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El atraco

por
Manuel Paleteiro Ortiz

I

En un rápido movimiento reflejo, Tomás, el cajero, había pulsado el timbre de alarma, situado bajo el mostrador, cuando vio a aquel individuo extraer una pistola del bolsillo de su anorak, pero la alarma no funcionó.

Eran las ocho en punto de la mañana y un empleado del banco abrió la puerta. En la acera ya se había formado una cola con cuatro personas que estaban esperando su apertura; se trataba de tres hombres y una mujer, los dos primeros hombres y la mujer eran comerciantes de un cercano mercado de abastos, que todas las mañanas acudían a cambiar billetes por monedas para atender a los cambios en los cobros a sus clientes, y el cuarto era un desconocido que no era cliente habitual. Este último era el ladrón y entró a cara descubierta.

La entrada a la sucursal contaba con un vestíbulo, a cuya derecha había un cajero automático y, al frente, la puerta de acceso acristalada con vidrio tintado, que dejaba ver desde dentro lo que ocurría fuera pero no permitía ver el interior desde la calle, y que tenía incorporado un pulsador de cierre y apertura. El atracador, al traspasar la puerta de acceso, había pegado en el cristal, de cara al exterior, un cartel de aviso que ya traía preparado con adhesivos, y que rezaba «Cerrado por avería informática. Abrimos a las 10:00. Perdonen las molestias». Como quiera que el mostrador de atención al público no dispusiera de mampara de protección, el ladrón encañonó al cajero y le ordenó que apagara las cámaras de vigilancia y activara el cierre de seguridad de la puerta de acceso; con este bloqueo, activado desde el puesto del cajero, se cerraba un pestillo de seguridad de la puerta de acceso y se invalidaba el pulsador antes mencionado, por lo que ahora nadie la podría abrir desde el exterior aunque quisiera hacerlo ignorando el letrero de aviso que había pegado. A continuación conminó a punta de pistola a los tres empleados que atendían al público en sendas mesas distribuidas por el local a agruparse con los tres clientes y ordenó al cajero que entrara en los despachos del director y subdirector y los hiciera salir bajo la amenaza de que si alguno se negaba o avisaba a la policía convertiría el banco en un baño de sangre, matando a todos cuantos pudiera antes de entregarse. Amenazó al subdirector poniéndole la boca del cañón de la pistola en la sien y le pidió su llave de la caja fuerte; el hombre, aterrado, metió la mano temblorosamente en un bolsillo de su chaleco y se la entregó sin rechistar. Luego les quitó a todos sus teléfonos móviles y les ordenó, excepto al director, con un gesto de su mano armada que señalaba la puerta del archivo, que entraran en él, diciéndoles que el sitio era suficientemente amplio y que cabrían todos cómodamente y que, si se portaban bien y sin hacer ningún ruido, no habría que lamentar ninguna muerte; cerró el archivo desde fuera, extrajo la llave y la colocó en el mostrador de atención al público. El malhechor se movía con tal seguridad que parecía conocer perfectamente cada rincón de aquella oficina.

Era viernes 25 de noviembre y, como cada mes, ese día recibían los pensionistas el importe de su pensión en sus cuentas de ahorro, que en esta ocasión sería el doble de lo habitual porque a la paga del mes se añadía la paga de navidad, y a partir de las nueve, como de costumbre, se formarían dos largas colas para su cobro en ventanilla que persistirían durante el resto de la mañana. Media hora antes, un vehículo blindado había entregado en la agencia dos millones seiscientos mil euros que habían sido depositados en su caja fuerte.

Un sistema informático cambiaba la clave de la caja fuerte cada hora y únicamente el director y el subdirector tenían acceso informático, mediante contraseña secreta, al clavero del Banco, por lo que cada vez que se necesitaba abrirla había que consultar cuál era la clave en ese preciso momento. Tras obtener en el ordenador la clave de la caja en el aquel preciso momento, el director y el atracador entraron en un cuartito en cuyo fondo se veía la puerta acorazada de la caja fuerte sobre una pared de hormigón armado, en la pared de la izquierda había una maleta transfer junto a un armario metálico que guardaba impresos y en la pared de la derecha se encontraba una mesa con dos sillas; sobre la mesa, una máquina contadora de billetes y tras la puerta de entrada al cuarto se encontraban, empotrados en la pared, el cuadro eléctrico del local y el armario del sistema de seguridad. La caja fuerte tenía dos cerraduras y el director introdujo su llave en una de ellas al tiempo que le indicaba al ladrón que introdujera la que le había pedido al subdirector en la otra cerradura. Cuando introdujo la clave en el teclado de la caja sonó un largo pitido y, a una señal del director, ambos accionaron las llaves simultáneamente; se oyó un suave chasquido y la puerta acorazada se abrió lentamente hasta quedar expedita, mostrando su tentadora mercancía. El ladrón se quedó atónito, con la boca abierta y los ojos casi desorbitados, nunca había visto tanto dinero junto, los fajos de billetes, desde los de doscientos hasta los de diez euros, aparecían perfectamente ordenados en montones bien alineados, ofreciendo una visión hipnotizante. Fue el director quien lo despertó de su ensimismamiento cuando se movió hacia un lado para dejarle el espacio libre.

