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El despertar en una vida sin fin

Creerás que la vida es como un río que fluye segura y veloz en una sola dirección. Pero yo le he visto la cara dos veces a la vida y te aseguro que no es así. La vida, apenas llega a ser gota de agua en un diluvio o en medio del océano. Es como la hojarasca que arrastra el viento que mueve a la tormenta, sin saber, ni cuándo ni dónde te dejará posar, si en la mar o en la tierra.

Te preguntaras quién soy, y como me atrevo hablar de tal forma. Presta atención, y lee despacio, que te voy a contar una historia, como ninguna otra que hayas escuchado antes.

Era domingo, comenzaba la primavera del que podría ser el primer año de todos, y si hubiese habido reloj, hubiera marcado casi la media noche. Y todo ocurrió en un instante de tiempo, a la hora predeterminada, cuando el Sol alcanzaba el cenit, cuando la noche, con horas de seis meses, pasa a durar un día por un periodo de seis meses. ¡Sí!, en ese instante me envolvió la niebla que cubrió la noche, muy espesa y fría.

Sin camino que seguir, sin estrellas por las que dirigir mis pasos, caminé entre la oscuridad hacia un punto que a lo lejos se difuminaba como un astro luminoso. Brillante. Muy brillante. No sé cuánto tiempo anduve, ni cuándo ni porque me detuve frente aquel portal como la boca final de un túnel. Gelatinoso. Resplandeciente. En él confluían secretas galerías de otros tiempos y de otras vidas y, quizás de otros mundos. A través de la transparencia del portal pude divisar formas con perfiles rugosos, paisajes imprecisos, e infinidad de pequeñas motas de luz. Vidas al otro lado de la vida.

Y aunque tampoco los creas, ¡yo no estaba soñado!

 Mire hacia atrás y todo seguía oscuro, muy oscuro. Como te he dicho: Espeso, frío y perfumado. ¡Sí!, también estaba impregnado de una agradable mezcolanza de esencias. Un irresistible impulso me empujaba a salir de la oscuridad, y decidí traspasarla sin miedo, en paz, cruzando por el radiante pórtico húmedo. El tañido del tictac que contaba las horas y los días de mis estaciones se detuvo.

Estoy impedido pero consciente. Mi madre descansa del esfuerzo realizado durante el parto tumbada sobre un lecho elevado de paja seca cubierto por suaves pieles. El hombre de los verdes ojos que me sostiene en sus brazos, ¡que debía de ser mi padre!, parece estudiarme detenidamente, camina hacia una pequeña azotea que hay a la entrada de la gruta, donde varias mujeres sentadas en el suelo separan las bayas recolectadas durante el día. Sin saber bien porque, me alza cara al bello paisaje iluminado por la suave luz del sol de media tarde. Me encuentro situado en lo alto de un pequeño altozano, al final un vasto conjunto montañoso que se alarga majestuoso por todo lo que alcanza mi vista. Es un macizo escabroso, cordillera escarpada e inhóspita, con fértiles valles alimentados por numerosos ríos, que brotan de innumerables manantiales. Montes arbolados y montañas nevadas, en planicies floridas. Sierras que corren paralelas entre sí, ríos, cascadas y grutas, refugio de innumerables plantas y otras especies de animales.

Cierro los ojos, el cansancio me rinde, me acunan en los pechos que me amamantan.

El sueño se apodera de mí. Dormí envuelto en la niebla que cubrió la noche. Soñé que viví las horas y los días hasta que el tictac dejó de marcarlas para mí, y si hubiese estado en marcha el reloj para medirlo, que estaba detenido, no habría pasado más de doce segundos cuando creí oír una voz, que llamándome por mí nombre, rompió el silencio que me embargaba.

La sensación me desvela.

En la fría oscuridad me siento desnudo y cobijado en el frescor de unas sábanas de lino, arropado de la misma forma que se amortaja un cuerpo en el interior de una bóveda.

Pronunció la voz mi nombre otra vez, más fuerte.

Las palabras retumbaron en mi mente rompiendo los tímpanos de mis oídos, como el estruendo del duro chasquido del martillo de la fragua al golpear sobre el yunque. Todo se mantenía oscuro. Muy oscuro. El olor a nardos, mirra, canela, cálamo, casia y aceite de oliva que mi olfato con agrado recordaba, ahora me asfixia. En el ambiente percibo la pestilente mezcla de ungüentos y carne podrida que inunda el espacio, como el que desprende un cuerpo que se descompone.

Me despejo de mi último sueño. No ha sido placentero, tan solo había durado unos pocos segundos, doce los mas, como creí calcular. Mis ojos, ocultos tras el pañuelo que cubre mi rostro, poco a poco se van adaptando a la negra oscuridad. En mi pecho, el corazón se acompasa al ritmo que marca el torrente sanguíneo que comienza a fluir por mis venas, y siento en mi sienes la resonancia metálica de un gotear de agua, como las que transpiran las paredes de las cuevas ancestrales fúnebres, al golpear sobre el suelo rocoso.

