiempo.

Comenzamos a charlar, no del asunto que nos traía sino de sus investigaciones y vivencias mientras yo respondía con monosílabos y asentía. Después de un buen rato agarró los documentos con cierto temblor seguramente un pequeño atisbo de parkinson y tras un carraspeo me dijo.   

—Es obvio que estos escritos son una broma de mal gusto, pues han sido mezcladas varias culturas.

— ¡No!, es imposible, han sido cogidas del mismo libro —negué muy sorprendido.

—Se lo aseguro —confirmé de nuevo, mientras pensaba otra vez que se estaba complicando todo.

— ¿Un libro dice?— preguntó cogiéndose la barbilla y frunciendo el ceño.

—Bueno; centrémonos en el tema que nos ocupa. En términos de estructura, estos no están  relacionados en absoluto —hablaba con tal rapidez que tuve que coger mi libreta y bolígrafo para tomar nota como hacía de joven con los apuntes de la Universidad.

 —Y no contienen cognados en común, he podido transcribir piezas en sumerio, otras piezas me han costado bastante, pero recordé las transcripciones mayas y di con ello entre las más de cuarenta existentes —una sensación de felicidad invadía todo mi cuerpo, que seguramente se reflejaba en mi rostro. Yo seguía en silencio observando sus labios con la tonta intención de entender mejor lo que me quería decir.

—Conclusión —hizo una pequeña pausa colocando los folios frente a mí.

—En conjunto, no dicen nada, necesitaría ese libro —me miró fríamente esperando una respuesta. Eso último si lo entendí a la perfección, pero no me gustó nada. Se hizo un angustioso silencio y yo en ese momento solo pensaba como salir del aprieto.

—Es propiedad de un estimado cliente, pero le prometo que haré lo posible para traérselo —solo era una mentira piadosa, pero que podía hacer, en cuanto lo viese, tendría que responder a  las famosas preguntas que había estudiado para mi profesión; ¿Cuándo?, ¿Dónde? y ¿Por qué?

Me levante e introduje la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta, ocultando en mi rostro la vergüenza por no tener ni una libra para poder pagar el trabajo que había hecho este hombre.

— ¿Debo algo por sus servicios?

—No por favor, solo agradecería me tuviese al tanto e intentase al menos dejarme una copia de ese íntimo libro —un alivio me recorrió el cuerpo.

—Muchas gracias por todo, le prometo que estaremos en contacto —nos dimos la mano con fuerza y me acompañó a la salida.

Estaba abrumado y pleno de entusiasmo, ya tenía algo con lo que comenzar y con ese vigor fui con paso acelerado a mi piso cavilando todo lo que tendría que hacer para comenzar este proyecto.

Ya me encontraba en mi piso, sentado en mi cómoda silla y frente a mí la mesa del salón, sobre ella; a la derecha el manuscrito abierto por la primera página, en medio los documentos que transcribió el antropólogo lingüista, algunos folios en blanco y mi lujosa pluma Mont Blanc que tengo para ocasiones especiales y por último a mi izquierda el portátil abierto y encendido, con un editor de textos esperando que comenzase a escribir.

La primera página con sus tres símbolos iban a marcar el destino de este proyecto. Observé atentamente y como el que busca una pieza de un gran puzle, comencé a rebuscar con afán entre los documentos transcritos y llenos de apuntes. En poco tiempo localicé el primero que sería “Fin o terminar” luego muy cerca de este encontré el segundo “Civilización, mundo o pueblo” y llegando al final encontré el tercer símbolo “Avanzada, inteligente o fantástico”. Pensé que esto sería eterno, no solo localizar miles de símbolos, sino después la interpretación de los mismos. Miré aquellas ocho palabras cerré los ojos y escribí lo que me dictó el corazón me viré hacia el portátil y escribí con una fuente mayor y centrando el texto “El fin del mundo avanzado”.           

Sonó un pitido y como un susurro.

—Soy Angélica, acabo de llegar de Paris, durante estos días he estado pensando lo que me dijisteis en la escalera del avión y no sé porque pero me he decidido a llamarte, bueno, devuélveme la llamada, bueno, me gustaría que nos viésemos — y terminó como empezó con otro imperceptible pitido.

Los días pasaban rápidos y llenos de cafeína, eran tales las expectativas que me había marcado en este proyecto, que olvide mi adicción por el alcohol, olvide la higiene y  la comida sana; cuando me invadía la fatiga, levantaba el teléfono y pedía alguna hamburguesa con todo, pizzas o comida china. Aseguraría que llegué a ganar algunos kilos de más. Un sinfín de veces desperté con marcas del teclado en mi cara, esos días que el cansancio ganaba a las tazas de café express.
No parada de trascribir incongruencias que me llenaban de dudas. — ¿Cómo podían existir metales hace tantos siglos? —busqué en la red y encontré “El martillo Kingoodie” un fósil que apareció en el interior de una roca de ciento cuarenta millones de años de antigüedad. Más adelante el manuscrito hacía referencia a algo que se semejaba a  la electricidad, de nuevo busqué y hallé “las bombillas de Dendera egipcias” unas imágenes esculpidas en los muros del templo de Hathor de Dendera en Egipto, imágenes de lámparas conectadas por cables que se ha demostrado su funcionamiento realizando una réplica, pero esto me llevaba a la conclusión; si eran lámparas de más de 4.500 años, ¿Los egipcios sabrían trabajar el vidrio?, ¿Conocerían el cobre o algún metal conductor?, si es así, ¿Tendrían conocimientos de electricidad? y ¿Cómo generaban esta electricidad?. Todo esto se

salía de los esquemas preconcebidos que tenía sobre la evolución de la humanidad.  

