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Detrás de la cortina

Si algo ha aprendido en su dilata vida Wu Zhang es que saber gobernar no es tarea fácil, y que menos fácil aún es saber aguantar el peso de la responsabilidad de las decisiones tomadas. Las lecciones son duras y no son muchos los que aprenden de ellas para su propio bien. Para su propio bien y para el bien del Reino. Wu Zhang lo ha visto a lo largo de tantos años, hombres fuertes, hombres astutos y ambiciosos, hombres predestinados al poder que arruinaron por culpa de un mal paso toda su reputación y el bienestar de quienes de ellos dependían. Hombres que no aprendieron la lección. A sus más de ochenta años, la anciana Wu Zhang ha vivido bastante como para no sorprenderse de los comportamientos ajenos, y no dejarse sorprender es precisamente una de las virtudes capitales que más temprano domesticó, llevándola siempre un paso por delante de los demás, otorgándole una ventaja sustancial aunque inapreciable para los otros. Sorprender y no dejarse sorprender. Esa era la cuestión. Conocer, intuir, moverse y anticiparse; callar, escuchar y disimular; esquivar, acercarse ó alejarse, son todos eslabones de diferentes cadenas que tejen el complejo y sutil tapiz del arte del gobierno, y lleva décadas alcanzar un dominio siquiera somero del mismo.

Sentada en el interior de su humilde cámara de palacio, Wu Zhang suspira y recuesta la cabeza sobre el amplio respaldo almohadillado. Todavía recuerda con gran viveza, como si hubiera pasado ayer, los días en los que, llamada a palacio para engrosar la numerosa legión de concubinas del Emperador, miraba con ojos temerosos y alucinados todo aquel fasto que la rodeaba. Por entonces sólo era una más entre cientos, ni más guapa ni más lista, sólo una gota de casi imperceptible exotismo, pues Wu Zhang pertenece a una de las etnias más recónditas y menos numerosa de China y esta fue la principal razón de su presencia en la Corte Imperial. Era un mundo extraño formado por extraños, le gusta rememorar con una leve sonrisa. Y en efecto su exotismo y el brillo de inteligencia que ya comenzaba a despuntar en sus pupilas pasaron desapercibidos durante meses para todos. Para todos menos uno. Wu Zhang se pregunta a menudo que hubiera sido de su vida de no ser por aquel siniestro personaje, el más extraño entre todos los extraños habitantes de la Corte. Pei Feng era un joven eunuco al servicio del Emperador, un descollante funcionario versado en el complicado funcionamiento de los engranajes del Estado, y uno de los consejeros más escuchados por el soberano. Wu Zhang nunca supo la razón, pero Pei la seleccionó para convertirla en sus ojos y oídos allí donde él no podía acceder, y Wu cumplió a la perfección su cometido. Tan bien lo hizo, que cuando una de las esposas del Emperador cayó en desgracia ella fue la elegida para sustituirla. Fue el primer peldaño de la escalera, piensa sonriendo para sus adentros Wu, el primero de un largo camino por subir. Y fue aquel eunuco, feo y desagradable en el trato como él solo, pero destinado a convertirse en uno de los hombres más poderosos del reino, quien le dio el primer impulso.

