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Desde el mar

(Una historia marinera)


Bernardo era ex-policía de los Tedax, el peligroso cuerpo de la policía nacional especialista en desactivar artefactos explosivos que propició que  tomara la jubilación anticipada por haber recibido el impacto de una gran carga de metralla mientras estaba practicando un ejercicio de entrenamiento y que por desgracia acabó con su pierna derecha que tras inútiles y complicadas intervenciones quirúrgicas le tuvo que ser desgraciadamente amputada a la altura de la rodilla, hecho que le impidió seguir con su comprometido trabajo obligándole a retirarse antes de cumplir los cincuenta.

Además, aparte de tullido, la mayor desgracia que tenía era la pérdida de su preciosa mujer por la que no pudo hacer nada en aquel maldito atentado de un coche bomba cerca de la casa cuartel de la guardia civil donde la casualidad quiso que en ese momento pasara Jimena, su bella esposa, cuyo cuerpo apenas pudo ser identificado y por la que no pudo hacer nada por encontrarse aún convaleciente de la amputación sufrida unas semanas antes.

A Bernardo Perea le costaba hacerse a la idea de tan terrible pérdida con la que compartía cada instante que no dedicaba a su delicado trabajo. Solo, con un hijo como única familia, al que hacía tiempo que no veía por encontrarse trabajando en Singapur y cuya reciente paternidad le mantenía confinado en el país asiático.

Aún joven para intentar rehacer su vida y bien parecido, los amigos le animaban a salir y conocer a gente nueva y tal vez emprender una nueva aventura, pero él era consciente que el aspecto que mostraba con una sola pierna no ayudaba mucho además no aguantaba las muestras de compasión que cada día se encontraba a cada paso, cada vez que alguien se levantaba para cederle el asiento, o corrían a ayudarle a cruzar la calle se sentía un poco más minusválido y eso le corroía las entrañas.

Decidió poner tierra de por medio y cambiar de aires, demasiados recuerdos le atormentaba a cada instante, no había lugar que no le recordara a su adorable mujer a la que ni siquiera pudo darle una digno sepelio apenas reconocible por un anillo en su dedo índice que se resistió al atentado, único recuerdo que conservaba de Jimena de la que no pasaba un solo día sin que la recordara con inmenso cariño, habían compartido tanto que la vida se le hacía difícil sin ella y no había un solo día que no se recriminara por que no la acompañaría aquel fatídico día de frío noviembre que no conseguía quitarse de la cabeza. Como iba a ser capaz de continuar viviendo sin su presencia?, quien iba a llenar el hueco de su cama?, quien se sentaría a su lado en el coche y compartiría los maravillosos viajes que juntos emprendieron?

Afortunadamente aunque a él no le gustaba recordarlo, el cuerpo de policía se portó muy bien con el licenciándole con la pensión máxima además de un finiquito por un seguro de accidente que el cuerpo le pagaba así como un sustancioso fondo de pensiones que prefirió cobrar de golpe.

Puso su casa en venta y solicitó los servicios de un bufete para que hicieran llegar el importe de la misma a nombre de su hijo que ni siquiera vino al entierro de su madre pero se veía en la obligación de hacerlo, al fin y al cabo era su herencia legal.

Ligero de equipaje puso rumbo sin mucha intención hacia el norte y dejó vagar sus pensamientos mientras el autobús devoraba kilómetros por la autopista. Ni las dos pausas que efectuó el vehículo hicieron que Bernardo, absorto en los recuerdos de Jimena, se moviera de su asiento ensimismado en imaginar cómo iba a ser su vida a partir de ahora.

Cuando llegó a la estación central, tomó sus dos pequeñas maletas y se dirigió a una ventanilla donde compró un billete, esperó y se subió a otro autocar que en poco más de una hora le llevó a un pequeño pueblo de pescadores con un viejo y recoleto puerto cerca del cual se encontraba una taberna donde le darían razón para alquilar una casita cerca de la playa donde de momento quería pasar un tiempo.

El lugar era ideal en un pequeño promontorio al final de la playa desde donde obtenía unas magníficas vistas de toda la pequeña bahía así como del puerto de pescadores donde podía apreciar el trajín de los marineros que preparaban las artes para hacerse a la mar. Lamentó profundamente que Jimena no pudiera disfrutar de aquel idílico lugar.