Con la caja fuerte abierta ya de par en par, el ladrón se volvió hacia el armario metálico y lo abrió. Se encontraba repleto de impresos para las operaciones bancarias, si bien en la balda inferior había una caja de herramientas, otra caja con cartuchos para impresora y un rollo de cinta adhesiva de embalar. El delincuente cogió el rollo de cinta adhesiva y ordenó al director que se sentara en una de las sillas; a continuación lo situó de cara a la pared, lo ató de brazos y pies a la silla y lo amordazó con un trozo de cinta. Se hizo con la maleta transfer que había junto a la pared, la abrió y fue llenándola ordenadamente de billetes, empezando por los de doscientos y los de cien euros y terminando de rellenarla con los de veinte y diez euros; las monedas y los billetes de cinco no los tocó. A continuación, se quitó fácilmente de los ojos las lentillas de color que llevaba puestas, extrajo de su cabeza la negra peluca y la máscara de silicona que le cubría la cara, guardándolo todo en la maleta junto con los billetes. Antes de salir de aquel cuarto tiró la pistola −que resultó ser una réplica de las que se compran por internet y te la mandan a casa por correo− al suelo, a los pies del director, para que pudiera ser vista por la policía. Salió del cuarto de la caja fuerte, se dirigió al puesto del cajero y oprimió el pulsador que desbloquea el cerrojo de seguridad. Atravesó sin prisas la zona de público, abrió la puerta de la agencia pulsando el abrepuertas y, antes de salir a la calle, despegó el cartelito que había pegado al entrar y se quitó los guantes de látex, guardándolos en un bolsillo de su anorak.

Si un observador externo hubiera presenciado la secuencia completa del atraco, hubiera podido afirmar que el atracador conocía la oficina como si hubiera trabajado allí con anterioridad, tal había sido la precisión y la seguridad de sus movimientos.

Eran las ocho y treinta y nueve cuando el ladrón –que ahora era un joven casi calvo, con los ojos de color celeste y una barba de dos semanas, recortada y afeitada con esmero− salía tranquilamente del banco tirando de una maleta transfer, paraba un taxi que pasaba en aquel momento y se alejaba del lugar.

II

El teniente Martín Ortega llegó acompañado de cuatro efectivos de la policía científica. En la puerta de la oficina lo esperaban dos clientes del banco que habían llamado al 091 cuando al entrar vieron la oficina desierta, la puerta de la caja fuerte abierta y el director amordazado y atado a una silla. El policía que recibió la llamada les dijo que no tocaran nada, que salieran fuera de la oficina y que aguardaran en la puerta, impidiendo que nadie entrara, hasta la llegada del coche patrulla.

La policía científica hizo una multitud de fotos y tomó huellas en todos aquellos puntos en los que el atracador había estado o había tocado, según les fueron señalando Tomás Álvarez, el cajero, y don Víctor León, el director, aunque ambos advirtieron a los policías que el atracador llevaba puestos guantes de látex.

- Empecemos por el principio –dijo el teniente Ortega dirigiéndose a empleados y clientes, a los que había reunido junto al mostrador de público−, sitúense todos en el mismo sitio en el que se encontraban cuando el atracador les amenazó con su arma, menos el director y el subdirector que se quedan aquí a mi lado –el cajero se situó en su puesto, tras el mostrador, y los demás ocuparon sus mesas de trabajo en la zona de público−. A ver, ¿quién fue el primero en ver al atracador? –la clienta que antes se encontraba en la cola levantó la mano.

- ¿Su nombre, por favor? –inquirió el inspector.

- Me llamo Pepa Carmona para servirle.

- Muy bien, Josefa, cuénteme que paso, despacio y sin ahorrar ningún detalle; los detalles son tan importantes como los hechos –la animó el policía.

 - Pues verá usted, señor comisario, en la calle, mientras esperábamos que abriera el banco, yo era la última en la cola cuando el ladrón llegó, me dio los buenos días y se situó detrás de mí –contestó Pepa Carmona, una señora bien parecida de unos sesenta años, magnífica chef de cocina y clienta del banco, que tenía en el mercado de abastos un negocio de comidas elaboradas para llevar.

- ¿Podría usted describírmelo sin omitir ningún detalle? Aunque le parezca que no tiene importancia, cualquier detalle por nimio que sea puede ser de vital importancia –le insistió el inspector.

- Pues sí, señor comisario. Era joven, de unos treinta años. Yo mido un metro sesenta y él era cuatro o cinco dedos más alto que yo, por lo que calculo que mediría alrededor de un metro setenta. Tenía una mirada penetrante y sus ojos eran oscuros, tal vez marrones o más bien de un color marrón verdoso, y vestía un anorak rojo, unos pantalones vaqueros descoloridos y unas zapatillas deportivas también rojas cruzadas con dos franjas blancas. Su cabello era de color negro azabache muy intenso, negro zaíno, como diría mi marido, me refiero a ese color de pelo que es tan negro, tan negro, que cuando le da la luz del sol se ve azul tornasolado, y me llamó mucho la atención su corte de pelo y su peinado, no había un pelo fuera de su sitio, como si acabara de salir de la peluquería, pero su cara tenía algo raro, estaba tan perfectamente afeitada que no se le veía ni el menor asomo de barba, pareciendo más bien que fuera barbilampiño o que tuviera alguna enfermedad en la piel porque se le veía rara; digo esto porque cuando mi marido se afeita, al poco tiempo ya se le ve la punta oscura del vello y rasca, pero la piel de este muchacho parecía que no tuviera poros. Ah, y también tenía una pequeña verruga, como de medio centímetro, en la aleta izquierda de la nariz.

