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Crimen sin castigo

por
Manuel Paleteiro Ortiz


I

Fernando Aguilar cumplía sesenta y siete años el día que mató de cuatro puñaladas a Beatriz Cansino, su mujer.

Era un sábado del mes de julio y, como de costumbre, habían almorzado temprano. A las cinco de la tarde, recién acabada la merendilla diaria del café con galletas, Fernando le dijo a su mujer que se iba un rato a la taberna; hoy tenía una doble razón para hacerlo dado que, a la que ya era su costumbre diaria desde hacía años, añadía la de querer invitar a sus amigos por ser su cumpleaños. Era aquel un grupo de seis amigos, todos ellos jubilados, que se reunían diariamente en la taberna El emigrante, que ocupaba toda la planta baja del mismo bloque de viviendas donde vivía Fernando Aguilar, situado en la tranquila y apacible calle sevillana de San Basilio, con sus aceras arboladas de perfumados naranjos y una escasa, casi nula, circulación rodada. Tras un rato de charla y bromas, y después de tomar una copa de brandy, uno de ellos, siguiendo la costumbre diaria, le pidió a Germán, el tabernero, la caja de las fichas de dominó y propuso iniciar las acostumbradas partidas diarias. Fernando era un buen jugador y siempre hacía pareja con Juan Rizo; ambos se entendían a las mil maravillas y ganaban con bastante frecuencia.

Habrían jugado cinco o seis manos cuando Fernando pidió a Pedro Torres, uno de los dos compañeros que habían quedado fuera de la mesa de juego a la espera de sustituir a la pareja que resultara perdedora en la primera partida, que ocupara su sitio en la mesa porque tenía que ir al cuarto de aseo. Todos sabían que, por mor de su estreñimiento crónico y de su adenoma de próstata, una sesión de inodoro de Fernando Aguilar no duraba menos de treinta o cuarenta minutos.

Pidió la llave del váter a Germán y entró en el cuarto de aseo. Nunca había estado muy limpio aquel servicio, pero ese día estaba imposible; debía llevar varios días sin limpiarse porque se veían salpicaduras de excrementos en la tapadera del inodoro y alguien se había orinado fuera de la taza, habiendo dejado todo mojado de orina. Ante aquella repugnante visión y dado que él vivía en la primera planta de aquel bloque de viviendas -su piso era justamente el que pisaba sobre la taberna- decidió subir un momento a su casa y hacerlo en su propio cuarto de baño. Así pues, salió del aseo, guardó la llave en el bolsillo de su chaqueta inconscientemente, se dirigió a la puerta del establecimiento y, girando dos metros a su izquierda, entró en el portal de su bloque y subió el tramo de escalera que le llevaba hasta la misma puerta de su piso. En el momento que Fernando abandonó el local, Germán había entrado en la cocina y los demás estaban tan atentos a la partida de dominó, que nadie se percató de su ausencia.

Entró en casa contento, riéndose para sus adentros porque se venía acordando de un chiste que alguien había contado un momento antes, y al entrar dijo: «Soy yo». Fernando entró deslumbrado por el fulgurante sol sevillano de la tarde y no se percató de que, como quiera que más tarde viniera la familia, invitada a la celebración de su cumpleaños, su mujer acababa de limpiar el piso con la fregona y el suelo aún se encontraba húmedo. Beatriz, que fregaba en la cocina los platos y los cubiertos del almuerzo, al ver que Fernando pisoteaba todo lo limpio, dejando en el suelo las marcas de las suelas de sus zapatos, montó en cólera y, sin soltar el cuchillo de cocina que estaba limpiando en ese momento, se abalanzó hacia Fernando, cuchillo en mano, hecha una furia y vociferando. Llevaban casi treinta años casados y la bronca que se avecinaba tenía trazas de ser una más de las incontables trifulcas violentas que habían tenido en todo ese tiempo. Beatriz era única insultando, una auténtica maestra del escarnio que nunca agotaba los epítetos ofensivos, y esta vez parecía que iba a ser aún peor que de costumbre. Por alguna secreta razón, en esta ocasión Beatriz mostraba una agresividad que superaba a la que habitualmente empleaba en su retahíla de insultos.  Le llamó de todo: estúpido, inútil, hijo de puta y cabrón. A medida que las ofensas más infames salían de su boca el semblante de Fernando iba adquiriendo un color lívido, su cara se crispaba por la ira y su boca se deformaba en un rictus doloroso, hasta que brotó aquel insulto con el que Beatriz solía coronar su sarta de injurias y que era el que a Fernando más le dolía: ¡maricón! En ese momento a Fernando se le nubló la vista por la cólera y le atizó una inesperada bofetada que la hizo trastabillar unos pasos hacia atrás; la reacción de Beatriz fue instantánea, enarboló el cuchillo por encima de su cabeza, arremetió contra Fernando, con el rostro desencajado, los ojos desorbitados y la boca abierta en un terrible grito de furia, y descargó un golpe de cuchillo, que fue esquivado por muy poco, y se clavó en la pared. Inmediatamente se revolvió, dispuesta a repetir el golpe, y Fernando, en un par de zancadas, se refugió en la cocina. La cocina no tenía ninguna otra salida y Beatriz apareció en la puerta enloquecida y dispuesta a terminar lo iniciado. Fernando, acorralado, creyó firmemente que lo iba a matar y entonces su mano derecha tropezó con otro cuchillo, gemelo del que empuñaba su mujer y que se encontraba sobre el escurridor del fregadero. Instintivamente lo asió fuertemente por el mango y cuando Beatriz dio un paso al frente y entró en la cocina con el brazo en alto, Fernando cerró los ojos y le descargó una puñalada en el costado izquierdo que penetró varios centímetros entre las costillas. Beatriz detuvo su acometida un instante con un gesto de sorpresa, pero no pareció haber sentido dolor alguno y, lejos de amilanarse, reanudó su ataque aún con más furia que antes y volvió a levantar su mano con la clara intención de acuchillar a Fernando, que, ahora con los ojos abiertos pero con el entendimiento obnubilado y la vista tan extraviada que no la podía fijar en ningún punto concreto, le clavó con fuerza su cuchillo en el pecho hasta tres veces. Beatriz cayó fulminada, como un fardo, sin emitir el más mínimo gemido; tal vez una de las cuchilladas había llegado directa al corazón.

Fernando se quedó de pie, aturdido, apoyado en el marco de la puerta de la cocina sin saber muy bien qué había pasado. Miró sorprendido, como si lo viera por primera vez, el cuchillo ensangrentado que tenía en su mano derecha. Todo había sucedido muy rápido. Hacía cinco minutos se encontraba en la taberna jugando una partida de dominó y ahora se encontraba contemplando el cadáver de su mujer tendido en el suelo a sus pies. Respiró profundamente varias veces seguidas, hiperventilándose los pulmones, y al fin empezó a serenarse, comenzando a despertar de aquel sueño en que parecía haberse sumido y a ser consciente de la terrible realidad de lo ocurrido. ¿Cómo podía haber sucedido esto? No recordaba bien los detalles. Poco a poco se fue serenando hasta recobrar el sentido de lo ocurrido. Le había quitado la vida a su mujer. Era un asesino. A pesar de que Beatriz tenía un carácter agrio, muy opuesto al suyo, que los hacía alejarse, él la quería y nunca se hubiera propuesto hacer tal cosa, entonces, ¿por qué había ocurrido esto? Los recuerdos acudieron a su mente en tropel y comenzó a recordar cosas que daba por olvidadas. Recordó cómo se habían conocido, y vio con diáfana claridad los detalles de aquel día; él estaba una mañana de domingo leyendo, sentado en un banco del parque del barrio, y ella paseaba con su perrita caniche Lola cuando vino a sentarse en su banco. Cuando se conocieron ella tenía veintiún años y él era un solterón de treinta y ocho, le llevaba diecisiete años de edad, casi podría ser su padre; la vio joven y hermosa, con su cara de niña coronada por aquella ondulada cabellera dorada, recordó sus preciosos ojos verdes y sus sonrosados y carnosos labios, que dibujaban una encantadora sonrisa y prestaban a su cara las facciones de un bellísimo ángel rubio. Le vino a la memoria, con todo detalle, el día de su boda, disfrutando en aquel alegre e inolvidable banquete, acompañados de tantos amigos, que lo envidiaron porque se casaba con una hermosa valquiria, y también recordó, esta vez con tristeza, aquel otro día que el ginecólogo les anunció que no podrían tener hijos y que tanto lamentaron juntos durante tanto tiempo. ¿Qué había sido de todo aquello? ¿Cuándo se torcieron las cosas para llegar a este final? No sabría decirlo a ciencia cierta o, al menos, le costaba hacer un análisis. Aquel deterioro no se había producido de un día para otro, había sido un proceso paulatino, lento e inflexible. Eran jóvenes cuando se conocieron y, a esas edades, el sexo lo llena todo; la libido solo les permitió ver lo físico y ninguno de los dos tuvo la capacidad de ver sus incompatibilidades. Después, fue el tiempo quien se encargó de poner las cosas en su sitio. Tal vez todo empezó con un mal gesto rutinario o inconsciente, una respuesta malsonante o una primera falta de respeto por las que nunca se pidió perdón, le siguió una absoluta carencia de gustos y aficiones afines que hubieran podido disfrutar ambos compartiendo determinadas actividades lúdicas o intelectuales, para terminar con una total ausencia de comunicación durante tantos años, que les llevó a comportarse como dos extraños obligados a vivir juntos y a soportarse mutuamente.

Apartó aquellos absortos pensamientos de su cabeza y volvió al mundo real. Hoy no había habido testigos del suceso, pero en muchas ocasiones los vecinos habían oído o, incluso, presenciado sus peleas ¿Quién le iba a creer cuando contara que su mujer había querido matarlo y que él únicamente se había defendido? Tenía que pensar con serenidad lo que debía hacer. «A ver -pensó- ya me encuentro más tranquilo. Ahora piensa Fernando, piensa bien lo que tienes que hacer. No ha habido testigos y nadie ha acudido al ruido de la pelea. Son las seis de la tarde, hace calor y la gente suele dormir la siesta. La casa tiene buenos aislamientos acústicos y no llegan muchos ruidos del exterior. De los dos pisos por planta que tiene el bloque, mis vecinos de al lado, Vicente y Rufina, son una pareja mayor que siempre duermen la siesta a esta hora y, además, ella está sorda como una tapia; de los vecinos de los dos pisos del segundo, en uno vive una pareja joven que a esta hora están los dos trabajando y los del otro piso también son mayores y, además, ahora recuerdo que hace un par de días vinieron a despedirse porque se iban de vacaciones. Así que lo más seguro es que nadie ha visto ni oído nada».