Hacía ya casi un año que Bernardo había perdido a su mujer y poco a poco intentaba rehacer su vida con mucha dificultad a pesar de que aquel pintoresco pueblo pusiera mucho de su parte para conseguirlo. Le gustaba dar largos paseos por la playa sobre la que se movía con dificultad a causa de las muletas que se clavaban en la arena y llegaba hasta el viejo puerto donde se entretenía echando una mano a los pescadores que preparaban sus aperos para iniciar la faena. Les seguía con la vista a medida que se alejaban mar adentro hasta que los perdía de vista y retornaba a la casita de la playa como la llamaban los lugareños y sentado en la terraza con una cafetera llena de fuerte café se sentaba en una silla y se quedaba durante horas mirando hacia el gran azul con la mirada perdida entre las olas imaginándose como sería su vida si ahora estuviera Jimena con él en aquella fantástica playa.

Por la tarde hacía el mismo recorrido aunque se alejaba un poco más hasta llegar hasta el final del largo paseo marítimo donde se sentaba en un viejo banco y se sacaba la  pipa que le regaló su padre, la llenaba de tabaco e inhalaba largas caladas siempre con la mirada perdida en la inmensidad del mar, donde de vez en cuando divisaba alguna chalupa de los marineros a los que había despedido por la mañana.

Se quedaba a veces mirando fijamente hacia la fina línea que separaba el azul del cielo con el intenso turquesa del mar haciendo que sus pensamientos se los tragara el mar en su inmenso vientre.

Aquella tarde del mes de Abril, fresca y húmeda con una ligera brisa que azotaba su rostro se propuso ir un poco más allá, y después de fumarse la pipa como la mayoría de los días, decidió acercarse hasta el final del paseo donde se encontraba una peligrosa zona rocosa a los pies de los grandes farallones donde rompían las olas con violencia y donde se acercaban a escondidas los jóvenes del pueblo a pescar cangrejos a pesar de la prohibición pues el eminente peligro acechaba en forma de violentas olas que golpeaban las peligrosas rocas que sobresalían del mar como desafiantes agujas pétreas.

Se sentó sobre una pequeña losa fuera del alcance de las olas donde de nuevo se encendió otra pipa y dejó la vista posarse sobre la inmensidad de aquel enigmático mar que tanta atracción despertaba en él.

Recordaba las historias que contaban los viejos lobos de mar en la taberna del ancla donde pasaba largos ratos escuchando las aventuras que los marineros más mayores a los que la comunidad marinera tenía un gran respeto.

Se sentaba en una mesa cerca del viejo de cara ajada y larga barba blanca y escuchaba en silencio la voz rota del viejo capitán que una vez más contaba aquella leyenda aunque según él era muy cierto en que los cuerpos de los marineros muertos en la mar volvían a tierra firme una vez en su vida para ayudar a algún ser querido que estuviera en apuros. Los más jóvenes y atrevidos a veces se mofaban del viejo lobo de mar pero una sola mirada con aquellos ojos penetrante que destilaban sabiduría era suficiente para que nadie se tomara a broma todo aquello cuanto contaba.

La voz seca y serena del viejo retumbaba en la taberna haciendo que todos estuvieran atentos y describía con todo detalle como los cuerpos inertes de los marineros muertos se aparecían y eran los encargados de vigilar a sus familiares que no habían tenido la fortuna de recuperar el cuerpo de sus seres queridos desaparecidos en el mar y que este había engullido sin dejar el menor rastro de sus cuerpos nunca recuperados.

Inmerso en sus pensamientos con la mirada perdida Bernardo creyó ver a lo lejos la silueta de una persona.

Su vista no era la mejor del mundo y a raíz del desgraciado accidente que le costó la pierna derecha, parte de metralla se le introdujo en los ojos dificultándole la visión habiendo perdido casi un cincuenta por ciento de la misma por lo que tenía que forzarla bastante, hecho que propiciaba que segregara muchos líquido lagrimal que le impedía aún más el bien ejercicio de su mermada vista.

