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El ángulo obstuso

por
Manuel Paleteiro Ortiz


1

Eran las diez de la mañana de un domingo de verano cuando Elvira estaba terminando de instalar su puesto en el mercadillo que se monta en el sevillano paseo de la Alameda de Hércules los fines de semana, cuando conoció a Fidel, e inmediatamente supo que había conocido al hombre de su vida.

No podía decirse que Elvira fuese una mujer muy guapa, pero era atractiva, de estatura media, morena de ojos azules y ofrecía una bonita sonrisa. Tenía veintiún años recién cumplidos. Su auténtica vocación era la pintura, si bien ella misma reconocía que tenía mucho miedo a romper las reglas y eso la hacía poco creativa, circunstancia esta que, sumada a la grave crisis que el país estaba atravesando, daba como resultado que las ventas de sus cuadros fueran tan esporádicas y los precios que tenía que cobrar por ellos tan bajos, que sus ingresos se quedaban en nada. Por esa razón tuvo que encontrar otra fuente de ingresos alternativa. Probó como cuentacuentos pero, aunque tenía buen timbre de voz y buena dicción, su fonología no era buena y le faltaba expresividad; trabajó con un payaso y su vis cómica era tan pobre que difícilmente hacía reír a ningún niño. Al final fue un amigo, que también instalaba un puesto de artesanía en el mismo mercadillo, quien le descubrió su habilidad natural. Un día que estaba visitando en su puesto a este amigo, estuvo durante un rato observando como fabricaba una pitillera de cuero repujado y, cuando la terminó, Elvira le pidió que la dejara intentar fabricar otra igual a ella sola. El resultado fue tan bueno como inesperado; su amigo quedó encantado y le permitió acudir a su puesto todas las veces que quisiera. Fabricó monederos para hombres y para mujeres, bolsos, cinturones y un sinfín de artículos más; todos le salían a la perfección, tanto en la ejecución como en el diseño. Había encontrado su trabajo ideal. Así pues, pidió la correspondiente licencia al ayuntamiento y montó su puesto donde, además de mostrar los objetos de artesanía que ella misma fabricaba, también exponía algunos de sus cuadros, vendiendo alguno de tarde en tarde.

Estaba de espaldas al mostrador terminando de colgar el último de los seis cuadros que exhibiría ese día. Terminó de colgarlo y, al volverse, casi se da de cara con un muchacho que, situado tras ella, miraba con mucha atención precisamente ese último cuadro mientras lo colgaba. Al volverse no esperaba encontrar una cara a un palmo de suya y dio un respingo hacia atrás.

- Perdona, creo que te he asustado -le dijo Fidel, mirándola directamente a los ojos mientras le dedicaba una sonrisa a modo de disculpa.

- Ah, no te preocupes, es que no te esperaba tan cerca y me he sorprendido.

- Me ha llamado mucho la atención este cuadro. Me gusta ¿los pintas tú?

- Sí, sí, los pinto yo.

- Yo también pinto. Pero, perdona, que no me he presentado. Me llano Fidel Peña.

- Encantada Fidel. Yo me llamo Elvira Alonso.

- ¿Y qué precio tiene este cuadro, Elvira? -preguntó Fidel sin dejar de observar el cuadro y acercando su cara al lienzo para observar más de cerca una pincelada.

- Muy barato. Ciento treinta euros -respondió Elvira con una sonrisa y esperando un regateo.

- Pues la verdad es que me parece barato. Me lo quedo -Elvira no se podía creer que hubiera vendido aquel cuadro con tanta facilidad, cuando en otras ocasiones el regateo con el cliente la llevaba a tener que ofrecerlo por un precio que rozaba su coste y, aun así, muchas veces el cliente se marchaba sin comprarlo.

Elvira recogió su puesto a las tres de la tarde. Lo cargó todo en un triciclo de carga que tenía para este menester y se marchó a casa. En su raquítica caja solo habían entrado los ciento treinta euros del cuadro y otros veintidós euros de la venta de una pitillera y un monedero de mujer, es decir, toda una mañana para recaudar ciento cincuenta y dos euros que solo le reportaban un beneficio de unos treinta euros.