Toc, toc. El ayudante personal de Wu asoma en la puerta anunciándole una visita. Es el gobernador de la provincia de Jixi que solicita audiencia de Su Alteza Imperial. Como siempre, Wu no se sorprende. No conoce al tal gobernador, ni sabe su nombre, ni el motivo real que le lleva a querer entrevistarse con ella. No importa, porque lo conocerá al detalle en minutos, quizá en segundos y antes que el gobernador haya abierto la boca. Wu vuelve a sonreír para sus adentros al acordarse cómo consiguió llegar a conocer mejor que él mismo la enrevesada personalidad de su marido, el Emperador. Yang Ho, el Grande, inspiraba muy diferentes sentimientos dependiendo de las circunstancias y sobre todo de quien fuera la persona que se encontraba delante, postrado ante su divina presencia. Terror en unos, admiración en otros, devoción en algunos, odio en no pocos. Pero si se les hubiera preguntado ninguno sabría decir por qué ese hombre le inspiraba tal sentimiento. Ni siquiera Pei Feng, que con el transcurso de los años se erigió en su confidente y mano derecha, llegaría a conocerlo como ella. Sólo Wu sería la depositaria de ese privilegio, pese a que el emperador nunca cruzó con ella más de dos frases seguidas. Suficiente, sentencia con un leve movimiento afirmativo de la cabeza. A partir de ese instante, ella no dejaría de estar detrás de cada decisión, por personal y espontánea que pareciera, que el Hijo del Cielo, el hombre más poderoso de la mitad oriental del mundo, tomara. Así debía ser y así fue, por el bien del reino.

El gobernador debe de estar al tanto de la fama de Wu Zhang, porque evita en todo momento cruzar su mirada con la de la anciana, incluso después que ésta le ha conminado a ponerse en pie y le ha tendido una mano en gesto amistoso. No es un hombre mayor, puede que no llegue a la treintena, por lo que Wu deduce que debe llevar poco tiempo en el cargo. Y lo curioso es que a Wu su cara le resulta familiar. Claro que son tantas las caras que ha visto a lo largo de su vida que nunca se sabe. Quizá el dibujo de sus facciones le recuerdan a otra persona. A alguien del pasado. Eso es. La sospecha de Wu queda confirmada cuando el gobernador se ha decidido al fin a levantar la vista. Esos ojos, Wu nunca podría haberlos olvidado. Todos le conocían por el sobrenombre del General Azabache, por ser éste el color predominante en sus ropajes. Ella tendría poco más de veinte años, recién convertida en esposa principal del emperador. El General Azabache había regresado a la Corte victorioso de una campaña militar contra los bárbaros de la frontera oriental, colmado de honores y recompensas, y ella, Wu, estaba allí, mirando embobada al héroe y sintiendo nacer dentro de su corazón lo que hasta entonces ningún hombre le había hecho sentir. Fue una suerte que nadie se enterara del ilícito romance, al menos nadie que hubiera supuesto un serio inconveniente para la integridad de Wu y el general. El caso es que para Wu fueron los meses más felices, hasta que un buen día el General emprendió otra guerra y ya nunca nada se volvió a saber de él. Desaparecido en combate, rezó la versión oficial de los hechos. Pero Wu Zhang supo a través de fuentes fiables que algo bastante más turbio había sucedido. Camarilla militar descontenta, reuniones conspirativas, “run-run” de levantamiento y finalmente .... nada. Lo habitual en aquellos lejanos tiempos. Sin duda, su apuesto y querido general debió de ser uno de los cabecillas de la conspiración, y pagó con la vida por ello.

El joven gobernador de Jixi observa ahora a Wu Zhang con creciente interés, casi con intención introspectiva. Pero ignora que la introspección, una de las especialidades de la vieja emperatriz, ha funcionado en sentido contrario. Sin necesidad de hablar, Wu Zhang ya conoce de él lo suficiente como para adivinar quién es y qué quiere de ella. Es hijo del afamado General Azabache, y enterado de algún modo del antiguo “affaire” entre ella y su padre, pretende obtener su intercesión en algún asunto político. De lo que Wu Zhang todavía no está segura es si su intención es utilizar la información con malas artes o sólo anhela predisponer la voluntad de ella despertando añejos sentimientos que ablanden su recio espíritu, y una vez allanado el terreno, a modo de póstumo homenaje al amor de su juventud, forzar un apoyo incondicional hacia el asunto político concreto objeto de la visita. En el fondo da igual, concluye Wu, si está en mi mano  -y seguro que lo está-  le ayudaré. No es una decisión tomada a la ligera. Ninguna de las que toma Wu Zhang lo es. Jixi es una provincia situada en una posición estratégica, vital para la economía del Imperio. A través de su territorio discurre el curso medio del principal río del país, por el que a diario navegan cientos de embarcaciones cargadas con todo tipo de mercancías, una auténtica arteria del comercio nacional. También es una provincia de larga tradición levantisca, y aunque en la actualidad es tranquila en su día costó muchas vidas sojuzgarla y por ello los funcionarios imperiales destinados allí aún conservan cierta autonomía a la hora de decidir la inscripción de levas militares y su movilización inmediata en caso de indicios de revuelta. Por supuesto, Wu también sabe ahora que el General Azabache no murió durante aquella conspiración, puesto que de aquel episodio han transcurrido unos cincuenta años. Una razón más para entablar conversación con el gobernador. Todas estas consideraciones ya han sido valoradas por la mente de la anciana cuando el gobernador se decide a pronunciar sus primeras palabras. Y además me cae simpático y es bien guapo el chico, piensa Wu, se nota que es hijo de su padre.