En el fregadero, que estaba lleno hasta la mitad con el agua jabonosa del fregado que estaba haciendo Beatriz, lavó el cuchillo homicida hasta cerciorarse de que no quedaba el menor rastro de sangre y lo depositó en el cubilete escurridor junto a los demás cubiertos; después iba a destapar el fregadero para vaciarlo pero desistió, pensando que sería imposible detectar la poca sangre que había limpiado del cuchillo, diluida en tanta agua y, además, dejándolo tal como estaba daba aún más la impresión de haber sido un suceso espontáneo e inesperado. No tocó nada más. Dejó a su mujer en el suelo, tal cual estaba; tenía los ojos abiertos, la ropa había quedado levantada hasta la cintura dejando ver sus muslos y sus bragas, y el cuchillo había quedado aferrado en su mano derecha. Miró el reloj, eran las seis y cuarto. Toda aquella desgracia había acaecido en un lapso de entre quince y veinte minutos. Salió de casa, dejando la puerta entreabierta, bajó la escalera sin hacer el menor ruido y regresó a la taberna.

Cuando entró, observó que todo estaba igual que cuando salió; sus cuatro amigos seguían jugando al dominó y el quinto, junto a otros dos clientes, miraban la partida sentados de espaldas a la puerta de entrada del establecimiento. Todos tenían su atención centrada en la partida y ninguno le oyó ni le vio entrar. Detrás del mostrador tampoco había nadie. Entonces se acordó de la llave del cuarto de aseo. No recordaba que la había guardado en el bolsillo de su chaqueta y entró en el servicio pensando que se la habría dejado dentro. Era una llave grande, de las antiguas, fácilmente visible. Miró en el lavabo pero no estaba. La buscó sobre el dispensador de toallas, por detrás del inodoro y por el suelo hasta que, en una de sus vueltas, su chaqueta chocó casualmente contra el borde del lavabo y el sonido del golpe le hizo recordar. Se tocó el bolsillo y respiró aliviado. Salió del aseo y cerro la puerta con la llave justo en el momento que Germán, procedente de la cocina, se incorporaba al mostrador. Germán, al verlo salir del aseo, alargó la mano para recibir la llave, al tiempo que le decía «parece que estás mejor de tu estreñimiento, ¿no, Fernando? Hoy has tardado menos tiempo».

Fernando llegó a la mesa de juego, y Pedro Torres, que en ese momento estaba moviendo las fichas para iniciar otra mano, se levantó y le volvió a ceder su asiento. Siguió jugando como una hora más, aguantando las regañinas de Juan porque no lograba centrarse en el juego y estaban perdiendo todas las manos, hasta que se oyeron los gritos. Rufina, la vecina del piso de al lado, había salido al rellano, vio que la puerta de Beatriz se encontraba inusualmente entreabierta, la llamó y, al no tener respuesta, terminó por abrirla y se encontró con el macabro espectáculo.

Todos se levantaron y salieron apresuradamente a la calle para ver qué pasaba, extrañados, por improbable, de que se hubiera producido algún grave accidente de tráfico, cuando vieron en la puerta del bloque a Vicente Pulido y a su mujer, Rufina Castro, que lloraba y gritaba espantada, al tiempo que otros vecinos de la calle se iban acercando hasta formar un gentío que ya obstruía el paso de peatones y vehículos. Mientras Rufina, entre llantos, gemidos y amagos de desvanecimientos, explicaba a los parroquianos el luctuoso descubrimiento, Vicente fue hacia Fernando y lo abrazó fuertemente sin decir palabra alguna, mientras Fernando fingía sentirse sorprendido, alarmado e ignorante del suceso. Vicente, al percatarse de la tragedia, había llamado al 091 antes de bajar. La policía no tardó en llegar.

Los guardias inmovilizaron y aislaron a los clientes que se encontraban en la taberna y a los vecinos del bloque, tomaron notas, despejaron la zona de curiosos, acordonaron aquel trozo de acera y pidieron a todos los detenidos su documentación; tras una espera de casi una hora, llegó un vehículo con el comisario de policía del distrito, señor Valverde, acompañado de dos agentes del departamento de criminalística y del juez de guardia que, tras las rutinarias comprobaciones del fallecimiento de la víctima, las tomas de huellas digitales y las fotos de rigor hechas por los investigadores forenses, procedió a efectuar el levantamiento del cadáver.

II

Beatriz Cansino estuvo enamorada de Marcelo Duarte, un chico guapo y simpático que gustaba mucho a las mujeres, desde que era una niña, pero como quiera que Marcelo fuera siete años mayor que ella, cuando él ya era un hombre con veinte años, ella aun llevaba trenzas. Ambos habían nacido en la misma calle, vivían a una distancia de dos portales y pertenecían a dos familias humildes que eran muy amigas. Beatriz vivía con sus padres, Jacinto y Concepción, un hermano mayor, llamado Justino, y su tía Rafaela, hermana de su madre. Marcelo, hijo único, vivía solo con su madre, Remedios, divorciada desde hacía quince años. Cuando Beatriz alcanzó la edad de dieciséis años ya llevaba tres o cuatro sufriendo el desfile de las novias de Marcelo, que las sustituía cada seis meses aproximadamente, y no es que lo hiciera de forma calculada; en todos los casos, él creía sinceramente estar enamorado e iniciaba la relación de buena fe, pero siempre necesitaba consumir ese espacio de tiempo para darse cuenta de su error. Así pues, Beatriz ya le había conocido seis o siete novias y las odió a todas.

Cuando iba camino de cumplir los diecisiete, Beatriz experimentó su gran metamorfosis: en menos de un año pasó de ser una niña a ser una hermosa mujer; creció hasta alcanzar su estatura definitiva de un metro y setenta centímetros, sus senos se abultaron y redondearon hasta alcanzar un tamaño que, incluso por encima de las blusas sueltas que solía usar, evidenciaban su turgencia, sus rasgos faciales maduraron y se acentuaron, transformándola en un preciosa mujer, y su rubia melena, que solía dejar caer suelta sobre su hombro derecho, le confería una imagen de fuerte sensualidad. Fue entonces cuando Beatriz, surgiendo de la nada, se hizo visible para Marcelo, que terminó perdidamente enamorado de ella.

Se hicieron novios y durante dos años vivieron una constante y absoluta felicidad. Se veían diariamente, tocándose y besándose en cada ocasión que se les presentaba, y aprovechaban las ausencias de una cualquiera de las dos familias para encerrarse en la casa vacía y hacer el amor tantas veces como el tiempo disponible les permitía.

Hacía cinco años que Marcelo trabajaba en SuperBaena, un supermercado que formaba parte de una cadena de cincuenta y seis establecimientos, repartidos por la geografía nacional, en los que trabajaban más de setecientos empleados; aquella tienda en la que él trabajaba era la principal, allí se encontraban las oficinas centrales y desde allí se controlaba toda la actividad de la empresa. El propietario de la cadena, don Roberto Baena, hombre serio y trabajador, que ya pasaba de los cincuenta y era astuto como un zorro, tenía allí su despacho, flanqueado por otros dos, que ocupaban sus hijos Rafael, el mayor, con veinticinco años y un gran parecido físico a su padre, y Julieta, la pequeña, que acababa de cumplir los veintitrés, una morena bastante guapa y resultona. Don Roberto se ocupaba de las relaciones con los proveedores y los bancos; todo lo que se refiriera a dinero, ya fueran pagos o cobros, pasaba por sus manos. Rafael, que era economista, se hacía cargo de la logística de toda la cadena y a Julieta, recién incorporada a la empresa, que había terminado la carrera de Derecho y se había especializado en Derecho Laboral, don Roberto la había encargado de los asuntos relacionados con el personal. Todas las tiendas daban beneficios; la cadena iba a más, se encontraba en franca expansión y se inauguraba, al menos, dos tiendas nuevas cada año.

Tras cinco años trabajando en el supermercado, Marcelo había demostrado su valía y había sido ascendido a encargado de aquella tienda que, además de ser la central, era la más grande de la cadena y daba trabajo a veintitrés empleados. Despachaba diariamente con Rafael los asuntos relacionados con la logística, tales como caducidades y reposiciones de productos, novedades a incorporar en las estanterías o los problemas de almacenaje que hubieran surgido, y con Julieta las incidencias diarias acaecidas en el personal. A la semana de estar despachando diariamente con ella, se hacía ostensible que había nacido entre ambos una fuerte corriente de simpatía y admiración mutuas.

Un sábado, la tienda permaneció cerrada por inventario y Marcelo, ayudado por cuatro empleados más, hicieron el recuento de todas las existencias, anotándolas en unos estadillos preparados a tal efecto. Marcelo había quedado con Rafael, como responsable que era de la logística, en verse al día siguiente a las diez de la mañana en su despacho para volcar en el sistema informático los datos recogidos en los estadillos. Marcelo llegó a la tienda a las nueve y media. Quería repasar nuevamente los estadillos y hacer algunas comprobaciones antes de que llegara Rafael. Cuando dieron las diez y media, Rafael no había llegado ni tampoco había llamado por teléfono, y Marcelo, extrañado por ser conocedor del gran sentido de la puntualidad que caracterizaba a Rafael, ya se disponía a llamarlo con su teléfono móvil cuando oyó abrirse la puerta de la tienda; pensó que algún asunto familiar lo habría retrasado. Salió del despacho, donde se encontraba esperándolo, y fue a su encuentro por el pasillo central del establecimiento pero, al llegar al vestíbulo de entrada, se llevó una gran sorpresa: no era Rafael quien había entrado sino Julieta; quién explicó que Rafael se encontraba en su casa de campo, con su familia, y que la había llamado pidiéndole que acudiera ella a la cita porque le había surgido un contratiempo.