Aquella tarde le vino a la cabeza varias veces el recuerdo de Fidel. Era alto y guapo, de unos veinticinco años de edad, tenía unos hermosos ojos marrones y el pelo castaño oscuro, pero, entre sus características, eran dos las que con más insistencia recordaba, una era el tono profundo de su voz y la otra aquella sonrisa que le dedicó a modo de disculpa y que ella encontró seductora. Los días de mercadillo, cuando llegaba la noche, se encontraba muy cansada y se acostaba temprano; por la mañana, la carga de todo el material en el triciclo, el posterior montaje de la estructura del puesto y la colocación de los objetos a la venta, y por la tarde, la vuelta a desmontar y a cargar todos los bártulos en el triciclo, lo realizaba ella sola, sin ninguna ayuda, y la dejaba agotada. La ventaja de acostarse tan cansada era que dormía plácidamente durante ocho o nueve horas del tirón, sin despertarse ni una sola vez durante la noche. A la mañana siguiente, al despertarse, se sorprendió de haber soñado con Fidel. Por regla general, cuando se despertaba por las mañanas sabía que había soñado algo pero nunca se acordaba del contenido de sus sueños o, a lo sumo, lo recordaba durante unos breves minutos y luego el recuerdo se perdía para siempre; hoy era distinto, recordaba con toda claridad lo soñado y después de un par de horas el recuerdo persistía indeleble en su memoria. En su sueño se veía en el puesto, subida en un taburete y colgando un cuadro que no era suyo pero que le gustaba mucho; el taburete se movía, ella se desequilibraba y, cuando iniciaba la caída, Fidel aparecía y la sostenía abrazándola fuertemente entre sus brazos y la besaba en la boca con pasión y, al mismo tiempo, con mucha delicadeza.

Durante la semana, de lunes a viernes, Elvira trabajaba en un bufete de abogados desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde -el resto del día lo dedicaba a fabricar sus artesanías y dar algunas pinceladas a sus cuadros-; archivaba cartas y expedientes de casos judiciales, llevaba las agendas de los tres letrados que trabajaban en el bufete, controlaba la facturación de sus minutas de honorarios y también les traía a sus despachos, cada mañana, los desayunos desde el bar situado en el local de la planta baja de aquel edificio de oficinas. Era la clásica secretaria para todo, excepto para cobrar un salario digno; la clientela de aquellos picapleitos no era ni abundante ni pudiente, lo que se traducía en que ella cobraba poco dinero y siempre con retraso.

El martes, a media mañana, estando en el bufete, sonó su teléfono móvil. Era un número desconocido. Interrumpió la carta que escribía en el ordenador en ese momento y contestó, prestando mucha atención a la voz que oiría a continuación por si la reconocía.

- Sí, dígame.

- Hola Elvira, soy Fidel. No sé si te acordarás de mí. Estuve el domingo en tu pues…

- Claro que me acuerdo de ti, Fidel -lo interrumpió Elvira. ¿Quién te ha dado mi número de teléfono?

- No me lo ha dado nadie. Al dorso del cuadro que te compré había una pegatina con tu nombre y tu número de teléfono y me he atrevido a llamarte para saludarte.

- Ah, sí, cierto. No lo recordaba. Gracias Fidel. ¿Qué tal estás?

- Estoy muy bien, gracias. Te llamo para decirte que tu cuadro ha gustado mucho a mis amigos y a todos ellos les he dado tu nombre y tu teléfono por si alguno quiere ser tu marchante.

- Hombre, Fidel, muchísimas gracias; eso es muy generoso de tu parte. Tú también eres pintor y ese gesto no es muy habitual entre competidores.