- Muchas gracias Josefa, esa es una buena descripción. Pero dígame, ¿cómo pudo observar tantos detalles si se encontraba detrás de usted? –inquirió el teniente Ortega.

- Ah, sí, pero llámeme Pepa, señor comisario. Pues verá usted, como lo veía tan inquieto y no paraba de moverse, yo me preguntaba «qué le pasará a este muchacho para estar tan nervioso y tan impaciente»; ahora ya sé cuál era la razón de su inquietud. Pues eso señor comisario… como le digo… que lo tenía detrás y yo notaba que me estaba contagiando su nerviosismo, así que me separé un poco de la cola y me apoyé de espaldas en la fachada del banco; así, durante los cinco o seis minutos que todavía estuvimos esperando a que se abriera la puerta del banco pude observarlo con detenimiento. Él pareció darse cuenta de que estaba llamando la atención y durante los dos o tres últimos minutos se mostró más tranquilo e incluso me habló para comentar que había amanecido un día precioso y que no hacía ni pizca de frio. Por cierto, que tenía la voz un poco tomada, como si estuviera resfriado.

- Gracias Pepa. ¿Alguno de ustedes puede añadir algún detalle más?

- Nosotros dos estuvimos charlando todo el tiempo y casi no nos dimos cuenta de su presencia en la cola hasta que entramos en el banco –dijo Luís Maguila, carnicero, señalando a Rafa Durán, verdulero, ambos comerciantes del mismo mercado de abastos que Pepa.

- Y ustedes, ¿pueden añadir alguna otra cosa? –preguntó el inspector Ortega, dirigiéndose a los empleados del banco.

- Mis compañeros estaban concentrados preparando sus mesas para iniciar la jornada y estoy seguro, salvo que alguno de ellos tenga algo que decir, que no se percataron de nada –contestó Tomás, el cajero−, pero yo estaba mirando a los clientes que iban entrando y pude ver como el ladrón, en el momento de entrar, se detenía un instante en la puerta y pegaba un papel en la cara de fuera del vidrio. Eso ya me extrañó y continué mirándolo mientras entraba, cuando, de pronto, vi que sacaba una pistola del bolsillo del anorak.

- ¿Y qué hizo usted cuando vio la pistola? –inquirió el policía.

- Pulsé rápidamente el botón de alarma, pero la sirena no funcionó.

- ¿Y después?

- Luego me apuntó con su arma y me ordenó que sacara al director y al subdirector fuera de sus despachos con la amenaza de que si a alguno se le ocurría llamar a la policía convertiría el banco en un baño de sangre –esas fueron sus palabras y así se lo dije a los jefes−, después de eso nos encerró a todos en el archivo, excepto al director, que era quien tenía que abrir la caja. Sabiendo que nuestra alarma tiene llamada de aviso a la policía, pensé que, aunque la sirena no hubiera funcionado, la llamada habría llegado a la comisaría y no me explicaba por qué tardaban ustedes tanto –contestó Tomás.

- Nunca llegó tal llanada a la comisaría. A nosotros nos avisaron por teléfono dos clientes que entraron y vieron lo que había ocurrido –dijo Ortega− ¿está usted seguro de que pulsó el botón de alarma?, ¿no se habría roto o desconectado el cable que llega hasta la alarma?

- Totalmente seguro, señor comisario, además el pulsador es inalámbrico y no hay cable –respondió Tomás, reforzando su repuesta con un gesto afirmativo.

- Bien, señores. Es todo por hoy. Les agradezco su colaboración y ya iremos llamándoles si fueran necesarias nuevas declaraciones en la comisaría. A usted, don Víctor lo tendremos que molestar más veces, a medida que la investigación avance –dijo Martín Ortega, guardando su libreta de notas y dirigiéndose a la puerta del establecimiento, donde le esperaban los de la científica.