Mientras el gobernador despliega todo el aburrido ceremonial de cumplidos, buenos deseos y parabienes que requiere el protocolo cortesano, Wu Zhang no puede evitar que sus pensamientos se alejen de nuevo. Su interlocutor le ha recordado la figura de su primer hijo, Xiu Ho, destinado a suceder en el trono al gran emperador Yang Ho. El destino le dio muchas oportunidades a su hijo, quizá demasiadas teniendo en cuenta sus propios méritos, siempre pensó Wu, pero él se obstinó en desperdiciarlas todas. Oportunidades que ella le brindó en bandeja de plata. Y eso que no fue sencillo. Como de costumbre, la muerte del emperador, su marido, había supuesto el aldabonazo para que advenedizos de sangre principesca, políticos resentidos con cierto poder en la Corte, caciques regionales con aspiraciones y demás gente desleal emprendieran la carrera por ocupar, con tretas más o menos traicioneras, el sagrado Trono. Menos mal que, como de costumbre, Wu Zhang lo había previsto todo. Conocer, intuir, moverse y actuar. Sorprender y no dejarse sorprender. Sólo unos minutos después que Yang Ho hubiera exhalado su último aliento, todas las personas involucradas en intentonas golpistas se encontraban detenidas o, las que a juicio de la emperatriz viuda constituían una mayor amenaza, habían sido ejecutadas, porque ¡oh, terrible casualidad!, en el momento de la detención osaron ofrecer resistencia armada. A Wu tampoco le resultó particularmente difícil apartar al joven e inexperto soberano de compañías, digamos, inadecuadas. El partido cortesano liderado por el Príncipe de Han, primo de su hijo, había adquirido en los últimos años del reinado una influencia notable, y ahora el ambicioso primo pretendía llevar esa influencia mucho más lejos, convirtiéndose en una especie  de “compañero de correrías” del monarca, pero con la evidente intención de aconsejarle e influir de modo sustancial en su voluntad, y quién sabe si con peores pretensiones. Inadmisible desde el punto de vista de Wu. En esta ocasión no hizo falta hacer correr la sangre. Wu hizo valer su alianza con su antiguo valedor Pei Feng, a la sazón Canciller del Gobierno y jefe de la poderosa Secretaría Imperial, y en pocas semanas el Príncipe de Han se encontraba a dos mil kilómetros de distancia de la capital, prestando valiosos servicios al Imperio como Mariscal de la guarnición de la región sudoccidental.

