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El cuarto mandamiento

En algún lugar del disco duro del ordenador del inspector Mármola había una selecta colección de música de los años ochenta, salpicada por escogidos temas de otras décadas. En la comisaría no había hilo musical y solo del despacho del inspector salía muy queda, música. Sien, el buldog inglés de Mármola era una bola de sueño, dormitando junto a la mesa de su despacho, mientras él buscaba ansioso un dos de corazones que se le resistía en la pantalla de su ordenador. 
Sobre Mármola corrían muchos rumores y hasta leyendas por la comisaría. Su estatus especial y su trato diario daban pie a ellas. Como aquella que decía que había pagado cien euros a un mendigo para que se dejara dar un puñetazo. O cuando unos padres primerizos le presentaron entusiasmados su retoño recién nacido y nada agraciado y el inspector solo acertó a decir:-“Que niño más…más… nuevo”.-

Los golpecitos en la puerta le hicieron dar un respingo, al inspector, porque a Sien hacia falta algo mas, como una salva cerca de sus oídos, para soliviantarle ligeramente. Desde la puerta Bori le señalaba que era la hora del refrigerio matinal. El desayuno era el único momento que Mármola compartía con otros compañeros durante toda la jornada laboral. Aquella mañana de entre los cotilleos habituales había un tema más serio. Los comentarios se centraban en la aparición de un autobús en Londres publicitando un lema ateo y que animaba a disfrutar de la vida sin preocuparse de nada más. Era de esos temas que incomodaban a Mármola. Para él era más un asunto de cerveza que de café. Cuando el imperativo social le obligó a dar su parecer, mirando al suelo, como solía hacer ante situaciones incómodas expresó su criterio de respeto hacia todas la opiniones, pero también indicó que quizás algunos se están apresurando demasiado en matar a Dios.-El “carpe diem” extendido a siete mil millones de seres humanos del planeta podría tener consecuencias desastrosas. Como el vegetarianismo, dejemos esas cosas para las élites pudientes.- apostilló finalmente.

En el momento de pagar, Mármola, sacó de su cartera un billete de 50 euros y se lo entregó al camarero.
- ¿Qué le pasa a “Çien”?- preguntó Bori, quien miraba como el perro había dado un brinco y se había puesto de pie, mirando alternativamente al inspector y al empleado, como esperando a que sucediera algo especial.
- Este animal es de la cofradía del puño cerrado, cada vez que ve que doy un billete de 50 le pasa lo mismo, no quiere que gaste dinero- respondió el inspector, mientras dirigía una sonrisa burlona a Sien.

- Ya tengo lo que me pediste. Ahora subo.- le dijo Bori al volver a la comisaría.
El mes anterior Bori se había presentado en el despacho de Mármola con un caso especial. Después de varios meses de investigación se calificó como suicidio y se propuso cerrarlo. Causalmente el comisario conocía a la víctima y ordenó que Mármola le echara un vistazo antes de darle carpetazo. Era compañero en el campo de tiro, afición que los llevó a confraternizar en algún festejo y celebraciones anejas y no le cuadraba que se hubiera suicidado.