Se concentró un poco más hacia donde le pareció ver algo cuando apenas pudo distinguir lo que le parecía una silueta femenina. Parecía un ángel. Con un vestido blanco y largo hasta los pies mojado por la humedad que salía del mar y atizado por la suave brisa que azotaba su rostro y haciendo volar su larga melena rubia al viento. Le llamó la atención que estuviera descalza y observó cómo avanzaba sorteando las rocas hasta el final del peligroso farallón donde la verticalidad desafiaba el alto acantilado.

El transparente y empapado vestido transparente dejaba adivinar una silueta perfecta de suaves y sensuales curvas que revelaba las formas de una mujer bellísima cuyo cansino caminar hacia el borde de las rocas puso en alerta a Bernardo viendo cómo se aproximaba peligrosamente al borde de las mismas.

Bernardo se puso tenso y se levantó sobre su única pierna apoyado en la vieja baranda observando como la extraña mujer, semidesnuda y descalza poco a poco se iba aproximando de manera muy peligrosa a lo que parecía intuir, iba a tener un desgraciado final.

Fue avanzando con cautela por el resbaladizo camino sobre las rocas azotadas por el mar acercándose poco a poco hacia la mujer que seguía avanzando hacia el borde del acantilado, con paso sensual y con la mirada fija hacia el horizonte sin mirar donde pisaba.

Cuando Bernardo se acercó a ella sin alertarla pues no quería que su presencia produjera contrariedad alguna, pudo observar los suaves rasgos de una piel suave blanca como fina arena de la playa con una expresión plácida en el rostro, pero cuando ya vio e intuyó las intenciones de la bella dama Bernardo espetó:

-Cuidado señora… el suelo está muy resbaladizo puede caerse!

Ella giró el rostro con tranquilidad y cuando Bernardo la miró a los ojos una sensación extraña se apoderó de el pues parecían vacíos, sin vida, miraban sin ver… y fue cuando él se dio realmente cuenta de que era ciega. La mirada inerte de la mujer que oyó la voz de Bernardo se posó sobre sus ojos como si quisiera adivinar quién era el dueño de esa potente voz que la llamaba. Los ojos vacíos intentaban verle y ella notaba la presencia de Bernardo ya a escasos pasos de ella, casi podía oír los latidos de su corazón.

- No avances más por favor, es muy peligroso!

Ella hizo caso omiso de la advertencia y con titubeos e inseguridad siguió avanzando encontrándose ya a escasos metros del abismo. Bernardo marchaba a trompicones con las muletas intentando asegurarse donde las ponía pues esa circunstancia le dificultaba enormemente la tarea de caminar por las resbaladizas y peligrosas rocas desgastadas por la erosión del mar.

Bernardo tenía claro las intenciones de la enigmática dama y por un momento intentó pensar cuales serían los problemas que la instaban a tomar tal decisión cuando se acordó de Jimena considerando que si él había podido soportar tal perdida ningún otro problema podría superar aquello.

- No lo haga por favor

Bernardo estaba desconsolado y habiendo participado en infinidad de ocasiones en siniestros y maniobras donde se ponía el ser humano en situaciones extremas y estaba acostumbrado a trabajar al límite, en ese momento se encontraba desvalido por no poder hacer más por aquella mujer la que ya no le cabía duda, quería tirarse por el acantilado.

Bernardo se encontraba ya tan cerca de ella que casi la podría coger con la mano.

- No lo haga por favor, no avance más se lo suplico.

Un silencio pesado se adueñó de aquella resbaladiza  plataforma pedregosa al borde del peligroso acantilado.

- No lo hagas por favor además el agua debe de estar muy fría

Bernardo pareció apreciar una leve mueca de sonrisa en el inexpresivo rostro de la mujer y le pareció ver sus labios diseñar una leve curvatura ascendente que iluminó por un momento su bello rostro.

- No me preocupa lo fría del agua, me preocupa que no alcance el agua…necesito ayuda para hacerlo, no puedo ver.

Bernardo se quedó petrificado, aquella mujer le estaba pidiendo ayuda para indicarle el camino para quitarse la vida, no daba crédito de lo que había oído.

- No!- Espetó con energía-. Déjame ayudarte pero no a quitarte la vida, volvamos a la playa.

Ella le volvió a mirarle sin ver con los ojos vacíos pero con un gesto de ternura y le dijo con voz queda:

- Por qué?