A medida que el gobernador de Jixi, que dice llamarse Duong Zhi, realiza una exposición completa de los motivos que le han traído hasta la Corte, Wu Zhang va confirmando todas sus primeras impresiones. El chico se expresa con sinceridad, y en sus palabras traslucen brillantes la gallardía y resolución que fueron signos distintivos del padre. Wu Zhang asiente con tranquilidad y con una media sonrisa dibujada en la cara a cada frase de Duong, dándole a entender que está de acuerdo con lo expuesto, pero sin arriesgar una respuesta que comprometa su posición. No arriesgar, no comprometer la propia posición, en resumen: Prudencia. Una de las claves del buen gobernante. Así lo intentó inculcar en su hijo, tal y como en ella lo habían inculcado antes Pei Feng y la lectura reflexiva de los viejos maestros confucianos. Pero desafortunadamente para todos Xiu Ho, el Protector de la Tierra, hizo de la imprudencia su principal atributo, la seña de identidad de su mandato. Su hijo lo tenía todo para pasar a la historia como un gobernante sabio que hizo más grande y fuerte el Imperio, se dice Wu, pero cada iniciativa que emprendió fue un paso en la dirección contraria. Para empezar, repudió a la muy cualificada esposa que Pei y ella misma habían elegido para él de entre todas las concubinas, y en su lugar situó a una adolescente pueblerina y analfabeta, hija de un comerciante de poca monta, pero sobrada de ambición personal y carente por completo de escrúpulos. Como es lógico, enseguida la Emperatriz Consorte vio en la figura de la Emperatriz Viuda una amenaza y una potencial rival en su vil pretensión de manejar a su antojo al soberano, e intentó deshacerse de ella. Infeliz. Lo malo es que la incauta demostró cierta habilidad en el arte de las intrigas palaciegas y Wu tuvo que entrar en su juego, malgastando tiempo y energías que hubieran sido muy necesarios en la buena administración del vasto Imperio. Al menos, se consolaba en aquellos días Wu, todavía podía contar con los competentes servicios de Pei Feng y sus eficaces funcionarios eunucos de la Secretaría Imperial, ya que su hijo estaba demasiado ocupado desflorando vírgenes y emborrachándose.

Fueron tiempos duros, reflexiona pesarosa la anciana emperatriz mientras Duong Zhi continúa hablando. Y soportó golpes que le dolieron en lo más profundo de su corazón, como cuando su fiel Pei Feng fue asesinado en una intriga urdida por la Emperatriz Consorte y algunos generales levantiscos. Al menos, reconoce, la muerte de su mentor sirvió para algo, pues le dio el pretexto para zanjar el molesto asunto de la Emperatriz. La maniobra limpia y rápida que dio con los huesos de ésta en una apartada aldea fue otra de las especialidades de Wu Zhang, una obra maestra de la que hubieran estado orgullosos los viejos maestros. Testigos fiables, pruebas irrefutables, algo de comedia, una pizca de melodrama entre madre e hijo, y todo resuelto. La esposa traidora a buen recaudo, los generales desleales sustituidos por otros afines, y el hijo agradecido y reconciliado con su amantísima madre, que es restituida en todas sus prerrogativas y pasa a tener una influencia política mayor de la que nunca había gozado. Por algún tiempo, Wu confió de veras en el buen juicio de su primogénito. Fue un cruel espejismo. El emperador volvió a las andadas y encima esta vez sus excesos provocaron un serio conflicto diplomático con el vecino y amigo Reino Tungur, cuyo embajador especial fue humillado para diversión de la Corte y luego azotado por miembros de la Guardia de Palacio. Hubo que dar muchas explicaciones que resultaron infructuosas y finalmente recurrir al ejército. La desastrosa campaña contra los tungures fue breve, sí, pero la “broma” de su hijo Xiu Ho, el Protector de la Tierra, se saldó con las vidas de cuatro millares de valerosos soldados imperiales, la mayoría víctimas de una epidemia, y lo que todavía es peor, con el abierto descontento entre los gobernadores de las provincias limítrofes a los que en adelante les tocaría lidiar con los hostiles tungures y padecer las incursiones periódicas de sus diestros jinetes.