El establecimiento quedó cerrado al público y, mientras los empleados lo ordenaban todo preparándolo para la jornada del lunes, don Víctor León se volvió a su despacho, encendió un cigarrillo, se arrellanó en su sillón y comenzó a evocar escenas que se situaban muy atrás en el tiempo. Recordó cuando, contando solo con diecisiete años, entró de botones en el banco; era la época en la que un botones era el chico para todo, como ir media docena de veces al bar de la esquina a por café o a por tabaco al estanco cada vez que un empleado se lo ordenaba, acudir diariamente a la casa del director para ayudar a su esposa en la compra del supermercado o llevar a un niño al colegio, una especie de criado dispuesto a obedecer de buen grado cualquier orden que se le daba y que casi siempre era ajena a la actividad bancaria. Recordó lo lenta que fue su ascensión en el escalafón, los años que tardó en ascender a la más baja categoría de oficial administrativo y la mucha pelota que se vio obligado a hacer a todo el mundo para conseguir cierto apoyo en sus ascensos. Revivió su precaria boda en la que, dada su escasez de recursos económicos, al haberle negado el banco un pequeño préstamo, se vio obligado a suprimir el convite para sus invitados teniéndose que excusar con la falsa necesidad de tener que salir inmediatamente de viaje para llegar a tiempo a abrazar a un familiar que se encontraba en su lecho de muerte. También rememoró la escena de cuando le pidió a su director que le solicitara a la Dirección Regional la adjudicación de uno de los muchos pisos que tenía el banco, procedentes de los embargos a morosos, reservados para los empleados del banco a precios módicos y la rotunda negativa del director regional con la excusa de que ya estaban comprometidos para otros empleados que los habían solicitado con anterioridad, cuando la realidad, según le explicó su director de la sucursal, era que estaban reservados para empleados de muy alto nivel que los compraban a bajo precio y luego los vendían a precio de mercado con un pingüe beneficio. Luego se casó y en cinco años tuvo cuatro hijos, el último afectado de espina bífida, lo que le obligó a pedir repetidamente al banco algún tipo de ayuda para atender los extraordinarios gastos extras que este hijo le provocaba y siempre recibió el silencio por respuesta. Nunca se acordaron los jefes de sus sacrificios, de tantas y tantas noches en vela haciendo balances, de tantas horas extras, que nunca cobró, dedicadas a arqueos o a la puesta al día de los libros de contabilidad. Tenía cincuenta y ocho años y dentro de unos meses le llegaría la jubilación anticipada, percibiendo una pensión mediocre que solo le alcanzaría para lo más elemental y nunca le permitiría poder ofrecerle a su mujer un viaje a algún país exótico, ni hacer ese crucero que tantas veces habían soñado, ni regalarle una joya cara o alojarse en un buen hotel de playa durante un mes seguido. Así pues, no le debía nada al banco, sino al revés, era el banco quien estaba en deuda con él y no había ni un solo argumento por el que debiera sentirse apesadumbrado por aquel robo.

III

El miércoles 30 de noviembre, a las nueve de la mañana, el inspector Ortega llamó a la puerta del despacho de don Víctor.

- Adelante inspector. Pase y siéntese, por favor –dijo don Víctor al tiempo que se levantaba de su sillón− ¿en qué puedo ayudarle?

- Buenos días don Víctor. He venido a ponerle al día de nuestra investigación –contestó Martín Ortega mientras tomaba asiento.

- Muchas gracias, inspector.

- Don Víctor, vengo a advertirle que sospechamos que alguno de sus empleados es un traidor. Debe tener los ojos bien abiertos –dijo el inspector de forma rotunda y categórica.

- ¿Un traidor? ¿A qué se refiere?

- Quiero decir que el atracador ha tenido que contar con alguna ayuda, seguramente desde el interior de esta oficina, aunque también podría haber sido desde el exterior. Es posible que alguno de sus empleados desconectara la alarma premeditadamente para que el robo se llevara a efecto sin ninguna dificultad y la conectó después del atraco, o también podría haber estado el atracador en complicidad con el operario de la empresa de mantenimiento, que sería quien hubiera invalidado la alarma. ¿Quién se encarga habitualmente de conectarla y desconectarla?

- Nadie, inspector. La alarma siempre está conectada y no se desconecta bajo ningún concepto. Solo la manipula la empresa de mantenimiento cada vez que viene a revisarla una vez al mes y también el cajero, que cada lunes hace una prueba de funcionamiento oprimiendo el pulsador que tiene instalado bajo el mostrador en su puesto de trabajo, previa desconexión de la línea telefónica de llamada a la policía y el silenciamiento de la sirena exterior, para no alarmar al vecindario.

- Sí, lo hemos comprobado. La última revisión se hizo tres días antes del atraco, el martes día 22, quedando en correcto funcionamiento, según dice el parte de trabajo del operario que la realizó. Pero hay algo que nos tiene confundidos: no hay huellas dactilares en los botones del cuadro de mando del sistema de seguridad, ya que han sido borradas a conciencia por alguien; el atracador, según me dicen ustedes, traía puestos guantes de látex por lo que, al no ir dejando huellas, no tenía ninguna necesidad de borrarlas y el operario de mantenimiento de la empresa de seguridad asegura que él no acostumbra a limpiar el cuadro de mando y que cuando tiene que quitarle el polvo utiliza un pequeño soplador eléctrico que, lógicamente, no elimina las huellas. Sin embargo, quien quiera que lo haya hecho se olvidó de limpiar la llave del cierre de la puerta del cuadro, que siempre se mantiene colocada en la cerradura; en esta llave hemos descubierto una huella de usted que ha quedado impresa mezclada con las huellas del operario de mantenimiento ¿Qué explicación tiene usted para esto?

- Seguramente debí tocarla después del atraco, cuando fuimos el cajero y yo a mirar por qué no había saltado la alarma ¿Estoy en su lista de sospechosos, inspector? –contestó el director con una sonrisa.

- Mire, don Víctor, en un caso como este todos los empleados del banco son sospechosos. Cualquiera puede haberse puesto de acuerdo con el atracador y haberle facilitado el golpe. En estos casos se lleva uno grandes sorpresas; casi siempre el culpable el que menos piensas que es. Mire don Víctor, si indagáramos cuales son las necesidades materiales y cuanta audacia y amor al dinero tiene cada uno de ustedes, podríamos elaborar una lista de sospechosos en la que, con una altísima probabilidad de acierto, el primero de la lista sería el culpable. Bien, ahora me marcho pero antes desearía hablar unos minutos con el cajero ¿sería usted tan amable de ordenar que lo sustituyan en la caja durante un momento?

