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El Collar 1.2

Puedo continuar arreglándomelas por mí mismo.

Los días siguen pasando y desde la tormenta mi padre todavía no ha aparecido: el tabernero ha llegado a presentarse en la tienda reclamando las deudas que mi padre había dejado tras su arrebato de melancolía. Me ha informado que desapareció sin avisar ni dejar rastro, tampoco el pago por su bebida. Los problemas se están acumulando tan repentinamente desde que sé de la existencia de aquella misteriosa piedra que ofrece el viajero, que comienzo a pensar que el destino quiere que la acepte para salir de este atolladero.

Si mi padre estuviera conmigo, y en buenas condiciones, sabría como solventar la situación. Era un hombre tan hábil en sus decisiones como en su maestría para la confección de joyas, cuando mi madre todavía gozaba del privilegio de la vida. Nadie le enseñó este arte salvo su imaginación, ya que era hijo de un agricultor y el campo dejaba tiempo para usar esa valiosa herramienta.

Mientras tanto, los mensajes del desconocido no remiten. Aunque he de decir que suponen una distracción más que un acoso, pues las cartas recibidas que antes manifestaban la decadencia de mi vida, ahora tratan sobre las singulares situaciones de otras personas, muchas de ellas conocidas; historias graciosas y en ocasiones inverosímiles y turbias. Desde luego, he de reconocer que tiene imaginación. Por ejemplo, según esta ignota persona: la señora Morris, una mujer casada y con dos hijos, niño y niña, a quien acudo cada día para comprar el pan y aparenta tener una vida sencilla y recta, visita cada domingo, después de misa, al cura de la catedral para recoger las ofrendas aportadas por los siervos de dios. Palabras textuales en el mensaje: “La catedral entera ruge y las vidrieras cambian de color; los santos llegan a escuchar los agudos gemidos de la señora Morris transformada en bestia y salen de sus pedestales para observar el carnal ritual que ofrecen a Dios. Al acabar todo vuelve a la normalidad, encienden el incensario para disimular los olores y secan los sudores con el corporal sobre el que descansa el cáliz. Y la señora acaba orgullosa y con la alforja llena de monedas tan plácidamente obtenidas.”

En otra de sus historias, la más actual, el protagonista es el cartero del pueblo, quien se ocupa de abrir los sobres en busca de ganancias que pudieran encontrarse dentro, y con ganancias me refiero también a información de la que pueda beneficiarse. Tras lo cual, los cierra con una increíble meticulosidad para que nadie se percate de sus fechorías. Y como estas muchas historias más.

Al siguiente día de recibir la historia del cartero, mi padre todavía seguía sin aparecer y los guardas continuaban con sus arremetidas de agravios y avisos. Recibí otra carta del cuentacuentos que tengo por admirador, y me sorprendió leer en la cabecera de la hoja: “Este es el último”. Pues quería seguir escuchando esas historias para tener la mente en otro lugar. Esta vez no se trataba de uno de sus relatos, si no de una profunda reflexión que llegó a hacerme plantear el camino por el cual continuar; decía así: “Mientras tú estás penando hay mucha gente beneficiándose a costa de los demás. ¿Es así como hay que desenvolverse en esta ciudad? Cantidades ingentes de pobres sin hogar comparten el rincón del oscuro callejón con las ratas, igual de numerosas y voraces, sustentados con las sobras de los presuntuosos civiles, cuyas rodillas son tan endebles que el peso de una deuda más es suficiente para acabar con sus traseros hundidos en las apestadas aguas del canal que recorre la ciudad, flotando y siendo la sobra que ellos mismos desechaban. El trato con las personas se rige según su estatus en la sociedad, lo que propicia la envidia y el odio, situando el asesinato como principal medio para lograr respeto ante los demás. Un velo de engaño; una fachada de cartón pintada con coloridas ilusiones. No hay límites para crear una decorada mentira que incite a los extranjeros a atravesar el puente elevadizo que da paso a la plaza de los mercaderes, donde prostitutas y estafadores son maestros en su oficio, desviando la atención de los verdaderos demonios: los políticos y el clero de esta “gloriosa ciudad”, quienes ostentan el poder necesario para que todo funcione conforme a sus deseos, y no a la voluntad divina, como ellos aseguran. No me extraña que antaño la peste encontrara tan grata su presencia en este lugar, pues Ventormenta es una ciudad de pecados camuflados. ¿Ves a alguien cambiando esta dura verdad? Déjame darte un consejo, joyero: No seas más tonto que el resto y aprovecha cualquier oportunidad que tengas, pese a lo rastrero que pueda ser. Si buscas una vida honrada, lárgate de aquí cuanto antes y olvida todo lo demás. He de confesarte que soy una amiga de tu madre, si quieres comenzar de nuevo, acepta el obsequio que te ofrecí y lábrate un camino más asfaltado. Lo encontrarás en el parque, escondido en el hueco del gran cedro que se encuentra junto al pozo lunar”

El mensaje era claro y las cosas que decía sobre Ventormenta, hacía tiempo que las pensaba.

1. No obstante, aquí fue donde mis padres decidieron forjar su vida y donde las cosas salieron mal. Pienso seguir sus pasos y reparar sus sueños. (Continuar leyendo "El Collar 1.2.1")

2. Esta vida no está hecha para mí, no sé cómo son capaces de vivir de esta forma. Desde luego mis padres no acertaron en su elección. Buscaré a mi padre y me largaré con la piedra lo más rápido que pueda. (Continuar leyendo "El Collar 1.2.2")

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