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El Collar 1.2.1

No obstante, aquí fue donde mis padres decidieron forjar su vida y donde las cosas salieron mal. Pienso seguir sus pasos y reparar sus sueños.
 

Llegó el primer domingo después de enterarme de los trapicheos de la señora Morris. Mi padre todavía no daba señales de vida y ya habían transcurrido tres días. Pregunté por todas partes y cada cual me informaba de un paradero distinto. Era bien conocido por frecuentar en estos últimos meses la taberna. Es más, llegó a ganarse el apodo de “agarrafarolas”. No sé que le ha estado ocurriendo, pero una cosa es cierta, no había actuado de forma tan lamentable incluso después de haber muerto mi madre, hacía ya 3 años. Es verdad que últimamente no hemos hablado mucho, creo que ha sido mayoritariamente mi culpa,  pues mi atención ha estado plenamente en la perfección de mis técnicas de pulimentado y engarzado, dejando los asuntos familiares en un rincón solitario. Algo le ha tenido que pasar y no sé qué puedo hacer, salvo intentar que el negocio no esté en la ruina para cuando regrese.

En mi desesperación, miré en el cedro del parque por si la piedra se encontrase allí y no me viera obligado a hacer lo que tenía pensado, pero no estaba en el lugar que la mujer de las cartas me había dicho, como si supiera que iba a quedármela para seguir en la ciudad, y no para escapar de ella como aconsejó.

Después del fiasco me vestí formalmente para ir a misa: el mismo rollo de siempre y el típico olor a rosas propias de los floreros que colocan los viudos y viudas en las tumbas de sus queridos. Una vez acabada, esperé en un banco cercano a su entrada, amparado en la sombra que estaba proyectando un viejo sauce. El calor se hacía notar incluso sin el contacto del sol, y no pude soportar más la espera. Así que me dispuse ir a la tienda por si a mi padre le daba por aparecer, y fue entonces cuando la vi entrar en la plaza que precede a la catedral. Sin tiempo para volver a mi sitio corrí al sauce para disimular mi presencia, girándome alrededor del ancho tronco a la vez que se acercaba a la iglesia para ocultar mi rostro. Ahora que lo pienso, mi forma de actuar fue ridícula, cualquier vecino de los alrededores de la plaza asomado por la ventana podría percatarse de tal calamitoso intento de espía; por suerte para mí, no pareció destacar más allá de un vistazo rápido por parte de la señora.

Tras pasar de largo entró a la sagrada edificación, la seguí tan discretamente como pude y observé cómo se dirigía a la capilla, donde saludó al sacerdote agarrándole ambas manos, y pasaron conjuntamente por una puerta situada en un lateral, medio camuflada con el resto de las decoraciones en oro pulimentado que se encontraban adornando el lugar. El sacerdote solo salió una vez, y fue para cerrar las puertas que permitían mi huida; después, volvió a sus quehaceres. No pasaron ni diez minutos y comenzaron a resonar gemidos, agudos e inconfundibles de placer. Quedaban así confirmados los escritos de la mujer de las cartas. Por otra parte, seguía allí encerrado. Soy un chico falto de experiencia en el campo de la sexualidad y para mí todo aquello me resultaba bastante agobiante y vergonzoso. Busqué apurado una salida de aquel endemoniado son de brujas, pues el sonido rebotaba y superponía entre sí, haciendo parecer una multitud y no solo una pareja de apasionados feligreses. Finalmente encontré la llave de hierro corroído, casi tan grande como la palma de mi mano, colocada en la cerradura de una de las puertas laterales que daban al exterior. Me percaté del espacio que dejaba la puerta con el suelo, la justa para poder cerrar desde fuera con la llave y pasarla por debajo, empujándola y haciendo parecer que se hubiera caído por descuido del “metemonjas” que se hace llamar discípulo del señor.

Al transcurrir dos horas de extenuado aburrimiento finalmente divisé a la señora Morris saliendo por el portón de la catedral, con un marchar apurado y el paso más amplio de lo habitual, a mi parecer. Fue entonces cuando atajé por los callejones y me escondí tras un tonel pegado a una esquina, cerca del camino que suele transitar para ir a su casa, con el objetivo de interceptarla.

Cada taconeo que escuchaba en la lejanía me hacía mirar de soslayo, asomando lentamente la cabeza por la esquina, nervioso y apurado, a la llegada de la furcia panadera, con la intención de arremeterla con ausencia de cortesía. Finalmente la oí acercarse a mi posición e hice acto de presencia, realizando un saludo muy jovial y preguntando, sin espera, si de la catedral era de donde venía, por el olor a incienso que el viento traía y que sus ropajes desprendían. Se le notaba el nerviosismo a leguas y afirmaba repetidamente el volver de misa, y ser esta la causa del olor mencionado. Por otro lado, a la señora le cantaba el aliento a huevos podridos cuando hablaba, y ojalá hubiera anunciado antes mis conocimientos sobre sus macabros actos para haber evitado expresar tal mueca incontenible en mi cara, que hasta un niño echó a llorar al verme, producto de ese hedor que me abofeteaba constantemente. A la vez, me resultaba repugnante el descaro con que Morris mentía y se beneficiaba de los demás. Así que se lo dije bien claro: como no me entregara la colecta iba a estar en boca de todos los ciudadanos un buen tiempo, con las consecuencias que su imaginación sospechara.

El dinero obtenido no era mucho, pero lo justo para apaciguar las deudas de mi padre, aunque no el pago a las autoridades por el mantenimiento del negocio. Me faltaba decidir quién sería el siguiente en recibir un castigo:

1. El cartero, que abre los correos y paquetes para beneficiarse de la información o riquezas que puedan contener. (Continuar leyendo "El Collar 1.2.1.1")

2. Camilo, el joyero que paga a la milicia para evitar que el negocio prospere. (Continuar leyendo "El Collar 1.2.1.2")

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