El cadáver se encontró en el dormitorio, tumbado sobre la cama. La causa de la muerte fue una herida de bala en la cabeza. A su lado había una pistola Glock del 9 Parabellum, para la que tenía permiso. El proyectil le atravesó el cráneo y se encontró alojada en el colchón. El disparo, fue hecho desde muy cerca, a quemarropa. Estaba vestido, descalzo, y boca arriba. El muerto era Maximiliano Ruiz de 64 años, viudo. Justamente el día de su muerte se cumplía el primer aniversario de la de su mujer. Tenía cuatro hijos, tres de los cuales aún vivían con él y era empleado de la caja de ahorros. Los conocidos y amigos lo definen como simpático, amable, afable, cordial, sencillo, en definitiva una persona sociable y agradable de trato. Sin embargo es curioso que la opinión de los hijos era bastante diferente. Según ellos, presentaba cambios súbitos e impredecibles de humor, era controlador, severo, maniático, manipulador. En sus declaraciones, sobre todo de los mayores, se apreciaba un odio mal disimulado hacia el padre.
Los cuatro estaban en el cementerio, ya que era el primer aniversario de la muerte de la madre. Coinciden en que salieron de la casa a las cuatro y media de la tarde y que dejaron al padre durmiendo la siesta en su dormitorio. Se ha comprobado que efectivamente cogieron un taxi sobre esa hora. Cuando volvieron, el hijo menor fue el que descubrió el cadáver.
La casa no presenta ningún signo de violencia.
La hora de la muerte según la medición de las temperaturas corporales, se produjo sobre las cinco y media de la tarde. Esta hora también se confirma por la declaración del vecino de al lado, que dice que a esa hora un ruido como de un disparo lo despertó de la siesta.
La mancha de la sangre sobre la ropa de la cama llamó la atención de los investigadores y del forense. Los primeros observaron que en algunas zonas aparecía como ligeramente aplastada y cuadrada. Al forense también le llamó la atención que parecía como si se hubiera secado demasiado pronto.
El inspector miraba atentamente las fotografías de la escena del crimen que le iba pasando la señorita López. Al llegar a una de ellas, interrumpió a la policía y mostrándosela le dijo: - Fíjate en la hora que marca el reloj de la mesita de noche y la hora que la cámara grabó en la foto en el momento de hacerla-.
- No coinciden, hay bastante diferencia- expresó Bori.
- El reloj marca la una y cuarenta y cinco de la madrugada y la fotografía fue tomada por los compañeros a las nueve y media de la noche.

Es un reloj eléctrico y teniendo en cuenta que estos relojes ante un corte de suministro se ponen a cero, quiere decir que empezó a funcionar a las ocho menos cuarto de la tarde-.
- Hubo algún corte de luz- expresó Bori, entre asintiendo y preguntando.
- O fue desenchufado y vuelto a enchufar. Bien-dijo Mármola, absorto mirando a Sien que seguía dormitando- solo hay dos posibilidades, o bien se trata de un suicidio y habrá que aclarar las dudas sobre las manchas de sangre, o bien se trata de un homicidio, o más bien de un parricidio. En este caso está claro que ha sido preparado con esmero y cuidando todos los detalles. Los hermanos se cubren entre si y será complicado encontrar evidencias claras-. Hizo una pausa y mirando a Bori le pidió:- Para el primer supuesto, pide un nuevo análisis de la sangre que había alrededor del cadáver, en especial que hagan un análisis en busca de fibras en esas manchas. Para el segundo caso y como hace ya casi un año de la muerte, solicita un informe de los cuatro hermanos durante este tiempo, qué ha sido de cada uno de ellos. Habrá que buscar el eslabón más débil, porque me temo que salvo que consigamos que alguno se derrumbe será muy complicado montar un caso con solo evidencias circunstanciales.

Había pasado ya más de un mes y por fin Bori tenía los resultados de las peticiones de Mármola.
- Antes de entrar en otros temas, veamos si hay caso. ¿Qué dice la analítica de las manchas de sangre?- preguntó Mármola.
- Parece que sí que lo hay, -respondió Bori haciendo énfasis en el sí- En las manchas de sangre han aparecido fibras de nylon muy particulares, con restos de silicona y que no se corresponden con la ropa de la cama. En principio pasaron inadvertidas entre las demás fibras. Además en algunas zonas, ampliando mucho la imagen, han observado que las manchas presentan como dibujos lineales. Hubo algo sobre la sangre.
- Una manta eléctrica- masculló el inspector.- Se mantuvo la temperatura del cuerpo con una manta eléctrica para disimular la hora de la muerte. Bien, entonces cuéntame que ha sido de los hijos de la victima durante casi el año que ha pasado.-
Bori abrió un portafolio y extrajo los informes que el inspector había solicitado. Parece ser que la relación entre los hermanos se ha deteriorado de forma ostensible. Hay reportadas varias denuncias de vecinos- continuó la señorita López- sobre escándalos y peleas en la casa. 