- Bueno, yo estoy pintando desde los doce años y vendiendo mis cuadros desde hace casi diez. Tengo mi clientela hecha y me va bien; vendo unos treinta ejemplares cada año, entre paisajes y bodegones, y tres o cuatro retratos, que es lo que más me gusta pintar. De todas formas yo soy de los que opinan que cuantos más buenos pintores haya en el mercado, más público se aficionará a la pintura y más crecerán las ventas. Y los cuadros que vi el domingo en tu puesto son buenos y lo serán aún más con el paso del tiempo, cuando adquieras más experiencia.

- Gracias Fidel. Me estás daño una gran inyección de moral. Yo siempre me siento insatisfecha cada vez que termino un cuadro.

- Bueno Elvira, eso nos pasa a todos y no es malo, sino todo lo contrario; demuestra un afán de superación que con el tiempo se traducirá en una mejor calidad de tus obras. Bueno, también te he llamado para saber si tienes más cuadros, porque tengo un gran interés en verlos.

- Sí, claro que tengo más. En estos momentos puedo tener en casa alrededor de cincuenta y puedes venir cuando quieras.

- ¿Pintas en tu casa o tienes algún estudio?

- Pinto en casa. No me puedo permitir pagar un estudio.

- Ah, vale, pero no quisiera molestar a tu familia con mi visita.

- Vivo sola, Fidel. Hace tres años que me emancipé de la casa de mis padres y me alquilé un pequeño apartamento, que es donde vivo. Pues, si quieres, nos vemos mañana por la tarde en un bar que hay frente a mi casa. Toma nota de la dirección.

Como quiera que Fidel trabajara de diseñador en un taller de orfebrería y no terminaba su jornada hasta las siete de la tarde, quedaron en dicho bar a las ocho, y así tener tiempo de ir a su casa para asearse y cambiarse de ropa.

Fidel llegó puntualmente a la hora convenida y Elvira, que venía del despacho y ni siquiera había subido a casa, ya lo estaba esperando. Después de tomar un café, sin más preámbulos, atravesaron la calle y subieron al piso. El apartamento de Elvira era pequeño, solo disponía de un dormitorio, un aseo y un comedor con cocina americana, pero tenía algo imprescindible para un pintor: una magnífica iluminación natural. Los muebles eran baratos, de esos que amueblan los apartamentos de alquiler para estudiantes, pero su falta de calidad quedaba totalmente eclipsada por la fantástica apariencia de las paredes, que se veían abigarradas de cuadros que colgaban en un sugestivo desorden, donde se mezclaban paisajes, bodegones, unos cuantos retratos -casi todos masculinos-, un autorretrato de muy buena factura y hasta un par de desnudos femeninos.

Durante un rato Fidel estuvo mirándolos con detenimiento uno a uno, comentando la técnica y los aspectos formales e iconográficos de aquellos que más le gustaban; al final quedó bastante impresionado por la obra de Elvira.

- ¿Has ido a alguna Escuela o Facultad de Arte, Elvira? -preguntó Fidel.

- No, a ninguna, soy totalmente autodidacta.

- ¿Y llevas mucho tiempo pintando?

- Unos tres años.

- Entonces creo poder decirte que puedes llegar a ser una magnífica pintora. En tus cuadros -sobre todo en los retratos- veo algunas técnicas propias de un profesional, que si, por lo que me dices, no son aprendidas sino intuidas, demuestran que tienes un gran sentido pictórico innato. Solo te resta relacionarte más con el mundo del arte, pintar mucho y ver abundante pintura ajena; así tu sentido artístico se irá alimentando y creciendo por ósmosis, absorbiendo como una esponja todo aquello que cuadre con tus gustos pictóricos. -sentenció Fidel.

- Me estás regalando tanto mi ego que ya no sé cuánto hay de verdad y cuánto de halago en lo que me dices.

- Créete lo que te digo -dijo Fidel, riendo de buena gana. - No pienses que te estoy dando coba.

Charlaron durante un buen rato hasta que oyeron dar las diez de la noche en el campanario de la vecina iglesia y los dos rieron porque ambos dijeron al unísono que tenían hambre.