El gobernador de Jixi, terminada su larga exposición, espera pacientemente la intervención de Su Alteza Imperial, le dice con todo el respeto que le es posible el apuesto joven. Wu Zhang sonríe y se incorpora de su asiento almohadillado, y en tono dulce le pide que le acompañe al exterior a los jardines de palacio, que conversarán mientras pasean. También le explica que, a su avanzada edad, los achaques son un fastidio y que han mermado de forma considerable sus facultades físicas, por lo que le ruega que le permita apoyarse en uno de sus brazos, a lo que Duong accede tras reponerse de la impresión que le causa que esta mujer le trate con tanta familiaridad. Pero en realidad, más que familiaridad, es ternura. Wu Zhang, en todos sus años de vida en la Corte, cosechó una fama de mujer fría e insensible, fama a la que ella contribuyó por interés pues mostrar afectos supone desproteger un amplio flanco débil a los enemigos por el que pueden atacar a placer. Sin embargo, en el fondo de su alma ella nunca se sintió así. Wu amó, primero siendo niña a la familia con la que se crió, a la que siempre llevará en su corazón, y después, a pesar de las decepciones, amó a su propia familia. A todos y cada uno de sus hijos, aunque ellos lo pusieran en duda. Y por encima de todo amó con pasión y entrega absoluta al desdichado General Azabache, del que ni un sólo día dejó de acordarse. Y cosas de la vida, ahora camina a sus ochenta y pico años del brazo del hijo de su gran amor.

Respirar el fresco fragor de los jardines y disfrutar del silencio imperante entre los cuidados pasillos de vegetación retrotrae a Wu Zhang a la época en que, estabilizado el régimen político de su hijo, decidió retirarse por tiempo indefinido a la más absoluta privacidad, eso sí dejando los asuntos de la Corte en manos de un fiel y capacitado funcionario, Cai Li. Por entonces Wu acababa de cumplir los cuarenta y cinco años de edad, y tenía la sensación que ya había vivido demasiado, que para ella se había terminado la intensa fatiga de velar día y noche por los intereses del Imperio, y ahora tocaba disfrutar de la paz de su tranquilo retiro campestre. Pronto descubriría que estaba equivocada. Los mensajes periódicos enviados por Cai Lai, que le tenían al corriente de las noticias de la Corte, comenzaron a ser preocupantes apenas pasados dos años desde su retiro. El emperador había vuelto a las andadas, haciéndose rodear de una camarilla de arribistas en busca de lucro personal, degenerados adictos a las drogas y el sexo, y aduladores de tan probada ineptitud como desmesuradas ansías de poder. Algunas de estas víboras habían convencido al soberano de la conveniencia de incrementar los impuestos al comercio, medida que había desatado una abierta oposición en las ricas provincias costeras del sur, y finalmente disturbios y motines en sus ciudades. El problema se agravó cuando, enterados de la renuencia de estas provincias sureñas, varios príncipes feudales del Norte decidieron aprovechar la coyuntura para expulsar a los funcionarios imperiales de sus territorios y declararse en rebeldía con el “tiránico gobierno” de la Corte. La integridad del Imperio, el sagrado “Mandato del Cielo” y la continuidad dinástica estaban en serio peligro, y Wu Zhang acudió a su rescate. Pero no pudo evitar tres años enteros de guerra civil y sus terribles consecuencias en forma de muerte y sufrimientos para el pueblo. Fue quizá su único fracaso, suele considerar Wu, un borrón lamentable en su casi inmaculada relación de servicios al Estado, aunque bien supo que los responsables del sanguinario enfrentamiento fratricida habían sido otros. Aún así, la visión de un campo de batalla jalonado de cientos de cadáveres de compatriotas, de una aldea con sus casas en llamas y los sembrados arrasados, y de hileras interminables de campesinos, hombres, mujeres y niños, gentes indefensas llenando los caminos en busca de seguridad, sigue atormentándola muchas noches de pertinaz insomnio.