El hijo mayor, Maximiliano, tiene ahora 22 años y es de complexión fuerte y de buena estatura. Después de la muerte materna tuvo serios problemas con el padre, que incluso le llevaron a abandonar el hogar e irse a vivir a casa de un hermano de la madre. Tras el fallecimiento del padre, volvió a la casa, dejó los estudios que estaba a punto de terminar y con excelentes notas y se puso a trabajar, consiguiendo un empleo en la misma caja de ahorros donde trabajaba su padre.- Ya sabes, el endemismo de estas instituciones.- apostilló Bori, siempre crítica con el enchufismo provinciano.- También se ha hecho socio del mismo club de tiro al que pertenecía el difunto e incluso ha conseguido algunos trofeos en competiciones de tiro. Es curioso, -puntualizó- que lo había intentado con anterioridad, pero por presiones del progenitor se lo habían denegado. 

El segundo hijo se llama Tristán y tiene 21 años. Cuando el padre murió dejó los estudios y se puso a trabajar de camarero en un club. Se casó enseguida y hace unos meses se separó y continúa viviendo en la casa familiar. La mujer lo denunció por maltrato y ha tenido varios altercados y peleas, alguna de ellas con su hermano mayor. Parece ser de carácter violento.
Al tercero, Ricardo, es al que peor parece haberle ido. Sigue estudiando, o mejor dicho, sigue matriculado. Desde la muerte del progenitor parece haber caído en manos de la droga. Es frecuente encontrarlo de madrugada por bares y garitos y alguna vez ha tenido que ser atendido en la calle con claros síntomas de alcoholismo.
Y por último el benjamín, Sigfrido, es el único que continúa con la vida que llevaba antes del suceso. Sigue con sus estudios, que lleva sin problemas. Parece ser que era el único que no tenia problemas con su padre e incluso el protegido y mimado por los hermanos mayores.
Bori, cerró la carpeta y miró a Mármola, esperando su opinión. El inspector meditó durante unos segundos y finalmente le pidió a la señorita López que citara para entrevistar a los dos hijos menores, primero al pequeño y después a Ricardo.
- ¿Los eslabones más débiles?- pregunto Bori, mientras se incorporaba.
El inspector solo esbozó una sonrisa cómplice.

El muchacho que había sentado delante de la mesa de Mármola tenía un aspecto saludable y aseado. No parecía nervioso y a su lado había dejado una cartera de bandolera con cuadernos y libros.
Desde los altavoces del ordenador del inspector, Louis Armstrong, con su voz negra quebrada cantaba a las cosas simples de cada día en un mundo maravilloso. 
- No entiendo que quiere usted de mi inspector- dijo el muchacho mientras estrechaba la mano que le ofrecía el policía.
- Puro formalismo. Queremos cerrar el caso definitivamente y a veces cuando los metes en su caja para archivarlo quedan flecos que hay que cortar para que la tapa encaje bien.
- En todas las películas que he visto donde un policía dice eso mismo, no es cierto, siempre hay algo más.- replicó el muchacho mientras sonreía.
- Cuéntame que recuerdas del día de la muerte de tu padre.- inquirió el inspector.
- Recuerdo que habíamos quedado con Maxi para llevar unas flores a la tumba de mi madre, porque hacía un año de su muerte. Llegó sobre las cuatro, no, reconsideró el muchacho- pasadas las cuatro, porque esa es la hora en que mi padre acostumbraba a dormir la siesta, siempre a las cuatro en punto se metía en su cuarto y dormía hasta las cinco. Y Maxi llegó después porque no quería encontrarse con él. No se llevaban bien y siempre estaban peleando. Después cogimos un taxi, estuvimos en el cementerio, tomamos una cerveza y volvimos a casa. Al llegar, mi padre no estaba en el salón, me acerqué al dormitorio y le vi sobre la cama en un charco de sangre. Llamamos a la policía. Y eso es todo.
- Bien. Desde que llegó Maxi, ¿os separasteis en algún momento?- preguntó Mármola.
- No. Bueno yo bajé primero a pedir un taxi a la parada que hay cerca de casa, en la Gran Vía.-.
- Y porque no lo pedisteis por teléfono- 
- Eso dije yo, pero la parada estaba cerca y Maxi insistió en que fuera a buscarlo.
- Cuando llegó tu hermano a la casa. ¿Viste si llevaba algo en las manos, no sé una bolsa, un paquete o algo parecido?.
- Si llevaba una bolsa de deporte, dijo que venia del gimnasio.
- ¿Dejó la bolsa en el piso o se la llevó con él?- interrogó de nuevo el policía.
- La dejó, dijo que la recogería a la vuelta.
- Cuando regresasteis. ¿Subisteis los cuatro juntos a la casa?- preguntó Mármola.
- No-contestó el muchacho-.Ricardo y yo nos acercamos a la pizzería de la esquina a comprar unas pizzas para la cena.
- ¿A qué hora fue eso?-
- No miré el reloj, pero creo que eran sobre las ocho.-
A la vez que las notas del mundo maravilloso se alejaban, iba surgiendo de los altavoces la voz de Suzanne Vega diciendo que su nombre es Luka.
Mármola ya se había hecho una idea sobre la situación y cambió de tema. ¿Cómo era la relación de tus padres?. ¿Tenían problemas?.
El semblante del muchacho se volvió sombrío. Bajó la vista hacia el suelo y su voz se volvió grave y más baja. –Tenían problemas, como todo el mundo. A veces discutían y reñían. Yo me iba a mi cuarto y esperaba que pasara la tormenta. Mi padre era el que levantaba la voz, ella más bien susurraba y lloraba. Cuando murió mis hermanos le culparon a él.
Suzanne entonaba: “No me preguntes como estoy”, mientras Mármola despedía al joven en la puerta.