- Porque seguro que hay otro camino, seguro que hay una razón para seguir

- Para seguir dónde?-.contestó la mujer

- Déjame ayudarte por favor te lo suplico!

Bernardo estaba completamente emocionado con la situación que estaba viviendo y habría dado su vida por salvarla tal como la habría hecho para salvar a Jimena.

- Dime tan solo cómo te llamas

De nuevo el silencio, solo interrumpido por la brisa del mar que se había intensificado junto con el batir de las olas sobre las rocas bajo sus pies.

- Amanda

- Amanda…repitió Bernardo en voz alta

- Y tú, cómo te llamas?-. Inquirió la dama

- Bernardo

- Bernardo…pronunció la mujer con una voz misteriosa y susurrante que enseguida cautivó al policía.

- Dame la mano por favor, déjame ayudarte, hablemos concédeme al menos eso Amanda

- Por qué habría de hacerlo?

De nuevo el silencio se interpuso entre los dos pero esta vez durante largo tiempo tanto que a Bernardo le pareció una eternidad hasta que armándose de valor se atrevió a decir.

- Porque soy un fracasado Amanda, mi trabajo consistía en salvar a la gente y no fui capaz de salvar a la persona más importante de mi vida, no fui capaz de impedir que mi mujer muriera en aquel atentado sin que yo pudiera hacer  nada, me pasé toda mi vida poniendo la mía en peligro por los demás y no pude hacerlo para impedir que la mujer que más he amado nunca, pudiera seguir con vida, desde entonces mi vida carece de sentido. Por eso Amanda no puedo permitirme volver a perder una vida por la cual podría hacer algo por salvarla. Llevo vagando en el mundo desde entonces sin ninguna ilusión y no pocas veces se me ha ocurrido hacer lo que estas tu apunto de hacer ahora pero algo me decía, tal vez fuera ella, que tenía que seguir adelante que mi labor aquí no había acabado.

Amanda escuchaba con atención y aquellas palabras la llegaron muy adentro, se emocionó de oír a aquel hombre con la voz temblorosa sincerarse de aquella manera en que lo había hecho con ella.

El viento sopló con más fuerza haciendo que el vestido de gasa transparente se pegara al cuerpo de Amanda adivinando la perfección de sus curvas que no pasaron desapercibidas a los ojos de Bernardo que admiraba la belleza de esa extraña mujer que ejercía sobre él una atracción inusitada.

Pero en ese momento un extraño fenómeno se apoderó de Amanda y Bernardo vio como todo alrededor de ella se iluminaba de una luz tenue azulada que envolvía el contorno de la mujer desprendiendo un halo lumínico que sorprendió al policía que no encontraba explicación a tan singular efecto. Pensó que era un reflejo de laguna farola pero estaban muy lejos de cualquier sitio y no dada crédito sobre el resplandor que envolvía a Amanda que al poco rato fue desvaneciéndose hasta que desapareció por completo.

- Por qué quieres hacerlo?-. Se atrevió a decir Bernardo

- Porque quiero ir junto a el-.Contestó Amanda visiblemente emocionada-.No aguanto más tiempo sin el…

- Sin él? Sin quién?-. Inquirió Bernardo

De nuevo después de una larga pausa Amanda comenzó a hablar con voz calma casi parecía un susurro

- Hace un año el mar me arrebató lo que más quería en este mundo y cada tarde desde entonces vengo para intentar reunirme con él pero nunca he tenido el valor suficiente para hacerlo…

Bernardo estaba fascinado por la historia que Amanda había empezado a contarle, se preguntaba cómo era posible que llevara un año intentando suicidarse y que es lo que le había empujado a él a intentar impedir lo que a todas luces parecía que iba a ser el día indicado para ello.

Amanda le tendió la mano que el policía aceptó y ambos se sentaron al borde del acantilado desafiando la peligrosa verticalidad del mismo.

Le contó cuanto quería a Gorka, su marido, con el que llevaba toda la vida desde que se conocieran en el colegio nunca dejaron de estar juntos hasta que decidieron compartir su vida hacía ya casi veinte años, y como le dijo que cuidaría de ella durante toda la vida, cuidaría de ella mientras viviera, hasta su muerte.