El inspector Ortega se despidió de don Víctor, no sin antes advertirle que en cualquier momento podría ser llamado a la comisaría para hacer nuevas declaraciones y que si tuviera necesidad de salir de la ciudad debía avisarle previamente.

Tomás salió de detrás del mostrador de la caja y, junto al inspector Ortega, se alejaron unos metros para hablar sin ser oídos.

- Tomás, ya me ha dicho usted que está seguro de haber pulsado el botón de la alarma y también que todos los lunes hace una prueba de funcionamiento de la misma, siguiendo un protocolo establecido por la empresa de mantenimiento, y que en la prueba del lunes 18 comprobó que había funcionado perfectamente, pero que el día del atraco no funcionó ¿es correcto? –inquirió el teniente Martín Ortega.

- Sí, señor. Así es.

- Y dígame, en el tiempo que lleva usted en esta sucursal ¿ha fallado la prueba de la alarma algún lunes?

- No, señor. Nunca. Llevo casi cinco años en esta agencia y jamás ha fallado en ninguna de las pruebas –afirmó Tomás con rotundidad.

- ¿Y sabe usted si ha sido negativa alguna de las revisiones mensuales que lleva a cabo la empresa de mantenimiento?

- Nunca, que yo sepa. El operario deja nos una copia del parte de trabajo con el resultado de la prueba, y durante los años que llevo aquí nunca se ha dado ese caso.

- Una cosa más, Tomás. El día del atraco, cuando llegamos los de la policía y les sacamos a ustedes de su encierro en el archivo, no recuerdo bien que hizo usted ¿fue tal vez a mirar el cuadro de seguridad para ver qué había ocurrido con la alarma?

- No, señor.

- ¿Está seguro? ¿No fue usted con el director a ver el cuadro? o ¿recuerda usted si fue el director a verlo?

- No, señor. No fui ni solo ni acompañado de nadie y mucho me extrañaría que el director fuese a mirar la alarma porque no entiende absolutamente nada de eso, siempre me encarga a mí de los asuntos que tengan que ver con las instalaciones. Lo que sí hice fue llamar a la empresa de mantenimiento para explicarle lo ocurrido y para que vinieran a ver por qué había fallado la alarma.

- ¿Le preguntó el director si le había dado tiempo a usted de pulsar la alarma o por qué no había sonado?

- No, no me lo preguntó.

- ¿Y qué le dijeron los técnicos de la empresa de mantenimiento?

- Que no encontraron ninguna razón que justificara el por qué la alarma no se hubiera activado. Me dijeron que la habían chequeado dos veces y estaba en perfecto estado de funcionamiento.

- Gracias Tomás, es todo por hoy. Si tuviera más preguntas ya le llamaría.

- Muy bien, inspector. Estoy a su disposición para todo cuanto necesite.

Aquella misma tarde el teniente Ortega citó para el día siguiente en la comisaría a Pepa Carmona, a Rafa Durán y a Luís Maguila.

IV

Tomando en consideración las declaraciones de Pepa Carmona, cuando afirmaba que había notado algo extraño en la piel de la cara del ladrón, dos especialistas fisonomistas de la policía científica habían estudiado las pocas imágenes que las cámaras de vigilancia del banco habían captado del atracador, antes de que éste ordenara al cajero apagarlas, y habían descubierto que el atracador llevaba puesta una máscara de silicona y que el cabello no era natural sino una peluca. Así pues, dedujeron que si el ladrón se tapaba la cara debía ser porque tenía barba o alguna mancha o cicatriz que fueran muy identificativas, y si cubría su cabeza con una peluca sería porque o bien quería aparentar otro color de pelo o era calvo. Llegados a esta conclusión, el inspector Ortega había preparado una colección de dieciséis fotos de caras de delincuentes fichados, elegidas entre más de mil ochocientas, en las que todas presentaban un rostro de hombre con una verruga en la aleta izquierda de la nariz y todas ellas habían sido retocadas suprimiéndoles la barba y añadiéndoles una peluca de cabello negro intenso.

El jueves 1 de diciembre, a las nueve de la mañana, los tres citados estaban sentados en la sala de espera de la comisaría y el teniente Ortega los fue llamando a su despacho sucesivamente. Pepa Carmona fue la primera en entrar, el inspector la invitó a sentarse ante su mesa y le puso delante las fotos; las fue mirando una a una con detenimiento y al llegar a la quinta la señaló como la del atracador. Ortega le quitó la foto elegida de las manos, la miró y volvió a introducirla en el mazo, lo barajó y volvió a dárselo a Pepa para que lo volviera a mirar. Esta vez tuvieron que pasar frente a su vista catorce fotos pero a la decimoquinta, Pepa volvió a señalar la misma foto con total seguridad; Rafa Durán repasó el mazo de fotos dos veces y tras el segundo repaso señaló a tres como posibles, pero insistiendo en una de ellas que coincidía con la indicada por Pepa, y Luís Maguila después de mirar la colección por tres veces acabó señalando dos fotos, una de las cuales también coincidía con las anteriores.