Susurrada, nítida pero lejana, la voz de David Gahan decía que “las palabras, como la violencia rompen el silencio. Irrumpen con estruendo en mi pequeño mundo.”
- Buenos días, Richard- saludó el inspector al joven que se hallaba sentado delante de su escritorio. 
- Mi nombre es Ricardo- salto como un resorte el muchacho. Aparentaba más edad de la que tenía, la droga empezaba a hacer estragos sobre su físico. A petición de Mármola se quitó las gafas de sol. La cara demacrada, sin expresión, con los ojos enrojecidos y el cuerpo huesudo denotaban el consumo de estupefacientes.
- Bien, Ricardo- continuó Mármora, mientras se sonreía-vamos a charlar un rato sobre lo que pasó el día que murió tu padre. A las cuatro y media salisteis de la casa en dirección al cementerio. -¿Por qué no os acompañó tu padre? -Preguntó el inspector.
- ¿Él? ¿Venir al cementerio? Solo va el día de Todos los Santos, para que lo vea la gente.-
El rostro de Ricardo se había distendido. Lo músculos de la cara habían pasado de una contención forzada, intentando ser inexpresiva, al afloramiento de una expresiva ira contenida.
Mármola aprovechó el instante de indeterminación. -¿Tus padres tenían problemas?- 
- ¿Problemas? Él tenía problemas. Tenía que controlarlo todo, llevar el control de las vidas de todos y en especial de la de ella. No la dejaba respirar.-
- ¿La maltrataba? ¿Hubo alguna denuncia?- preguntó Mármola.
- No había maltrato físico. Si le llega a poner una mano encima…… -Por un momento se sintió perturbado. En su interior el sentimiento luchaba duramente contra la razón.- Pero hay maltratos peores que el físico -continuó- le hacía la vida imposible, le insultaba, la menospreciaba echándole en cara su incultura. Como si él fuera un superdotado, el muy imbecil. La humillaba y dejaba en ridículo.- ¿Sabes lo que te digo?- Hizo una pausa -¿Puedo fumar?-
Mientras la música de Depeche Mode se alejaba y comenzaban a sonar los primeros escalones hacia el cielo de los Zeppelín, el inspector insistió en el tema. – ¿Alguna vez viste como tu madre sufría por el trato con tu padre?
- Cientos de veces- respondió el muchacho- mientras se reviraba incomodo en la silla. -¿Y no pensaste en hacer algo?- le interrumpió el inspector. 
El rostro de Ricardo reflejaba tensión, los músculos de las mandíbulas caídos, la frente fruncida y los labios prietos, cerrando cualquier palabra inoportuna.- ¿Y tus hermanos que pensaban?-insistió Mármola.
- Maxi no aguantó más y se marchó. Tristán tuvo que aguantarse, quiso dejar los estudios y casarse y él le dijo: “Vete al prostíbulo. Si tienes miedo, yo mismo te acompaño”. Siempre le tuvo pavor y tartamudeaba en su presencia. Y Sigfrido parecía no enterarse de nada. ¿Sabes lo que te quiero decir?-