Le contó como desde que se hizo marino y decidió trabajar en el muelle, primero aparejando redes y enseres y luego más tarde enrolándose en un barco de pesca hasta que reunió el suficiente dinero para comprarse su propia chalupa y faenar por su cuenta.

Le contó que desde entonces venía cada día a despedirse cuando se hacía a la mar y volvía a encontrase con el cuando llegaba con su chalupa repleta de pescado. Le ayudaba a descargar las cestas con los peces y crustáceos y después de la dura jornada en la mar retornaban juntos a su hogar.

Le contó como perdió la vista de niña debido a una rara enfermedad lo que no supuso ningún impedimento para que Gorka se rindiera a sus pies desde bien temprana edad.

Le contó como un día como cualquier otro y como hacía siempre durante los últimos cuatro años vino a acompañarle y  ayudarle a aparejar su barco a pesar de la mar gruesa que a ella no le gustó y como siempre le abrazó dándole un largo beso para despedirse y como siempre al caer la tarde vio como arribaban todos los barcos menos “El Albatros”, Gorka le puso ese nombre a su barco en honor a la majestuosa ave que cuando se empareja lo hace para toda la vida, como había decidido hacerlo con ella.

Le contó cómo durante largo tiempo le esperó en el puerto preguntando a los compañeros pero nadie le daba razón de nada hasta que cuando atracaron todos los barcos se dirigieron hacia ella unos aguerridos marineros y la contaron que se vieron envueltos en una gran tormenta de la que por desgracia pudieron salir todos menos el “Albatros” que se resistió y aguantó un poco más en el banco de bocarte hasta que no pudo salir del remolino y no volvieron a verle. El mar nunca devolvió resto alguno del Albatros, ni material, ni humano.

Le contó como desde entonces se resistía a darle a su marido por muerto y acudía todos los días a la caída de la tarde hasta el farallón y mirar hacia el mar a ver si veía a su marido…miraba al mar, que paradoja para una ciega, pero ella sabía que si volvía sería capaz de verle, de sentirle, sabía que sería capaz de notar su presencia por lo que en los últimos cuatro años no faltó ni un solo día a su cita con el mar.

Cada día volvía a aquel lugar y miraba hacia el infinito horizonte con la esperanza de que algún día el mar le devolviera a su amado.

Le contó cómo poco a poco según iba perdiendo la esperanza de volver a ver a su marido, se la iban quitando las ganas de vivir. Se quedaba absorta en el porche de su casa dirigiendo su mirada inerte hacia el gran azul, para luego al llegar la tarde cumplir con el mismo ritual y acercarse al acantilado con la esperanza truncada pero cuya inercia la empujaba a seguir viniendo.

Bernardo estaba inmerso en la historia de Amanda y atendía con verdadera atención cada palabra que salía de la boca de la hermosa mujer ciega a modo de susurro estaba cautivado por la terrible experiencia que había sufrido la pobre ciega.

Siguió contando que ya no tenía fuerzas suficientes para seguir adelante y hacía días que la rondaba por la cabeza reunirse con él para siempre. Se la había ocurrido otros métodos menos agresivos como la gusta a ella decir, pastillas, veneno, una pistola, pero todas aquellas maneras de quitarse la vida no la parecían honrosas y pensaba que al menos le debía eso a su marido, ir junto a él, buscarle en las inmensidades del gigantesco mar para tal vez quien sabe tener la oportunidad de poder estar con él por última vez.

A Bernardo se le cayó una lágrima por la mejilla emocionado por el contenido dramático de la historia que Amanda le contaba y tras sorber la nariz de manera sonora, ella se percató y le miró y le puso la mano en la mejilla para limpiarle la humedad de los ojos.

Ella seguía contando que era tal el tormento de vivir sin sus besos, sus caricias, sus risas, que no había logrado encontrar un solo motivo para seguir viviendo lo que ocurría es que hasta ahora no había tenido el valor de quitarse la vida pero aquel día se levantó especialmente predispuesta a hacerlo, se sentía capaz de hacerlo por ello se puso el vestido que tanto le gustaba a Gorka, aquel que le regaló para su aniversario y con el que tanto le gustaba verla pasear por la playa bajo la luna adivinando su silueta que con tanta pasión deseaba, y se dirigió hacia el acantilado dispuesta a poner fin a sus triste vida.

