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El cristianismo o el mayor cuento jamás contado

Soy consciente de que el título de este escrito puede dar lugar a equívocos. También lo soy de que no es tan fácil que se entienda lo que quiero decir. Que no es otra cosa que, si a lo largo de toda mi vida me he confesado cristiano, es porque no conozco ninguna historia más perfecta que la que relata el Evangelio. Gran aficionado a los cuentos, sé que ninguno, escrito o por escribir, podrá superar en belleza, profundidad y sentimiento al escrito que relata cómo un Dios creador de todo lo existente se convierte en uno más de su criatura más díscola, por libre, y se deja matar del modo más cruel por sus semejantes.
 

Arrodillado Dios ante el hombre, por amor, nace entre la inmundicia, conoce la persecución y el exilio desde niño, es anónimo vecino en una aldea en donde trabaja como obrero, predica luego a los demás un mensaje revolucionario basado en la paz, en la bondad, en la misericordia y en el amor sin límites. ¿El resultado final? Tras pasar del “éxito” entre las masas, a sufrir la traición de sus más cercanos, incapaces de comprender nada de lo dicho por el maestro. Para, finalmente, en la Jerusalén ensombrecida por la noche más triste, sufrir miedo hasta sangrar, sufrir humillaciones, sufrir calumnias, sufrir más y más traiciones. Sufrir cárcel, en la noche del luto. Y al amanecer… la turba se agolpa para presenciar entre bramidos cómo un pobre hombre se deja llevar ante el matadero arrastrando una cruz. Y esa imagen de la silueta traspasada recortando las nieblas del Calvario. Y ese último grito de perdón. Y ese descenso del Dios inerte, arropado por la Dolorosa, una madre de carne y hueso.
 

Y al tercer día… esa vida para toda la eternidad. Para todos los hombres de todos los tiempos que, libremente (bendita y eterna auténtica libertad), escogen si aceptan la mano ensangrentada del Dios que ha muerto como un perro por todos y cada uno de nosotros. Por amor a ti, por amor a mí. 

Ninguna historia podrá superar jamás esta saeta apasionada, esta copla de pulsiones desenfrenadas, este cante hondo que aúna el dolor y la vida. El Evangelio de Jesús de Nazaret, en su máxima belleza, es el que me hace querer con todas mis fuerzas creer en su protagonista. A un relato he dedicado gran parte de mi vida. En el fondo, soy un idealista. Quiero caminar por el sendero de ideales buenos. Y sé que, nada podría dar tanta plenitud a mi vida, que no me equivocara en el camino de fe por el que me arrastro entre mis dudas, producidas por lo que me indican los sentidos del cuerpo y las frías razones de la cabeza. Ojalá, Dios mío, que, en la hora final, el amor por un relato insuperable en belleza y sentido se acabe imponiendo ante las dudas, razonables, sí, pero alejadas completamente de ese idealismo en el que merece la pena dejarse ir como Don Quijote.
 

El día en que me muera, conozca o no el destino de si abro los ojos al ya no ser, solo quiero saber que he conseguido mantenerme en el camino de la fe.
 

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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