Esa mañana Julieta estaba más guapa que de costumbre, podría decirse que «tenía el guapo subido»; llevaba un pantalón negro muy ajustado que marcaba las líneas de sus braguitas y una holgada blusa blanca de raso abotonada por delante, dando la impresión de que había dejado abierto deliberadamente algún botón de más, dejando a la vista una buena parte de su pecho y el ribete superior de uno de esos sugerentes sujetadores que elevan los senos haciéndolos resaltar voluptuosamente. En poco más de una hora terminaron el trabajo de volcado de los datos al ordenador y, durante ese tiempo, Marcelo no había podido prestar mucha atención al monitor, atraído por la visión del seductor canalillo de Julieta y embriagado por el intenso perfume, con matices afrodisíacos, que emanaba de su pelo y de su cuello. Terminado el trabajo, Julieta apagó el ordenador y fue a sentarse en un sofá que Rafael tenía en su despacho, donde atendía aquellas visitas que quería distinguirlas con un trato más cálido, rompiendo la frialdad que representaba la barrera de la mesa del despacho. Se sentó adoptando una postura sugerente, con las piernas cruzadas, realzando sus turgentes muslos, dejando caer sobre su pecho, por encima del su hombro izquierdo, su negra y ondulante melena y con los brazos abiertos en cruz, apoyados sobre el respaldo de sofá, que parecían pedir a gritos un fuerte y apasionado abrazo. - Ven, Marcelo -le dijo- Siéntate aquí a mi lado y charlemos. Quiero saber más cosas de ti. Le pidió detalles de su vida cotidiana, tales como en qué empleaba su tiempo libre, si le gustaba el cine, si salía con algún grupo de amigos o si tenía novia, y le preguntó con picardía quién le parecía más guapa, si ella o su novia. A los diez minutos, la amistosa charla se transformó, tal como Julieta se había propuesto, en una refriega de besos y caricias que culminó en un fundido de los dos cuerpos desnudos sobre un suelo enmoquetado y alfombrado con sus ropas que, cayendo una a una, habían quedado desperdigadas. Tras un orgasmo simultáneo, largo e intenso, quedaron extenuados, jadeantes, abrazados pecho contra pecho y vientre contra vientre, con sus bocas unidas, intercambiando sus alientos y dejando el ambiente del despacho fuertemente impregnado de olor a sexo.

En los días siguientes, cada vez con más frecuencia, siguió repitiéndose la misma escena, sin que en ningún momento decayera lo más mínimo la fuerza y la pasión de sus encuentros amorosos. Solían verse en el apartamento que don Roberto había regalado a Julieta con el doble motivo de la obtención de su licenciatura y de su emancipación de la casa paterna. Era un apartamento pequeño, pero muy acogedor, situado en la planta baja de un bloque de tres plantas, con dos viviendas por planta, que se ubicaba en una tranquila calle, con muy poca circulación rodada, y que contaba con un amplio patio interior comunal que la otra vecina de la planta baja, enamorada de la floricultura, se ocupaba de mantenerlo repleto de plantas ornamentales, asemejándolo a un bellísimo patio cordobés. Contaba con un amplio dormitorio, un cuarto de baño completo, una cocina muy bien iluminada y una pieza de amplias dimensiones que hacía de comedor y sala de estar; estaba amueblado con muebles modernos, elegidos con buen gusto, entre los que se entremezclaban abundantes macetas con plantas naturales de interior que aportaban al ambiente frescura y vitalidad.

Tras siete años trabajando para la empresa, Marcelo había demostrado ser un buen operario, primero, y un buen encargado, después. Estas virtudes, reconocidas desde el primer día por don Roberto y por su hijo Rafael, se vieron confirmadas y fortalecidas por las apasionadas opiniones de Julieta cuando se refería a su entrega y a su fidelidad; así que, cuando se planteó la necesidad de crear un puesto de trabajo ejecutivo de inspector general de la cadena, todos estuvieron de acuerdo en que Marcelo era la persona adecuada. Su trabajo consistiría en cumplimentar un programa de visitas periódicas a todos los establecimientos de la cadena vigilando el cumplimiento de las normas establecidas para garantizar el más alto nivel de satisfacción en el público, controlando tanto la calidad de los productos como la diversidad en las ofertas y en su presentación y, sobre todo, tenía la consigna de ser absolutamente intransigente en lo referente a la amabilidad que todos los empleados habrían de mostrar en el trato con los clientes. Este trabajo encantó a Marcelo. Lo elevaba a un nivel muy por encima del resto del personal, hasta el punto que cuando llegaba a una tienda notaba, con gran satisfacción, que era respetado y temido, ya que un informe desfavorable suyo significaba recibir cartas de amonestación de la dirección o ser penalizados a no cobrar las primas de rendimiento o, incluso, a ser despedido; esta sensación de poder reafirmaba extraordinariamente su ego. Para moverse por el territorio nacional en estos viajes de inspección, la empresa no le pagaba dietas –esto le hubiera obligado a escatimar en sus gastos de alojamiento y manutención, teniéndose que conformar con hoteles y restaurantes baratos− sino que viajaba en un automóvil Mercedes C-220-D, propiedad de la empresa, y con todos los gastos pagados. La empresa le permitía llevarse cada día el coche a su casa y usarlo para sus asuntos particulares –incluso le pagaba el alquiler de una plaza de garaje cerca su domicilio−, comer en buenos restaurantes y alojarse en buenos hoteles a fin de mantener la imagen y el estatus que correspondía al nivel de un destacado ejecutivo. Después de un año trabajando en esas condiciones, Marcelo se había acostumbrado a estos lujos y comodidades hasta el punto de que, al día de hoy, se le hacía inimaginable tener que prescindir de ellos.

En muchos de sus viajes de inspección a otras ciudades, se veía acompañado de Julieta que, dando a su padre y a su hermano la excusa de que así se ahorraba un viaje o que le molestaba mucho viajar sola, aprovechaba para resolver problemas de personal en los organismos oficiales de aquellas ciudades. Cuando esto ocurría, ambos se alojaban en el mismo hotel y, para no despertar sospechas, alquilaban dos habitaciones, aunque solo ocupaban una.

La relación de Marcelo y Beatriz quedó seriamente afectada. Beatriz veía con creciente alarma como el interés que Marcelo solía mostrar por ella decaía por días y como en sus encuentros amorosos ya no mostraba ni la pasión ni la ilusión que durante estos años atrás habían permanecido en él tan vivas como el primer día. Ahora podían pasar hasta cuatro o cinco días sin verse, sin que Marcelo le diera ninguna explicación y sin una llamada de teléfono que justificara su ausencia; a lo sumo, de vez en cuando, la explicación era que tenía mucho trabajo o que estaba haciendo un circuito de varias ciudades que le llevaba unos cuantos días de viaje. Llevaban cuatro años de novios, Beatriz ya había cumplido los veintiuno y Marcelo, con veintiocho, no había pronunciado ni una sola vez la palabra boda. Ella reconocía que con veintiún años aún se la podría considerar algo joven para casarse −aunque su madre, con esta misma edad ya tuvo su primer hijo− si bien, todo el mundo la consideraba muy madura y sensata, a pesar de su juventud, pero, en cambio, Marcelo ya tenía edad de estar casado y no había ninguna razón que se lo impidiera; tenía un trabajo fijo y un buen sueldo que le permitiría llevar holgadamente una casa adelante.

Un día que se encontraban en una ciudad, en la que tenían que visitar cuatro tiendas, primero Marcelo inspeccionó dos de ellas por la mañana, mientras que Julieta acudía a la Inspección de Trabajo donde había sido citada y, después de quedar para almorzar en un restaurante y hacer un rato de sobremesa, en la que hablaron exclusivamente de los asuntos del trabajo, visitaron juntos las otras dos tiendas por la tarde. Llegaron al hotel pasadas las nueve de la noche, subieron a sus respectivas habitaciones, se ducharon y se vistieron para hacer una salida nocturna. Tomaron unos sándwiches en el bar del hotel y a las diez de la noche estaban bailando en una discoteca de la ciudad. Allí se encontraban muy a gusto, pidieron unos whiskies y se divirtieron hasta que, a las dos de la madrugada, fue Julieta la que recordó que mañana volvían a casa y habían quedado en salir del hotel a las nueve de la mañana. Ya de regreso en el hotel, aunque cada uno pidió su llave en la Recepción, ambos se metieron en la habitación de Marcelo.

Marcelo se encontraba en la cama, vestido solo con unos calzoncillos y tapado por la sábana encimera, cuando Julieta salió del cuarto de baño desnuda y se deslizó también bajo la sábana. Marcelo, que esperaba de entrada alguna carantoña o algún gesto erótico, se vio sorprendido cuando Julieta, mirándolo fijamente a los ojos, le espetó de improviso: - ¡Casémonos!

- ¿Casarnos?... –contestó Marcelo, titubeando y tratando de asimilar la idea.

- Sí, casarnos. ¿Que hace falta para que dos personas se casen? ¿Qué se gusten y se quieran? Nosotros nos queremos y estamos enamorados. ¿Qué tengan aficiones e intereses comunes? De tus aficiones no sé mucho pero es innegable que nuestros intereses sí que son afines. Si nos casamos tendremos un gran porvenir por delante; papá no va a durar siempre y cuando él falte nos tocará a nosotros regentar el cincuenta por ciento de la cadena de tiendas y disfrutar de los bienes que papá ha acumulado a lo largo de su vida, que no son pocos. En ese sentido, papá siempre fue muy previsor; cuando supo que no iba a tener más hijos y que sus únicos herederos seriamos mi hermano y yo, cada vez que compraba algo siempre lo hacía por partida doble: además de la casa que habitualmente vivimos, tenemos dos casas de campo y otras dos en una playa, también tenemos dos fincas rústicas de cincuenta hectáreas cada una y una docena de locales comerciales repartidos por algunas ciudades.

- Pero... tengo una novia... desde hace cinco años... y yo la quiero... –contestó Marcelo, tímidamente y titubeando.

- Marcelo, tu no quieres a tu novia, tú me quieres a mí. Tu relación con tu novia se ha convertido para ti en una rutina. ¿Cuándo has sentido tú algún remordimiento de conciencia por lo que estamos haciendo? Con tu sueldo solo podrás aspirar a ser propietario de tu vivienda y a tomarte unas vacaciones anuales, sin extralimitarte lo más mínimo, cuando a ti lo que te gusta es el lujo y gastar dinero en vivir bien. Y, además, ¿Qué vida te espera casándote con una mujer cuya cultura no pasa de leer novelas rosas? Tienes que reconocer que tú tienes mucho más en común conmigo que con tu novia. −Marcelo no contestó, y con su silencio otorgaba un inconfundible y rotundo sí al argumento de Julieta.