Llevados del agradable paseo, bajo un sol primaveral y flanqueados por hermosas formaciones de arbustos de té en flor, la conversación entre la vieja emperatriz y el gobernador Duong Zhi deriva hacia temas privados. Ella se interesa por la vida de él, su ciudad, su casa, la familia. La formalidad más o menos cordial ha dejado paso a un trato de suma confianza, incluso ríen de buena gana cuando ambos bromean acerca de los chismes que circulan en la provincia sobre la gente de la capital, y viceversa. El gobernador sabe en todo momento qué le ha llevado allí y con quien está, pero la sincera y tierna complicidad que percibe en la anciana es un poderoso elixir, una irresistible invitación a depositar una confianza total en su persona, magnánima y protectora, encarnación de justicia y generosidad. Antes que el gobernador, muchos tuvieron la oportunidad de comprobar que ante tal combinación de virtudes es imposible resistirse. Lo comprobaron en sus propias carnes los representantes de las revoltosas provincias sureñas, que tras el fin de la guerra civil, y a pesar de haber sido derrotados, vieron con tanto regocijo como sorpresa cumplidas la mayor parte de sus reclamaciones en materia de impuestos, y además se dieron el gusto de contemplar el ajusticiamiento de la media docena de “Ministros de la Hacienda Imperial” responsables de desencadenar el conflicto con las provincias, los “indeseables funcionarios que habían influido perniciosamente en la recta voluntad emperador, alterando su siempre sabio juicio y ecuánime dictamen”, según rezaba la redacción del tratado de paz. En realidad ninguno de los ajusticiados era ministro ni había ostentado cargo de gobierno alguno, y su responsabilidad se ceñía al hecho de ser los más recalcitrantes compañeros de correrías de su hijo.

Su hijo. “Nuestro Protector, Magnánimo y Venerado Señor, Su Altísima Majestad Imperial e Hijo Sagrado del Cielo”, en palabras de un arrepentido representante provincial, pronunciadas en aquellos días dichosos en los que por fin reinaba de nuevo la Paz en todo el país. Ella estaba detrás de la cortina, como de costumbre, y su rostro y su pensamiento permaneció sereno, inmutable, mientras escuchaba la infinita letanía de cumplidos y gratitudes dirigidos hacia, precisamente, la persona responsable de los males sufridos por el Imperio en la última década. Inmutable y serena aún sabiendo mejor que nadie que su hijo era todo lo contrario a un ser protector, magnánimo y digno de veneración. No importaba, había ganado la lealtad y gratitud de los territorios más ricos y prósperos del Imperio por varias generaciones. Eso era lo importante. En cuanto a los orgullosos príncipes del Norte Wu no podía aspirar a tanto, pero tampoco hizo falta. Se conformó con garantizarse la neutralidad de los menos ambiciosos o peligrosos, a los que concedió cargos en el ejército imperial con el pretexto de haber demostrado notable capacidad dirigiendo contingentes militares. De todas formas, se lo pensarían más de dos veces antes de volver a desobedecer al Emperador recordando las cabezas clavadas en picas de los culpables de haber instigado al resto a la rebelión, “casualmente” los mismos que aspiraban a derrocar la dinastía. Y casualmente el mismo método que surtió efecto para expulsar de la Corte a todos los arribistas, aduladores y viciosos, cuando se enteraron del cruel destino de la media docena de “Ministros de la Hacienda Imperial”. Magnanimidad y Protección. Actuar y disimular. Sorprender y no dejarse sorprender. Diferentes hilos con los que Wu Zhang había tejido otro gran dibujo en el complejo y hermoso tapiz de la Política, y pese al halo destructor de su amado hijo.