Otra vez me vuelve a llamar por mi nombre la voz. Con un tono muy alto y, de forma imperativa me pide que salga.

Intento levantarme, y el lienzo que me envuelve limita mis movimientos. Mis dedos se agarran a las vendas que los ciñen, y durante un tiempo intento romper las ligaduras que los circundan y los atan. Comienzo a zarandearme. Con esfuerzo me incorporo. Un irrefrenable deseo me obliga a acudir a la llamada. Se desprende el pañuelo que ciega mi vista liberando mis ojos, mas sigue estando oscuro. Finalmente me siento en el borde de piedra sobre la que había yacido. El paño que me abriga todo el cuerpo y me aprisiona el vientre como una faja, hace que se contraiga mi estomago y sienta por momentos vértigos y deseos de vomitar. Me pongo de pie, me flaquear las piernas ceñidas por las sabanas en forma de un sudario. Siento el frío del lugar. Mi corazón se violenta bruscamente, vuelve a mí el miedo y la desesperanza. Inspiro sobresaltado, el olor sigue siendo nauseabundo. Avanzo titubeante, arrastrando las plantas de los pies hacia un fanal de luz que va creciendo, mientras oigo arrastrar la piedra que sella la entrada encima de mí. Camino hacia los discretos puntos de luces pálidas que percibo cada vez más cercanos y nítidos. Veo un movimiento, una sombra en el suelo proyectada desde el exterior. La figura que se recorta a contraluz en la entrada, me es familiar.

Es alto. Tan alto como yo. Su cabeza, voluminosa por la espesa cabellera negra. Según me acerco, su rostro es moreno, bien formado y cubierto por una espesa barba del mismo color, guarda una bella armonía con sus ojos azules, con su nariz recta y su boca suave. Una túnica blanca, de largas y anchas mangas con ribete de color púrpura, la ciñe a su cintura con un cordón azul, y le llega hasta los pies que calzan sandalias de cuero.  Transpira un aire de suficiencia, a unos pasos detrás de él, le acompañan dos mujeres enlutadas, que reconozco, son mis hermanas; y detrás de ellas un grupo de hombres y una multitud, que al verme, que corre despavorida.

Rodeado por el marco rectangular de la estrada me envuelve la fatiga y el cansancio. Con los parpados pegados, cegado por la luz que llena la bóveda, escuché a la voz decir:

- Aflojad sus vendajes y dejadlo salir.

Y detrás, la suplica angustiada de una de mis hermanas:

- ¡Mi hermano ya hace cuatro días que murió!, ya habrá empezado su cuerpo a descomponerse.

El tañido del tictac que contaba las horas y los días de mis estaciones, que se había detenido, continuó de nuevo, que de haber habido reloj, habría marcado el primer segundo de las dos y media de ese mismo día jueves.

Se me doblaron las rodillas al quedar libres. Con ellas clavadas en tierra, la cabeza inclinada hacia delante y las manos apoyadas en las rocosas piedras, inspire de nuevo un profundo soplo de aire izando mi cabeza, y fijé mis vacios ojos falto de luz, abriéndolos de par de par, en los colores que impregnaban el cielo del medio día con el alba de una nueva mañana.

El ruido cesó, y cesaron también las plañideras y el llanto de mis hermanas. El sonido se volvió viento. Y escuche en el sonido del silencio, las palabras con que me hablaba el viento:

– ¡Aún no es tu hora! ¿Qué haces en este lugar?

Miré hacia el horizonte, al extremo más alejado, al camino que conduce a Jericó. Reconocí mi jardín de la pequeña aldea de Betania, junto en la falda oriental del Monte de los Olivos, a unos quince estadios al este de Jerusalén, y me volví. Vi la cueva fúnebre familiar excavada en la tierra y la loza, que sellaba la entrada, desprendida, apartada en el suelo. Vi la cámara sepulcral donde yacían mis padres, y el nicho inferior derecho de donde me había levantado.

Sin más palabras, la voz se giró y esperó que estuviese a su lado. Seguidos por las dos mujeres: María y Marta, y acompañados por el grupo de hombres, doce conté, nos marchamos en silencio hacia mi casas en la aldea, detrás, con pasos vacilantes y llenos de miedos, entre amigos y enemigos, toda una multitud perpleja y maravillada.

Mientras no alejábamos disminuía el rumor del río, anunciándonos, que nos apartábamos de su orilla, del amparo del último remanso, y que yo, rompiendo los vínculos con las moradas mortales, me adentraba en otra vida.

Y es que, aquel que reparó en el llanto de Marta cuando salió a su encuentro, realizó la más grande manifestación de poder divino, mi propia resurrección. Como he dicho, era jueves por la tarde, a eso de las dos y media, y habían pasado cuatro días desde que me inhumaron.

Me llamaban: Lázaro de Betania, y por aquel entonces, cuando me resucitaron de entre los muertos tenía treinta años. No me quedan familiares, he tomado muchos nombres y aún sigo entre los vivos, viviendo vidas, porque aquel que me despertó, no fijó el fin de mis horas.

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