- Les agradezco mucho a los tres su colaboración, de verdad que ha sido de enorme ayuda, sobre todo por la seguridad que ha mostrado usted Pepa. Tengo que decirle que es usted una gran fisonomista y que, si fuera usted más joven, le ofreceríamos un puesto en la policía –dijo el teniente Ortega dedicándole a Pepa una amplia sonrisa.

El atracador se llamaba Juan Manuel Moreno –familiarmente le llamaban Juanma− y tenía treinta y dos años. En su ficha policial aparecían dos detenciones debidas a dos pequeños hurtos en sendos establecimientos comerciales de alimentación y el paso por la prisión en dos ocasiones; la primera fue por el hurto de una bicicleta, que cambió por media docena de latas de fabada asturiana y otra media docena de cocido madrileño, después que su mujer y él no hubieran probado bocado durante dos días. El hambre no le eximió de la condena. El segundo paso por la cárcel se debió al atraco fallido a otra oficina bancaria que, ¡oh, sorpresa!, era del mismo Banco que ahora había robado y que, dado que no hubo lesiones físicas y tampoco hubo botín, le había valido una condena de solo tres años de cárcel, pero cuando Martín Ortega siguió leyendo el expediente del caso resultó que, ¡oh, casualidad!, el director de aquella oficina bancaria también era don Víctor León. Cuando Juanma llevaba dos años encarcelado le aplicaron el tercer grado y hacía seis meses que había obtenido su libertad definitiva. En el expediente también aparecía un informe psicológico que contaba cómo se había quedado huérfano de madre a los cuatro años y que dos años más tarde murió su padre por alcoholismo. A la muerte del padre, lo recogió una tía que vivía en un barrio marginal y que también tenía una abultada ficha policial por haberse dedicado desde muy joven a la venta de estupefacientes. Cuando su tía fue detenida en una redada, Juanma tenía ocho años y fue internado en un orfanato público donde fue educado, saliendo a los dieciocho años con un título de formación como administrativo bancario. Se tuvo que casar precipitadamente con su novia Rocío Balbuena porque la había dejado embarazada, pero se perdió el niño debido a un parto muy prematuro y ya no habían tenido más hijos después de aquel aborto. Nunca tuvo suerte con los trabajos; a los empresarios les asustaba leer en su currículum vitae que se había formado en un orfelinato y, si alguno lo contrataba, lo hacía aprovechándose de esta circunstancia para ofrecerle un salario de miseria. Cada mes se le presentaba el mismo dilema: o pagaba el alquiler del apartamento y los recibos del agua, gas y electricidad o dejaba de pagar alguno de los recibos y empleaba el dinero en el supermercado. Al final de su informe, el psicólogo afirmaba que Juanma reunía condiciones de bondad e inteligencia que le hubieran hecho muy válido en cualquier actividad pero que la sociedad le había colgado el cartel de delincuente potencial desde el mismo día de su nacimiento y no le había dado la más mínima oportunidad.

En cuanto la policía científica conoció la identidad del atracador, rastreó la señal de su móvil y lo localizó en Marsella; al parecer, según confirmaba el rastreo, el sábado había viajado por carretera hasta Barcelona y el domingo muy temprano tomó un barco hasta Marsella, donde desembarcó el lunes por la tarde. El inspector Ortega se preguntó si tendría en Marsella algún familiar, pero por más que indagó en este sentido no encontró nada. Seguramente Juanma ya habría estado en Marsella con anterioridad y tendría allí algún conocido. Los delincuentes, cuando huían, siempre se refugiaban cerca de algún familiar o de algún amigo o conocido de confianza, por si necesitaban ayuda. Inmediatamente, Ortega reservó un billete de avión a Marsella para el día siguiente a primera hora de la mañana y cursó orden de búsqueda y captura a la policía francesa, pidiéndoles que esperaran a su llegada para proceder a la detención.

El inspector Ives Maigret lo recibió en el aeropuerto de Marsella-Provenza y lo condujo a la base policial donde ya lo esperaban dos coches con seis efectivos. Llegaron al lugar donde el rastreo había ubicado la señal del teléfono, un bloque de viviendas de cuatro plantas en el barrio de la Joliette, con una fachada de color gris metálico que desentonaba con el blanco dominante de aquella luminosa zona portuaria de la ciudad. Entraron y preguntaron a la portera, que en ese momento barría el vestíbulo del portal, por la persona que buscaban, diciéndole que había llegado hacía un par de días y haciéndole una descripción completa de Juanma. La portera, asintiendo continuamente, les dijo con toda seguridad que se encontraba en el segundo A; le preguntaron si el bloque tenía alguna otra salida o una escalera de incendios y dijo que no. No había ascensor y los dos inspectores, acompañados de tres guardias armados con un ariete, por si era preciso derribar la puerta, subieron por unas escaleras que resultaban algo empinadas y llegaron a la puerta de la vivienda. Tocaron el timbre y dentro se oyó un rumor y un arrastrar de sillas; tras diez segundos de silencio se entreabrió la puerta, con la cadena de seguridad puesta, y apareció la cara de Juanma; detrás se veía a Rocío, mujer.

- Policía, abra la puerta –dijo el inspector Maigret, enseñando su placa, en un español aceptable pero con mucho acento francés.