 Elvira lo condujo a otro bar que ella frecuentaba, La Barrica, donde tenían buena cocina. Se sentaron en un saloncito, situado al fondo del local, que solo tenía dos mesas y que en ese momento se encontraba vacío de público. Pidieron unas bebidas y un par de tapas que, a pesar de que eran bastante abundantes, las agotaron enseguida porque comieron de muy buena gana. Repitieron las bebidas y siguieron charlando e intimando hasta que, al cabo de un rato, Fidel se cambió de asiento y se situó junto a Elvira; media hora más tarde se tomaban de las manos y se seguían hablando, pero ahora en un tono tan bajo que más bien era un susurro. Y a medianoche habían vuelto al apartamento y se estaban besando con frenética pasión en la cama de Elvira.

A las ocho de la mañana, como cada día, se despertó Elvira, fue a la cocina e hizo café. Fidel seguía durmiendo. Despertó al contacto de los labios de Elvira, que le iban dando pequeños y fugaces besos en los ojos, en la cara, en la frente y en los labios.

2

El fin de semana transcurrió para Elvira como de costumbre, las mañanas del jueves y del viernes trabajando en el bufete y las tardes en casa elaborando sus productos artesanos, con la salvedad de que la imagen de Fidel no desapareció de su cabeza en ningún momento; recordaba con todo detalle una y otra vez cada palabra y cada instante vivido en la tarde y la noche del miércoles, volvía a sentir en su cuerpo las manos de Fidel acariciándole sus pechos y bajando suavemente por su vientre hasta su vulva, sentía los estertores de placer que le producían las caricias de sus dedos en su clítoris, notaba en sus labios el sabor de sus besos y en su boca la suavidad de su lengua, notaba como su sexo se humedecía recordando sus fogosas acometidas, su mirada vidriosa por el deseo y la lujuria, sus gemidos de placer y su sudor impregnado de aromas de sexo, volvía a sentir su p**e erecto p**********a hasta el fondo de su vagina y revivía los muchos y ardientes orgasmos de aquella noche, que luego acababan en un delicioso éxtasis de placer con aquellos suaves y lentos frotamientos finales de su p**e en las paredes de  su vagina. Elvira ya había tenido con anterioridad algunos encuentros sexuales esporádicos, pero la experiencia de aquella noche superaba ampliamente a todo lo anterior; jamás había vivido el sexo como lo vivió aquella noche, nunca había sentido el placer sexual de forma tan intensa y se vio a sí misma debatiéndose entre el fuerte deseo de repetirlo muchas más veces y el temor de que, de continuar su relación con Fidel, aquello pudiera llegar a convertirse en una adicción difícil de erradicar.

El domingo, era ya mediodía cuando Fidel apareció por el mercadillo acompañado de su amigo Borja. Este era de estatura media, con el pelo tirando a pelirrojo poco intenso, algo pecoso en la frente y sobre los pómulos, y sus ojos -muy extraño en un pelirrojo- eran azules, risueños y de mirada muy viva, y en su rostro se dibujaba una agradable y perenne sonrisa que únicamente desaparecía frente a asuntos que fueran auténticamente serios. Ambos presentaban el aspecto de haber dormido poco aquella noche; la pareja de amigos era aficionada al jazz y todos los sábados acudían al Blue Moon, un local con aspecto de cafetín moruno y escasa iluminación, donde no se aplicaba la prohibición de fumar, creando un ambiente cargado de humo y olor a humanidad y abarrotado de un público variopinto que, unos sentados en mesas pequeñas y bajitas, y otros muchos de pie, escuchaban jazz y blues durante toda la noche. Fidel llevaba años aprendiendo a tocar el saxo, por afición, y como quiera que hubiera terminado haciéndolo bastante bien, su buen amigo y director del local, el polifacético Pitito Maqueda, le permitía subir al escenario todas las noches y tocar un rato acompañándolo a él mismo con el bajo o la guitarra y a Olaf Meyer al piano.