En cierto modo, a Wu Zhang el joven gobernador de Jixi le recuerda a su nieto favorito, Ying Ho. Inquieto y perspicaz desde muy tierna edad, Ying era uno más entre la prolífica prole de varones habidos por el emperador con su extensa nómina de esposas reales, pero Wu, para quien no había pasado desapercibida la viveza del crío, se encargó bien pronto que figurara entre los elegidos para la Sucesión Real. Le seleccionó por sus aptitudes, como antaño el astuto Pei Feng hiciera con ella, e intentó prepararle lo mejor posible para la sagrada misión de servir al Estado. Por supuesto, lo hizo a espaldas del Emperador y los partidarios de otros candidatos al Trono, porque de lo contrario Ying no hubiera alcanzado ni la pubertad. Hasta tal extremo llegaba ya por entonces la celosa paranoia de su hijo, un hombre dispuesto a sembrar el terror entre los que le rodean para vencer su propio terror a dejar de ser lo que, a ojos del resto del mundo, se supone que es. Pero en realidad sólo era un hombre que, al igual que todos los hombres inferiores, dedicaba su escaso ingenio en arruinar el futuro de aquellos que son el objeto de sus celos, precisamente por el hecho de ser hombres superiores. Con la diferencia que para el común de los hombres los medios puestos al servicio de ese vil ingenio también suelen ser escasos, y su hijo gobernaba a su antojo sobre el país más poblado y extenso del planeta. Lo hizo durante algo más de veinte años, quizás demasiados, sopesa la anciana emperatriz, quizás ella debió hacer algo antes, quizás le cegaba el amor de madre, o puede que se aferrara a un cambio en su personalidad aunque en el fondo sabía no se produciría jamás.

Unos metros más lejos, al final del pasillo de arbustos de té por el que Wu Zhang y el gobernador pasean lentamente, aparece la figura de un hombre de mediana edad caminando hacia ellos con cierta dificultad, advierte el gobernador, y según se va acercando esa dificultad parece agrandarse hasta revelarle que se encuentra delante de un tullido. Un hombre más joven de lo que el gobernador antes había pensado, aproximadamente de su misma edad, pero al que su ostensible cojera y deteriorado estado físico hacen aparentar bastante mayor. Es Ying Ho, Emperador de China. Tras las preceptivas y protocolarias reverencias, Wu presenta al gobernador ante el soberano, y se interesa con una sonrisa por cómo transcurre el día. Ante la sorpresa del gobernador, ambos bromean sobre sus respectivos achaques, ríen sin disimulo alguno y, más sorprendente aún para él, el emperador dedica una caricia rebosante de ternura a su abuela. Wu, ante la presencia del nieto, no puede evitar mostrase terrenalmente humana, desarmándose de la habitual coraza de impasibilidad que la protege, pero es algo más que no poder evitarlo: no quiere. Mirando los ojos despiertos y sagaces del emperador, Wu se reafirma por enésima vez en la difícil decisión que tuvo que tomar hace años, como siempre por el bien del reino. Su amado hijo, la fuente de todos sus desvelos y preocupaciones durante media vida, el orgullo frustrado de la madre que quería serlo de uno de los más grandes y sabios gobernantes de China, fue derrocado y asesinado por un complot palaciego orquestado por ella misma. Como siempre sucedió desde donde alcanza su memoria, Wu supo con sobrado tiempo de antelación respecto al resto de quienes la rodean cómo, cuando y donde tenía que actuar. Y actuó. Como siempre, detrás de la cortina.

Wu aún recuerda vivamente aquel triste y a la vez esperanzador día. El “lamentable fallecimiento del monarca en un accidente de cacería que había sumido a toda la familia real en la pena más profunda”, como decía al día siguiente el comunicado oficial, dejaba vía libre hacia el trono a un quinceañero Ying Ho quizás todavía muy joven para la pesada labor del gobierno, cómo acertadamente apreció Wu en sus gestos nerviosos durante el primer recibimiento a los altos dignatarios del Imperio, pero que oportunamente apoyado por las facciones de Palacio y ella misma lograría inscribir su nombre entre los mejores soberanos de la historia de China. Y sin duda que ahora, desde la distancia de los años, puede afirmar con rotundidad que lo ha conseguido. Sí, puede afirmar que Ying Ho, aquejado de una enfermedad incurable y de múltiples achaques asociados a la misma desde la adolescencia, ha gobernado el Imperio con sobrada prudencia, sabiduría y ecuanimidad, ganándose el afecto del pueblo, la lealtad y respeto de los poderosos, y el temor de los enemigos. ¿Qué más se puede pedir?. Nada más, porque Wu sabe que la Providencia y los Dioses no aceptarían de buen grado que ella les suplicara por la vida, próxima a extinguirse, de su nieto, una súplica que desborda su corazón pero que es atenazada con firmeza por su voluntad, de la misma forma que la presa del río contiene el ímpetu arrasador del agua. Wu sabe que todavía es pronto para dejar que la corriente fluya libre inundando los cauces de la razón. Ese momento puede que nunca llegue, ya no puede esperar mucho tiempo. No está segura. De lo que sí está segura es que al menos hoy debe ser la mujer de siempre, aquella presta a resolver asuntos de gobierno que requieren de su plena dedicación. Sólo después podrá suplicar a la Providencia y a los Dioses que rigen el destino de los hombres algún postrero favor personal.