Juanma abrió y no ofreció resistencia. El inspector Maigret les pidió a los dos su documentación. La de Juanma resultó ser falsa; tras el atraco, el mismo sábado se había hecho en el mercado negro con un DNI falso en el que aparecía una foto suya reciente, que le había hecho el mismo falsificador, con su nombre, apellidos y domicilio cambiados. La documentación de Rocío era auténtica.

- A ver, el dinero, ¿dónde está? –preguntó el inspector Ortega.

- El dinero ya no existe –contestó Juanma

- ¿Cómo que ya no existe? –inquirió Ortega alarmado.

- Lo tiré al mar cuando veníamos en el barco –respondió Juanma

- ¿Cómo que al mar? –insistió Martín Ortega

- Un helicóptero de la policía aterrizó en el barco al poco tiempo de salir de Barcelona y yo creía que me habían descubierto y que venían a por mí. Entonces fui corriendo a mi camarote y tiré el maletín por el ojo de buey, pensando que como tenía documentación falsa no me descubrirían. Después resultó que buscaban a otra persona –explicó Juanma, y a los dos inspectores les pareció una explicación plausible.

- ¿Y tiraste todo el dinero? –preguntó Ortega.

- Tiré la maleta con todo el dinero dentro, menos diez mil euros que cogí en Barcelona antes de embarcar.

Mientras el teniente Ortega hacía una llamada para comprobar lo del helicóptero, el inspector Maigret llamó a otros dos policías, de los tres que habían quedado en el coche policial, y ordenó a los cinco agentes que procedieran a efectuar un registro a fondo en busca del dinero. El registro fue infructuoso, solo encontraron nueve mil ochocientos euros que Juanma lleva en un bolsillo interior de su chaqueta; ante el resultado negativo del registro y la confirmación de que efectivamente se había efectuado la detención de un polizón que fueron a detenerlo con el helicóptero antes de que el barco entrara en aguas francesas, los inspectores dieron por buena su declaración. Lo esposaron y se lo llevaron detenido a las dependencias policiales marsellesas. Cuando los coches celulares arrancaban, desde la calle se pudo apreciar cómo se entreabría una ventana del segundo piso; aquella habitación tenía la luz apagada pero con el reflejo del alumbrado urbano se distinguieron tres rostros: dos de mujer, uno de los cuales era el de Rocío, la mujer de Juanma, y uno de hombre, que tenía un gran parecido al de Juanma Moreno. Si los policías hubieran mirado los buzones de correos habrían leído en el buzón del segundo B «Rosalía Moreno Rojas - José Luís Romero Moreno», una tía segunda de Juanma, prima hermana de su padre, y su hijo José Luís, con el que había jugado muchas veces hasta su ingreso en el orfanato, que habían emigrado a Francia hacía quince años y se habían quedado a vivir en Marsella.

V

El inspector Ortega entró en el despacho de don Víctor sin llamar. Éste, sorprendido, se levantó de su asiento y extendió la mano para saludarlo pero la retiró inmediatamente porque tras el policía venían dos guardias.

- Víctor León, queda usted detenido acusado de planear y dirigir el robo de esta sucursal bancaria –dijo el teniente Ortega, al tiempo que hacía señas a los agentes para que esposaran al acusado.

- ¿Qué está usted diciendo? No tiene pruebas… −protestó don Víctor

- Las pruebas se las revelaremos en la comisaría. –contestó Ortega, tajante.

Don Víctor salió esposado de su despacho y, ante la expectación de los numerosos clientes que allí se encontraban, atravesó la zona de público escoltado por los dos policías uniformados, que lo agarraban de los brazos llevándolo casi en volandas.

En la comisaría, al cruzar por un pasillo, de camino al despacho del inspector Ortega, don Víctor vio a Juanma esposado y sentado frente a la mesa de un policía que estaba haciéndole preguntas y rellenando un cuestionario; entonces supo que todo se había venido abajo.

- Dígame cuándo y cómo se puso usted en contacto con Juan Manuel y quien planificó el robo –preguntaba el inspector.

- Yo no sé quién es el Juan Manuel al que usted se refiere ni sé quién planificó el robo. Soy inocente de lo que me acusa, inspector –replicó don Víctor.

- Don Víctor, todo ha terminado. Sabemos que usted se puso de acuerdo con Juanma por segunda vez para efectuar el robo de la sucursal bancaria que dirige. Ya lo hizo en otra ocasión, que resultó fallida porque entre los clientes se encontraba un policía vestido de paisano que redujo al atracador. Entonces Juanma se tragó una condena de tres años y tuvo la lealtad y la nobleza de no delatarle a usted. Esta vez, el caso está muy claro. Sabemos que usted compró un inhibidor de señales que colocó en el armario del sistema de seguridad para así impedir que se activara la alarma si el cajero accionaba el pulsador desde su puesto de trabajo; también sabemos en qué tienda lo compró y tenemos el testimonio del dependiente que se lo despachó. Después del atraco, usted no se interesó en preguntarle al cajero qué había pasado para que no saltara la alarma o si no había tenido tiempo de pulsar el botón antes de que el atracador lo amenazara, y no lo hizo porque sabía que, aunque lo hubiese pulsado, la alarma no sonaría. Usted limpió el cuadro de mando de la alarma después de manipularlo pero se olvidó de limpiar la llave de cierre del armario y dejó en ella una huella sobre las del operario de mantenimiento, dejando así constancia de que usted había sido el último en manipularla. El ladrón entró con las manos libres y salió con el dinero en una maleta transfer, en la que usted había llevado unos días antes un lote de libros, que colocó en la librería de su despacho, y luego la dejó en el cuarto de la caja fuerte con la intención de que sirviera para guardar el botín. Juanma ya lo ha confesado todo; solo queremos contrastar su declaración con la usted.