Eran casi las tres de la tarde cuando Elvira, con la ayuda de Fidel y Borja, tenía el puesto recogido y todos los bártulos cargados en el carrito. Esta vez la venta había sido muy buena; había vendido dos cuadros, que era lo que más subía la cifra en la caja, y una docena de artículos de artesanía; en total, una recaudación de casi quinientos euros. Los dos amigos completaron su ayuda acompañando a Elvira a su casa, descargando los objetos y subiéndolos a su apartamento.

- Chicos, por la buena venta que he hecho hoy y en agradecimiento por vuestra ayuda os invito a comer en La Barrica -les dijo Elvira pasando sus brazos por los hombros de cada uno de ellos.

Almorzaron en el mismo saloncito del fondo, donde Fidel y ella cenaron y se besaron la primera vez y que, al igual que aquel día, se encontraba vacío, ocupado únicamente por ellos. Comieron y bebieron en abundancia, llegando a los postres, entre bromas y risas, un poco achispados. Borja tenía una simpatía especial y contaba los mejores chistes y con más gracia que ninguno; cuando acabó de contar el último chiste, que arrancó una carcajada general, Fidel se irguió un poco sobre su silla y, pasándole una mano por la nuca, atrajo a Borja hacia sí y lo besó largamente en los labios. La risa se desvaneció en los labios de Elvira. Quedó tan sorprendida que de momento no supo que hacer o a donde dirigir su mirada. Cogió la taza de café que tenía delante y, abstraída, la llevó a su boca con lentitud y ahí la mantuvo, mojando sus labios pero sin sorber ni una gota de café. Durante el minuto que se mantuvo en esa posición le pasaron por la cabeza varios pensamientos fugaces; «es su amigo de toda la vida y ese beso es de amistad pura y sincera»; «está un poco borracho y con la alegría y la risa del chiste ha tenido esa reacción espontánea»; « ¿serán amantes? no creo, me parecería imposible, su comportamiento en la cama no es el de un homosexual». Aun prolongaron la sobremesa una hora más y durante ese tiempo no volvió a repetirse ninguna otra escena; todo transcurrió con entera normalidad y Elvira olvidó aquellos pensamientos.

Cuando llevaban dos meses de relaciones, se veían un par de días a la semana repitiendo cada vez los mismos pasos que los de la primera cita; quedaban en La Barrica, tomaban unas copas y unas tapas que le servían de cena y subían al apartamento. Sus batallas eróticas en la cama seguían manteniendo la misma intensidad e iban mejorando en ternura y devoción a medida que crecía el amor entre ellos. A los seis meses seguían viéndose dos veces por semana y esas alturas Elvira había llegado a tal nivel de adoración por Fidel que la idea de perderlo la ponía enferma.

- Cariño -le dijo un día Elvira- llevo un tiempo pensando en la posibilidad de que nosotros vivamos juntos. ¿Tú crees que funcionaría? Ya sé que este apartamento es pequeño, pero me has dicho alguna vez que tu piso tiene tres dormitorios y que tu salón es más grande que este y, además, tienen un trastero vacío donde yo podría guardar mis bártulos del puesto; quizás podríamos vivir los dos en el tuyo ¿a ti que te parece?

- Mi vida -empezó diciendo Fidel, tomándole una mano- es que hay algo que no te he dicho porque nunca me lo has preguntado. Borja y yo vivimos juntos desde hace tres años -Elvira se quedó en suspenso, con la boca abierta y la mirada perdida.

- ¿Có…có…mo?... -balbuceó al final.

- Sí, mi amor. Borja y yo nos conocemos de toda la vida y hace tres años decidimos irnos a vivir juntos y alquilamos un piso.

- Pero aunque yo no te lo haya preguntado expresamente nunca -respondió Elvira sin dejar de salir de su asombro- ¿cómo es posible que en los seis meses que hace que nos conocemos no me lo hayas mencionado nunca?

- Muchas veces he estado a punto de decírtelo y nunca me he atrevido porque hay algo más que no sé cómo te lo vas a tomar. Yo te quiero con locura y tengo mucho miedo a perderte.