En una sola frase consiguió encajarle a Mármola cuatro de las cosas que más odiaba: El uso de muletillas al hablar, hacerle una pregunta obvia, indicarle que era corto de entendederas y que un mocoso, imberbe hasta hace poco, le tuteara.
De forma imperceptible, hizo clic en el botón del ratón y bruscamente se interrumpió la búsqueda de una escalara hacia el cielo, empezando a brotar de los altavoces, lejano, el instrumental galope de caballos montados por rudas germánicas. La música le recordó al policía el subtítulo de una obra de Paulo Coelho: “La batalla por el mundo se libra en el interior de cada uno”. 
La música solo se insinuaba, distante pero nítida. Las primeras notas tuvieron un efecto inmediato sobre el interrogado. Se quedó mirando al vacío, intentado ubicar el sonido dentro de la habitación. 
- Te diré lo que tú- dijo el policía, alargando y acentuando la vocal- debes saber. Sabemos que tu padre no se suicidó, sabemos que los tres planeasteis y llevasteis a cabo su asesinato.- Hizo una breve pausa.-solo nos queda por determinar quién de los tres apretó el gatillo.
Las valquirias cabalgaban sobre el aire de la habitación. Fueron segundos durante los cuales el muchacho agitó varias veces la cabeza, esquivando la mirada del inspector. Este dejó una breve pausa y continuó.-Te he dicho que entre los tres lo matasteis y no te ha llamado la atención que sois cuatro hermanos.-
Los labios de Ricardo quisieron abrirse para articular alguna respuesta, pero se mantuvieron cerrados, en silencio. En su mente todas las contestaciones conllevaban algún peligro.
- Cuando llegó tu hermano Maxi a la casa llevaba una bolsa en la mano. ¿Sabes que contenía?
Había ocultado su cara con ambas manos y la música de Wagner seguía golpeando sus oídos. Sus labios empezaron a moverse ligeramente, sin llegar a abrirse y con un movimiento rítmico y acelerado, mientras, de forma acompasada, golpeaba con el pie repetidamente la pata de su silla.