Don Víctor terminó confesando todo lo que la policía quería saber, coincidiendo plenamente con la declaración de Juanma. Fueron a juicio y don Víctor fue condenado a cinco años de prisión y a Juanma lo condenaron solo a tres años porque se apreciaron algunos atenuantes: uno fue su estado de precariedad económica y otro fue que, al ser la pistola falsa, la intimidación al personal y a los clientes del banco no fue real sino simulada, en ningún momento puso en riesgo la vida de nadie.

VI

Aprovechando algunos beneficios penitenciarios, Juanma quedó en libertad definitiva a los dos años y cuatro meses. Unos días más tarde dio de baja su teléfono móvil para no ser rastreado –se había aprendido la lección− y viajó a Marsella pero, por precaución, primero fue a París y al día siguiente, después asegurarse que nadie lo seguía, bajó haciendo autostop hasta Lyon por la A-6 con un señor mayor que iba a casa de su hijo a pasar unos días, que lo recogió a las afueras de Paris, y luego, en la A-7 lo recogieron dos chicas jóvenes que regresaban a Marsella y lo dejaron en Saint-Lazare, justo al lado de la Joilette.

Eran las doce y treinta de un domingo cuando Juanma tocó el timbre del segundo B. Abrió la puerta su primo José Luís quien, de momento, se quedó en suspenso por la sorpresa hasta que un instante después reaccionó y con una amplia sonrisa y los ojos muy abiertos por la alegría le dio un fuerte abrazo y dos besos en la cara. Después aparecieron Rocío y su tía Rosalía que también lo abrazaron con lágrimas en los ojos. Estaban empezando a cocinar el almuerzo –después de tantos años Rosalía no había perdido la costumbre española de almorzar a las dos de la tarde− y cambiaron el menú para obsequiarlo con una magnífica comida provenzal: unos entrantes de paté de aceitunas y unas soccas crujientes, acompañadas de una ensalada nizarda y una bullabesa de gambas con salsa rouille. Tras el almuerzo, su tía Rosalía le puso a Juanma en la mesa un papel timbrado con el membrete del ABN Amro Bank (Schweiz) de Zúrich donde aparecía la apertura de una cuenta bancaria con un depósito de dos millones de euros a nombre de Juan Manuel Moreno García y otro del banco Aquila Investment de Zúrich con un depósito de seiscientos mil euros a nombre de Rosalía Moreno Rojas.

Tres días antes de su detención, Juanma había llegado a casa de su tía Rosalía a la que no veía desde hacía quince años, aunque si hablaba por teléfono con ella y con su primo con cierta frecuencia, y después de abrazarse y presentarles a Rocío, su esposa, estuvieron hablando del calvario que había sido su vida desde la muerte de su madre y de lo injustamente que lo había tratado la sociedad, que prácticamente lo había obligado a delinquir. Al final les contó a su tía y a su primo la verdad de lo que había hecho y les pidió ayuda. A la mañana siguiente su tía, su primo y él tomaron el primer vuelo a Zúrich y, como único equipaje de mano, llevaban tres maletines de mano que no tuvieron que facturar como equipaje. Aterrizaron a las diez y quince en el aeropuerto de Kloten, en Zúrich, tomaron un taxi y se dirigieron al número 33 de Beethovenstrasse, sede la entidad financiera ABN Amro Bank, donde abrieron una cuenta y depositaron dos millones de euros a nombre de Juan Manuel Moreno García; luego fueron al 28 de Bahnhofstrasse, domicilio de las oficinas de la firma Aquila Investment AG, donde abrieron otra cuenta a nombre de Rosalía Moreno Rojas y José Luís Romero Moreno con un ingreso de seiscientos mil euros. Almorzaron en Zúrich y por la tarde tomaron otro avión que les devolvió a Marsella a las nueve de la noche. Juanma le pidió a su tía que guardara su resguardo de la apertura de su cuenta bancaria y su DNI auténtico, frente al riesgo de tenerse que identificar ante la policía y para evitar que descubrieran el paradero del dinero si, durante un registro, le encontraban dichos documentos en su poder.

- ¿Estás satisfecho, mi amor? –preguntó Rosalía poniéndole una mano sobre el hombro y dedicándole una amplia sonrisa.

- Muy satisfecho tía. Esto fue lo acordado y os lo habéis merecido con creces por lo bien que habéis cuidado de mi mujer mientras yo estaba en la cárcel. Siempre os estaré eternamente agradecido por este gran favor. Espero que lo disfrutemos sabiamente y con buena salud.

- Esperemos que así sea –terció Rocío, persignándose− porque, después de haber estado a punto de tirar el dinero al mar, Dios puso en el barco a aquel polizón y mandó aquel helicóptero para hacer creíble nuestra excusa y así poder conservar este dinero para disfrutarlo.

Se levantaron de la mesa y alzaron sus copas, que chocaron en un alegre brindis.

Sevilla, julio de 2018

F I N

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