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El Collar 1.1.1

Esperar a que aparezca el desconocido.

La espera se me hizo interminable: el movimiento era necesario para no quedar congelado por la fresca brisa, que junto a las motas de agua desprendidas cuando el mar bravío propinaba una sacudida al rompeolas, conseguía penetrar hasta el tuétano. El sonido del silencio solo se veía interrumpido por el viento y las pompas de espuma explotando tras las arremetidas contra las rocas. Finalmente apareció, y mis nervios afloraron bruscamente, teniendo que sujetarme al barril para no caer al suelo por la flojera que mis piernas estaban sufriendo.

Su figura era esbelta y alta y a su espalda una capa ondeaba a buen ritmo por el viento. Parecía tener preparado el escenario para su entrada: las olas rompían con la fuerza de un titán mientras su imagen, todavía sombría y borrosa, se acercaba paso a paso; tan firme y seguro, con un aire tan colosal e imponente que no me extrañaría si inconscientemente me arrodillara ante él. Por fin la luz del faro alumbró momentáneamente a este ser, y durante un instante vi mi perdición: en sus pies una bruma oscura parecía ser creada, dejando un rastro de nubes negruzcas que ascendían turbadamente, ocultando además sus pisadas. La vestimenta se escapa de mi recuerdo pues lo que más destacaba de él era un collar de amatistas talladas en forma de óvalos, con bordes forrados con un metal dorado; y como eslabón central, quedaba un gran diamante blanquecino con una celda en forma de lágrima.

Antes de poder observar su imagen completa, paró en seco y a tiempo para que la luz del faro no lo volviera a alumbrar y así poder fijarme en su rostro. Entonces pude apreciar como extendía su brazo y desplegaba los largos dedos de su mano. Al instante se produjo un brillo a mi espalda, me giré y tenía ante mí una especie de entrada hacia otro lugar; lo había visto hacer solamente a los magos que se reúnen en la feria de luna negra, para entonces mis padres y yo aún disfrutábamos de nuestra inocente felicidad. Se podía ver, como si fuera una ventana, el lugar al que estaba conectado el portal: un sitio oscuro con una silla bajo las flotantes llamas azules que danzaban circularmente, dejando ese pequeño espacio alumbrado con una tenue luminosidad. Volteé la cabeza para volver a observar al creador de este agujero, y de repente lo tuve a escasos centímetros de mi hombro, se acercó lo suficiente para apreciar su olor acre.

Sin dirigirme todavía palabra alguna, pude reparar en la larga y oscura toga sin mangas que vestía: negro con reflejos verdosos y curvadas líneas doradas con un tono apagado que lo enflorecían, dejando ver siniestras formas si contemplabas su recorrido. No me atreví a subir la mirada más allá de su pecho por si cayera en algún tipo de embrujo, sé de historias que harían tambalear hasta la más férrea voluntad, y pensado esto también decidí taparme los oídos para escuchar lo menos posible, pues las palabras tienen poder, y dichas en idiomas arcaicos y olvidados pueden gobernar tu alma y mente.

Tras casi cinco minutos mirando al suelo y con ambas manos siendo obstáculo al paso del sonido, decidí dejar tanta tontería y tanta especulación, posiblemente errónea, sobre este siniestro personaje, pues si nada me había pasado hasta el momento, nada me pasaría. Casi al instante comencé a pensar en la absurdez de mis razonamientos y en lo dubitativo y moribundo que se había convertido mi mente.

1. Pasar temeroso a través del portal. (Continuar leyendo "El Collar 1.1.1.1")

2. Marcharse con apuros y no volver a tener contacto con esta siniestra persona, si acaso lo era. (Continuar leyendo "El Collar 1.1.1.2")

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