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El descubrimiento de Europia

El mayor problema que presentaban las relaciones entre Argentina y su vecina Chile era el derivado a las comunicaciones entre ambos países, algo muy complejo debido a la cordillera de los Andes, frecuentemente azotada por fuertes ventiscas que cubrían de nieve los puertos imposibilitando el acceso al tráfico rodado.

El tráfico marítimo tampoco mejoraba ya que el cruzar el Cabo de Hornos, en medio de fuertes tempestades, lo hacía inviable al comercio regular. Por tanto, debido a las inclemencias del tiempo, se producían frecuentes malentendidos que tensaban la diplomacia entre ambos vecinos.

Fue entonces cuando un intrépido marino uruguayo, consciente del problema existente, se acercó a la corte bonaerense, que en aquel tiempo reinaba Isabel I de Perón, a proponer su idea. Aquel hombre respondía al nombre de Cristian José Colombo, y tenía como mote CeJota, más motivado por la existencia de un cerrado entrecejo sobre sus ojos que por la contracción de sus iniciales.

Con un huevo de codorniz en la mano, se explayó ante Isabelita sobre la curvatura esférica de la Tierra, llegando a afirmar que si bien la travesía a través del sur del continente para unir los dos países se antojaba peligrosa, en cambio, viajando hacia el este sería posible viajar con seguridad entre Buenos Aires y cualquier puerto chileno.

La reina quedó embelesada por la clarividente exposición de manera que derivó fondos destinados al túnel que atravesando bajo los glaciares intentaría taladrar Los Andes hacia tamaña empresa, ya que las explicaciones del uruguayo la convencieron por completo.

El viaje se preparó con tres catamaranes gobernados por el propio almirante Colombo y flanqueado por dos intrépidos capitanes, hermanos para más señas, de apellido Punzón, marineros de toda la vida, acostumbrados a bregar con las traicioneras corrientes del Mar de la Plata en sus tradicionales artes de pesca, por lo que no tuvieron miedo en acometer tan arriesgada aventura.

El viaje fue minuciosamente preparado. Se contó con la ayuda del famoso doctor Teodoro Sánchez Millán, que en aquella época justo finalizada su carrera se había integrado en la plantilla del Instituto para la Salud Mental y del Viajero dependiente del Ministerio de Sanidad.

Aquel doctor, junto con el reconocido cocinero de origen vasco, Juan Antonio Echevarría Galzibar, el “Anemias”, prepararon la dieta que deberían llevar en la travesía, basada en la manzana, que como todo el mundo sabe, es la mejor manera de prevenir el escorbuto, el terrible mal del viajero oceánico.

Tartas de manzana, manzanas asadas, manzanas confitadas, cientos de sabrosas recetas basadas en la recomendada fruta, aderezadas con un buen número de botellas de sidra, fueron embarcadas en las bodegas de las tres naves elegidas para la gloria.

El siguiente problema a sortear era el cómo poder escanciar la sidra en la superficie inestable de aquellas naves azotadas por el océano, algo que se solventó sometiendo a una doble fermentación al zumo de manzana, para proporcionarle la burbuja necesaria que evitara el volteado sobre el fino cristal del ancho vaso.

Aunque inicialmente se había determinado la fecha 1 de agosto como la elegida para su salida camino de la gloria, la presidenta peronista había considerado necesario despedirlas como se merecían, con unas palabras en un discurso de homenaje a aquellos valientes, alocución que contando el tiempo destinado a los descansos recomendados por el doctor Teodoro Sánchez Millán para la tripulación, duró dos días.

Y el día 3 de agosto, en pleno invierno austral zarparon las tres pateras rumbo al amanecer con el objetivo de trazar en poco tiempo una ruta factible con Chile. Era una tarde apacible cuando su silueta se perdió en el horizonte, entre los vítores del pueblo hacia los integrantes de aquella gesta y hacia Isabelita y su corte bonaerense.

Cuando dejaron atrás la tierra de la bendita Argentina, adentrándose en el oscuro océano, los temores de los supersticiosos marineros se hicieron realidad. Así pues, a los pocos días, cantos de sirena les intentaron atraer hacia el fondo de aquellas terribles aguas, pero la oportuna reacción del almirante Colombo, transmitiendo a través de la radio interna de las tres naves la canción “No llores por mi Argentina”, interpretada por la mismísima Evita, hizo huir a las malas pécoras marinas a su reino, permitiendo la paz en la travesía.

Más adelante se avistó un calamar gigante que les atacó sin compasión, atrapando una de las naves con sus largos tentáculos. La llamada de socorro a tierra fue contestada por el “Anemias”, que les facilitó una receta de pulpo a la manzana que diversificó la dieta de los marineros.

Por fin, tras poco más de dos meses de travesía, en el horizonte se dibujó la silueta de una montaña, una isla volcánica, a la que arribaron el 12 de octubre. Buscaron una playa en la que desembarcar y allí dirigieron los catamaranes, procediendo el almirante y varios de sus oficiales a tomar tierra.

Una vez en la arena, comprobaron la existencia de bares y garitos turísticos, por lo que supusieron que habían llegado a Valparaíso. Pero había algo que no encajaba. Por una parte, los nativos se mostraban desinhibidos, ellas mostrando sus senos al aire, ellos turisteando con tan sólo una braga náutica.

Dos detalles más levantaron las sospechas del almirante y sus hombres. Aquellos turistas mostraban un tono rojizo tirando para morado por las quemaduras solares, y ninguno hablaba en español, sino que se comunicaban entre ellos en una jerga extraña.

El almirante CeJota llegó a la conclusión de que no habían llegado a Chile, sino que se habían topado por el camino con un nuevo continente, unas tierras pobladas por extraños nativos que conquistarían en nombre de Isabelita para la corona argentina.

Y su segundo de a bordo, Eurípides García decidió darle su nombre a las recién descubiertas tierras, nominándolas como Europia, el nuevo continente.

Se decidieron a capturar a varios de aquellos nativos para llevarlos a Buenos Aires. Eligieron a tres hombres y dos mujeres que en su idioma se pasaron el viaje de vuelta protestando y quejándose. Les protegieron del frío cubriéndolos con ropajes ya que en el momento de su captura tan sólo vestían sus pequeños harapos.

Cuando llegaron a la corte isabelina despertaron gran expectación entre el pueblo y fueron recibidos por todo el séquito peronista. Fueron momentos de gran jolgorio y celebración, ya que Argentina se extendía más allá de sus fronteras, al otro lado del océano. Aquello era la simiente de un gran imperio, de uno en el cual no se pondría jamás el sol.

Pero la presencia del embajador español desbarató todos los sueños de grandeza del país, al reclamar a aquellos nativos para sí, aduciendo que se trataba de turistas alemanes de vacaciones en la Playa de las Américas, en la isla de Tenerife, la mayor de las Canarias, islas ya colonizadas años antes por España.

Aún así, una vez solventado el conflicto diplomático, se reconoció la hazaña del almirante Cristian José Colombo y sus valientes marineros, que cruzaron el océano en busca de una nueva ruta a Chile.

Texto que forma parte del libro "Historias de la Argentina" argentinaplumaroja.blogspot.com

Publicado en relatocuentos.blogspot.com

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