III

Era domingo y estaban sentados en un banco del parque del barrio cuando Marcelo rompió su relación con Beatriz. Y no fue hasta ese momento que descubrió en ella una faceta de la que nunca se había percatado. Marcelo esperaba que, al conocer su decisión de dejarla, a Beatriz se le rompería el corazón y se desharía en lágrimas y súplicas. Nada de eso sucedió. Beatriz no derramó ni una sola lágrima, ni emitió la más mínima queja. Por el contrario, su gesto se endureció, en sus carrillos se apreciaba el furor de sus mandíbulas que repetidamente se apretaban con fuerza, sus labios se fruncieron hasta formar en su cara una dura línea y sus ojos adquirieron un fulgor de ira y violencia tal que era imposible sostener aquella mirada sin sentirse fulminado. Aquel gesto y aquella mirada hicieron que Marcelo sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda hasta la nuca, poniéndole los vellos de punta. Sin decir ni media palabra, Beatriz se levantó de su asiento y se marchó, dejando en aquel banco a un Marcelo enmudecido y sobrecogido, debatiéndose entre la tristeza por el dolor causado y la alegría de la liberación. Julieta le conocía bien y llevaba toda la razón en lo que le dijo aquel día en la habitación del hotel. Su vida estaba junto a Julieta y, a partir de ahora, se dedicaría en cuerpo y alma a ganar dinero.

Beatriz llevaba años acudiendo diariamente, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, a pasear a su perrita Lola al parque del barrio. Solía dar algunas vueltas por el laberinto de senderos del parque y regresaba a casa. Ahora, después la ruptura con Marcelo, seguía haciendo lo mismo pero al final siempre terminaba llegando hasta el banco donde Marcelo la había rechazado de forma tan ruin. Allí se detenía unos minutos y rememoraba la humillante escena, mañana y tarde de un día tras otro, con la intención de mantener fresco en su memoria hasta el último detalle, no para recrearse masoquistamente en su dolor, sino para mantener vivo e inmutable su odio, a la espera de ver llegado el momento de dar satisfacción a su sed de venganza.

Aquella mañana de domingo se encontró con que el banco donde diariamente terminaba su paseo y realimentaba su rencor dos veces cada día, estaba ocupado por un hombre que leía el periódico. Como de costumbre, ella se paró frente al banco, intentando concentrarse en revivir las dolorosas imágenes, cuando el hombre levantó la vista del diario y la miró. Aquel hombre era joven y, aunque seguramente tenía más edad de la que aparentaba, se notaba que era bastante mayor que ella. Era un hombre apuesto, de unos treinta y tantos años, de rostro agradable, alto, moreno y con algunas canas en las sienes que le conferían un aire de madurez muy interesante, y sus atractivos ojos, de color verde esmeralda, ofrecían una mirada abierta y limpia declarando que debía ser un hombre muy sincero en su trato. Beatriz, quizá respondiendo a cierta atracción hacia la figura de aquel hombre, se sentó en el banco y él, doblando su periódico, comentó: «Qué perrita más linda ¿Cómo se llama?». Esa mañana charlaron durante un buen rato y se despidieron amistosamente. Al día siguiente, lunes, el parque estaba casi desierto y cuando Beatriz llegó al banco, en su paseo mañanero, aquel hombre no estaba, pero en su paseo vespertino lo volvió a encontrar sentado en el mismo banco. Siguieron viéndose, siempre en aquel mismo banco, todas las tardes de aquella semana. Para Beatriz, su entrevista diaria con aquel hombre, precisamente en el mismo sitio donde Marcelo la había repudiado, le proporcionaba un cierto placer, mezcla del agrado que le producía aquella amena conversación y del gozo que obtenía imaginando ilusoriamente que lo estaba haciendo cornudo. Cuando se despidieron la tarde del sábado, quedaron para salir juntos al día siguiente, domingo.

Él se llamaba Fernando Aguilar, era un solterón de treinta y ocho años y trabajaba de oficial de notaría. Se hicieron novios y se casaron a los seis meses. Tal vez fuese el despecho o el ansia de venganza, o ambas cosas a la vez, lo que indujo a Beatriz a realizar aquel casamiento; lo cierto es que una semana más tarde, al enterarse de la boda de Marcelo, su ego quedó henchido de satisfacción, sin saber exactamente si era porque con su boda le demostraba ser más mujer o porque le hacía evidente que le sobraban hombres que la deseaban y no lo necesitaba para ser feliz. Fue una celebración por todo lo alto, en la que no se escatimó de nada y a la que acudieron más de doscientos invitados: los amigos de siempre de cada uno de ellos, los compañeros del trabajo del novio y una gran cantidad de vecinos del barrio.

Se fueron a vivir a casa de Fernando, que también vivía en el mismo barrio. La vivienda constaba de tres dormitorios y estaba ubicada en la planta primera de un bloque de tres plantas, en la que Fernando había convivido con su madre hasta su fallecimiento hacía un año.

Fernando estaba muy enamorado y lo demostraba diariamente tratando a Beatriz como a una diosa. Satisfacía todos sus caprichos y le hacía continuos regalos; bastaba con que Beatriz mirara con interés un objeto en un escaparate para que al día siguiente Fernando se presentara en casa con el objeto envuelto en papel de regalo y acompañado de una tarjeta con un «te quiero». Fue el cuarto mes, a finales de septiembre, que Beatriz cumplía veintidós años, cuando Fernando se presentó en casa a la hora del almuerzo; entró con un semblante radiante y risueño, cruzó el vestíbulo en un par de veloces zancadas, entró como un torbellino en la cocina y, cogiéndola por sorpresa, la alzó en vilo cogida por la cintura, riendo a carcajadas y, después de hacerla girar varias veces en el aire, la depositó en el suelo y la besó en la cara, en el cuello y en los labios. «Feliz cumpleaños, amor mío», le dijo, y puso en sus manos un paquetito pequeño y alargado, envuelto como regalo. Beatriz lo abrió rompiendo el papel del envoltorio con curiosidad. Era un collar solitario de oro blanco por el que Fernando, con gran ilusión y haciendo un gran esfuerzo económico, había pagado cuatrocientos euros. La reacción de Beatriz fue todo lo contrario a lo esperado por Fernando. Un encogimiento de hombros y un mohín de desagrado fue toda su respuesta. El alegre gesto de Fernando se transformó instantáneamente en otro de desánimo y abatimiento. El collar no le gustaba; lo encontraba feo y de mal gusto. Le dijo que lo devolviera porque ella no pensaba ponerse aquel adefesio, que era un mamarracho y que sería el hazmerreír de todo el mundo. No escatimó calificativos despectivos, insensible al dolor que le estaba causando a Fernando, que había puesto toda su ilusión en aquel regalo. Esta actitud de animadversión que demostraba Beatriz hacia su esposo, que fue su seña de identidad durante el resto de su vida, que no respondía a su natural carácter, desde siempre dulce y apacible, y que no se manifestaba con nadie más, era el resultado del rencor que se había enconado en su corazón contra Marcelo, obligándola, despechada, a casarse con Fernando.

Pese a todo, Fernando hizo lo imposible por conquistar su corazón. Creyó que, tal vez, un hijo fuera la solución al problema, que un embarazo la ablandaría y que el parto y la crianza de un bebé la humanizarían. Después de dos años intentándolo, fueron al ginecólogo y este les dio la terrible noticia de que Beatriz padecía el síndrome de Rokitansky y que nunca podría tener hijos. Esta noticia les produjo un estado depresivo que persistió durante muchos meses, agravando los estados de ánimo que ya venían arrastrando desde mucho tiempo atrás.

Al cabo de unos años no quedaba el menor rastro de aquel amor, que siempre había fluido en una sola dirección. El rio que fue el amor de Fernando, agotó su caudal frente al dique de la frialdad y el desamor de Beatriz. Se acabaron los regalos y las caricias, nunca surgía entre ellos una carantoña espontánea, ni una broma que les hiciera reír, ni acudían a un cine, ni hacían una salida a la calle por el simple gusto de dar juntos un paseo. Beatriz tenía el carácter agriado, vivía en un enfado permanente, todo le sentaba mal, siempre contestaba de mala manera a cualquier cosa que se le preguntara por simple que fuera, empleando un subido y desagradable tono de voz. Finalmente, Fernando cayó en la cuenta de que, en realidad, nunca había existido una auténtica comunicación entre ellos; rememorando sus charlas, se dio cuenta de que realmente nunca tuvieron una conversación en la que pudieran haber enfrentado sus criterios o sus pareceres ante a cualquier asunto, y que, lo que él pensaba que habían sido conversaciones, en realidad solo fueron soliloquios.

A fin de cuentas, los dos se contaban como víctimas. El balance que, tanto Fernando, con sesenta años recién cumplidos, como Beatriz, con cuarenta y tres, hacían de sus veintidós años de matrimonio, era coincidente: un absoluto y rotundo fracaso. Habían sido veintidós años de amargura y desencanto. Desde el primer día fueron dos extraños que vivían bajo el mismo techo, casi sin dirigirse la palabra, salvo para lo más preciso o por pura necesidad, con tendencia a estar siempre alejados entre sí por un espacio de varios metros, como dos imanes con sus polos opuestos enfrentados, que solo reducían la distancia entre ellos a la hora de sentarse a la mesa, pero sin llegar nunca a establecer un contacto físico ya que, desde hacía varios años, dormían en dormitorios separados.