- Yo a ti también te adoro y nuestro amor debería de ser razón más que suficiente para que entre nosotros no hubiese secretos… -y en ese momento a Elvira le vino a la memoria el episodio de aquel beso entre Fidel y Borja- ¿A qué algo más te refieres? -dijo con el ceño fruncido, casi esperando la respuesta que estaba imaginando pero sin llegar a creerlo del todo.

Y Fidel le dijo, como si estuviera leyendo su pensamiento, - Sí, mi amor, Borja y yo somos amantes desde hace casi diez años. Aquel día en La Barrica yo había bebido demasiado y me dejé llevar por un impulso y besé a Borja delante de ti. Después de hacerlo pensé que sería mejor que te dieras cuenta por ti misma, sin necesidad de tenerte que dar la explicación que te estoy dando ahora, pero tú no te diste por enterada y llevo seis meses buscando un momento oportuno para decírtelo sin encontrarlo.

- ¿Y ahora que vamos a hacer? Yo me siento engañada.

- ¿Engañada? ¿Es que crees que mi amor por ti es fingido?

- No sé qué pensar. Yo no entiendo nada. Creo que tú me quieres de verdad pero ¿cómo es esto posible? Si tú quieres a un hombre, ¿cómo puedes quererme a mí?

- De la misma forma que tú quieres por igual a tu padre, a tu madre y a tus hermanos. Tienes amor en tu corazón para todos ellos ¿no es cierto?

- Sí, pero no es lo mismo.

- Claro que es lo mismo. ¿Qué pensarías si tu padre te dijera que sólo debes quererlo a él y te prohibiera amar al resto de tu familia?

- Pero, ¿y la fidelidad, no cuenta?

- La fidelidad a la que te refieres y que tanto te importa es exclusivamente la del sexo, ¿no? La fidelidad del alma, la de los pensamientos y los sentimientos, esa no cuenta, te trae sin cuidado. Tú entiendes perfectamente que Borja esté en mi vida desde antes que tú y que nos queramos con toda el alma desde que éramos niños; ese gran amor no te molesta y no lo consideras como una infidelidad, es más, comprendes que es el amor de una amistad grande y pura que incluso despierta tu admiración. No tienes ningún problema en compartir con Borja el disfrute de mi amor sentimental. Que yo os quiera muchísimo a los dos no te causa ninguna molestia. El conflicto surge cuando se trata de compartir con él mi sexualidad. Llegados a este punto es el sexo quien gana la batalla, se impone a tu razón y a los impulsos de tu corazón, hace que te manifiestes egoísta y excluyente, te ciega impidiéndote distinguir la diferencia entre el deseo carnal y el amor cordial y juicioso, que es el que te hace apreciar mis cualidades personales y enamorarte de alguna de ellas, o de todas a la vez, ya sea de mi elocuencia, de mi honestidad o de mi inteligencia; todas estas cualidades, que fueron despertando tu amor a medida que las fuiste descubriendo, el sexo las relega a un segundo término, las ahoga por la fuerza de la libido y ya no vuelven a renacer hasta que la atracción sexual se agota. ¿Por qué razón hay que vincular el sexo al amor puro, que es el que nace a la vez en tu cerebro y en tu corazón? Mi amor por Borja no le resta un ápice al amor que siento por ti. Yo te amo con la misma pasión, teniendo a Borja que sin tenerlo. Durante todo el tiempo que llevamos amándonos he tenido a Borja a mi lado, ¿es que te ha defraudado mi amor durante estos meses? ¿lo has notado tibio o falto de pasión? Cuando el amor enraíza al mismo tiempo en el cerebro y en el corazón del enamorado y este sabe de forma consciente sobre qué cualidades de la persona amada está fundamentado, este amor será inmutable mientras el ser amado mantenga estas cualidades intactas; el amor que solo se alimenta de impulsos cordiales siempre será un amor débil, con una existencia precaria, que caerá ante la menor adversidad. Mi fidelidad es inmutable porque mi amor por ti también lo es. La infidelidad es la deslealtad a los principios sobre los que se fundamenta un amor o una amistad, y yo me declaro leal a esos principios. La persona amada es aquella a la que le entregas toda tu amistad sin reserva alguna, de donde resulta que el amor es la amistad elevada a su más alto grado. Mis actos para contigo son sinceros y honestos, y la pureza del amor que siento por ti se evidencia manifestándose a través de la limpieza de mis pensamientos y la honestidad de mis actos hacia tu persona y en la plena confianza con que podría depositar mi vida en tus manos. -Fidel calló al ver que dos lágrimas corrían por las mejillas de Elvira.

