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Crisis

“Siempre llega ese momento mágico, precioso y revelador en la vida de toda persona en el que te levantas por la mañana en un maravilloso día soleado y mientras miras al sol te dices: A mí ya es que me la pela todo.
Cierras la persiana y te vas a dormir otra vez.”

Pero te metes en la cama sudada y no puedes volver a dormirte, así que escribes eso en tu muro de Facebook y te levantas. Y eso fue lo que hizo Carlos. Se levantó torpemente y fue tambaleándose a preparar el café matutino en su Nespresso nueva. Mientras salía el expreso Carlos chequeó su Facebook en el móvil. El post que había hecho tenía 3 likes en sólo un par de minutos. Carlos estaba deprimido pero eso lo alegró bastante aunque no quería reconocerlo. Ese post tenía futuro. Todos necesitamos que nos suban el ego. Todos necesitamos likes, pensó. Eso está bien. Se sentó en la cama y encendió un cigarro mientras acaba el café a pequeños sorbos intermitentes mirando una de las cuatro esquinas de la habitación.

Carlos no era un tipo especialmente extrovertido ni hablador pero caía bien a la gente aunque a él no le gustaba demasiado la gente. La soledad está infravalorada,  solía decir cuando alguien le insinuaba que se había vuelto un huraño.  Ya a duras penas salía con sus amigos porque no le veía el sentido a nada. Si que entraba bastante en las redes sociales pero eso también le aburría.

Salió a la calle sin saber a dónde ir ni qué hacer. Desde que había empezado la crisis y dejaron de construir pisos se había quedado en el paro.

Carlos era paleta. No tenía estudios y sus padres le habían dicho desde pequeño que no valía para nada. Y él creció pensando que no valía para nada. Le gustaba dibujar cuando era un crío pero su padre le decía que eso no le ayudaría a mantener una  familia y después de darle un tortazo lo enviaba a estudiar. Su padre nunca le preguntó si quería tener una familia o si quería estudiar, así que como tantos otros chicos por entonces, cuando cumplió los 16, sus padres lo sacaron de instituto y lo metieron a trabajar en la obra. Eso tampoco se le daba bien así que se tiró años haciendo el cemento.

Carlos pasó por delante de un banco y se quedó embobado mirando su reflejo en el cristal mientras fumaba un cigarro. En el cristal del banco un cartel decía:

“Si eres joven nosotros confiamos en ti, hablemos”

Carlos recordó que cuando lo echaron  de la obra y el banco le embargó el piso a él y a su ex-novia no hablaron mucho. Tampoco hablaron cuando le dieron un préstamo más grande del que había pedido por qué:

-Así por un poco más te puedes comprar también un coche nuevo-. Le dijo el tipo del banco. Nadie le preguntó su opinión. Sólo le dieron el caramelo.

Carlos fue al parque y se fumó otro cigarro mientras miraba a los patos nadar en el río. Esos cabrones si que viven bien. Y comprobó si su comentario tenía más likes. No los tenía. Eso lo deprimió.

-Seguro que si posteara que me voy a suicidar no le importaría a nadie-. Reflexionó mientras miraba el sol brillante.

Entonces el móvil se puso a sonar desesperadamente. Era su padre, y le dijo que dejara de hacer el vago y volviera a casa. Carlos quiso decirle que esa no era su casa pero seguramente no le habría hecho gracia ni a su padre ni a los patos,  y lo habría mandado a tomar por el culo. Carlos ya no tenía casa ni novia ni trabajo ni nada.

Un viejo vino y se sentó a su lado descuidadamente. Le dijo:

-Son tiempos difíciles, eh, chico.- Y le puso la mano en el interior del muslo. Carlos la apartó con violencia y sintió ganas de apagar el cigarrillo en su ojo, pero el tabaco estaba muy caro, así que se fue.

Sin darse cuenta llegó tambaleándose hasta el centro del puente que cruzaba el río. Se puso otro cigarro en la boca y le prendió  fuego distraídamente. Miraba a  los patos sin disimular su envidia. Iban y venían, se zambullían y luego se sacudían el agua. Mirar los patos tranquilizaba a su alma inquieta. Pero también le ponía triste porque sabía que él nunca podría irse volando como ellos. Acabó el cigarro y se lo tiró con rabia al pato más hermoso de todos. Pero falló.

Sacó el móvil y entró en Facebook, pero no tenía más likes. La barra de estado de Facebook preguntaba: ¿Qué estás pensando? Carlos escribió: voy a suicidarme. Le dio a enviar y guardó con suma delicadeza el móvil en el bolsillo del chándal. Se subió en la baranda y saltó.

Se había unido otro viajo al que le había puesto la mano en el muslo a Carlos.

-Los chicos de hoy están locos-. Dijo el nuevo anciano-. Es el tercero en lo que va de mes.- Dijo el otro viejo.

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