IV

A sus cincuenta años, Marcelo se encontraba físicamente pletórico de fuerzas y con una salud a toda prueba. Su boda con Julieta fue un éxito económico, aunque un rotundo fracaso sentimental. Don Roberto, que no había visto con muy buenos ojos aquel matrimonio, ya que hubiera esperado un esposo de más nivel para su única hija, lo primero que le exigió a Julieta fue que hiciera notarialmente una separación de bienes; después les obsequió, como regalo de boda, un hermoso chalet en un barrio residencial de lujo –al que pusieron por nombre Los Álamos, por los dos álamos blancos que se erguían en el jardín delantero− y les hizo un ingreso en metálico de cincuenta mil euros en una cuenta bancaria, pero cuidando de hacer el ingreso bancario unos días antes de la boda y  en una cuenta personal a nombre de su hija Julieta, así como la donación del chalet, que también se escrituró notarialmente a nombre de Julieta Baena, por lo que, en previsión de lo que pudiera ocurrir en el futuro, aquellos nunca serían considerados bienes gananciales; el auténtico y único regalo que don Roberto hizo a Marcelo fue hacerlo partícipe de la sociedad civil Superbaena, S.C. con una aportación de diez mil euros. Don Roberto sostenía que el dinero había que ganarlo a cambio de «tiempo y sudor» y, aun considerando a Marcelo un buen trabajador, se resistía a que tuviera acceso a su fortuna, como él solía decir jocosamente, «por vía urinaria». Aceptando aquella boda, don Roberto le estaba ofreciendo a Marcelo los medios y la oportunidad para ganar mucho dinero, pero tendría que empezar a hacerlo a partir del día de la boda, con la entrega de su tiempo y con su esfuerzo personal.

En los dos primeros años de casados nacieron dos niños, con un año de diferencia, a los que llamaron Roberto –por el abuelo−, al mayor, y Marcelo, al pequeño. Tras el nacimiento del pequeño Marcelo se agotó la dosis de sexo que podía darse entre dos personas que no se querían y llegó la rutina y el hastío; no podían entablar una conversación al mismo nivel, no encontraron afinidad ni en una sola de sus aficiones que pudieran compartir, ni en sus ideas políticas, sociales o, religiosas. Mientras que Julieta era una lectora empedernida de tres o cuatro horas diarias, melómana de andar con cascos inalámbricos por la casa oyendo música clásica y una conversadora ágil e inteligente, a Marcelo solo le interesaba el fútbol, jamás leía un libro y agotaba cualquier tema de conversación en un minuto pues no era capaz de pasar de lo más superficial de cualquier asunto. En más de una ocasión, Julieta se recordó a sí misma sus propias palabras cuando aquel día en el hotel, desnuda y metida en la cama con Marcelo, le dijo: ¿y qué vida te espera casándote con una mujer cuya cultura no pasa de leer novelas rosas?; ella había cometido estúpidamente el mismo error.

Pasaron los años y la pareja terminó haciendo cada uno su vida al margen de la vida del otro. Cada uno de ellos tenía amigos que no se conocían entre sí. Apenas se veían; podían pasar varios días sin que ninguno de los dos supiera del otro. Ahora jamás viajaban juntos; se habían repartido el territorio y difícilmente coincidían en la misma ciudad. Los cumpleaños pasaban desapercibidos y hacía muchos años que no intercambiaban un regalo.

 Durante los años siguientes la cadena de tiendas no solo que no aumentó su número sino que se redujo. El país había entrado en una crisis económica y las ventas mermaron ostensiblemente, obligándoles a cerrar una docena de las tiendas más pequeñas y realizar una drástica reducción de personal en las restantes.

Don Roberto murió de un infarto de miocardio el día que Marcelo y Julieta, a instancias de sus hijos, celebraban su vigésimo aniversario de boda en Los Álamos. Había estado toda la familia almorzando en el chalet y, tras los postres, don Roberto se sirvió un whisky, salió al jardín y se tendió en una de las tumbonas situadas en la umbría, bajo los álamos. Fueron sus nietos Roberto y Marcelo quienes descubrieron el luctuoso acontecimiento cuando, jugando a encestar en un aro de básquet que se encontraba instalado cercano a los árboles, fueron a recoger, y también a pedir disculpas al abuelo, un balón que salió rebotado y golpeó la tumbona donde se encontraba echado.

Tras la muerte de don Roberto Baena, y a la vista del acusado declive que experimentaba la sociedad con motivo de la crisis económica que asolaba el país, Rafael Baena decidió desvincularse de la misma y, como quiera que no deseaba ceder sus derechos a ningún extraño, ya que el espíritu de Superbaena, S.C., como el de cualquier otra empresa familiar, se basaba en el esfuerzo personal de cada uno de los componentes de la familia, rechazando, por considerarla una intromisión, la incorporación a la misma de cualquier persona ajena, propuso a su hermana Julieta y a su cuñado Marcelo, su retirada del negocio, cediéndoles a ambos todos sus derechos de propiedad a cambio de un compromiso por el que la pareja se comprometía a abonarle anualmente un veinte por ciento de los beneficios netos de la empresa. La propuesta fue aceptada de inmediato, quedando así la familia Duarte-Baena como propietaria absoluta de Superbaena, S.C., a la que también fueron incorporados sus hijos Roberto y Marcelo.

Llegó la Semana Santa, y Marcelo, como cada martes santo, acudió a la iglesia de su barrio, la de Ómnium Sanctorum, a ver salir la procesión de la hermandad a la que pertenecía desde hacía muchos años y en la que dejó de salir en procesión por culpa de una artrosis en su rodilla derecha que no le permitía estar caminando y haciendo largas paradas durante las ocho horas que dura el recorrido procesional. Cuando llegó a las inmediaciones de la iglesia, una gran cantidad de público, en espera de la salida de la procesión, se agolpaba a las puertas del templo y abarrotaba la calle, dejando libre un pasillo de tres o cuatro metros de anchura por el que habría de hacerse el desfile. Marcelo se situó en el mismo punto que ocupaba año tras año –un entrante, de unos dos metros de anchura, que había en una fachada lateral de un bloque de viviendas−, desde donde tenía una buena vista y donde menos molestias le causaría aquel público cambiante y movedizo que hacía peligrar su lesionada rodilla. El lugar quedaba algo más alto que el plano de la puerta del templo y le otorgaba una visión de conjunto tanto de la procesión como del público allí estacionado. Todavía faltaba unos veinte minutos para que hiciera su aparición la cruz de guía y se dedicó a observar a la gente que le rodeaba; intentaba reconocer antiguos amigos y vecinos del barrio. En uno de los barridos visuales que hizo detuvo su vista en una mujer que le llamó la atención. Era alta, rubia y tenía unos preciosos ojos verdes. ¡Beatriz! ¡Era Beatriz! Ella no le había visto a él. Haciendo cuentas, calculó que si él tenía cuarenta y ocho, Beatriz debía tener cuarenta y uno. Estaba preciosa. Aparentaba menos edad. Desde don él estaba no veía su cuerpo, solo le veía la cabeza y parte del pecho. Llevaba su peinado favorito, que era el que más le favorecía: un recogido flojo sobre la nuca. Durante unos minutos acudieron a su memoria las imágenes de aquellos felices años, antes de que Julieta irrumpiera en su vida, y se le inundó el pecho de ternura. No se lo pensó más y, abriéndose paso entre el gentío, llegó hasta ella. Se situó de improviso justo delante, con su cara a quince centímetros de la de Beatriz. Ella no lo reconoció y, creyendo que se trataba de algún moscón, miró hacia otro lado, ignorándolo. «Beatriz, soy yo» dijo Marcelo, al tiempo que movía su cara hasta enfrentarla con la de ella. Fue entonces cuando Beatriz, reconociendo la voz, lo miró de frente, fijando su mirada en él. La reacción de Beatriz fue la de huir; se giró e inició un alejamiento, pero Marcelo, tomándola del brazo, la detuvo y la hizo girar nuevamente.

- No te marches Beatriz. Han pasado veinte años y creo que ahora podremos hablar sosegadamente y sin rencores. El tiempo lo cura todo.

- No creo que tengamos nada de qué hablar tú y yo.

- Aunque solo sea para recordar los tiempos de una juventud que ya pasó para los dos. Mira, ese bar tiene mesas vacías, todo el mundo está en la calle para ver la procesión y podremos hablar tranquilamente sin ruidos ni interrupciones.

Beatriz asintió con un gesto de cabeza y se dejó llevar tomada del brazo por Marcelo. Se sentaron en una mesa al fondo del local y pidieron dos cafés.

- Bueno, y ¿cómo te va la vida? −preguntó Marcelo.

- Psssch, tirando –respondió Beatriz, encogiéndose de hombros.

- ¿Tienes hijos?

- No, desgraciadamente tenía un problema genético y no he podido tenerlos. ¿Y tú?

- Sí, tengo dos hijos varones.

- Me enteré que ahora eres propietario de la cadena de supermercados en la que trabajabas, ¿no?

- Bueno, solo soy copropietario con mi mujer y mis hijos, pero no creas que es oro todo lo que reluce. Los negocios no van bien. En este tipo de negocios es donde más se nota la crisis. Ya hemos tenido que cerrar dos docenas de establecimientos que representa casi el cincuenta por ciento de la cadena.

- Ya, pero tú tienes la vida asegurada. Tienes otros muchos bienes, como casas y tierras.

- Todos esos bienes son de mi mujer. Ya eran suyos antes de casarme con ella. Lo mío es solo el veinticinco por ciento lo que valga la empresa y al paso que vamos creo que en poco tiempo no valdrá ni un pimiento –contestó Marcel en un arranque de sinceridad.

- No creo que la cosa llegue a tanto –medió Beatriz, quitándole hierro al asunto, y continuó - Y en el matrimonio ¿cómo te va?

- Pues... ya sabes..., como a todo el mundo..., unos días mejor y otros peor... –dijo Marcelo balbuceando, pero se detuvo y mirándola a los ojos, cogió la mano de Beatriz y continuó: - Bueno, a ti te puedo decir la verdad, porque lo mereces. Y la verdad es que me va fatal; discutimos a todas horas, no coincidimos en nada, nos vemos de higos a brevas y casi que ni nos hablamos. Y tú, ¿qué tal vas?

- Pues ya que me has contestado con el corazón en la mano, yo también seré sincera. Por lo que me cuentas, mi matrimonio es un calco del tuyo, coincidimos en todo pero con la diferencia de que yo sí veo a mi marido todos los días, y esto quizá sea peor que lo tuyo.

- No si servirá de algo que a estas alturas te diga que siento muchísimo lo que pasó y que me he acordado de ti millones de veces, sobre todo en los malos momentos. Y que daría cualquier cosa porque no hubiera ocurrido y poder volver a aquellos días –contestó Marcelo sin soltar la mano de Beatriz.