Bernardo la cogió de la mano visiblemente emocionado y la apretó contra su pecho, Amanda le acarició la cara deteniéndose en cada rincón, cada arruga, le pasó la mano por los ojos donde se detuvo un poco, bajo hasta la nariz, las mejillas, la boca, pasó sus delicados dedos por el contorno de sus labios.

Se detuvo de nuevo señalando el perfil de su boca cuando despacio acercó sus labios a los de Bernardo a los que besó ante la sorpresa de este.

- Que guapo eres-.dijo la mujer-.como Gorka, dime Bernardo que le pasó a tu mujer?

A Bernardo le costó un poco recomponerse y sin soltarla la mano a Amanda empezó a relatarla su historia, comenzando por su delicado oficio y al igual que ella había encontrado la mujer de su vida con la que compartía absolutamente todo y la contó el terrible episodio del fatídico atentado y del accidente que provocó su amputación así como al igual que ella, las infinitas ganas que ha tenido de quitarse la vida por no poder soportar el tremendo dolor de la soledad, la falta de su mujer le quemaba las entrañas y por ello decidió trasladarse a ese pequeño pueblo de pescadores que a ella tanto la habría gustado.

Arrastraba la maldición de su minusvalía con valentía pero con dificultad y lo único que le reconfortaba eran los largos paseos que hacía por la mañana y las tardes en la taberna del Ancla, escuchando historias de viejos lobos de mar.

Sin ambos saberlo el destino quiso que los dos compartieran más de lo que imaginaban. Los dos estaban solos, los dos habían perdido a sendos seres queridos, los dos tenían algún impedimento físico y los dos habían intentado quitarse la vida.

Amanda estaba muy emocionada y cuando Bernardo acabó de contar su historia rompió en un sollozo lamentando profundamente su pérdida y pensó que ninguno de los dos podía ni siquiera ir a llorar a sus seres queridos pues ninguno había podido velar el  cuerpo de sus parejas. Le abrazó fuertemente y Bernardo la rodeó con sus poderosos brazos fundiéndose en un solo ser ambos sintieron el calor del otro y Amanda se acercó a su oído y le susurró:

- Gracias Bernardo

- Gracias por qué?

- Por estar aquí, ahora ya no necesito volver.

Amanda se intentó incorporar apoyándose sobre el hombro de Bernardo para ponerse de pie pero el suelo estaba muy resbaladizo y al poner el pie derecho sobre la roca húmeda este se resbaló e hizo que Amanda perdiera el equilibrio zozobrando y su cuerpo cayó hacia delante precipitándose hacia las rocas. Bernardo al intuir la maniobra quiso asirla del brazo mojado pero  no pudo sujetarla con fuerza suficiente para que no cayera al mar. Gritó su nombre con rabia y al asomarse pudo comprobar que el cuerpo de la mujer cayó al mar librando así la peligrosa zona rocosa.

- Amanda, Amanda!-.gritó desconsoladamente el hombre que veía como la mujer flotaba sobre las grandes olas-. Amanda contesta por favor!

Por un momento estuvo tentado de saltar a salvarla pero su experiencia policial hizo que sopesara rápidamente todas las opciones concluyendo que habría sido un suicidio

- Si al menos tuviera las dos piernas-. Se dijo-.

Volvió a dirigir la mirada hacia donde había visto a Amanda pero había desaparecido, siguió llamándola con fuerza pero nada, ni una señal de vida, como si se la hubiera tragado el mar, el cuerpo de Amanda desapareció en la inmensidad del gran azul que agitado de manera violenta mostraba toda la rabia contenida golpeando con crueldad las rocas de la playa.

Bernardo se quedó sin voz llamando desconsoladamente a la mujer y corriendo tan rápido como pudo llegó hasta la taberna del Ancla donde después de alertar a todos los que allí se encontraban volvieron a la playa para intentar ayudar a la pobre Amanda de la que ya no se tenía ninguna noticia. Dos bravos marineros se adentraron con sus barcazas por el mar acercándose a la zona del accidente rastreando el lugar en busca de algún indicio que indicara la presencia de la náufraga. La policía tardó en llegar pues el cuartel del pueblo más cercano se encontraba a una veintena de kilómetros y tras marcar un perímetro de doscientos metros rastrearon toda la zona minuciosamente con buzos expertos en tan ardua tarea con resultado negativo, ni rastro de la mujer, Amanda había decididamente desaparecido entre las fauces del  mar.