De regreso a su cámara privada, la anciana emperatriz vuelve a apoyar la cabeza sobre el confortable respaldo de la silla mientras piensa en la agradable visita del gobernador Duong Zhi. A estas alturas, Wu ya conoce todo lo que tenía que conocer, y sólo es cuestión de decidir lo que debe decidir. El joven gobernador es la persona que estaba esperando desde hace tiempo. Hará las gestiones precisas para que le sea otorgado un cargo importante pero no demasiado visible en el gobierno, un cargo que le permita estar cerca y ganarse la confianza de Ying Ho, una posición de privilegio pero segura desde la que pueda hacerse fácilmente con las riendas del gobierno una vez llegado el momento oportuno, cuando su amado nieto el emperador, vencido por la enfermedad, abandone el mundo terrenal para ser inmortal en su espíritu. Duong Zhi topará con dificultades, pero en unos minutos de entrevista la emperatriz ya sabe que goza de sobrada astucia, prudencia, buen juicio, firmeza, valentía, sentido de Estado y honestidad personal. Suficientes atributos, algunos de ellos sin duda heredados de su padre. De lo demás, se encargará ella en aquel último servicio que debe prestar al Reino antes de descansar. La transición en el trono está próxima y la continuidad dinástica en juego. Pero la Fortuna ha puesto en sus manos una carta que no puede desaprovechar. En efecto, el General Azabache no murió como ella había pensado hasta ahora: fue desterrado, manteniéndose este destierro en el más absoluto secreto. Después de todo, el emperador no se atrevió a matarlo. Y en su olvidado destierro vivió hasta muy avanzada edad, sin pretender nunca hacer pública su existencia, con identidad distinta y una familia nueva dedicada a la humilde labor de la artesanía. El gobernador le había relatado esta historia dando a entender que desconoce la relación que unió a su padre con Wu y de los acontecimientos anteriores al destierro, pero Wu enseguida se percató que la secreta intención del joven era que ella se diera cuenta que sólo lo estaba dando a entender, y que en realidad el motivo de su audiencia con la emperatriz era resarcir una vieja herida, si bien haciéndolo de forma astutamente sutil y exquisitamente respetuosa. La jugada era perfecta: la memoria del General Azabache sería restituida en la figura de su hijo, el Imperio continuaría estando en buenas manos, y ella por fin podría honrar los restos del único hombre al que había amado. Después de todo, la Providencia ha sido benévola con ella.

Gobernar no es nada fácil, sí, pero Wu Zhang ha sabido pulir durante años y como nadie la práctica de tan sencilla y a la vez compleja tarea. Nadie como ella para el conocimiento del temperamento de las personas y entender las normas del supremo arte de manejar las voluntades ajenas; nadie mejor para encauzar las fuerzas naturales de la Historia por el camino más beneficioso; nadie más capaz de sortear sin aparente esfuerzo las infinitas flaquezas humanas que terminan por derrumbar todopoderosos reinos y civilizaciones. Desde el insondable cansancio que anuncia el inminente final de sus días, Wu Zhang sabe todo esto, como sabe que ella sólo es una diminuta partícula del Universo, acaso de luz exigua, como la modesta estrella que en las noches luminosas pugna por brillar entre millones. Aunque quizá su brillo perdure por toda la eternidad.

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