- Lo siento, nunca lo había mirado de ese modo -contestó Elvira, enjugándose las lágrimas. - He comprendido que llevas razón en tu razonamiento pero no sé si seré capaz de asimilarlo y aplicarlo a mi vida diaria. Me gustaría mucho poder sentir el amor como lo sientes tú y hacer mías esas ideas que me has expuesto; creo que servirían para vivir una vida más feliz, al menos en lo que al amor se refiere.

- Estoy seguro que si descubres con claridad cuáles son aquellas cualidades mías que te han enamorado y si tu amor por mí está bien fundamentado en ellas, tú vida de enamorada será mucho más satisfactoria, tanto emocional como sexualmente -dijo Fidel, tomándola de las manos.

- ¿Y Borja que dice de todo esto? -preguntó Elvira

- En cuanto a opiniones en este tema, Borja y yo somos uno. No en vano llevamos diez años compartiéndonos con otras personas sin que nuestro amor haya menguado lo más mínimo, es más, me atrevería a decir que después de cada una de estas situaciones siempre ha salido reforzado.

3

Los tres se acomodaron en el piso de Fidel y Borja. Cada uno disponía de su espacio privado en cada uno de los tres dormitorios con que contaba la vivienda, donde se aislaban cuando necesitaban realizar alguna actividad en total intimidad. Solían reunirse por la noche en el salón, donde tenían interesantes conversaciones o jugaban a las cartas o bien veían alguna película que les interesara a todos en un televisor de pantalla grande. Compartían todos los gastos del piso y habían establecido unas normas elementales de convivencia, como la prohibición de fumar cuando estaban reunidos, la obligación de cada cual de mantener el orden y la limpieza en su dormitorio o la de hacerse cargo durante una semana de cocinar para todos o de hacer el lavado y planchado de toda la ropa o la limpieza del piso, excepto los dormitorios, por ser labor de cada uno en el suyo. Era lo más parecido a una comuna donde destacaba el orden y la limpieza y, sobre todo, se percibía un plácido ambiente de armonía y sosiego.

Cierto día que, después de cenar, se encontraban charlando alrededor de la mesa camilla, Elvira contó un triste episodio de su vida y, al terminar, Fidel acercó su cara hacia ella y le dio un beso en los labios; a continuación, e inesperadamente, Borja se levantó de su silla y tomándole la cabeza con ambas manos le estampó otro beso en la boca, largo y aparentemente apasionado. Ambos, Fidel y Elvira, se quedaron extrañamente sorprendidos porque hasta este día Borja había evidenciado su homosexualidad mostrando un gran cariño hacia Elvira, besándola de vez en cuando en la cara o haciéndole alguna carantoña o dándole un fuerte abrazo, pero jamás había mostrado el más mínimo interés en tener una relación sexual con ella. Cuando Borja volvió a sentarse y se percató de la cara de sorpresa de sus amigos se echó a reír y se sintió en la obligación de dar una explicación.

- Lo siento. Ha sido un impulso que no he podido reprimir -dijo en tono de excusa.

- ¿Lo siento? ¿Reprimir? -dijo Fidel- Aquí nos encontramos tres amigos que nos queremos muchísimo y cualquier impulso que cada uno de nosotros sienta hacia los otros siempre será provocado por ese amor que nos tenemos, por lo que no hay nada que sentir ni reprimir.