La policía, junto con varios bravos voluntarios estuvieron rastreando la zona durante toda la noche sin éxito, los que desempeñaban la dura tarea de búsqueda estaban exhaustos con los rostros desencajados por lo que a las siete de la mañana después de haber tomado declaración a Bernardo por ser la última persona que estuvo con la víctima  antes de caer al mar, dieron por terminada la búsqueda y declararon a Doña Amanda Del Piero, oficialmente desaparecida.

Cuando Amanda cayó al mar se quedó momentáneamente paralizada, petrificada, inmóvil por la impresión que la hizo la baja temperatura del agua pero acto seguido y consciente de la situación empezó a agitar los brazos y las piernas aunque no supiera nadar para intentar mantenerse a flote pero el fuerte oleaje la arrastraba poco a poco hacia el fondo y todo esfuerzo fue inútil quedándose sin fuerzas para seguir moviéndose y así evitar que se hundiese, además había perdido el sentido de la orientación y no sabía a ciencia cierta si se aproximaba o si se alejaba de la costa. Cuando ya notó que el esfuerzo era en vano dejó de moverse, se quedó inerte, como muerta, quizá esperando lo que había estado buscando tiempo atrás y que paradójicamente aunque ya había cambiado de opinión, la mala fortuna quiso que al final se cumpliera su primitivo deseo de quitarse la vida. Amanda comenzó a hundirse en las profundidades del mar.

De pronto ocurrió una circunstancia inexplicable. Sin saber exactamente si era consciente o no, notó su cuerpo ligero y la pareció apreciar que se movía por sí solo, sin que ella hiciera el más minino esfuerzo. Su cuerpo fue desplazándose muy despacio con un suave movimiento de vaivén como si la mecieran, hacia la superficie y se fue acercando hacia la playa donde apenas había olas. Sin querer y sin encontrar explicación alguna su cuerpo había adquirido vida propia y actuaba sin que ella lo controlara.

La pareció notar aunque ni siquiera se atreviera a pensarlo que unas manos la tomaban por la cintura y la cabeza y con el suave movimiento de las olas la llevaron hasta un pequeño saliente de la playa al abrigo de las olas y de las rocas, donde quedó varada, ya en tierra firme lejos de los peligros del mar. Habría jurado haber notado la presencia de un ser extraño, una fuerza que la desplazó sobreponiéndose a su voluntad, notó la existencia de algo inexplicable que la ayudó a salir del agua.

Incapaz de discernir entre realidad o ficción, entre consciente o inconsciente, entre vida o muerte, esa extraña sensación que experimentó la hizo preguntarse si sería así el otro lado… si la muerte sería así de tranquila… muchas preguntas e incógnitas se cernían sobre ella pero lo que más la sorprendió, lo que más la llamó la atención fueron unas palabras que la pareció oír como si de un ligero susurro se tratara. Tuvo la sensación cuando quedó tendida en la playa que una voz dulce y penetrante y sobre todo conocida, le murmuraba despacio al oído unas bellas palabras que no olvidaría jamás.

“Te prometí que cuidaría de ti toda la vida, hasta que te mueras… pero aún no ha llegado el momento…pero cuando llegue, no te preocupes, yo estaré aquí esperando, mi amor…te quiero”

Pensando si todo aquello que la había ocurrido era un sueño, unas lágrimas recorriendo su rostro y la imagen borrosa de su marido fue dando forma en su cerebro y ya no la cabía ninguna duda que Gorka era el salvador que la libró de la muerte.

La paradoja de la vida quiso que después de convencer a aquella bella mujer que depusiera su intención de quitarse la vida, cayera de manera fortuita y Bernardo no pudiera hacer nada para evitarlo, no entendía como aquel ser tan hermoso después de arrepentirse de su descabellada idea, pudiera tener un final tan trágico. No podía quitarse de la cabeza lo cerca que la tuvo sentada junto a ella al borde del acantilado y no pudo impedir que cayera de forma casual, no se lo perdonaría jamás. Volvían a sus pensamientos los fantasmas del pasado y volvía de nuevo a hacerse las preguntas de siempre, como era posible que salvara tantas vidas en su arriesgado trabajo, poniendo la suya infinitas veces en un grave peligro, y no pudiera hacer nada para salvar a su preciosa y amada mujer y ahora volvía a no poder hacer nada por ese ser tan hermoso que apenas pudo conocer.