De nuevo localicé dos símbolos que decían “cofres o cajas de luz”, de vuelta me sumergí en el buscador y vi “las pilas de Bagdad” datadas de antes del 226 a.C., vasijas de arcilla que en su interior hallaron un cilindro de hierro con un tubo de cobre rodeándolo y sellado con asfalto. Era totalmente increíble, pero también es verdad que no todo el mundo está de acuerdo con lo que para mí era evidente y eso que no tengo idea de electricidad, pero pensé; ¿Para qué iban a crear estas vasijas, de esta manera?, ¿Qué interés podían tener que no fuese generar electricidad? Encontraba menos explicación en los incrédulos que en las pruebas lógicas, con solo introducir en el interior de tubo de cobre alcohol o vinagre, ya tendríamos una verdadera pila.      

Comencé a tener la misma sensación que me daba el alcohol, esa necesidad, esa adicción, pero en este caso era adicción por el conocimiento, ni yo mismo me reconocía. Yo, que cada vez que escuchaba algún tema de estos me sonaba a verdadera verborrea.

Uno de estos fugaces días, mientras enviaba un correo a Fernando Rivas pidiendo ayuda sobre algunas dudas que surgieron, sonó de nuevo aquel pitido seguido de la misma voz femenina que decía.

—Soy yo otra vez, no sé si te ha ocurrido algo o todo ha sido una broma, bueno, por favor llámame aunque no desees verme, bueno, eso, llámame—. Y yo absorto en el proyecto.   

Esta vez me encontré con algo insólito, barcos que vuelan. Mire en internet y hallé “Planeador de Saqqara, en el museo del Cairo” un pequeño pájaro fabricado igual que los planeadores de hoy en día, datado hacia 200 a.C. También referencias a cabalgando sobre aves gigantes, en este caso supuse de se trataría del Quetzalcoatlus, un prehistórico volador que con las alas abiertas podía alcanzar diez metros y probablemente no se había extinguido. Alucinaba más y más, no podía salir de mi asombro, pero lo que no entendía, era por qué encontré el manuscrito en México cuando todo él hace referencia a África, esto me desconcertaba un poco, más cuando la tumba del Rey Pakal tiene como tapa un grabado de un hombre manejando una extraña nave, precisamente allí fue donde encontré el manuscrito.

Veintitrés días llevaba mi mente enfrascada, cuando un susurro de alguna musa que revoloteaba por el salón me dijo.

—Esta transcripción no te servirá de mucho, ¿Por qué no crear una historia paralela?

— ¡Eureka! —dije en voz alta como Arquímedes en su bañera. Y sin más, abrí un nuevo documento y comencé apasionado a escribir sin parar de escuchar a mi diosa musa.

El pitido otra vez.

—Yo otra vez, bueno, sé que ha sido una tomadura de pelo, espero que te pudras en soledad, bueno, me voy, no me llames jamás. — Y yo obcecado en lo mío, escribiendo, transcribiendo y vuelta a escribir.

El Día treinta y dos desde que comencé a escribir, acabe a las siete de la mañana con todo, casi también con mi físico y mi alma. Algo más pesado me levanté de la silla de cuero, con una tupida barba y un pelo falto de corte. Me dirigí a la cocina en busca de un trago para celebrarlo, cuando aprecié un destello parpadeante de color rojo en la entrada, era el contestador, me llevé las manos a la cabeza y como si una descarga de electro-stock diese en mi cerebro recordé perfectamente aquellos mensajes que habían sonado después del pitido.

— ¡Imbécil! —me dije, sintiéndome más rastrero que el aspecto que ya tenía. La estupidez y  la obsesión me hicieron perder a la madre de mis hijos, la de aquel lindo y sensual escote.  Qué pena, un día que hubiera podido ser perfecto se convirtió en un casi.

Abrí el armario donde tenía las copas para las buenas ocasiones, agarre una y le eché un buen chorro de Whisky. Este momento se merecía un buen lingotazo. Pero, lo pensé un segundo y me dije.

— ¡A la mierda! no pienso caer de nuevo en tus garras —tirando el Whisky en el fregadero con una sonrisa que me llegaba de oreja a oreja, sintiendo un alivio extremo al hacerlo.

Pues como veis esta ha sido mi odisea estos últimos meses y aun así sigo lleno de dudas, y preguntas que me golpean la cabeza:

— ¿Qué pasó? —un día estábamos golpeando piedras para hacer fuego y al siguiente día éramos una civilización llamada Sumeria donde sabíamos leer y escribir.

— ¿Cómo es que se encontraron en unas excavaciones en 1960 que datan del 8.000 al 12.000 a.C. años, con esqueletos que estaban radiactivos?

— ¿Cómo es que los sumerios conocían el sistema solar a la perfección añadiendo un planeta adicional, del que hoy en día hay evidencias físicas de que este existió?

 Os imagináis. — ¿Qué habría pasado si estas civilizaciones no hubieran desaparecido? —yo ya me lo he imaginado y ahora estaría escribiendo con el pensamiento en alguna vivienda futurista en algún planeta de otra galaxia.        

Pensad lo que la humanidad ha logrado en tan solo 200 años y como sería este mundo con 10 milenios de evolución tecnológica.   

“Una historia que se convirtió en leyenda, luego en mito y terminó siendo olvidada por la humanidad o tal vez eso era lo que querían, aun así todavía se crean relatos que aun hoy en día algunos se permiten escribir llamándolas historias fantásticas.

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