- Elvira -contestó Borja volviéndose hacia Elvira y mirándola a los ojos- yo te quiero muchísimo, y cada día más. Te quiero tanto que me encantaría poder hacer el amor contigo, fundir mi cuerpo con el tuyo, y que tu alma inundara la mía; no solo me encantaría, creo que se ha convertido en una necesidad, casi en una obsesión. Pero yo me siento homosexual, una y otra vez me digo a mí mismo que a mí solo me gustan los hombres, que sería imposible que yo me excitara sexualmente con una mujer y, sin embargo, cuando pienso en ti me olvido que eres una mujer y me veo embargado de una emoción, mezcla de ternura y erotismo, que no había sentido nunca.

Elvira, antes de contestar, miró a Fidel, que sonreía y le devolvió la mirada con un casi imperceptible gesto de afirmación.

- Mi querido Borja, mi queridísimo y amado Borja, yo también pienso lo mismo que tú. También a mí me encantaría fundirme en un abrazo tuyo y volverme loca de placer haciendo el amor contigo. Yo también te quiero tanto, que más de una vez me he imaginado abrazada a ti, respirando tu aliento y recibiendo tus besos y tus caricias en todo mi cuerpo.

- Borja, mi tesoro - intervino Fidel, poniendo ambas manos en la cara de Borja y depositando un suave y fugaz beso en sus labios- la homosexualidad no es solo una manifestación orgánica o genética, también puede ser el resultado de la influencia del entorno social en el que te has criado. Te quedaste sin padre muy joven y creciste rodeado de mujeres, tu madre, tu tía y tus dos hermanas, y es posible que esa circunstancia haya determinado en gran medida tu inclinación sexual; o -ahora continuó en tono jocoso- puede que esa cosa de esa estructura que dice el doctor LeVay que tenemos en el hipotálamo, que es pequeña en los homosexuales y grande en las lesbianas, que en tu caso sea de tamaño mediano y que por esa razón haya en tí cierta carga de heterosexualidad. Pero, en cualquier caso, mi amado Borja, sea como fuere, no debes nunca reprimir tus impulsos -siempre que estos sean inocuos- ni pedir perdón por ellos. Si sientes la necesidad de expresarle a Elvira tu amor a través del sexo, hazlo y analiza luego si ha sido o no gratificante.

Aquella noche Borja durmió con Elvira. Llegó la mañana y Borja fue el primero en salir de casa; cada día era el primero en salir porque trabajaba de encargado en un bar restaurante que empezaba a dar desayunos muy temprano y él era quien abría el establecimiento por la mañana. Fidel y Elvira desayunaron juntos en la casa antes de irse a trabajar pero no hablaron del tema; solo se miraron y sonrieron, como si tácitamente hubiera un acuerdo de no tocar el tema hasta que Borja se manifestara.

No fue hasta la tarde, al sentarse alrededor de la camilla, rodeados de un silencio expectante, que iba acompañado de las miradas cargadas de curiosidad de Elvira y Fidel, cuando Borja se arrancó a hablar con su característica sonrisa habitual.

- Queridos míos. Ha sido una noche muy versátil. Unas iban y otras venían. Me ha hecho muy feliz -dijo, mirando a Elvira y haciéndole una suave caricia en la cara- sentir tu respiración sobre mi hombro cuando te dormiste. Tus besos y el contacto de tu vientre y de tus pezones sobre los míos me han causado muchísimo placer. Pero habrás observado que la erección de mi p**e ha dejado mucho que desear. Así pues, de aquí en adelante, solo te pediré que de vez en cuando intercambiemos algunos besos, nos hagamos algunos arrumacos, y durmamos un rato la siesta mientras yo velo tu sueño con tu cabeza sobre mi hombro.

- Sea como dices, dicho queda -dijo Elvira, extendiendo sus brazos sobre la mesa camilla y tomando las manos de sus compañeros - Desde hoy queda oficialmente establecido que formamos un triángulo amoroso.

- Sí -dijo Fidel- sentimentalmente formamos un perfecto triángulo amoroso, aunque sexualmente solo formamos un ángulo obtuso en el que yo soy el vértice.

Sevilla, Junio de 2018.

F I N

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