Quien elegía los designios del destino que seleccionaba de manera tan brutal quien sí y quien no, cuantas veces rogó haber ocupado el puesto de Jimena aquella fría mañana de noviembre, y ahora se preguntaba por qué no fue el quien cayera al mar.

Había vuelto a su rutina habitual de cada día, es decir, no hacer nada. Las mañanas sentado en el porche en su vieja mecedora mirando hacia el mar, sin fijar la vista en ningún punto concreto, mirando sin ver.

Mal comía, el día que lo hacía, y por la tarde caminaba despacio con la ayuda de sus inseparables muletas hasta la zona de las piedras cerca del farallón de la playa, tras el viejo puerto, donde antes Amanda, la mujer ciega, misteriosa y desaparecida, se sentaba sobre una roca a escudriñar el horizonte en busca de respuestas y ahora era el, quien de igual modo se pasaba las horas muertas con la esperanza de quien sabe si algún día, encontrarla. A veces se levantaba y rodeaba el acantilado hasta las rocas cercanas al mar donde cayó Amanda. Buscaba entre las rocas por si alguien se hubiera dejado alguna pista, algún detalle que se los pasara de largo, tal vez alguna señal que la misteriosa mujer hiciera.

Y de nuevo largas horas con la vista perdida sobre la inmensidad del mar, mirando…mirando sin ver.

Aquella tarde no se diferenciaba mucho de cualquier otra y como un autómata habiendo perdido toda esperanza de encontrar a Amanda, se hallaba de nuevo sentado en el viejo banco al final del largo paseo, pasado el puerto con la mirada perdida dirigida hacia ninguna parte, mirando al mar…mirando sin ver, allí donde fue a intentar olvidar la que fue la persona más importante de su vida y donde se encontró a aquella extraña y enigmática mujer a la que apenas tuvo tiempo de conocer y que sin embargo le había dejado un tremendo vacío sin saber por qué, aquellas horas que pasó con Amanda le había devuelto la ilusión de vivir y la fatalidad del destino quiso que para ello tuviera que morir.

Estaba tan absorto y ensimismado en sus pensamientos que no reparó tras de sí la sutil presencia de alguien que se aproximaba a él.

Con la mirada perdida hacia el infinito notó la suave presión de una mano que se posaba sobre su hombro y un escalofrío recorrió todo su cuerpo como una gran descarga eléctrica y cuando se giró sus ojos no daban crédito de lo que estaban viendo, ahí se encontraba ella, Amanda, y de nuevo el mismo efecto que el día que la vio por primera vez se apoderó de ella, viendo como el contorno de su cuerpo emitía una suave luz azulada que impregnaba todo su ser con un halo lumínico alrededor de su esbelta figura.

- Tiene que ser un Ángel-. Pensó Bernardo estupefacto por la extraordinaria visión que estaba teniendo.

- Tú-.dijo el con la voz entrecortada y temblorosa

- Me has estado esperando-. Contestó Amanda, con una voz que parecía salida de un coro celestial, retumbando ayudada por la suave brisa del mar.

Bernardo la miró fijamente a los ojos no dando crédito de lo que estaba viendo, y con sus manos la palpó cada centímetro de su cuerpo para cerciorarse que aquel ser maravilloso que estaba ante él no era una alucinación, la tomó de las manos y acercándose muy despacio a ella la estrechó entre sus brazos fundiéndose en un abrazo que parecía no iba a acabar nunca, sin que la prisa supusiera premura alguna.

Bernardo la apretó fuertemente contra su cuerpo y con los ojos llenos de lágrimas se acordó de aquel viejo lobo de mar de la taberna del ancla que contaba historias de marinero que se dedicaban a salvar vidas que nadie se creía pero el, visiblemente emocionado pensó:

- Al final el viejo lobo tenía razón…


ARTURO FERNÁNDEZ

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