- Yo sufrí mucho. Durante mucho tiempo me atormentaba el no entender como pudo más en ti el afán del dinero y del poder que el amor que nos profesábamos –contestó Beatriz en un tono de tristeza que hizo que Marcelo bajara la mirada.

- Reconozco que me equivoqué y que estuve equivocado durante mucho tiempo. Al final tuve que rendirme a la realidad. Y la realidad era que, no solo que no tenía nada material que fuera realmente mío, sino que, por no tener, ni siquiera tenía a mi lado una persona a la que le pudiera entregar con libertad y sin temor alguno mis pensamientos. Mi mujer, mi cuñado y mi suegro, en realidad nunca dejaron de ser mis jefes.

Acababa de pasar la cruz de guía y una avalancha de gente empezó a entrar en el bar a tomar una copa, a la espera de que saliera el paso del Cristo de las Almas. El ensordecedor bullicio hizo imposible seguir hablando en el tono tranquilo y sosegado en el que habían venido haciéndolo y se despidieron, intercambiando sus números de teléfono y quedando en llamarse en breve.

V

Comenzaron a verse todos los viernes por la tarde; Beatriz, con la excusa de que hacía una visita al Cautivo, en la iglesia de San Ildefonso, y Marcelo, sin excusa alguna porque no la necesitaba. Hacían el amor en una pensión que habían descubierto en un lugar discreto. En sus citas amorosas, Marcelo tomaba como modelo el recuerdo de aquellos encuentros de hacía más de veinte años, llenos de fuego y de pasión, consiguiendo solo un torpe remedo, que le dejaba en su alma una gran desazón y un gran vacío de insatisfacción. Beatriz, en cambio, era consciente de que el problema estaba en ella; su corazón, seco desde hacía veinte años, había quedado insensible. Acudía a aquellas citas intentando sinceramente, sin conseguirlo, extinguir el rescoldo de aquel intenso odio que durante tantos años había ardido en sus entrañas. No lograba borrar de sus recuerdos la humillante imagen del día de la ruptura en el parque y, aun así, cada viernes, se vestía con sus mejores galas, se impregnaba de su mejor perfume y acudía a aquella habitación de pensión barata como si tratara de cumplir una penitencia que le exonerara de un gran pecado.

Cuando aquellos furtivos encuentros se hicieron cotidianos, Beatriz distendió su acritud con Fernando y un cierto sentimiento de culpa afloró en su interior. Sabía que su actitud era injusta, que en su convivencia diaria lo trataba como si quisiera culparlo de su infelicidad, y sabía que Fernando no merecía ese trato, que seguía queriéndola y que merecía ocupar un lugar preferente en su vida y en sus pensamientos, pero también sabía que la esterilidad de su corazón era incapaz de hacer germinar un sentimiento de amor hacia él.

Hacía tiempo que Beatriz venía insistiendo a Marcelo en que se divorciara, que no tenía sentido vivir junto a una persona que resultaba ser una extraña. Y el mismo razonamiento se lo aplicaba a sí misma, solo que ella no podía divorciarse porque si lo hacía, al no haber trabajado nunca y con casi cincuenta años de edad, no podría encontrar trabajo y se quedaría sin medios de subsistencia. Si él se divorciaba de Julieta, ella también se divorciaría de Fernando y ambos podrían casarse. Marcelo siempre asentía, una y otra vez le daba la razón y prometía que lo haría en cuanto encontrara el momento oportuno. Y así llevaban seis años de encuentros semanales y de promesas incumplidas, sin que nunca llegara el momento oportuno que esperaba Marcelo. En lo más íntimo de su ser, Beatriz sabía que Marcelo nunca se casaría con ella. Que sí, que la quería, pero que la estaba utilizando; que disfrutaba de su amor, intentando rememorar el pasado, pero que nunca renunciaría a su estatus de riqueza que disfrutaba con Julieta.

Beatriz no se entendía a sí misma ni sabía explicarse el porqué de aquella contradicción; en el fondo de su corazón seguía bullendo aquel fuego vengativo contra el hombre que un día la humilló sustituyéndola por otra mujer y despreció el inmenso amor que ella le profesaba por la vanagloria del dinero y el poder. Su odio aún permanecía en el fondo de su alma, quizás dormido, pero vivo. ¿Cómo se podía conciliar esos aciagos sentimientos con la proposición de matrimonio que le estaba haciendo a ese mismo hombre? ¿Tal vez esperaba que, una vez casados, los viejos sentimientos aflorasen, haciendo desaparecer los resentimientos, que volvieran a amarse como antaño y que sus vidas transcurrieran por cauces de armonía y felicidad? Cuando llegaba a esta pregunta siempre le asaltaba la misma duda, haciéndole temer que se produjera lo contrario, es decir, que pudiera despertar su sed de venganza del estado larvario en que se encontraba y que durante tantos años le había carcomido las entrañas para convertir sus vidas en un infierno.

Beatriz llegó a un punto de incertidumbre y desasosiego tal que un día se decidió a dar un paso que, desde hacía varios años, le machacaba el cerebro una y otra vez y al que no sabía darle una explicación satisfactoria cuando se preguntaba por sus motivaciones. Así que, tal como lo pensó, lo hizo. Se sentó frente al ordenador de Fernando, tomó papel y escribió:

Sra. Dª Julieta Baena.

Si acude mañana viernes, a las ocho de la tarde, a la Pensión Inés, en el número 88 de la calle de Artemisa, y entra en la habitación 12, sabrá a quién dedica su marido las tardes de los viernes, desde hace seis años.

Julieta nunca había tenido ocasión de conocer a Beatriz, pero Beatriz sí que conocía a Julieta. Beatriz, que conocía la dirección del domicilio de Marcelo, en un par de ocasiones, siempre en domingo, había llegado hasta las inmediaciones de la casa, sin dejarse ver, y había estado observando a distancia los movimientos de la familia; así pues conocía perfectamente a todos sus miembros y sabía que junto a la verja de entrada del chalet se encontraba el buzón de correos.

Era miércoles y el chalet se veía desierto. Beatriz pasó una primera vez por delante de verja de entrada, miró hacia el interior y vio que en la zona ajardinada de la entrada no había nadie. Anduvo unos metros más y se volvió haciendo un gesto como si se hubiera olvidado de algo, volvió a cruzar de nuevo por delante de la verja y por el rabillo del ojo observó que los alrededores de la casa seguían desiertos; así que, sin más dudas, al pasar por delante del buzón depositó en su interior la nota anónima. ¿Por qué había hecho aquello? –se preguntaba una y otra vez− ¿quería provocar el divorcio de Marcelo y Julieta? En este caso, Marcelo se quedaría casi sin nada, porque el grueso de los bienes de la familia no eran gananciales sino propiedad de Julieta. ¿O tal vez lo que ansiaba era que Marcelo viviera después de aquello humillado permanentemente frente a Julieta? En cualquier caso ¡qué era lo que estaba buscando? ¿era venganza?

Llegó el viernes y Marcelo, que siempre llegaba unos minutos antes, ya estaba en la habitación. La puerta estaba abierta y Beatriz la empujó, entró y accionó la llave; el cierre de la cerradura era de dos vueltas, así que Beatriz dio una primera vuelta cerrando y una segunda vuelta abriendo, para que sonara como si hubiera cerrado con dos vueltas de llave, habiendo dejado, en realidad, la cerradura abierta y la llave puesta. Marcelo vino a su encuentro, se abrazaron y se besaron largamente, explorándose mutuamente con sus lenguas. Marcelo le acarició un pecho y deslizó su mano hasta las nalgas para luego pasar a su entrepierna y frotar suavemente su pubis y los labios de su vulva.

Como de costumbre, empezaron a desnudarse el uno al otro, sin dejar de acariciarse. Era verano y los dos venían muy ligeros de ropa; Marcelo abrió la cremallera trasera del vestido de Beatriz que cayó al suelo, dejando ver sus senos desnudos que se mantenían tersos, con los sonrosados pezones, duros y enhiestos por la excitación. Marcelo se sentó en la cama y abarcando con sus manos los pechos de Beatriz, se deleitó masajeándolos, lamiéndolos y chupado los pezones. A continuación tiró suavemente de sus bragas hacia abajo dejando al descubierto su vulva, orlada por un abundante y rizado vello púbico, y Beatriz, abriendo ligeramente los muslos, permitió que Marcelo llegara con la lengua a su clítoris. Beatriz a su vez, levantando de la cama a Marcelo y sentándose ella en el mismo lugar, tiró al mismo tiempo de los pantalones y los calzoncillos de Marcelo, dejó al aire su pene erecto, lo cogió delicadamente con ambas manos, acariciándolo con lujuriosa suavidad y lo introdujo en su boca, comenzando a lamerlo y chuparlo con fruición.  Y, de pronto, se oyeron unos pasos precipitados en el pasillo y se abrió la puerta de la habitación de improviso. En dos zancadas Julieta se plantó delante de ellos. Beatriz, que esperaba lo ocurrido, se levantó con la velocidad del rayo, se puso los zapatos, al tiempo que se calaba el vestido, y salió a escape de la habitación dejando a Julieta echando fuego por lo ojos y a Fernando con su pene desinflado y el semblante blanco como la cera.

Pasó el viernes y aquella noche Beatriz le costó conciliar el sueño. No se le iba de la cabeza la escena. La recordaba una y otra vez; unas veces le provocaba la risa y otras le despertaba la íntima satisfacción de ver una parte de su venganza cumplida. Le hubiera gustado haber presenciado la bronca sin ser vista, aunque la imaginaba; veía a Marcelo pidiendo perdón y mintiendo, jurando que solo había sido una vez; y veía a Julieta desaforada, diciéndole que sabía que llevaba engañándola seis años, insultándolo e incluso la veía golpeándolo con furia y diciéndole que se fuera a casa, que hiciera la maleta y que se marchara fuera de su vista. Como sabía que Julieta era abogada, ya la veía en el juzgado firmando los papeles del divorcio frente al juez... Era ya bien entrada la madrugada cuando, en medio de ese revoltijo de pensamientos, se durmió.