Yo te diré lo que contenía: una manta eléctrica, un casete y un temporizador. ¿De qué te encargaste tu, cual era tu parte en el plan?-insistió el policía. ¿Colocaste la manta eléctrica sobre el cuerpo? ¿Programaste el temporizador? ¿Que pensaste cuando lo vistes allí tendido?. Que había recibido su merecido, sentiste ganas de golpearlo, deseaste haber sido tú quien le matara. Claro que tú no hubieras sido capaz. No tienes el suficiente coraje. Seguro que no hubieras podido hacerlo y habrías echado a perder todo lo planeado, seguro que tu padre no te hubiera dejado controlar una situación tan delicada.
Ricardo estalló, las palabras brotaron a borbotones, mientras sus manos se aferraban a los reposa brazos de la silla. 
- ¡Lo podría haber echo si me dejaran! Maxi siempre tiene que ser el protagonista. ¡El favorito de mamá!
Un leve movimiento de la mano de Mármora hizo desaparecer la música de Wagner y empezaron a sonar los compases de la banda sonora de 2001 compuestos por Ligeti. Las chirriantes primeras notas tuvieron un efecto inmediato sobre Sien, se puso en pie sobre sus cortas patas y de su ceño fruncido empezó a manar un quejido entre lastimero y amenazante. Solo había dos que cosas que provocaran semejante efecto en el animal, la música de Ligeti y el ver a Raphael cantando en televisión.
- Entonces fue Maxi quien le disparó-aseveró Mármola. El Kyrie del Réquiem desgarraba el aire dando una atmósfera tétrica y aterradora
- No, fue Tristán. Maxi fue quién lo propuso y lo organizó. Mi misión solo consistió en vigilar y cuidar a Sigfrido. 
Bien, cuéntame como pasó exactamente. ¿Maxi fue quién propuso e ideó el plan?- preguntó el policía, mientras con sus dedos ordenaba la retirada de la resonante música de la misión al espacio, para que brotara, suave, el fin de The Doors, con su premonitoria primera estrofa.
El hombre, con las manos ocultándole la cara, empezó su confesión.- Sí el superinteligente de Maxi, el superdotado. Era un plan perfecto, nada iba a salir mal. Solo había que hacer creer que a la hora de la muerte no había nadie en la casa. Había estudiado que no es fácil para la policía determinarla exactamente, así que pensó que ante la duda darían por buenos dos datos, la temperatura corporal y la corroboración por parte del vecino de la hora del disparo. Así compró por Internet una manta eléctrica y buscó como fabricar un silenciador casero. Cuando llegó a la casa lo traía todo en una bolsa de deporte. Mandamos a Sigfry a buscar un taxi. Tristán cogió la pistola y entró en el dormitorio. Solo se escuchó un leve murmullo. Cuando salió entramos Maxi y yo y mientras yo tapaba el cuerpo con la manta, él instalaba los temporizadores, conectaba uno al equipo de música, otro a la misma manta y ponía el CD en el primero. Había grabado el sonido de un disparo y puso el volumen al máximo. Así cuando estuviéramos lejos, sonaría el disparo y la manta se desconectaría. A la vuelta solo había que deshacerse de todo.-

Las manos le temblaban de forma ostensible. Mármola le ofreció un cigarrillo a la vez que avisaba para que pasaran a recogerlo y firmara la declaración. Se sentía satisfecho por la resolución del caso. Siempre había comentado que su trabajo era detener a los culpables, nunca entraba en pormenores morales, la justicia era misión de otros.

Era de noche y el inspector con su inseparable buldog caminaba por las estrechas calles del centro, de vuelta a casa. Al volver una esquina Mármola se topó de frente con un individuo que le espetó:
- No te muevas y dame todo lo que lleves encima.- En su mano el filo de una navaja automática brilló a la luz de la farola más cercana. Instintivamente el inspector dio un paso atrás, casi pisando a Sien, que gruñó levemente.
- Venga, sin tonterías-impetró el hombre.
Mármola metió la mano en su chaqueta para sacar la cartera del bolsillo interior. Pero en su lugar en su mano apareció su vieja y pesada Star 28 Pk reglamentaria, apuntando directamente al ladrón. 
- Muy despacio, cierra la hoja de la navaja y dámela- pidió el inspector, hablando de forma pausada.
- Mierda, un madero. Maldita sea- acertó a decir el sorprendido atracador, con el credo en la boca y haciendo lo que se le ordenaba.
- Y ahora, dame el dinero que tengas, el reloj y la cadena de oro que llevas colgada al cuello- expresó Mármola sin perder la compostura.
El hombre se le quedó mirando de forma sorprendida. No entendía lo que estaba pasando y no acertaba a coordinar sus movimientos.
- A que jode.- Le aseveró el policía mientras mantenía un aire tranquilo pero amenazante.

Esto sí ha sido justicia divina- le susurró Mármola a Sien mientras avanzaban de nuevo por la calle y se acomodaba el arma, que como siempre llevaba descargada- y esta vez si hemos sido el brazo ejecutor.- Sien sacó su carnosa lengua y por un momento pareció que contestaba al policía, pero solo continuó andando tras él. Era ya tarde para cenar.

Al día siguiente cuando Panete, el pedigüeño de la puerta de la iglesia del convento, se despertó del sopor alcohólico mañanero vio con sorpresa que en el plato de plástico que utilizaba para pedir había un reloj nuevecito, una cadena de oro y ochenta y nueve euros entre billetes y monedas. Miró a ambos lados de la calle y al fondo observó como el rabo de Sien se perdía por la esquina.

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