A la mañana siguiente se levantó temprano y lo primero que hizo fue mirar su teléfono móvil por si tenía alguna llamada de Marcelo. No había llamado, ni le había mandado ningún mensaje. Lo imaginaba atareado haciendo sus maletas y cargando sus cosas en un furgón de mudanzas. La mañana transcurrió como la de cualquier otro día; puso la lavadora dos veces y subió a la azotea a tender la ropa, volvió a subir dos horas más tarde a recogerla, y, mientras se cocinaba el almuerzo, hizo la plancha de la ropa limpia. Trabajaba de forma automática, no se concentraba en lo que hacía y no paraba de mirar el teléfono a pesar de que no había sonado ni una sola vez. Alrededor de la una almorzó con Fernando y, después del almuerzo, mientras Fernando daba unas cabezadas en el sofá, ella vio dos episodios de su serie televisiva favorita, sin llegar a enterarse del argumento por falta de concentración, y a las cuatro y media puso a Fernando su acostumbrado café, que solía acompañar mojando unas galletas.

Tras la merendilla, Fernando se marchó a la taberna a echar sus diarias partidas de dominó con sus amigos y ella siguió mirando el televisor. Media hora más tarde, finalizado el episodio que veía en el televisor, cogió el cubo de la limpieza, que estaba lleno hasta la mitad de agua mezclada con friegasuelos, empapó la fregona y fue limpiando el suelo, partiendo desde la puerta del piso hasta la cocina, pasando por el pasillo y el comedor. Entró en la cocina, soltó el cubo con la fregona y comenzó a fregar los cubiertos y la vajilla sucia del almuerzo; fue entonces cuando su teléfono móvil, que llevaba en un bolsillo del delantal, vibró y sonó débilmente –ella le tenía puesto el volumen muy bajo por si alguna vez la llamaba Marcelo estando Fernando delante−. Era Marcelo.

- Hola ¿cómo estás? –preguntó Beatriz, expectante

- Hola. Mal. Estoy muy mal. Fue un espectáculo bochornoso –contestó Marcelo a secas.

- Sí, creo que debió de serlo, pero no te preocupes, me tienes a mí. ¿Qué ha pasado? ¿te ha echado de casa?

- No. Hemos hablado casi toda la noche, le he pedido perdón y le he prometido que no se volverá a repetir. Así que no volveremos a vernos. Lo siento mucho, de veras.

Beatriz se quedó de piedra. Por segunda vez Marcelo volvía a elegir el dinero, el poder y el bienestar material, sacrificándola a ella. La condenaba a seguir de por vida con un matrimonio que nunca debió celebrarse, obligándola a continuar atada a un extraño al que no quería y del que dependería económicamente toda su vida. Sintió como volvía a despertar en su corazón aquel resentimiento que había sufrido durante tantos años. No contestó. Apagó el teléfono silenciosamente, lo guardo en el bolsillo y siguió fregando los cubiertos de forma mecánica, ensimismada, con la mirada fija y el gesto crispado de rabia y de dolor. Se despertó en ella tanta ira que sintió una punzada en el corazón y sus tripas se revolvieron. Estaba fregando un cuchillo de cocina de grandes dimensiones y, durante un momento, quedó parada, aferrándolo por el mango con una mano mientras que con la otra apretaba el estropajo contra la hoja con tanta fuerza y tanta rabia que terminó haciéndose un pequeño corte en la yema de dedo índice y sangró abundantemente en el agua del fregado. Y en ese momento oyó abrirse la puerta del piso. «Soy yo», oyó decir a Fernando. Mecánicamente se asomó a la puerta de la cocina y vio a Fernando pisoteando el suelo recién fregado. Aquello fue la válvula de escape de tanta ira y tanta rabia contenidas, se le nubló la vista y enarbolando el cuchillo que tenía en la mano arremetió contra Fernando.

VI

Llegó un coche celular y los guardias hicieron entrar en él a Fernando, a los clientes del bar, a los vecinos Vicente y Rufina y a Germán, que cerró la taberna y pegó en la persiana un folio diciendo «cerrado por defunción». En la comisaría los separaron en dos grupos y los hicieron esperar en dos habitaciones contiguas. El comisario los fue llamando uno a uno y les fue tomando declaración. Los clientes declararon que ellos llegaron a la taberna sobre las cinco de la tarde y cuando llevaban algo más de una hora jugando oyeron los gritos de los vecinos y salieron a la calle a ver qué pasaba. Fernando explicó que había salido de casa a las cinco, que era la hora a la que quedaba diariamente con sus amigos, y había entrado en la taberna sin pararse con nadie ni en ningún otro sitio.

- La puerta de su piso se encontraba entreabierta y sin signos de haber sido violentada ¿Cerró usted la puerta del piso con llave al salir? –le preguntó el comisario.

- No señor, no la cerré con llave, solo tiré de la puerta para que se cerrara el resbalón.

- ¿Está usted seguro de que la dejó bien cerrada?

- Creo que sí. La verdad es que, como a esa hora la gente duerme la siesta, tiré de la puerta suavemente para que al cerrarse no diera un portazo que pudiera molestar a los vecinos –aclaró Fernando.

- ¿Podría haber tirado de ella tan flojo que no se hubiera cerrado bien?

- Pues no lo sé. Yo creo que la cerré bien pero podría haber ocurrido lo que usted dice.

Rufina declaró que ella, cuando se levantó de la siesta, abrió la ventana de la cocina, que da al patio comunal, y luego abrió la puerta de su piso para que corriera un poco el aire y refrescara la vivienda, que vio que la alfombrilla de su puerta estaba algo sucia y salió a recogerla para sacudirla, cuando se percató que la puerta de Beatriz se encontraba entreabierta. Dijo que, pensando que Beatriz había tenido la misma idea, la llamó para charlar con ella y que, al no recibir respuesta, terminó por empujar la puerta del piso y abrirla del todo, que se asomó al vestíbulo volviéndola a llamar y que fue entonces cuando vio medio cuerpo que sobresalía de la cocina, tendido en el suelo.

German, el tabernero, confirmando la declaración de los clientes, dijo que todos habían llegado ya cuando llegó Fernando, que debió ser sobre las cinco, minuto arriba, minuto abajo.

- ¿Salió o entró alguien en su local entre las cinco y el momento en que ustedes oyeron los gritos de los vecinos? –le preguntó el comisario.

- No señor, normalmente a esa hora el barrio está muerto y las calles vacías, por el calor, ¿sabe usted? Solo estaban un par de clientes y este grupo de amigos que diariamente se citan en mi casa y echan unas partidas de dominó.

- ¿Estuvo usted todo el tiempo presente en el mostrador o se ausentó en algún momento?

- Normalmente yo estoy todo el tiempo en el mostrador y mi mujer en la cocina. Puedo entrar en la cocina en algún momento, pero solo es un instante, el tiempo necesario para coger alguna tapa que haya preparado mi mujer y llevarla al mostrador.

- ¿Y dice usted que no entró ni salió nadie? ¿Está seguro? ¿Ninguno de sus clientes se movió del sitio durante este tiempo? –insistió el comisario.

- Bueno, el único que se movió fue Fernando que me pidió la llave del aseo y lo usó durante quince o veinte minutos.

- ¿Quince o veinte minutos? ¿no le parece a usted mucho tiempo?

- Que va, que va, al contrario. Fernando padece de estreñimiento y de la próstata y cuando entra en váter no tarda menos de media hora. Esta vez tardó menos. Yo creo que está mejor.

- ¿Lo vio usted entrar y salir en el aseo?

- Sí señor. Fernando estaba sentado en la mesa jugando en ese momento y le pidió a Pedro Torres que ocupara su sitio mientras él iba al váter. Se acercó al mostrador y me pidió la llave. Lo vi abrir la puerta del aseo y entrar; cuando lo vi salir, alargué la mano por encima del mostrador, me devolvió la llave y la colgué en su sitio de siempre.

- ¿Fue ese el único movimiento que hubo entre sus clientes en esa hora y media que transcurrió desde que se inició la reunión hasta que oyeron los gritos?

- Sí señor. El único.

- ¿Y vio usted en algún momento a alguien que pudiera parecer sospechoso merodeando por la calle?

- No señor, a nadie. Ya le digo, a esa hora, por la calle no pasan ni los perros.

 Los forenses del departamento de criminalística no descubrieron huellas digitales en el piso que no fueran las de Beatriz y Fernando; no hallaron ninguna de Vicente ni de Rufina, a pesar de que afirmaban haber entrado en la casa para ver el cadáver. Interrogaron a los vecinos del bloque de viviendas que quedaba en la trasera, y cuyas ventanas de las cocinas también daban al patio comunal compartido, obteniendo el testimonio de una las vecinas que afirmaba haber visto a Beatriz, pasadas las cinco y media de la tarde y a través de la ventana de su cocina, haciendo la limpieza de la vajilla y los cubiertos en su fregadero; que le había hecho una seña de saludo pero que Beatriz no se lo había devuelto porque parecía estar abstraída y no la había visto. También intervinieron y analizaron el teléfono de Beatriz, investigando las llamadas telefónicas que había registradas de los últimos días. Había varias comunicaciones con el teléfono de Concepción, su madre, otra con una tal Margarita, que era una antigua amiga con la que hablaba de vez en cuando, y una o dos llamadas diarias con un número que, aunque ella lo tenía registrado en sus contactos con el nombre de Marcela por si algún día lo miraba Fernando, una vez consultada la compañía telefónica, resultó ser de Marcelo Duarte, que fue inmediatamente citado a declarar. Como la última llamada que recibió Beatriz fue la de Marcelo, se comprobó vía satélite que la ubicación del teléfono durante esa llamada se encontraba a diez kilómetros de distancia, descartándolo como sospechoso.

Al día siguiente, domingo, Marcelo entró en la comisaría y preguntó por el comisario don Andrés Valverde. El guardia de la puerta le comunicó que era domingo y lo sustituía otro comisario de guardia, indicándole que se sentara en una salita de espera y aguardara a ser llamado. Habría transcurrido una media hora cuando fue llamado; entró en el despacho del comisario, que en ese momento tenía abierta una carpeta sobre la mesa y leía unos folios; casi sin levantar la vista de los papeles, le indicó con un gesto que se sentara. Cuando dio por terminada su lectura, cerró la carpeta, lo miró y le dijo:

- Buenos días. Soy el comisario Víctor Ramírez. Estoy, hoy domingo, cubriendo el turno de guardia en esta comisaría y lo que tengo ante mí es el expediente de un caso que, dada su importancia por ser un caso de asesinato, le corresponde al comisario titular de este distrito, el señor Valverde, que será quien lleve el peso de la investigación. A usted se la ha citado hoy cumpliendo con el protocolo obligado para estos casos, por lo que yo solo le voy a formularle unas preguntas rutinarias.

- Muy bien, señor comisario. Como usted diga –contestó Marcelo

- Bien, empecemos pues. Dígame si conocía usted a la señora Beatriz Cansino y cuál era su relación con ella. –inquirió el comisario Ramírez.

- Si, señor. La conocía desde que éramos niños; nacimos y vivimos en la misma calle. Éramos viejos amigos y la veía de vez en cuando.

- ¿Y como explica usted que en los siete meses que llevamos trascurridos del presente año, haya registradas en el teléfono de la señora Cansino más de doscientas comunicaciones con número de teléfono de usted? –preguntó el comisario mirando fijamente a Marcelo, y continuó - Este es un asunto grave, señor Duarte, si eran ustedes algo más que amigos debe decírmelo ahora para que no se compliquen más las cosas.

Marcelo, visiblemente azorado, contestó algo balbuciente - Vera, señor comisario..., yo soy un hombre casado y Beatriz también estaba casada... quisiera que a lo que le voy a confesar se le diera la máxima confidencialidad...

- Mire, señor Duarte, estamos hablando de un homicidio. Solo puedo prometerle que, mientras no sea absolutamente necesario, lo que usted me diga hoy aquí quedará en el más absoluto secreto entre nosotros, pero si lo que usted me cuente fuera determinante para esclarecer el caso o para determinar el alcance de las responsabilidades de los actores del suceso, no habrá más remedio que hacerlo público. –contestó el comisario, enfáticamente.

- Sí, claro, lo comprendo. Pues verá..., pues sí, éramos amantes desde hacía seis años. –se sinceró Marcelo, convencido por el comisario de que decir la verdad era la mejor opción.

- ¿Y cuando y donde se produjo el último encuentro entre ustedes?

- Ayer, a las ocho de la tarde, en la Pensión Inés, en la calle de Artemisa, número ochenta y ocho.

El comisario tras anotar las declaraciones de Marcelo en una de las hojas que formaban parte del expediente, le preguntó: - Bien, ¿tiene usted alguna otra cosa que decirme o que considere que yo deba saber?

- Pues sí, señor comisario. Ayer, cuando Beatriz y yo estábamos en la Pensión, irrumpió mi mujer en la habitación y nos sorprendió juntos. Alguien debió revelarle la hora y el sitio en el que nos encontrábamos.

- Y ¿qué ocurrió? –preguntó Ramírez

- Pues que Beatriz se vistió en un santiamén y salió corriendo; yo seguí en la habitación unos minutos más, vistiéndome y soportando las acusaciones y los improperios de mi esposa. –contestó Marcelo.

- Me ha pedido usted antes discreción para este asunto cuando resulta que su esposa ya lo conoce y a la señora Cansino, desgraciadamente, ya no puede afectarle –dijo el comisario.

- Sí, señor, pero queda el honor de Beatriz, aunque esté muerta, y el de su marido, Fernando, que no sabe nada.

- Ah, ya, muy gentil por su parte.

El lunes, cuando el comisario Valverde entró en su despacho, lo primero que hizo fue abrir su archivador y extraer el expediente «Beatriz Cansino». Leyó las declaraciones que hizo Marcelo el día anterior, incluida la anotación de confidencialidad que había escrito al margen el comisario Ramírez, e inmediatamente citó a Julieta Baena y a Inés Casas, la propietaria de la Pensión Inés.

Inés Casas confirmó que Julieta Baena se presentó de improviso en la Pensión, entró hasta el patio y, sin decir ni media palabra, subió por la escalera a la planta primera, miró a izquierda y derecha hasta localizar la habitación número doce, e irrumpió violentamente en la alcoba sorprendiendo a la pareja desnudos y, según dijo, «haciendo lo natural entre un hombre y una mujer».

Julieta aportó la nota anónima que había recibido en su buzón, razón por la cual se había presentado de improviso en la Pensión. El comisario le preguntó si pensaba divorciarse de su marido y ella le contestó que no, que él le había pedido perdón y le había prometido que nunca más se volvería a repetir aquello, ni con Beatriz ni con ninguna otra. El comisario Valverde también tuvo que descartarla como sospechosa ya que, cuando le preguntó qué había hecho el día de autos, Julieta le contó que había viajado temprano a Córdoba para visitar una de sus tiendas en aquella ciudad y que a las seis de la tarde, hora que había fijado el forense como de la muerte de Beatriz, después de haber almorzado en un conocido restaurante cordobés con el encargado de la tienda, ambos estaban trabajando juntos en el supermercado a la vista de todos los empleados. Tenía una coartada perfecta.

El anónimo tendría que haberlo escrito alguien que quisiera perjudicar a Marcelo o a Beatriz o a ambos. ¿Quién y por qué tendría alguien interés en provocar aquel daño? ¿algún enamorado celoso? ¿o quizás era alguna enamorada? ¿sería un empleado furioso que se sentía víctima de alguna injusticia laboral? Tenía que volver a interrogar a Marcelo si quería despejar aquella duda.

El comisario Valverde le indicó a Marcelo que se sentara en el sofá que había en su despacho. Le ofreció tomar alguna bebida y Marcelo pidió una cerveza. El comisario quería que se sintiera a gusto y confiado. Lo que quería saber tenía que ver con su vida íntima y no podía sacárselo mediante un interrogatorio, tenía que salir como una declaración espontánea entre dos amigos.

- Señor Duarte, ¿puedo llamarle Marcelo? Por mi parte puede llamarme Andrés. –afirmó el comisario Valverde.

- Oh, sí, muchas gracias, por supuesto. –dijo Marcelo sonriente.

- Marcelo quiero ser totalmente sincero con usted y le pido que también lo sea usted conmigo. Tengo una duda que no termino de aclarar y me gustaría que me ayudara a resolverla. Creo que la explicación a esta duda no tiene por qué perjudicarle a usted en forma alguna. Verá usted, a la vista del anónimo que recibió su mujer y en la forma que está redactado, no parece ser la advertencia de un amigo, mi experiencia me dice que existe alguien que ha querido hacerle daño a usted, o a Beatriz o tal vez a su esposa o quizás a todos a la vez. Parece quedar claro que su relación con Beatriz no era vista con buenos ojos por alguien. Así pues, tengo que hacerle unas cuantas preguntas, por ejemplo, ¿tiene usted alguna otra relación clandestina con otra persona, a la que crea capaz de haber escrito esa nota por despecho o por celos? ¿está usted seguro que el marido de Beatriz no sabía nada de su relación? ¿y cree usted de veras que su esposa no se había entrado de esta relación hasta el día que recibió el anónimo?

- Pues, sinceramente, Andrés, le respondo un no rotundo a la primera pregunta y un «creo que sí» a las otras dos. Y con la misma sinceridad le voy a contar una historia que ojalá pueda ayudarle a dar con el asesino. Beatriz y yo tuvimos una relación de varios años cuando éramos muy jóvenes y, a pesar de que estábamos muy enamorados, fui yo quien rompió la relación, plantándola sin la menor consideración. En aquellos años yo era muy joven y las posibilidades que se abrieron ante mí de adquirir poder y riqueza, hicieron que tomara la decisión equivocada y me casé con Julieta, que era la hija de mi jefe y heredera de la cadena de supermercados donde yo trabajaba; matrimonio que resultó ser un absoluto fracaso. Sé que aquella bellaquería la llevó Beatriz clavada en su corazón durante mucho tiempo y a mí, por mi parte, también me dolía el alma cada vez que la recordaba; llevé ese remordimiento martilleando mi conciencia durante muchos años. Tras veinte años de separación, un día nos encontramos casualmente y volvimos a reanudar aquella relación tratando inútilmente de volver a encontrar aquella pasión que vivimos de jóvenes. Estos seis años que hemos estado de relación han sido para mí expiatorios, en cada encuentro que teníamos yo ponía mi alma intentando que sirviera como desagravio por el daño infringido y como una devolución de tantos momentos de felicidad que le había robado con mi actitud. Beatriz, despechada, conoció a Fernando y se casó con él unos meses antes de que yo lo hiciera con Julieta. Era su forma de decirme que no me necesitaba para ser feliz. Pero su matrimonio, al igual que el mío, ha sido también un rotundo fracaso. Beatriz llevaba mucho tiempo diciéndome que frente a estos fracasos, todavía teníamos tiempo de recuperar el tiempo perdido; durante años me ha estado insistiendo en que ambos debíamos divorciarnos y casarnos para iniciar una nueva vida y, durante todo este tiempo yo le daba la razón y le decía que esperara a que encontrara el momento oportuno. Cuando mi mujer nos sorprendió juntos en aquella habitación de la Pensión, tuve la ocasión de oro para pedirle el divorcio y, en lugar de eso, me asusté por lo que iba a perder y me arrodillé ante ella, le pedí perdón y le prometí que dejaría a Beatriz. La llamé al día siguiente –al parecer muy poco tiempo antes de que la asesinaran− para decirle que ya no nos veríamos más y, aunque no encuentro que relación pueda haber entre mi llamada y su muerte, no puedo evitar tener la sensación de haber sido su asesino.

Tras varias semanas de investigación, el comisario Valverde había agotado todas las vías posibles para llegar hasta el asesino. Salvo que los seis componentes del grupo de amigos de Fernando, incluyendo a German y a otros dos clientes que estaban presentes, se hubieran puesto de acuerdo en encubrir al asesino, cosa que Valverde tenía descartada por inverosímil, todas aquellas personas resultaban inocentes; no existía ni el más mínimo indicio de culpabilidad en ninguna de ellas. Y lo mismo ocurría con Marcelo Duarte y con los vecinos Vicente Pulido y Rufina Castro. Aquel crimen, de momento, iba a quedar sin castigo.

Tomó el expediente, cerró la carpeta marrón, que ya empezaba a abultar, y la introdujo en una carpeta archivadora que rotuló como:

BEATRIZ CANSINO BAEZA

EXPTE. 1.422/87

HOMICIDIO

BRIGADA DE ANÁLISIS Y REVISIÓN DE CASOS

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